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Ratas muestran a científicos que la empatía podría ser una emoción universal que conduce la evolución. ¿Podemos sentir lo que siente el otro porque en realidad somos él?

Hay una cierta justica poética, que evoca los mundos decadentes pero eminentemente empáticos de Phillip K. Dick, en que los científicos de nuestra época hayan descubierto que la empatía es una emoción universal estudiando a las ratas --puesto que, aunque sea un claro prejuicio, asociamos lo ruin de la existencia con estos roedores. Y la empatía es quizás la emoción más sublime que conocemos (una forma cuantificable y estrictamente biológica de lo que llamamos amor, que no necesita de categorías metafísicas) --pero no por ello algo fuera de lo común, algo que trascienda a las ratas.

Un grupo de investigadores de la Universidad de Chicago colocó a parejas de ratas en una jaula de cristal. Una de las ratas podía andar libremente mientras que la otra estaba restringida a un estrecho tubo de plástico que sólo podía abrirse desde fuera. Reiteradamente, sin recibir una recompensa, la rata afuera del tubo de plástico liberó a su compañera encerrada.

"Las ratas se ayudan entre sí cuando están sufriendo. Esto significa que es una herencia biológica", dijo la neurobióloga Peggy Mason. "Este es el programa biológico que tenemos". El estudio sugiere que es al menos plausible que las ratas, así como la mayoría de los animales, tengan "un comportamiento pro-social motivado por la empatía".

El experimento fue la continuación de uno anterior realizado por Jeff Mogil de la Universidad McGill en el que se demostró que los ratones tenían la capacidad de un"contagio emocional" --algo que describe la tendencia entre los ratones a mostrar su molestia cuando uno de sus compañeros de celda padecía dolor.

El etiólogo Frans de Waal en esa ocasión justificó usar el término empatía --el cual debemos llamar no sólo la capacidad de ponerse en los zápatos de los demás, sino también en las "patas" de los demás. Tal vez la empatía no es, como se creía, un proceso cognitivo de alta sofisticación evolutiva, sino un fenómeno simple y universal, "tan viejo al menos como los mamíferos y corre profundamente dentro de nosotros".

Ampliando esta posibilidad, al mismo tiemnpo el neurobiólogo Inbal Ben-Ami Bartal estaba haciendo una investigación con cáncer en Israel, cuando notó que las ratas en su laboratorio manifestaban una inconformidad cuando se estaba realizando cirugía a otras ratas. A esto se le añade el hecho de que algunas ratas llevan comida a otra rata cuando ésta está atrapada.

El estudio mencionado de la Universidad de Chicago contempló numerosas variables. Cuando se utilizaron ratas falsas en el tubo de plástico las ratas no las liberaron; para descubirir si las ratas no estaban respondiendo a una recompensa social --su versión de un abrazo de gratitud-- las ratas fueron liberadas pero en una jaula separada: de todas formas las ratas siguieron liberándose. Cuando se les permitió comer chocolate antes, las ratas tendieron a liberar a sus compañeros antes y luego y comer y compartir el chocolate. "La empatía es una motivación poderosa, a la par con el deseo de chocolate", dice de Waal. Valdría la pena ver si lo mismo ocurre con los humanos, ¡conozco algunos que pierden la cabeza con el chocolate!

Es interesante regresar a Phillip K. Dick y explicar por qué consideró significativo incluir a este escritor de ciencia ficción estadounidense en este artículo sobre la empatía y las ratas. Por un lado Dick consideraba que la divinidad o aquellos principios y diseños eternos de nuestro universo se revelaban en los rescoldos más inesperados y despercibidos, en la basura y en el arrabal, ahí, quien tuviera ojos para ver, podía percibir la inmanencia divina del universo. Ciertamente hay una gran distancia entre la empatía de las ratas y la prueba de la existencia de la divinidad, sin embargo, que exista esta solidaridad y esta capacidad de ponerse en el lugar del otro, casi nos habla de un sacrificio programado en el código, una especie de sacralidad profunda o "un ángel en la biología". Y esto es altamente esperanzador --justamente como aquellas muestras de empatía en el hombre promedio sacudido por la distopia y la decadencia cósmica que aparecen en las novelas de Dick como una luz en los ojos al enfrentar un agujero negro.

