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Geometría diabólica: científicos comprueban que tener una "barba de chivo" hace que te veas maligno

Ciencia

Por: pijamasurf - 06/06/2012

La figura de un triángulo apuntando hacia abajo genera aprehensión y negatividad en el ser humano; cuando se forma esta figura geométrica en el rostro se genera una alerta inmediata, por esto la cultura pop representa a las personas supuestamente malignas con una barba de chivo

 

Un estudio científico realizado por médicos de la Universidad de Warwick sugiere que tener una "barba de chivo" (una barba puntiaguda) hace que una persona sea percibida negativamente.

En el estudio primero se mostraron a unos voluntarios rostros positivos, neutrales y negativos. Los rostros negativos fueron detectados primero. Esto, tiene una explicación evolutiva: si estas cerca de una persona enojada o que representa una amenaza es útil reconocerla rápidamente. Los científicos sugieren que las expresiones faciales negativas suelen formar triángulos que apuntan hacia abajo, tanto en las cejas como en la barba.

Luego se les pidió a los voluntarios que observaran fotos de triángulos. Se les mostraron triángulos apuntando hacia arriba, abajo, derecha e izquierda. Los voluntarios reaccionaron velozmente dirigiendo la mirada hacia los triángulos que apuntaban hacia abajo, tan rápido como miraron los rostros con expresiones faciales negativas. Los investigadores creen que hay algo en los triángulos que apuntan hacia abajo que se relaciona con un rostro enojado o negativo. Así que cuando alguien se deja crecer una barba de chivo o delínea sus cejas de una forma triangular invertida, se genera esta percepción.

La figura del triángulo negativo y su asociación negativa permea nuestra cultura, desde los dibujos animados, donde genearlmente se representa al "gemelo maligno" con una barba de chivo (goatee, en inglés) o se le dibuja con la presencia de esta figura geométrica, hasta el mismísimo diablo, que en sus avatares suele contar con esta barba triangular (el caso emblemático es el de la Cabra de Mendes, Baphomet, que de ser un símbolo alquímico ha pasado a ser uno de los íconos pop del demonio). Asimismo tenemos el pentagrama con el triángulo apuntado hacia abajo, usado en la magia negra.

Curiosas transformaciones de una geometría simbólica que se mezcla con una reacción biológica de supervivencia.

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El talento musical, que lleva mucho tiempo considerándose una capacidad innata con la que algunos ya vienen precargados, podría ser según la neurociencia una habilidad como cualquiera que con estudio y práctica constante puede aprenderse y dominarse.

El talento musical es desde cierta perspectiva uno de los más misteriosos del ser humano, uno del que a lo largo de la historia se ha debatido si se adquiere o irremediablemente se nace con él, con cierta inclinación por responder que los músicos verdaderamente geniales son aquellos que en su condición natural ya tienen precargado esta especie de software.

Ahora, sin embargo, con los nuevos recursos puestos a disposición de la neurociencia (una de las disciplinas más ambiciosas de los últimos tiempos), este dilema podría ser mejor comprendido y quizá incluso resuelto.

Recientemente el neurocientífico Gary Marcus, de la Universidad de Nueva York, publicó los resultados de una investigación en la que intentó conciliar dos aspectos aparentemente contradictorios de su personalidad: su ferviente pasión por la música y su ineptitud crónica para interpretarla. Para conjugarlos, Marcus acuñó la idea de “periodos críticos” en los que habilidades complejas pueden aprenderse y los cuales, nos dice, se cierran de golpe después de la adolescencia.

“Ejercitar nuestros cerebro ayuda a mantenerlos, preservando su plasticidad (la capacidad de nuestro sistema nervioso de aprender algo nuevo), cuidándolo de la degeneración y, literalmente, dejando que la sangre fluya”, explica Marcus, quien se sometió a sí mismo a uno de estos procesos de aprendizaje, específicamente tomando clases para tocar la guitarra, enfrentando la perseverancia y el intenso deseo de realizar algo con la falta absoluta de talento y la edad más o menos avanzada para iniciarse en una habilidad desconocida (Marcus contaba entonces con 38 años de edad).

Probando algunos de los métodos de iniciación musical más conocidos y mejor desarrollados y completando su experiencia con descubrimientos científicos concretos (como el caso de ciertos búhos que solo en la edad adulta aprenden a coordinar los sonidos que emiten con su sentido de navegación y ubicación), Marcus encontró que el aprendizaje de una nueva habilidad tiene que ver tanto con la práctica cotidiana de esta como con la dosificación correcta de los niveles de dificultad con que se emprende: en este sentido, el desánimo sobreviene cuando, como en los videojuegos, el individuo encuentra algo sumamente difícil y opta por abandonar el reto.

Lo cual, en un sentido amplio, abre nuevas preguntas sobre las verdaderas capacidades del cerebro humano, su capacidad de transformarse y trascender límites que podrían ser solo mitos o prejuicios que se podrían abatir con nada más que tiempo y voluntad.

Con información de The Atlantic