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¿Qué significa vivir sin dinero? Efusivo testimonio de Benjamin Lesage

AlterCultura

Por: pijamasurf - 03/29/2012

Directamente del correo de Pijama Surf ofrecemos a nuestros lectores el efusivo testimonio de Benjamin Lesage, joven francés que lleva un par de años experimentando una vida sin dinero, descubriendo en el camino la bondad del intercambio gratuito y generoso.

Un par de meses atrás dimos a conocer en Pijama Surf la noticia de una familia alemana que vive sin dinero y, por lo tanto, se ha convertido en uno de los ejemplos más icónicos de lo que sería vivir al margen del capitalismo, una existencia ajena a las cadenas de producción, consumo y desecho que más allá de sus implicaciones materiales o económicas, repercuten en el ánimo mismo del individuo y las sociedades, en sus patrones culturales y sus sistemas de valores, sus creencias, la idea que tiene de sus límites, la manera en que se relaciona con otros y la forma en que concibe el mundo.

Dicha nota encontró un eco considerable entre nuestros lectores, sin saber que uno de estos sería precisamente un protagonista de dicha experiencia, un joven francés de 25 años de nombre Benjamin Lesage que se dirigió a nuestro correo electrónico para ofrecernos una estampa de lo que significa, en este tiempo, vivir sin dinero.

Por supuesto accedimos a su petición y aunque con cierto retraso (una disculpa a Benjamin y a nuestros lectores por ello) ofrecemos ahora su testimonio, reproduciéndolo íntegro y, salvo por unas cuantas correcciones mínimas, tal y como llegó a nuestra dirección electrónica. Quizá, como el mismo Benjamin lo señala, la noticia de su experiencia aliente a otros no a seguir sus pasos ni el de sus compañeros de esta profunda aventura, sino a descubrir su propio y auténtico camino —indisociable de nuestro destino como comunidad.

 

19 de enero 2010. Tres jóvenes están en la carretera en La Haya, Holanda, los pulgares arriba y la sonrisa puesta en la cara. Nicola (26, Italia), Raphael (27, Alemania) y yo, Benjamin (25, Francia), tres europeos buscando su destino. Nos habíamos encontrado en la Universidad de La Haya y juntos habíamos empezado una asociación civil para promover soluciones ecológicas y convivencia intercultural. Y un día nació la idea de hacer un viaje para ir a México. Raphael y yo ya habíamos ido y Nicola lo quería conocer, y para no incrementar nuestra huella ecológica demasiado pensamos que era mejor no tomar avión y cruzar el charco con un barco. De repente pensamos que podríamos intentar viajar de la forma más sustentable posible: sin usar dinero, sin consumir, sin tomar agua embotellada, etc.

Nos fuimos entonces al final de enero con tres mochilas solares y un panel solar para no usar electricidad externa y cosechar la fuerza del sol, un filtro de agua, un poco de ropa y ¡una actitud positiva! La idea era solo movernos en ride —fueran en coches, camiones o barcos—, reciclar la comida en los restaurantes, mercados y dormir donde se pudiera Los primeros días eran difíciles por el frio, pero pronto llegamos al sur de España, luego cruzamos hacia Marruecos en un ferry con los choferes de tráileres y viajamos 5 semanas en Marruecos.

Los marroquíes fueron de lo más amables que se puede imaginar, con tanta fe en Allah todos se aplicaban en ayudarnos, dándonos de comer y un techo para dormir en cualquier lugar que nos encontráramos. Esa experiencia nos abrió el corazón y empezamos a entender que viajar sin dinero abre puertas desconocidas y que es una de la mejores formas para descubrir una cultura del hecho que necesitas a la gente: tienes que estar en contacto con ella todo el tiempo, tienes que aprender de ella.