"Lo que nos hace humanos es nuestra habilidad para sentir empatía por otras criaturas vivas", escribió con máxima honestidad Phillip K. Dick. Constantemente preguntándose cuál es la naturaleza de la realidad, y para ello diseñando mundos alternativos verosímiles en los cuales poder plasmar esta interrogante hasta su última consecuencia, Dick, extendiendo al ser humano a situaciones de otredad cósmica y de desintegración de su estructura fundamental, siempre mantuvo una esencia definitiva de lo humano en su peripecia: la empatía. Afrontando invasiones extraterrstres, dictadores holográficos, vampiros interplanetarios, drogas psicoactivas que modifican la sustancia de lo real y androides y robots que nos ponen en entredicho ontológicamente: la empatía era la única cualidad que nos podía salvar en esta vorágine implacable (y alucinatoria en algunos niveles de conciencia) que es la evolución del universo/la relación feroz entre especies que buscan perpetuarse.

La empatía como salvaguarda biológica tiene un claro sentido evolutivo dentro de una especie. "Mamíferos que necesitan cuidado y nutrición cuando nacen requieren algún tipo de conexión empática entre madre y crías, dice Bartal. Los científicos creen que la empatía podría estar localizada en el sistema límbico y en varias hormonas y neurotransmisores comunes a todos los mamíferos (aunque es posible que la empatía incluya a otros animales e incluso a las plantas).

El año pasado publicamos en Pijama Surf un ensayo en 10 partes en el que Aeolus Kephas explora la relación entre la empatía, la individuación, la telepatía y la literatura. Kephas esboza una interesante teoría para explicar la telepatía como una forma de empatía a través de la neuronas espejo. Existen en el neurocórtex neuronas que se activan de manera imitativa cuando observamos a otro ser vivo realizar una actividad --así el ejemplo seminal de un mono que, al ver a un hombre comer un cacahuate, activa en su cerebro neuronas como si él mismo estuviera comiéndose ese cacahuate. Ponernos en el lugar de otro parece ser una de las capacidades fundamentales del cerebro animal, para aprender y  para proteger.

Aquellos ratones que se contagiaban emocionalmente del sufrimiento de otros ratones, o aquellas ratas que se perturbaban cuando otra rata era operada quizás apunten a la existencia a una red sensorial transpersonal entre todos los seres vivos. Curiosamente en el hombre aquello que lo hace más humano yace en la profundidad animal y más primitiva de su neurobiología --si bien ahora tiene la capacidad de hacerlo consciente.  En este sentido quizás la evolución humana necesite de un retorno a una esencia biológica prístina --aprender más del perro y de la rata que de la computadora y el bot. Y esto explica porque en medio de las distopias tecnológicas, en la obra de Phillip K. Dick, como en la actualidad mundial que experimentamos, hay una añoranza por regresar a la naturaleza --quizás no tanto a los bosques y jardines que vemos desplazados sino a las áreas verdes de nuestra propia psique que se van también desplazando hacia profundidades neurales dormidas e inertes. 

Aislados del mundo, desde siempre al construir la ilusión liminal de nuestro ego, pero ahora también por redes de interconexión tecnológica que en ocasiones desarticulan la conexión humana inmediata, quizás sólo desarrollar nuestra empatía pueda conectarnos verdaderamente con el mundo y con nosotros mismos --en ese espejo sin fronteras. Escribe Kephas:

...la empatía nos remite constantemente al momento, de regreso a un estado de “empatía”, un estado de “empatía”, receptividad y claridad en el que respondemos no solo a lo que la persona dice sino a lo que es. La empatía es la forma más alta de respeto, ya que permite al otro ser un otro y también nos permite experimentar el estado cerebral (sufrimiento, confusión, etc.) como algo igualmente real y valido, como nuestro. La empatía no solo significa tomar en serio los sentimientos de los demás (eso esta más cerca de la simpatía y puede en ocasiones hacer más mal que bien al reforzar esos sentimientos). La empatía significa acceder a una base de datos más grande que la de los sentimientos, que son volubles y altamente subjetivos. La empatía es transpersonal. Se extiende más allá de lo meramente personal y al mismo tiempo incluye lo personal. Tener verdadera empatía por otra persona significa sintonizar no solo a esa persona sino a todas las personas que hemos visto en un estado similar o circunstancia en el pasado.

