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Los dos grandes cineastas compartieron además de una amistad un momento de magia metafísica que describe la unidad indivisible.

 

deserto
A Sandro le gustaban los barcos. Su papá siempre estaba de viaje, pero cuando regresaba a casa siempre le traía modelos de barcos, galeones, bergantines, catamaranes, cruceros, barcos industriales, y otras naves. Sandro quería ser ingeniero y diseñar barcos que cruzaran el desierto azul. Pero Sandro sabía un secreto y él no iba a hacer barcos para sumar petróleo. Un día Sandro estaba haciendo la tarea y a la vez ensoñando.

Sandro le dice a su mamá, la hermosa Monica Vitti:

-Mamá, mamá, ¿cuánto es 1+1?

-Ecco Sandro, son 2…

Sandro tenía un frasco de pintura azul en la mano. Coloca una gota de pintura acuosa en una lengüeta de cristal:

-Pero Mamá aaa, mira...

Sandro coloca otra gota encima de la gota azul que ya estaba en el cristal y se hace un único charco translúcido, sólo que más grande.

-Ya viste, mamá, 1+1 es 1…

("Desierto Rojo", Michelangelo Antonioni, 1964)

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En "Nostalgia" (1983), la penúltima película de Tarkovsky, filmada en Italia, el nostálgico e impenetrable protagonista deambula por una casa derruida, como la mente llena de recuerdos y fantasmas. En una de las piezas de ese laberinto de barro hay un pizarrón abandonado, donde, con un gis blanco, desvaído, de hace mil años, está escrito 1+1=1.

Como si fuera la conclusión al final del curso. Es sólo un momento en que la cámara atraviesa esa habitación, pero podría ser la eternidad.

Es difícil encontrar un solo momento que signifique la totalidad de una vida o una obra, pero tal vez en eso dos guiños --de dos grandes amigos-- en la inocente suma de Sandro y en el recuerdo onírico de Tarkovsky, están unidas las razones por las cuales ambos directores hicieron cine , inclinándose siempre a la poesía -espíritu del silencio.

Twitter del autor:@alepholo

La ciencia está cerca de comprender la telepatía --de producirla, no tanto

Por: pijamasurf - 04/06/2013

Transmitir un contenido simple entre dos cerebros es una tarea que la neurociencia ha realizado exitosamente. Sin embargo, lo que entendemos por "telepatía" implica una complejidad mucho más evasiva.

jedi

Seung-Schick Yoo está conectado a un aparato salido de una fantasía de ciencia ficción: dentro de un laboratorio de la escuela de Medicina de Harvard, Yoo debe observar un estrobo de luz en la pantalla de una computadora; una serie de electrodos están conectados a su cráneo, registrando su actividad cerebral. A su vez, otra serie de terminales están conectadas de análogo modo al cráneo de una rata. Yoo sólo debe pensar una de dos opciones "muévete" y "no te muevas", órdenes dirigidas a la zona del cerebro de la rata que controla el movimiento de la cola. El 94% de las veces, cuando Yoo piensa "muévete", la cola de la rata se mueve.

Se trata de una prueba temprana para producir los efectos comúnmente asociados a la telepatía, emulando físicamente una conexión que se pretendería intangible entre dos cuerpos vivos --en este caso, el de un científico y el de una rata. Aunque esto todavía no llega al nivel de los trucos mentales de los Jedi o a los diálogos invisibles entre el profesor Xavier y Jean Gray, la emulación de la telepatía utilizando electrodos es sólo el primer paso para toda una nueva serie de preguntas a respecto de la naturaleza de la transferencia de información en la mente y --más importante-- entre distintas mentes.

Christopher James de la Universidad de Warwick construyó un dispositivo que permitía a los electrodos conectados de su cerebro encender una serie de luces LED si pensaba en mover su mano izquierda (aún sin moverla efectivamente), y otra serie de luces si pensaba en mover su mano derecha. Miguel Nicolelis de la Universidad de Duke conectó los cerebros de dos ratas confrontadas con la misma tarea: mover una palanca para recibir una recompensa (una bebida). Cuando la primera rata elegía mover una entre varias palancas disponibles, la actividad de su corteza motriz era grabada y convertida a una señal más simple, un pulso o varios dependiendo de la palanca que eligiera; dicha opción era transmitida a un implante en la corteza motora de la segunda rata, con su propio set de palancas para elegir. Si elegía la misma palanca que su compañera anónima (lo que ocurrió 64% de las ocasiones) ambas recibían una bebida extra. Lo curioso es que la primera rata estaba en la ciudad de Durham, Carolina del Norte, mientras la segunda estaba en Natal, Brasil.

La transmisión de información simple (dos opciones, algo parecido al viejo y confiable código binario) ya es una realidad, ¿pero qué hay de contenidos que no se dejan resumir tan fácilmente? ¿Qué hay de sensaciones, memorias, ideas? ¿Órdenes? ¿Un olor específico, como el de la madalena proustiana, proyectado de manera invisible e inmediata entre una mente y otra sin conexión física entre ambas?

Los científicos han encontrado curiosas dificultades. Por ejemplo, que los individuos no conceptualizan de la misma forma cosas tan simples como la idea de una puerta, y ni siquiera con la misma zona del cerebro. Teóricamente, para encontrar la misma idea de la misma forma en dos mentes distintas, tendríamos que indexar el contenido de ambas mentes y crear un código común de referencias cruzadas entre la actividad neuronal de ambas, algo lejano aún al espectro de las posibilidades.

Sin embargo, la naturaleza de la comunicación verbal realiza la labor de codificación y decodificación de una manera asombrosamente simple: por default, el ente conocido como "naturaleza" nos ha dotado con la capacidad biológica para producir e interpretar sonidos altamente simbolizados que transmiten contenidos asociados arbitrariamente a su consistencia material: la palabra "puerta", en rigor, no tiene nada que ver con una puerta real. Pero cuando alguien dice puerta, o dinosaurio o sed, otra persona puede saber de qué se trata. En un sentido puramente formal, el lenguaje verbal es una forma de telepatía.

[BBC]