Luego encontramos un chavo de Bélgica con su velero que aceptó llevarnos hasta las Islas Canarias, en España. El Puerto de Las Palmas en la isla principal es conocido por ser el último lugar de visita para los veleros que quieren cruzar el charco. Después de dos meses de esperanza encontramos finalmente dos italianos que aceptaron llevarnos hasta Cabo Verde y luego a Brasil. Durante la cruzada, teniendo tanto tiempo para pensar, Raphael y yo decidimos dejar el dinero por siempre. De repente entendimos que el dinero era una creación virtual y que sin ello se descubre un mundo más generoso, más amigable, más justo.

Llegando al norte de Brasil, Nicola, que no estaba tan de acuerdo con la idea de dejar el dinero, regresó a Europa y seguimos los dos hasta Guyana, donde Nieves(25, España), la novia de Raphael, se unió al viaje. De allá pasamos por Venezuela y Colombia, donde Camille(23, Francia), mi ex-novia, se unió también al viaje. Los cuatro cruzamos con otro velero para llegar a Panamá y subimos todo Centro América para llegar a México para la COP 16, que tendría lugar en Cancún.

Fueron como 30,000 kilómetros hechos en puro ride, sin usar dinero para nada (con la excepción de 4 veces en fronteras), durmiendo en todo tipo de lugar imaginable, viendo paisajes increíbles y descubriendo las culturas de un forma muy peculiar. Ese viaje nos permitió ver que la mayoría de la gente es buena y quiere ayudar, que todos buscamos las mismas cosas: felicidad, amor, paz, y que nada es imposible si realmente lo quieres.

Vivir sin dinero nos abrió la mente, el corazón y los ojos. Entendimos el valor (y la dificultad) de recibir y cuán necesario es aprender a recibir para poder dar con gratitud sin esperar nada en retorno. Vimos que lo único que el mundo necesita es amor y compasión, empatía hacia los demás y comprensión. Escuchamos muchas historias y vimos que mucha gente sueña con un mundo sin dinero, solo que con sus familias y situaciones no se lo pueden permitir. Con eso nos convencimos de que lo que hacíamos era algo valioso, que podía inspirar a la gente y más que todo permitir a muchos cuestionarse, reflexionar sobre el dinero, el sistema.

Cuestionarse es una parte importante de nuestra filosofía. Dejamos el dinero por eso. Cuestionándonos, preguntándonos porque usábamos dinero. Nuestra respuesta fue que la Tierra, la Naturaleza, el Sol, nos regalan sus frutos sin esperar nada a cambio. Todo nos fue regalado y lo injusto es acaparar recursos y venderlos como si fueran nuestros. Entendimos la injusticia inherente del dinero, el hecho de que en vez de compartir todo lo que hay en esta tierra (y hay suficiente para todos) lo vendemos con mucha avaricia. Es como un boicot: hemos dejado el dinero para nuestra propia felicidad, para seguir con nuestra armonía personal, congruencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos. Pero también vivir sin dinero es una manera de decir al sistema que no necesitamos eso, que hay otro camino. Y eso es algo que queremos compartir con el mundo: hay otro camino. Somos libres de cambiar si lo queremos.

Intentamos cuestionar todo, incluso usar o no el dinero. Cuestionamos cómo comemos —siendo veganos— para más paz con los seres vivos, menos contaminación y más salud. Cuestionamos la idea de tomar alcohol, drogas, etc.

Si vivimos sin dinero es porque creemos en el hecho de que si todos empezamos a compartir lo que tenemos, escuchando nuestras necesidades básicas, nadie se va a quedar sin comida o sin techo. Vivimos sin dinero porque dar y recibir sin intercambio es lo que hacemos todos naturalmente con nuestra familia —y en esta tierra somos todos hermanos. Vivimos sin dinero para romper con los esquemas, romper con esa cultura inculcada por el sistema, crear nuestra propia cultura, construir nuestra propia cultura basándonos en valores humanos como el compartir, el amor. Según nuestro punto de vista, el dinero es una barrera, nos impide liberarnos, tener dinero es tener seguridad, en otras palabras, no aceptar la realidad, no aceptar la ley de la naturaleza, tener miedo de lo que viene en vez de disfrutar del momento presente.

No decimos que es la solución o que todos deberíamos vivir así. Es un experimento, un camino, y esperamos que la gente se pueda inspirar en ello para buscar su propio camino.

