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Cuando caminamos hacemos algo más que simplemente dar un paso después de otro: ponemos en el espacio la calidad de nuestros pensamientos, el estado en el que estos se encuentran, la forma que toman y que encuentra su correspondencia en la realidad misma.

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El viernes pasado, al salir del trabajo, tomé el metro para ir al centro de la ciudad. No recorrí ni pocas ni muchas estaciones: apenas las suficientes como para no arrepentirme y regresar a mitad de camino. Bajé en una cercana al departamento que alguna vez pensé en rentar, caminando un poco con la intención no declarada de encontrar otro de similares condiciones y en la misma zona. Pero este era apenas un objetivo flojo. La verdad es que mi rumbo no era cierto y, sin saber muy bien cómo, terminé en las calles más céntricas de la colonia. En cierto momento pasé por el S. C. y no recuerdo si antes o solo en su proximidad reconocí de pronto que tenía hambre. Entré y bebí también un tarro de cerveza, con premura los primeros y los últimos tragos, los intermedios con la lentitud que da el estar comiendo. Hasta ahora no lo he dicho, pero esa tarde me sentí especialmente solo, porque llamé pero, contrario a lo que dicen los Evangelios, nadie abrió, quien aún ahora se encuentra detrás de esa puerta simplemente no quiso abrirla. Estaba solo y triste, como lo estoy ahora, pero viva entonces la cruel esperanza de que todavía alguien acudiría a levantarme del rincón donde me había vencido para esperar. Quizá por eso llamó mi atención el intenso movimiento del restaurante. Sentado en la barra, frente a las parrillas donde media docena de mujeres prepara los alimentos que se sirven, presencié las evoluciones de los gestos que se dan entre quienes forman parte de un circuito de obediencia y jerarquías. Las miradas, las inflexiones de voz, las variaciones más o menos inconfundibles de quienes no se sienten bien reconviniendo a otros (pero lo tienen que hacer) y quienes interpretan o entienden mal ese disgusto y así, equivocado, lo transmiten a sus inferiores. El ir y venir de los meseros, la incapacidad para realizar una tarea sencilla y muy posiblemente rutinaria, los procedimientos sorprendentemente rudimentarios para corregir un error. Así estuve un buen rato, compensando con este seguimiento de la actividad exterior mi pasividad y mi vacío internos. Hasta que me di cuenta de esto mismo y el asunto perdió interés para mí. Pagué y salí, dejando una buena propina a la cocinera que me atendió (como hacen los solitarios) y despidiéndome de otra que por coincidencia con su descanso comió a mi lado. Salí a una calle que he recorrido cientos de veces desde niño y, sin embargo, no supe hacia dónde caminaba. En el fondo creo que tampoco me importó. Los efectos de la embriaguez se apresuran y se agudizan en una mente atribulada, paradójicamente, la misma que más busca o disfruta el sueño en el que, como los hijos en una fiesta de sus padres, caen pronto los problemas bajo la influencia del alcohol. Entre la inercia y el sinsentido, di varios pasos sin ninguna orientación ni una idea precisa de cómo llegar a una calle que mi mente se fijó como frontera que me sacaría de esa zona ignorada y confusa que durante ese tiempo algo tenía de irreal, de falseada, de montaje y de sucedáneo. Miré al cielo, casi oscuro, todavía vespertino. Miré los edificios más altos, buscando inútilmente un punto de referencia, una o dos cúpulas delante y detrás de mí que no me indicaron nada. Caminé otro poco y justo antes de saber dónde estaba y hacia dónde debía dirigirme, caí en cuenta de que estaba perdido y había perdido el rumbo.