He ahí una teoría no sólo de la empatía como emoción universal, sino como emoción que nos permite acceder a lo universal. La empatía podría ser tal vez una especie de puente cognitivo que, al colocarnos en el lugar del otro, nos muestra que somos intercambiables, que somos y participamos en los otros, que existe un cordón invisible que nos une con toda la existencia a través de la percepción sensorial. Y aquel que empatiza con alguien empatiza con todos, siente el sufrimiento, la alegría, la angustia de todos los eones --y esa rata que liberó a otra rata en el labortaorio, nos liberó también a nosotros.

 [Wired]

Twitter del autor: alepholo

 

Reflexiones sobre el pasado solsticio y la oportunidad de participar en ciclos cósmicos mediante el rito y el arquetipo

 

Como comprendió el antropólogo Lévy-Bruhl al referirse a la mentalidad tradicional de las culturas llamadas prehistóricas, el hombre primordial vivía en un modo de pensar y de ser en el mundo en el cual no existía una separación tajante entre el observador y lo observado. Dado que la consciencia del ser humano no se había objetivado aún respecto del tejido de la naturaleza, no existía ninguna dicotomía o contradicción posible en la relación entre la psique y el mundo: el mundo “exterior” era concebido como una continuidad natural del mundo interno. El mundo primordial era experimentado entonces como un mundo dotado por las mismas realidades de internas que los seres humanos experimentaban en sí mismos. Dado que no había separación posible entre el sentido existencial que los hombres experimentaban en sí mismos y la existencia “externa”, el mundo primordial era naturalmente significativo. Por esta razón, “el ser humano primordial percibía el mundo natural que lo rodeaba como impregnado de sentido, sentido cuyo significado era al mismo tiempo humano y cósmico. Por doquier se experimentaba inteligencia creadora y sensible, sentido y finalidad, todo era potencialmente "epifánico".” (Richard Tarnas, Cosmos y Psique: Indicios para una nueva visión del mundo, 2009)

El historiador de las religiones Mircea Eliade definiría la “epifanía” como una manifestación de lo sagrado a través de un objeto, un suceso natural o una narración. El objeto (una piedra, un tótem, una montaña), el suceso natural (un ciclo anual, un relámpago, un temblor) y la narración (un mito) se vuelven epifanías cuando para la mentalidad primordial se convierten en símbolos de una realidad arquetípal, divina y cósmica.

Los equinoccios y solsticios, momentos del año que marcan los ciclos del Sol y el cambio de las estaciones han sido valorados por todas las culturas tradiciones como epifanías cósmicas que expresan motivos arquetipales universales: la muerte de lo viejo, el nacimiento de lo nuevo, la fertilidad de los seres humanos, los animales y las plantas. Las festividades estacionales expresadas en forma ceremonial eran el modo tradicional de participación de todo el grupo social en los ciclos cósmicos del mundo viviente,  expresados en la relación entre la Tierra y al Cielo. “Estos ciclos implicaban un complejo sentido de participación interior directa de los seres humanos no sólo en el mundo, sino también en las energías cósmicas, mediante el ritual, y de los poderes divinos en el mundo, en virtud de su presencia inmanente y transformadora” (Rupert Sheldrake, El Renacimiento de la Naturaleza, 1994).  

De estos ritos estacionales provienen todas nuestras festividades anuales, convertidas tardíamente en fiestas religiosas cristianas o reducidas a feriados seculares y vaciados de todo  profundo significado existencial. En el Hemisferio Sur, el Solsticio de Verano tiene lugar aproximadamente el 21 de Diciembre, siendo este el día más largo del año y la fecha en que el Sol alcanza el punto más alto en el cielo durante el año.

Resulta difícil comprender el sentido de la experiencia epifánica tradicional desde el cosmos inanimado y mecánico, que opera inexorablemente en concordancia con las leyes eternas de la naturaleza y el ciego azar al cual, en virtud del triunfo del paradigma científico materialista, nos han asegurado pertenecer. Sin embargo, más allá de la cárcel ilusoria del dualismo cartesiano cosmos-psique ha existido siempre la misma unidad. La articulación de los calendarios con los ciclos de la Luna y el Sol, al recordarnos el contexto cósmico de nuestra vida en la Tierra, nos proporcionan la oportunidad de experimentarla.

¡Un Resplandeciente y Significativo Solsticio  para todos!

Solsticio de invierno 2016: conoce el simbolismo del solsticio de invierno