Después de la COP 16, Nieves se embarazó y con Raphael regresaron a Europa, a Berlín, de ride, (¡hasta consiguieron un ride en avión!). Camille regresó también para estudiar y yo me quedé en México. Participé en varios proyectos en el Distrito Federal durante el 2011 y acabo de regresar de un viajecito en Estados Unidos de 3 meses donde viajé con dos mexicanas, Marissa (24) y Yazmín (26). Marissa está haciendo un documental sobre este viaje. Se puede ver el tráiler en su página web. Otra vez pudimos confirmar que la gente es buena y que un cambio está por venir, mucha gente se está levantando en los Estados Unidos para crear una cultura alterna. Visitamos a los movimientos Occupy y a Suelo, un hombre que vive sin dinero desde más de 10 años, en cuya cueva nos quedamos. De regreso en México estoy buscando un barco para regresar a Europa y unirme de nuevo con Raphael, Nieves, Camille y Alma Lucia, nuestro nuevo angelito, para buscar un terreno y crear una comunidad sin dinero.

Para más información: es.forwardtherevolution.net

El tráiler: http://vimeo.com/34648798

Ben

La neurociencia muestra que la ficción literaria altera y programa el cerebro humano; por otro lado, la realidad que experimentamos parece estar construida en su constituyente básico de lenguaje. Si el lenguaje programa nuestra mente y la realidad está hecha de lenguaje, es posible, entonces utilizar la literatura para embeber nuestra propia ficción en la realidad.

El gran acto mágico es decidir si vas a vivir en tu propia ficción

Alan Moore

Cualquier historia del arte notará que una de las primeras definiciones o acercamientos a una teoría del arte se desprende de la filosofía griega; Platón y Artistóteles entendieron el arte como la imitación de la naturaleza. El artista que contempla las formas prístinas de la naturaleza busca reflejarlas en una obra --es una especie de culto mimético (místico) a la belleza a través del cual se puede adorar o entrar en contacto con lo esencial. El arte es el espejo del mundo natural, pero también es el espejo-portal (como el de Alicia)  a través del cual se vislumbra el mundo divino, que se transparenta en la naturaleza: "un símbolo del espíritu", en palabras de Ralph Waldo Emerson.

Las estatuas griegas lograron un extraordinario "realismo" para su época buscando reflejar los atléticos cuerpos de los héroes y dioses, de los cuales, a su vez, los seres humanos son reflejo. La pintura en ese mismo cauce luego desarrolló la perspectiva. En la literatura (y más tarde en el cine, donde la fotografía posibilitó su imperio) surgió el realismo. Uno de los precursores de esta corriente literaria, el novelista francés Stendhal, escribió en Rojo y Negro: "La novela es un espejo que pasa por un camino".

Existe cierto romanticismo en esta frase de Stendhal --pese a anunciar una ruptura. Es la idea magnifica y ambiciosa del artista, que supone posible que su obra abarque la realidad, en toda su amplitud y con toda fidelidad. Pero quizás más que reflejar la realidad, ya que la realidad es elusiva y objetivamente inasequible, quizás lo que hace el artista, capaz de colocar un potente espejo en el camino (que se bifurca), es reemplazar la realidad. Convertir el mapa en el territorio.

Algunas décadas después de Stendhal, Oscar Wilde dijo: "La vida imita al arte más que el arte imita a la vida". El popular escritor Jonah Lehrer escribió un libro, Proust Was a Neurocientist, en el que argumenta que muchos de los descubrimientos modernos de la neurociencia ya habían sido atisbados por artistas como Proust, Cezanne o Stravinksy. Lehrer quizás debió de haber incluido a Wilde, quien, más allá del manierismo dandy de su filosofía (donde la estética es el camino a la verdad), parece haberse anticipado a algo que la neurociencia empieza a descubrir. El arte, actuando como una droga sobre el cerebro, es capaz de hacer que la vida (o la neurobiología) lo imite: y experimentamos, literalmente, aquello que una obra de arte ha logrado confeccionar.