 

ii

Tarde, después de comer. Le pregunto si podemos hablar. Acepta. Y comenzamos, atropelladamente. El amor es complicado, en buena medida porque se trata de una de esas realidades ante la cual el lenguaje se revela como la engañosa trampa que es, como ese artificio casi perfecto que hace creer que podemos controlar el mundo como malamente controlamos lo que pensamos y decimos. Caminamos entre losas de concreto levantadas por las raíces de los árboles. Caminamos con la vista baja, mirándonos de vez en cuando, quizá poniendo menos cuidado en los pasos dados que en las palabras elegidas y escuchadas. No puedo transcribir lo que entonces dije y escuché, pero tampoco quisiera ensayar una síntesis y ni siquiera una suma de palabras que dé una idea, así sea parcial, de lo que ahí ocurrió. Es algo que probablemente nunca olvidaré, que de algún modo recordaré siempre y, más bien, que encontrará otras formas de manifestarse ―y eso me basta. Por lo demás, ¿qué de lo que dice un hombre enamorado y una mujer que no lo desea puede ser novedoso, original o sorprendente? Todo y nada a la vez. La creación del mundo sucede todos los días, y todos los días es milagrosa y admirable y monótona y aburrida. Llegamos a un punto en el que deberíamos dar por terminado el asunto, pero no hemos terminado. Pasamos a una avenida con un amplio camellón arbolado en su parte media. Unos pocos metros y ella no tiene nada más que decir. Es mi turno, el turno de los circunloquios y los murmullos, de las palabras entrecortadas y los accesos de entusiasmo, de la exploración de un terreno desconocido que por momentos parece hostil o adverso. Damos una vuelta y de nuevo llegamos al punto donde deberíamos dar por terminado el asunto. Pero no hemos terminado. Me detengo en la puerta donde deberíamos entrar ya, pero mi inmovilidad la desespera. Otra vez nos ponemos a caminar y otra vez damos la misma vuelta. Y lo que digo cumple la misma repetición, se contagia de la misma sensación de ya haber pasado por ese punto que tienen las cuatro calles que efectivamente acabamos de recorrer. Es inútil o absurdo seguir hablando. Por fortuna la última esquina está ya a la vista: la salida de ese inverosímil laberinto cuadrangular hecho únicamente de bordes exteriores.

 

iii

«From fairest creatures we desire increase»: de ciertas personas quisiéramos que, a pesar de todo, no nos dejaran tan pronto. Quizá no entendemos que la función desempeñada en ese momento ―y más que la función, su naturaleza misma, la esencia adquirida en las circunstancias de ese instante vital― fue la de un guía, la de alguien que acompaña pero solo para mostrar el camino, para enseñar a hacer algo que después tenemos que hacer por nosotros mismos, alguien con quien alcanzamos la salida del laberinto al mismo tiempo que conocemos la historia del laberinto.

Pero darse cuenta de esto, que puede no ser cierto, no es fácil. Hace falta, por ejemplo, echarse a caminar por calles que pocas veces se recorren, deambular con el mínimo de orientación hasta llegar ―azarosa pero inevitablemente― a una esquina donde se reconoce o se recuerda la conducción de otro, un cruce a partir del cual ―sabemos ahora― es posible continuar o volver.

Dar entonces la espalda al retorno, completar la misión del guía, entender que algunas personas solo llegan para responder una pregunta y de inmediato se van, azacanadas por la prisa y la incomodidad de estar mucho tiempo en un mismo sitio: esa es su naturaleza, la esencia misma que adquirieron para con nosotros en ese instante vital.

Twitter del autor: @saturnesco

Imagen: Donato Buccella / sibemolle

¿Te has preguntado en que cambiaría tu vida, tus obligaciones, y tu camino personal si se confirmara que las torres gemelas fueron derrumbadas por el propio gobierno de Estados Unidos?

ataque wtc 9/11

 Hoy se cumplieron once años de esa estrambótica mañana en la que millones de personas nos enteramos, gracias a un bombardeo mediático sin precedentes, que un supuesto ataque terrorista había provocado el derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York. Gracias a la exhaustiva cobertura de los grandes medios  observamos una y otra vez el momento en que un par de aviones de American Airlines se estrellaban respectivamente sobre cada uno de estos emblemáticos edificios. Ah, por cierto, hubo un tercer ‘ataque’ en contra del Pentágono, sin embargo, por alguna razón, este fue relativamente marginado por la parafernálica cobertura.

