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Delfines asesinos abandonan el ejército en búsqueda de hembras

Ecosistemas

Por: pijamasurf - 03/14/2013

Delfines entrenados para el combate por fuerzas ucranianas abandonaron su regimiento, al parecer en búsqueda de un poco de sexo.

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Las dos grandes épicas que mueven al espíritu son la guerra y el amor --pero casi cualquiera con cierta sensibilidad se decide por el amor (y marcha a la batalla sólo cuando la guerra se interpone con el amor, como ocurrió con el rapto de Helena de Troya). Los delfines, que para algunos pueden considerarse "personas" y que suelen ser admirados por su sensibilidad, han vuelto a demostrar su predilección por el amor (en su manifestación más instintiva), dejando las cuitas de la  guerra al hombre --y de paso cumpliendo el sueño de todo soldado.

Tres delfines entrenados por las fuerzas navales de Ucrania para el combate han sido reportados como desaparecidos, después de un ejercicio en el que no regresaron a su base en Crimea. Se cree que los delfines abandonaron el regimiento persiguiendo hembras.

Ucrania anunció el año pasado su plan de utilizar delfines armados con cuchillos y pistolas y portando cámaras con el fin de buscar minas y eliminar distintos objetivos. 

La Unión Soviética ya había empleado cetáceos en su estrategia militar, por lo cual esta reciente fuga no ocurre sin antecedentes. "El control sobre los delfines era muy común en los 80", dijo el oficial naval retirado Yuri Plyachenko. "Si un delfín macho veía una hembra durante temporada de apareamiento, entonces inmediatamente iba detrás de ella. Pero regresaba en una semana más o o menos". Veremos si estos tres delfines regresan después de su excursión romántica, o la misma doctrina de la miel los hace valorar demasiado la libertad y se escapan para siempre (teniendo todo el mar como su tálamo). 

[NY DAILY NEWS]

 

Los gatos se van, los gatos regresan (casi siempre): una metáfora natural sobre la posesión y la pérdida

Ecosistemas

Por: pijamasurf - 03/14/2013

El desapego legendario de los gatos es tomado como pretexto por Caroline Paul y Wendy MacNaughton (escritora e ilustradora, respectivamente) para un emotivo relato que, en un acto de transferencia literaria, nos habla sobre la posesión y la pérdida y las dificultades de las relaciones humanas.

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Parte de la naturaleza de los gatos es desaparecer. Así, lacónicamente. Y también reaparecer, salvo que alguna perturbación en el universo lo impida. Así, trágicamente.

Como es sabido, Haruki Murakami abunda en sus novelas sobre este motivo, que tiene mucho de literario y también de filosófico, una metáfora incidental de la vida cotidiana que anima reflexiones espirituales sobre la posesión, la pérdida, el reencuentro y la posible banalidad de todo ello. Los seres se van, siempre; los seres regresan, a veces; y en todos los casos hay que vivir con eso. De ahí, quizá, la importancia del presente como la única posesión que verdadera, fugaz, paradójicamente, tenemos.

Sobre este asunto, Caroline Paul y Wendy MacNaughton (escritora e ilustradora, respectivamente) han elaborado un emotivo relato gráfico titulado Lost Cat: A True Story of Love, Desperation, and GPS Technology, un ejercicio imaginativo que también podría calificarse como de “transferencia”, pues tomando como pretexto el comportamiento gatuno prototípico, traza el sinuoso camino de las emociones humanas frente al apego y el abandono, la soledad, la desesperación, el miedo, la posibilidad que queremos real y efectiva (porque quizá en el fondo la sabemos  ilusoria) de relacionarnos con alguien, de asirnos a este mundo por medio del vínculo con una persona.

Antes de escribir Caroline pasó por un accidente aéreo que la dejó parcialmente inmovilizada y deprimida. Para su fortuna, sus dos gatos, Tibia y Fibula (Tibby y Fibby, hipocorístico para estos felinos que tienen nombres de huesos) tuvieron durante su convalecencia una actitud que no es exagerado comparar con el cuidado y la preocupación, acercándose a ella, manteniéndola en el mundo de los vivos. “Entretanto me mantenía despierta, rodeando el pozo profundo y oscuro de la depresión. Sin mis gatos, habría caído justo en el fondo”. 

Hasta que, un día como cualquier otro, Tibby desapareció. Y, como en las tragedias griegas, el cosmos entró en desequilibrio. Solo que este mundo ya no es el de entonces, y la búsqueda heroica se puede emprender, pero sus resultados son más bien inciertos e improbables.

Wendy y Caroline, que son pareja, buscaron por todos los alrededores, pegaron carteles y visitaron refugios, incluso consultaron a un psíquico: sin éxito.

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Hasta que, un día como cualquier otro, Tibby reapareció. Solo que, como en un relato de Murakami (que quizá no sea más que una demorada variación de la sentencia de Heráclito), no era enteramente la misma Tibby de antes.

La curiosidad mató al gato, reza la conseja popular, pero más preciso sería decir que la curiosidad trastorna la delicada fragilidad de los aprehensivos. ¿Dónde estuvo Tibby que regresó tan cambiada? ¿Qué vivió que la transformó de esa manera? ¿Será un exceso rastrear sus andanzas con un GPS y resolver así la duda? ¿De verdad se resuelve así la duda?

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“Toda búsqueda es un viaje, todo viaje una historia. Toda historia, a cambio, tiene una moraleja”, escribe Caroline en el último capítulo de su libro. Pero, por fortuna, no escribe una moraleja, sino siete, de las cuales las dos finales resumen la que posiblemente sea la mejor manera de transitar por el escarpado camino de las relaciones emocionales y humanas:

6. Nunca podrás conocer a tu gato. De hecho, nunca podrás conocer a nadie tan absolutamente como quisieras.

7. Pero está bien. El amor es mejor.

 

Otras imágenes del libro:

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