Específicamente la literatura de ficción --siendo su interacción lo que la neurociencia más ha estudiado-- es capaz de crear simulacros de una experiencia a través de una concatenación de palabras. Al punto de que en el cerebro de una persona leer algo es equivalente a vivir algo.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Emory halló que cuando una persona lee una metáfora que involucra textura, la parte del cerebro responsable de percibir a través del tacto se activa. Metáforas como "el cantante tenía una voz de terciopelo" o "el hombre tenía manos de cuero" excitaron esta zona sensorial del cerebro , mientras que frases como "el cantante tenía una voz agradable" y "el hombre tenía manos fuertes" no activaron esta parte del neurcórtex. Posiblemente las métaforas tienen la habilidad de detonar ráfagas de neuronas espejo.

"El cerebro,  al parecer, no hace distinción entre leer sobre una experiencia y encontrarla en el mundo real; en cada caso, las mismas regiones neurológicas son estimuladas", escribe Annie Murphy Paul en el New York Times. Al parecer la literatura se asemeja a un sueño lúcido; el trabajo del psicólogo de la Universidad de Stanford, Stephen Laberge, muestra que no sólo se activan las mismas parte del cerebro cuando una persona sueña algo, por ejemplo una relación sexual, que cuando lo vive despierto, también se producen las mismas respuestas fisiológicas --respiración, ritmo cardiaco, etc.

La literatura no sólo provee experiencias sensoriales simuladas indistinguibles (neuralmente) de la realidad, también provee experiencias sociales simuladas indistinguibles de la realidad. Raymond Mar, investigador de la Universidad de York realizó una serie de resonancias magnéticas y descubrió que las redes neurales usadas para entender historias y las redes neurales usadas para navegar interacciones  con otros individuos se empalman sustancialmente --es decir, las narrativas que leemos en un libro se fusionan con las narrativas que escuchamos socialmente. No es extraño que las personas que leen ficción, como muestra este estudio, tengan mayor capacidad de empatizar con los sentimientos de las demás personas.

La vida imita al arte en más de una forma. Investigadores de la Universidad de Ohio State examinaron a personas que habían leído una obra ficción en la que se habían identificado con alguno de los personajes de manera inmersiva (tal que le llaman "perderse en el personaje"). Cuando esto sucedía los lectores se descubrieron a sí mismos experimentando las emociones, creencias y pensamientos de este personaje, e incluso llevaron esto a su vida personal, efectuando actos puntuales influenciados por esta especie de posesión de la ficción. Por ejemplo, en un experimento, las personas que se identificaron con un personaje de ficción que superó una serie de obstáculos para votar, tuvieron significativamente mayor probabilidad de ejercer su voto en una elección real que se celebró días después. En otro caso, personas que leyeron sobre un personaje de una orientación sexual o raza diferente mostraron una actitud  favorable, estadísticamente significativa, hacia personas de otros grupos (de raza u orientación sexual). Los investigadores llaman a esto "toma de experiencias", donde el lector asimila, como si lo hubiera vivido en carne propia, una experiencia de un personaje de ficción.

Que la literatura pueda afectarnos, al menos en un plano neurológico (pero sabemos que la mente se somatiza), tanto como los estímulos sensoriales que recibimos de la naturaleza podría parecernos extraño o exagerado, pero si consideramos que uno de los factores que determina y moldea nuestra realidad, a la par de la luz o el sonido, es el lenguaje, podemos empezar a entender este algoritmo. La frase de Ludwig Wittgenstein "los  límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo" ha sido citada ad nauseam, pero es una de las más elocuentes y más legitimadas expresiones de una noción que ha sido explorada por otros frentes, menos respetados por la academia (como pueden ser los circuítos neurolingüísticos de Tim Leary-Anton Wilson-Antero Alli). Esto es, que existe una relación directa entre el lenguaje que manejamos y el mundo que experimentamos: como si del lenguaje, de sus limitaciones y de su infraestructura, se desdoblara la realidad.

