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¿Por qué los estadounidenses son tan fáciles de manipular? (¿Solo ellos?)

Política

Por: pijamasurf - 10/17/2012

Conductismo y consumismo son dos ideologías y modos de ser y estar en un mundo dominado por el afán de ganancia que se corresponden en la construcción de sujetos maleables que fáciles de controlar y manipular, un modelo cultural que aunque parece exclusivo de Estados Unidos, es exportado a tantos países como llegue el modelo capitalista.

De algún modo no parece casualidad que Estados Unidos sea la principal fuente de teorías de la conspiración e hipótesis que tienen todas como rasgo común la idea de un poder superior que manipula la realidad colectiva para hacer cumplir su voluntad sin que nadie, a excepción de unos cuantos “paranoicos”, lo note ni lo impida: en una sociedad con tan alto grado de industrialización y sofisticación de la vida cotidiana, la simulación parece una consecuencia previsible. Fue justamente a partir de un viaje a la Unión Americana que Jean Baudrillard, uno de los filósofos más lúcidos de las últimas décadas, consolidó sus ideas sobre la presencia del simulacro en los mecanismos sociales por los cuales se construye la [hiper]realidad.

“La corporatización de una sociedad requiere de una población que acepte el control de la autoridad, por eso cuando los psicólogos y los psiquiatras comenzaron a proveer técnicas que pudieran controlar a la población, la corporatocracia abrazó a los profesionales de la salud mental”, escribe Bruce E. Levine al inicio de un artículo publicado en el sitio Alternet en el que se pregunta por qué los estadounidenses son tan fáciles de manipular y controlar.

Levine traza la historia de los profesionales de la mente que, comenzando con el famoso padre del conductismo B.F. Skinner, centraron su labor en descifrar los supuestos mecanismos por los cuales el control masivo de la población sería no una fantasía totalitaria sino una realidad asequible, sin importar que estos “descubrimientos” atentaran contra la ética de su profesión e incluso contra circunstancias mucho más trascendentes como la democracia misma. Justificados en la felicidad y la igualdad —como ya lo imaginaran los utopistas del Renacimiento— los psicólogos de mediados del siglo XX buscaban la normalización de todos los individuos, la homogeneización de una sociedad entera, como antecedente necesario e irrenunciable para suprimir la posibilidad de alteración y conflicto.

Desde la perspectiva del conductismo y su concepto del condicionamiento operante —una variación del “clásico” acuñado por Ivan Pavlov en el que un estímulo produce siempre una misma respuesta— la dinámica individual, y por ende la social, solo obedece al refuerzo positivo o al negativo, a las recompensas o los castigos, al dinero o los electroshocks, en el salón de clases o el lugar de trabajo, la sala familiar o la vía pública.

Imprevisiblemente, en las últimas décadas del siglo XX el conductismo encontró una enorme resonancia con otro de los modos de ser y estar en el mundo más característicos de esta época: el consumismo. Expresión neta, íntima, del capitalismo, la compulsión a consumir, tan necesaria para el sistema, se consolidó gracias a algunas de las premisas más elementales de la corriente psicológica fundada por Skinner, extendiéndose a ámbitos más allá de lo meramente económico. “El comprador, el estudiante, el trabajador y el votante son todos para el consumismo y el conductismo la misma cosa: objetos condicionables, pasivos”, escribe Levine, identificando esa relación de igualdad entre personas y objetos que al final terminan, ambos, convertidos en mercancías disponibles para su compra-venta.

Individuos controlados, mansos, cumplen fácilmente propósitos planteados de antemano. La pregunta, claro, es quién fija estos propósitos. Y, en una sociedad como la nuestra, la respuesta es sencilla: quien pueda pagar por los servicios de los científicos que prometen dicho control social.

Alfie Kohn, por ejemplo, escritor que se ha enfocado en temas como la paternidad, la educación y el comportamiento humano, ha documentado cómo la modificación del comportamiento es mucho más factible en personas dependientes, sin poder, infantilizadas, aburridas e institucionalizadas —de ahí que sean justamente estas características la que las autoridades buscan diseminar entre la población. Igualmente, según las investigaciones de Morton Deutsch, el condicionamiento se facilita en personas a quienes les desagrada lo que están haciendo. Por último, la probabilidad de enfrentar un desafío está en función de la dificultad de este y la magnitud de la recompensa que se obtendrá el completarlo (se trata de las calificaciones en la escuela o el salario en el trabajo).

Sin embargo, la naturaleza de la democracia, su dinamismo intrínseco, se confronta directamente con el conductismo. La existencia de muchas opciones, la capacidad de elección, los incentivos para que sea el propio individuo y su comunidad quienes transformen su realidad inmediata, son circunstancias que contradicen la búsqueda del control y la manipulación masivos por parte de una élite que necesita de estos para generar sus ganancias y conseguir sus fines particulares.

Por desgracia, esta no es una realidad que pertenezca a una época pasada o un país que no sea el nuestro. Se trata de un sistema económico y cultural, amplio, que trasciende fronteras y mientras se revele exitoso —apariencia de éxito debido a la falta de modelos alternativos— persistirá en el tiempo y será exportado a toda sociedad que funciones bajo la lógica capitalista.

[Alternet]

Millones de personas diagnosticadas con enfermedades mentales, ¿control social o negocio del Big Pharma?

Salud

Por: pijamasurf - 10/17/2012

36 millones de personas en todo el mundo han sido diagnosticadas con alguna enfermedad mental: ¿de verdad el mundo se está volviendo loco o detrás de este crecimiento exponencial se encuentra el negocio de las grandes farmacéuticas o una estrategia de control social?

En años recientes el diagnóstico de enfermedades mentales ha superado los récords de todas las épocas. Proporcionalmente, en nuestra época hay más enfermos mentales que en ninguna otra, rondando los 36 millones de personas y provocando que, por ejemplo, un sistema de salud como el de Estados Unidos entre en una crisis financiera por lo medicamentos cuyo consumo se impone como obligatorio después de haber obtenido un diagnóstico.

El repunte exponencial de estos trastornos —al menos en las estadísticas— presenta la duda de si de verdad el mundo se está volviendo loco, si se trata de una importante veta de ingresos para las grandes farmacéuticas o si en el fondo se encuentra otra estrategia de control social.

Como sabemos, el llamado Big Pharma no tiene escrúpulos en lanzar al mercado medicamentos no suficientemente probados en sus efectos positivos contra una enfermedad pero, en contraste, enfocados en algunos de los males sobre los que más pesa el fantasma del miedo y el temor, manipulando de tal modo estas emociones humanas para que sus productos sean consumidos. Tan solo por medicamentos contra el Alzheimer, las grandes industrias farmacéuticas esperan recibir hasta 14 mil millones de dólares al año de aquí al 2020.

Igualmente factible es la hipótesis del control social. El también reciente incremento en los diagnósticos de autismo e hiperactividad plantea la posibilidad de toda una generación de niños que, al crecer, serán adultos con antecedentes de consumo de medicamentos, los cuales además actúan directamente sobre las capacidades cognitivas del individuo. Sedar a una persona en un contexto de autoridad como el de la medicina, puede ser una de las mejores formas de conseguir su control.

Es posible, claro, que el mundo entero se esté volviendo loco, pero quizá haya quienes estén tomando ventaja de esta situación.

Con información de Alternet