A partir de los sucesos de aquel histórico martes se desató una nefasta retórica, con su respectiva agenda, por parte del gobierno estadounidense (la cual fue seguida por diversos aliados y paleros). La famosa frase ‘guerra contra el terrorismo’ fue documentada en centenares de ocasiones mientras era expresada por George W. Bush, personal de su gabinete, y algunos líderes de opinión.  La vigilancia, y por lo tanto el control, se endurecieron en ciudades, fronteras y aeropuertos. Eventualmente se colocó un rostro al enemigo: se trataba de un millonario saudí de nombre Osama bin Laden, y EUA se apresuró a invadir Afganistán bajo el pretexto de cazar a bin Laden y sus secuaces de Al-Qaeda –Hollywood no tardaría en capitalizar el estereotipo del árabe malvado para protagonizar el papel de villano en decenas de películas de acción–. Un par de años más tarde, la desbordada ‘War on Terror’ llegaría a Irak, siendo está la segunda invasión justificada a partir del 11 de septiembre de 2001.

Resulta fácil entender el por qué este suceso se convirtió en materia prima ideal para entretejer o intuir conspiraciones y agendas ocultas. Su relevancia geopolítica, las múltiples inconsistencias, la voraz cobertura mediática y los monumentales intereses financieros en torno al evento, son ingredientes más que suficientes para dudar de las versiones oficiales. Pero curiosamente a once años del virtual atentado aún no hay nada claro (al menos no de manera contundente). Y entre tanta información y desinformación (una confusa danza a la cual parecemos estar cada vez más acostumbrados), a estas alturas me da la impresión que la única interrogante de relevancia en torno a este escenario es la siguiente: ¿En realidad importa lo que sucedió detrás del 11 de septiembre?

En lo personal creo que las teorías de conspiración tienen un aspecto saludable e incluso didáctico. Por un lado nos invitan a dudar de versiones hegemónicas, aquellas que afirman tener toda la verdad y que excluyen la posibilidad de que una versión distinta, o inclusive opuesta, puedan tener algo de veracidad (en pocas palabras lo que conocemos como versiones ‘oficiales’). En este sentido el ‘conspiracionar’ nos recuerda que jamás habrá una sola perspectiva para entender o explicar un evento (y mucho menos un proceso que involucra una serie de eventos). A lo que me refiero es que este tipo de análisis de la historia remite lúdicamente a la naturaleza ‘posibilista’ y no absoluta de nuestro universo. Las cosas quizá no se rigen por un si/no, sino por un ‘tal vez’. Finalmente este tipo de teorías nos invitan a concebir la vida como un juego de rol, una especie de apasionante entretejimiento de narrativas que se complementan bajo una dinámica holográfica (o algo así). Pero tampoco podemos dejar de mencionar el lado patológico de el conspiracionismo, siendo su peor defecto el facilitar el cultivo del miedo (por cierto, la frecuencia más baja que tenemos disponible). La paranoia que fomentan adquiere fácilmente tintes caricaturescos, y hasta cierto punto caen precisamente en el mismo error que las versiones mainstream (el creer que lo que ellos han deducido es la verdad absoluta por encima del resto de las infinitas posibilidades, y cuando ello sucede las teorías conspirativas han perdido su mayor virtud).

Pero ahora volvamos a nuestra interrogante ¿En realidad importa lo que sucedió detrás del 11 de septiembre? Y aquí espero no ser malinterpretado en el sentido de que estoy desestimando las víctimas (y a sus familiares), o las múltiples y lamentables consecuencias que se desencadenaron a partir de dichos eventos. Lo que quiero decir es, si hoy se confirmará que el supuesto atentado terrorista del 11 de septiembre fue en realidad una espectacular puesta en escena orquestada por gobiernos, corporaciones y medios, que diferencia haría esto en nuestras vidas? ¿Qué nos diría de nuevo?