El ser humano construye su realidad y su relación con el mundo a través de narrativas. Desde los grandes mitos y arquetipos colectivos que se repiten culturalmente y en nuestro inconsciente hasta las narrativas individuales que nos repetimos diariamente (por esto DARPA estudia las narrativas como un arma psicomilitar para manipular al enemigo) --lo que pensamos que somos, lo que queremos ser, lo que la sociedad nos dice que hemos sido: la memoria, la experiencia y el deseo se traducen en un diálogo interno que, al repetirse constantemente, nos in-forma. Aunque nos consideramos seres autónomos, poseedores de un libre albedrío, en control de nuestra psique, lo cierto es que nuestra mente no es un sistema cerrado del cual solo nosotros tenemos la llave. Fundamentalmente nuestra psique está constituida por lenguaje, sea este el lenguaje consciente de lo que decimos o pensamos o sea el lenguaje inconsciente y simbólico de los sueños y los recuerdos y experiencias sepultadas. Este lenguaje personal interno, por decirlo de manera simple, constantemente interactúa y se interpenetra con el lenguaje del mundo: con la realidad que se despliega de su totalidad implicada como un lenguaje. Una gran porción de este cúmulo lingüístico del mundo es parte natural de nuestra mente inconsciente, es una herencia de la arqueología de la mente, una representación de lo que se conoce como anima mundi. Pero la cultura y el ser humano evolucionando en el tiempo, experimentando el mundo, generan nuevos lenguajes, nuevas narrativas (aunque se desprenden de una misma fuente) a las cuales podemos acceder a través de productos culturales. Una obra literaria es quizás el ejemplo más claro de esto en el sentido de que es lenguaje en su transmisión más directa: la mente de quien escribió una obra interactúa directamente con nuestra mente a través del lenguaje.

Todo esto para intentar decodificar el algoritmo con el que la literatura se vuelve programación mental. Las palabras que leemos se convierten en nuestro fuero más íntimo, aquel que nos repetimos en la noche y en el silencio. Las palabras, al ser repetidas o retransmitidas, activan zonas en la mente que simulan experiencias tan vívidas como la realidad. Si bien leer un libro de kung-fu no nos convierte en maestros de kung-fu (como en Matrix donde Neo descarga programas de artes marciales en su cerebro), es el talento  (numinoso, usando un término predilecto de Jung) de un escritor el que logra transmitir experiencias que se vuelven transpersonales y son integradas a la psique del lector. Esto es, su capacidad de trazar el puente diáfano de la empatía en su lenguaje. Las palabras pueden ser como aquellas piedras mayas que no sólo graban en el tiempo un concepto simbólico, graban, para quien es capaz de escuchar, una experiencia y tal vez hasta una intención intemporal.

Este es el punto donde la magia y el arte se encuentran, al principio y al final de la historia. El artista que, en su obra imita los procesos y las fuerzas de la naturaleza, logra luego que la naturaleza (o la vida) imite su obra. Esparciendo su código como polen... su visión, su pensamiento a lo largo del mundo, a través de una inseminación psíquica que lo reproduce. Esta es una forma de acariciar la inmortalidad vía la memética. Pero quizás no es la inmortalidad del artista, es la inmortalidad de las emociones y de los arquetipos que usan al artista para lograr una claridad, una inmunología sublime, que asegure su efectiva transmisión (de la misma forma que los genes podrían estar usando nuestros cuerpos para perpetuarse). Así se inflitran los temas eternos en nuestras narrativas.

Por otro lado, se esclarece la posibilidad de, literalmente, alimentarse mentalmente del mundo. Orquestar una neuroprogramación leyendo textos y consumiendo memes que puede, bajo una rigurosa guía, llevarnos a radiantes realidades de diseño. Somos lo que comemos, pero ciertamente también somos lo que leemos --y esto no es una metáfora. Nos movemos en un mar etéreo de lenguaje, en atmósferas donde las moléculas de oxígeno también son bits. Percibir y conducir esta construcción lingüística de la realidad es el primer paso para vivir nuestra propia ficción y escribir nuestro propio código en el cielo.

Twitter del autor: alepholo