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La palabra más larga del mundo: 3 horas y media para pronunciarla (VIDEO)

Por: pijamasurf - 12/12/2012

Al menos para en el idioma inglés, la palabra más extensa tiene nada menos que 189,819 letras, una longitud que, al pronunciarse, tomó a Dmitry Golubovskiy 213 minutos (o 3 horas con 33 minutos).

El singular vocablo es el nombre de una proteína gigante conocida entre los especialistas solamente como Titin. Según es práctica común en la ciencia, el nombre las proteínas se forma con la unión de los químicos que las componen, lo cual revela que Titin es también la proteína más larga hasta ahora conocida.

La recitación oscila entre el conjuro y el mantra, sonidos que solo son sutilmente distintos y cuya repetición monótona sume en una especie de trance mágico -o absurdo.

Después de todo, como sentenciara lúcidamente el gran escritor Arthur C. Clarke, “la magia es solo ciencia que no entendemos aún”.

En el sitio Huffington Post, la transcripción del vocablo.

También en Pijama Surf: Abracadabra: el poder de crear con la palabra.

El campo de batalla del futuro: tu cerebro

Por: pijamasurf - 12/12/2012

La tecnología militar lleva la vanguardia históricamente en la innovación y la intersección entre la neurociencia y la cibernética parece ofrecer un interesante campo de desarrollo: en el futuro ti cerebro podría ser hackeado por el enemigo

Joint Base Lewis McChord / Flickr

La guerra ha sido una de las actividades que más caracterizan a la especie humana, una de las formas en que evolucionó el afán de supervivencia, la lucha perpetua por los recursos que aseguren la subistencia en este mundo. Y si bien, por siglos, el campo de batalla fue el territorio mismo, el terreno como tal, en el futuro, en los años que se encuentran más cerca de lo que quisiéramos, la guerra se librará en las personas mismas (¿como ya sucede?), en su interior, en el órgano que defines quiénes somos: nuestro cerebro.

Ese es el objetivo de varias entidades enfocadas en el desarrollo de biotecnología, de interfaces cerebro-computadora que generan una simbiosis entre el cuerpo y las máquinas.

Por ejemplo, el proyecto Human Conectome Project, que si bien tiene propósitos humanitarios, en su propósito de conectar al cerebro con sistemas robóticos tiene, paralelamente, implicaciones bélicas. Si bien una de estas interfaces podría ayudar a que un soldado opere una prótesis robótica para un miembro perdido en el combate (un brazo, una pierna), este mismo recurso puede hackearse y reconfigurarse para matar.

Barnaby Jack, experto en seguridad, ha demostrado la vulnerabilidad de estos sistemas, la facilidad con que la biotecnología de estimulación craneal profunda o nerviosa puede volverse en contra de su propio usuario.

Otros experimentos han probado que es posible controlar drones aéreos y exoesqueletos de metal solo con la mente, lo cual llevaría el combate a un nivel muy distinto del que se ha ejercido hasta ahora, planteando escenarios en los que una guerra, desde cierta perspectiva, se libraría solo con el pensamiento.

La imaginación es poderosa y no parece descabellado suponer mecanismos que permitan manipular a las personas, obligar a soldados a que disparen el arma que llevan contra su voluntad, o que alguien revele información que había jurado mantener en secreto (con procedimientos mucho más sencillos que la tortura, mucho más efectivos y que quizá no dejarían rastro).

La neurociencia, en efecto, tiene un cariz sumamente admirable, que podría traer consigo beneficios que nunca antes el ser humano había creído posibles, pero igualmente, como ha sucedido a lo largo de la historia con el conocimiento científico, sus descubrimiento y desarrollos podrían volverse perjudiciales y alimentar esa parte de nuestra civilización que mantiene una tensión perpetua entre quienes buscan erradicarla y quienes obtienen beneficio del conflicto.

[Wired]