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El escritor Salman Rushdie considera que la fatwa por "Los versos satánicos" valió la pena

Arte

Por: pijamasurf - 09/20/2012

Con motivo de la publicación de un libro de memorias, "Joseph Anton" (su pseudónimo durante el tiempo de la fatwa: Joseph por Conrad y Anton por Chéjov), el escritor Salman Rushdie recapitula las circunstancias crítica en torno "Los versos satánicos", novela que puso en peligro su vida y alteró irreversiblemente su existencia.

La historia es conocida: apenas publicada su novela The Satanic Verses, en 1988, Salman Rushdie se ganó por ella una fatwa, la sentencia a muerte de la ortodoxia islámica lanzada por el ayatola Ruhollah Khomeini, supremo líder de Irán en la época, quien ofreció una recompensa monetaria a quien quitara la vida al blasfemo.

Aunque en clave de ficción, Rushdie basó parcialmente su novela en la vida de Mahoma, el profeta de Alá, en una manera poco complaciente para quienes creen fervientemente en su santidad. Pero incluso sin la amenaza directa por parte de la autoridad político –religiosa mencionada, hubo manifestaciones en contra del autor y quema pública de sus libros en países como Pakistán, India e incluso el Reino Unido (donde se publicó originalmente y adonde Rushdie acudió a refugiarse).

Ahora, más de 20 años después del incidente y los últimos 9 viviendo sin ningún tipo de protección policiaca, Rushdie que todo ello valió la pena.

El autor acaba de publicar un libro de memorias que lleva por título Joseph Anton, el pseudónimo que adoptó durante los años que vivió a salto de mata: Joseph por Conrad y Anton por Chéjov. Curiosamente, al mismo tiempo que el autor intenta cerrar ese capítulo de su pasado por medio de la escritura, el actual ayatola Hassan Sanei renovó la fatwa, ofreciendo hasta 3 millones de dólares a quien asesine a Rushdie, esto a pesar de que dos presidentes iraníes la declararon inválida en 1998 y en 2007.

Rushdie por su parte parece ya no preocuparle tanto el asunto, aunque acepta que nunca, sin en su sueño más egomaníaco, esperó que esto sucediera. “La idea de que esto pasara con una novela literaria de 600 páginas me parece muy improbable. No soy ingenuo”.

En cualquier caso, es evidente que la persecución en su contra afectó directamente su vida, tanto personal como creativamente : “Probablemente perdí uno, si no es que dos libros en esos años, en parte por la fuerza apabullante del evento y lo mucho que me golpeó y me sacó de balance por un tiempo, en parte porque después, cuando volví a ganar equilibrio, los días llenos de ocupaciones tratando de llevar a cabo una campaña política internacional, intentando arreglar encuentro con gobiernos de diferentes países con recursos muy limitados, con la ayuda de pequeñas organizaciones de derechos humanos y unos pocos amigos, consumió sorprendentemente mi tiempo. Ciertamente fueron un par de años en los que la idea de escribir una novela pasó a segundo plano”. Y, con todo, no fue del todo tiempo perdido, pues a esta época pertenecen algunos de sus mejores relatos cortos (compilados en East, West), su libro para niños Haroun and the Sea of Stories y algunos libros de ensayos.

Quizá, entre las pocas frustraciones que Rushdie acarrea de este periodo, sea el hecho de que, en su propias palabras, “perdió sus 40”, una edad que para se considera la más creativa o fructífera en la vida de una persona. “Mis 40 fueron toda esa basura”, dice.

Pero en el otro lado de la moneda no deja de encontrarse cierto orgullo, pues “la crisis revela el carácter” y, en el caso del escritor, le hizo ver que era capaz de resistir, tanto la cacería emprendida en su contra como la pérdida, en el ínterin, de su esposa, la obligación de tener que criar solo a dos hijos y una breve temporada de alcoholismo. Sin embargo, como buen escritor, de alguna manera Rushdie encontró consuelo en sus antecesores, esa genealogía de la que inmediatamente alguien se siente parte cuando se hermana en la desgracia que otros antes que él sufrieron:

También seguía diciéndome —y no sé si esto suene exagerado o no— que estaba inspirado por la historia de la persecución literaria. Pensaba que esto había pasado antes, que no era la primera persona a quien esto había sucedido. Escritores habían estado en situaciones terribles y aun así las habían manejado para producir trabajos extraordinarios. Pensaba en Jean Genet en prisión. En Dostoievski enfrentando un pelotón de fusilamiento. Pensaba en los escritores de la literatura Samizdat y así sucesivamente. Sabemos que la historia de la literatura está llena de momentos en los cuales los escritores en situaciones pavorosas producen buenas cosas. Y pensaba para mí: “Bueno, si es tu turno, si eres el último en la fila de esas personas, no pongas excusas”. Sí, estás, como dice la policía, ‘atascado en un infierno’ [“hell of a jam”], pero esa no es excusa para no hacer tu trabajo. Así que ya sabes, manos a la obra, me decía a mi mismo.