Que existen agendas ocultas que se diseñan de acuerdo a escalofriantes intereses, dejó de ser noticia hace mucho tiempo. Que el actual modelo socioeconómico es patético, pocos aún lo dudan. Que los grandes medios dan flagrante prioridad a los intereses corporativos de sus dueños por sobre su compromiso informativo, es cada vez más raro que alguien lo cuestione. Afirmar que detrás de prácticamente toda guerra podemos ubicar una agenda financiera, tampoco implica gran erudición. Que los gobiernos, y en especial el estadounidense, son más o menos hábiles para crear shows mediáticos que favorezcan su control sobre la población, es un fenómeno heredado desde hace siglos. 

Creo que si bien es valido estar atento a lo que sucede en aquellos distantes planos en los que parecen definirse nuestras vidas (las lúgubres mesas de madera fina alrededor de las cuales se reúnen tipos con trajes de lujo para tomar determinaciones de gran impacto), tampoco puedo evitar advertir que nuestras vidas, la tuya y la mía, en realidad se están definiendo en un carril mucho más simple. Un plano mucho menos complejo y seguramente menos espectacular (pero también con repercusiones inmensamente mayores): nuestra cotidianeidad.

Si Bush, sus amos, y sus subditos mintieron o no respecto al 9/11 no facilitará ni dificultará el hecho de que yo haga lo que me corresponde a lo largo de un martes. Tampoco definirá si un jueves elijo dar prioridad al bien común sobre el aparente bien personal a través de una ‘minúscula’ decisión. Si Osama bin Laden fue o no el culpable, si se encuentra inerte al fondo del mar o por el contrario está degustando un memorable Daiquiri, en compañía de unas prostitutas pleyadianas, junto con Hitler, Elvis Presley, y JFK, ninguna de estas posibilidades me exime de cumplir mi responsabilidad diaria (la que sea que me haya auto-impuesto de acuerdo a mis propios principios). El hecho de que los maléficos terroristas hayan en verdad atacado las Torres Gemelas o que estas hayan sido demolidas por agentes ultrasecretos del Nuevo Orden Mundial no hará más llano ni más inhóspito mi camino personal a la paz interior. Entonces vuelvo a preguntar ¿En realidad importa lo que sucedió detrás del 11 de septiembre de 2001?

La invitación que aquí les hago no se refiere a dejar de denunciar aquello que nos parece indignante, a dejar de cuestionar las verdades que nos parecen dudosas o dejar de combatir el cinismo que alimentan élites de nociva naturaleza y denigrantes agendas. Mi punto es simplemente darnos cuenta que nuestro trabajo, nuestro camino, no depende de ellos. Nuestra integridad no está en juego en esas pantanosas estepas. En cambio, cada decisión, cada micro-acto que llevamos a cabo un lunes cualquiera, un domingo de elecciones, o un viernes de fiesta, son las unidades que terminarán por determinar nuestras vidas (y en alguna medida participarán en el destino de aquellos con los que compartimos está dimensión).

La evolución real no es un episodio épico en nuestras vidas (a pesar de lo que Hollywood nos ha querido enseñar). De hecho es una especie de secuencia fractálica compuesta por diminutos bits de conciencia, de energía filtrada por intención, Y entre más personas asuman tajantemente esta responsabilidad, entre seamos más los que colocamos nuestra atención en el camino, y no en la pirotecnia que aparenta cobijarlo, entonces podremos gozar, en menor tiempo, ese sublime amanecer compartido que el universo tal vez nos ha prometido. Y, por cierto, parece que esta sería la mejor vía para evitar futuros 11's de septiembre, y así honrar en realidad la memoria de las miles de víctimas directas e indirectas...

Twitter del autor: @paradoxeparadis / Lucio Montlune