Por último, vale la pena recuperar una pequeña historia contrafáctica que el entrevistador, David Daley, editor ejecutivo de la revista Salon, construye a partir de las circunstancias en torno a Los versos satánicos. Comienza Daley:

Has escrito que tu y tu editor [Viking Press], por fortuna, pudieron costear la defensa del libro. Pero hay una línea prescindible en la que dices que si Bloomsbury hubiera sido tu editorial, las cosas habrían sido diferentes —y Bloomsbury quizá ho hubiera sido capaz de descubrir una autora sin publicar con el nombre de J. K. Rowling. Tú hiciste posible Harry Potter.

¡Exactamente! (Risas) Bueno, espero que ella esté jodidamente agradecida.

La entrevista completa en el sitio Salon

Glenn Gould, el legendario y excéntrico pianista canadiense, genio según algunos, cumpliría hoy 25 de septiembre 80 años; en esta nota una breve semblanza biográfica y una pequeña muestra de sus singulares interpretaciones.

Este 25 de septiembre se cumplen 80 años del nacimiento de Glenn Gould, uno de los pianistas más reconocidos de las últimas décadas, un “espíritu puro” que estableció con la música una relación profunda, singular, expresada además diáfanamente.

Célebre sobre todo por sus interpretaciones de Bach, por la audaz sustitución del clavecín por el piano y el tratamiento de este como instrumento barroco, Gould también probó suerte con otros compositores: con los de la llamada “Segunda Escuela de Viena”, Schoenberg y Berg especialmente, con quienes sentía afín espiritual y estéticamente; con Brahms, cuya interpretación de sus Intermezzi se considera una de las más tristes jamás ejecutadas, una que se corresponde con la melancolía de las composiciones; con Debussy, con otros compositores barrocos, con Chopin (que nunca terminó de agradarle), con Mozart (sobrevalorado según su criterio, representante de ese dramatismo artificial que solo arruina la música), con Wagner y algunos otros que completan un repertorio sumamente riguroso, integrado a partir de una idea y una voluntad que quisieron devolver a la música el regocijo mental que representa, la alegría de la contemplación espiritual que solo a partir del entendimiento se extiende al resto de nuestro ser.

Por otro lado, en una época en que las salas de concierto con miles de butacas y la posibilidad de la grabación causaron sensación en la vida cultural, Gould en cierto momento renunció a todo ello o adaptó los propósitos de estos recursos para sus propios fines. Así, por ejemplo, a partir de los 31 años dejó de presentarse en público para volcarse totalmente a las salas de grabación, haciendo de estas el lugar idóneo para conseguir la interpretación perfecta, para ensayar una y otra vez hasta dar con el sonido buscado.

El pianista canadiense también contribuyó en la formación de esa idea más o menos vaga que a veces se tiene de un músico (o, como en su caso, de un genio): hosco, receloso del trato con los semejantes, a veces francamente misántropo. La excentricidad de Gould —siempre con frío, siempre con muchas prendas sobre él, temeroso del contacto corporal, con sus guantes, con la regla autoimpuesta de nunca estrechar las manos de otros, con escasísimas relaciones personales, esos murmullos al tocar el piano que tanto molestaban a los puristas, con rituales como el de ir cada tanto, en la madrugada, a un merendero en Toronto a cenar huevos revueltos— es también legendaria, motivo de curiosidad para algunos que quisieron ver en su personalidad algún tipo de autismo, probablemente Asperger, aunque otros más han refutado esta hipótesis.

Pero esto es lo menos importante. Siempre que seamos capaces de escuchar alguna de sus interpretaciones, poco, de verdad poco, será más importante.

A continuación algunos videos de YouTube con grabaciones de Glenn Gould. Una selección más o menos representativa pero no, en modo alguno, conclusiva. El acervo no es infinito, pero sí muy amplio, abierto para quien quisiera saber más sobre el pianista.

Twitter del autor: @saturnesco

Segundo y Tercer movimientos del Concierto para clavecín No. 5 de J. S. Bach (grabación de 1957):

 

 

Las Variaciones Goldberg en la grabación de 1955:

 

 

Las Variaciones Goldberg en la grabación de 1981:

 

 

Quinteto para piano y cuerdas de Shostakovich:

 

 

Tres Intermezzi de Brahms:

 

 

 

 

Schoenberg:

 

 

Glenn Gould como director: Mahler:

 

 

y Wagner:

 

 

 

 

Gould y su singular entendimiento de Mozart:

 

 

Fragmento del primer movimiento de la Partita No. 2 de Bach:

 

 

Una de sus composiciones, un divertimento bachiano: