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El lado oscuro de las muñecas Barbie: pornografía infantil, psicósis, depravación y decadencia

Por: Javier Barros Del Villar - 03/29/2012

Un par de proyectos artísticos dejan al descubierto el lado oscuro de Barbie: asesinatos seriales, infidelidad y alcoholismo, son algunos de los elementos que envuelven en sombras a la muñeca más popular de las últimas décadas.

muñeca barbie protagoniza escena de sexo

It's called the American dream because you have to be asleep to believe it

George Carlin

Corría el año de 1959. Miles Davis grababa su mítico álbum Kind of Blue, Fidel Castro tomaba las riendas de Cuba, el Dalai Lama inauguraba su largo exilio de tierras tibetanas, Hawai se convertía en la entidad 50 de Estados Unidos y salía al mercado la primera Barbie. Diseñada por Ruth Handler para la marca Mattel, la muñeca recibió su nombre en honor a Barbara, hija de su creadora.

A pesar de que los ejecutivos de la línea infantil de juguetes se mostraron un tanto escépticos ante la idea de lanzar al mercado una muñeca con cuerpo adulto, y que tras su lanzamiento escandalizó a las madres de muchas niñas, la Barbie, cobijada por una de las primeras estrategias de marketing que se aplicaron a un juguete, no tardaría en popularizarse entre cientos de miles de niñas alrededor de Estados Unidos y eventualmente en decenas de países.

Con el paso de los años Barbie —además de ser, tal vez, el juguete más popular del planeta— se consagraría como un ícono de la cultura infantil de Occidente, un símbolo en el cual convergen la inocencia, la frivolidad y la aspiración. El esbelto cuerpo, los pechos siempre firmes, la ausencia de genitales y su cabello predominantemente lacio y rubio encarnarían el sueño de millones de niñas que, cuando creciesen, deseaban tener un cuerpo así, "como el de la Barbie" —esto a pesar de que se ha comprobado que las proporciones de la muñeca serían algo grotesco si se llevasen a una persona real. 

muñeca barbie teniendo sexo

Posteriormente, con la consagración del consumismo como religión y del marketing como una especie de escritura sagrada, así como de nuevas modas en torno al cuerpo humano, especialmente el femenino, la Barbie encontraría tierras fértiles para sembrar su reinado dentro de la cultura pop infantil: bonita, cuerpo "perfecto", rodeada de amigas y accesorios —incluidos vistosos coches deportivos o mansiones. Obviamente, para complementar su mundo rosa, no podía faltar Ken, su contraparte masculina, un novio caucásico, casualmente fornido, siempre sonriente, con dentadura blanca y peinado eterno.

Y si tomamos en cuenta que el radiante e inaccesible estilo de vida de Barbie se convertiría en una guía de existencia para sus propietarias, aquellas niñas que estaban en proceso de formar una identidad y que estaban ávidas de incluir en su vida referencias para orientar sus sueños, entonces podemos fácilmente imaginar los efectos poco deseables que Barbie ha aportado a la infancia de varias generaciones.   

Así que a continuación, y a manera de un antídoto ontológico-cultural para contrarrestar los efectos de la Barbiesación de nuestros niños, recorreremos un par de estas iniciativas, las cuales quizá sería pertinente mostrárselas a nuestras hijas, hermanas pequeñas, sobrinas, etc., con el fin de realizar un experimento didáctico –aunque cabe aclarar que mi condición es muy lejana a la pedagogía y probablemente la sugerencia anterior deba asumirse solo como una broma, no lo sé.

Mariel Clayton

Esta fotógrafa autodidacta tuvo una especie de epifanía al entrar a una tienda de muñecas en Tokio. A partir de entonces se ha dedicado a retratar muñecas, principalmente Barbies, en contextos, digamos, "inesperados".  Sobre este ícono infantil Clayton nos dice: "La Barbie fue diseñada como la mujer que toda niña desea ser y con la que todo hombre desea fornicar". Y al preguntarle sobre qué le inspira este tratamiento que da a las muñecas, su respuesta es contundente:

No puedes llegar a ser una Barbie sin utilizar un océano de peróxido, 27 cirugías plásticas y una completa falta de inteligencia. Me irrita enormemente que este sea el juguete que muchas madres dan a sus hijas para emular. Detrás de la perpetua sonrisa repleta de lipstick florece el corazón oscuro de una verdadera sociópata, tal como sucede en la vida real. 

 

 

Sarah Haney

A diferencia de Clayton, quien tiene como objetivo hacer una explícita crítica a la Barbie como modelo a seguir, en el caso de Haney todo comenzó como un "chiste visual", inspirándose en la posibilidad de que la muñeca "mantuviera su radiante sonrisa ante los contextos menos apropiados". Ya con el tiempo, y a pesar de que su secuencia fotográfica es mucho más sutil que la de su colega, Haney comenzó a percibir las contradicciones implícitas en la figura de esta muñeca y a definir sus fotografías como una más de las múltiples críticas que ha inspirado Barbie:

Fui capaz de llevarlo mucho más allá que la broma inicial, en buena medida debido a que la propia muñeca encarna gran contradicción. Se comercializa como esta especie de Madonna estadounidense frente a las niñas pequeñas, pero si la analizas como un adulto, particularmente su cuerpo y su vestimenta, entonces parece ser la fiel representación de una ramera.  

Y tras repasar brevemente el trabajo de estas dos fotógrafas, curiosamente mujeres las dos y quienes quizá alguna vez soñaron con transmutar en una Barbie, no queda más que enfatizar en dos recursos conceptuales que utilizan ambos proyectos, los cuales resultan bastante efectivos para generar un cierto impacto o incluso una catarsis al menos momentánea en el público.

Por un lado está el empleo del oximoron, algo que ya hemos descrito en otras notas y que se refiere a la asociación de dos elementos que no suelen compartir contexto. Esto es, según nos dice Douglas Rushkoff en su libro Media Virus, un recurso notablemente efectivo al momento de comunicar algo. El segundo de estos recursos es el aprovechamiento de íconos pop para amplificar el impacto, ya que estos hacen accesible un sentimiento masivo de identificación entre el público y el mensaje. Ambas herramientas habían sido analizadas en el artículo dedicado al proyecto From Enchantment to Down, "una provocativa serie fotográfica de Thomas Czarnecki que retrata el fatídico destino que sufrieron la Bella Durmiente, Blanca Nieves, Cenicienta y otras tiernas heroínas de Disney"

Para terminar este peculiar recorrido por el lado oscuro del mundo perfecto de Barbie, me gustaría hacer referencia a un ejercicio que también publicamos en Pijama Surf como parte de nuestra serie de Álter-instructivos. Y seguramente esta práctica tendrá mayores dotes pedagógicas que mi propuesta inicial de exponer a sus hijos a las fotografías de Clayton y Haney. Es bastante simple, implica una dinámica de manualidades y el proceso creativo que conlleva pudiese ser una mejor herramienta para desmitificar la figura de estas muñecas entre los niños. Básicamente el ejercicio consiste esencialmente en transformar las Barbies que haya disponibles en casa, en zombies (ver aquí Alter-instructivo con materiales y pasos requeridos).

Twitter del autor: @ParadoxeParadis

 

El ser humano es mucho menos violento de lo que creemos

Por: pijamasurf - 03/29/2012

Psicólogos realizan estudio en el que proponen que las reacciones fisiológicas de aversión cuando se daña a otra persona muestran que el ser humano está mucho menos inclinado a la violencia de lo que solemos creer.

Aunque ciertas teorías, de Hobbes a Philip Zimbardo y quizá otros más antes y después, hablan de una inclinación al mal innata en el ser humano, atávica, casi instintiva, que emerge apenas tiene oportunidad, un estudio psicológico reciente asegura que nuestra especie es menos violenta de lo que suponemos, no solo desde un aspecto moral o de comportamiento sino incluso a nivel fisiológico.

Fiery Cushman, Allison Gaffey, Kurt Gray y Wendy Mendes (de las universidades de Brown, Notre Dame, Harvard y California en San Francisco, respectivamente), realizaron un experimento en que pidieron a varios voluntarios que realizaran tres acciones distintas: simular daño directo en otra persona (e. g. tirando del gatillo de un arma descargada al tiempo que apuntaban al rostro del uno de los científicos); mirar a otro simular este mismo daño y, por  último, efectuar una operación neutra (e. g. rebanar una hogaza de pan). Simultáneamente los investigadores midieron la respuesta corporal de los individuos en cada uno de los escenarios, en especial la presión sanguínea y el ritmo cardiaco, para conocer la relación entre las sensaciones de disgusto, aversión y estrés y el cuerpo mismo.

Como se preveía, tanto el sistema circulatorio se vio afectado mientras se realizaba la simulación de daño y también unos minutos después, incrementándose la vasoconstricción periférica, lo cual no sucedió en las otras dos opciones (atestiguando un daño o la operación neutra). Según los científicos, “esto sugiere que la aversión a acción dañinas se extiende más allá del interés empático por la víctima del daño”.

Esta proposición resulta interesante porque abre la puerta a otras preguntas sobre el desarrollo de la moralidad en el ser humano. Como dice Sam Mcdougle en Motherboard, el proceso evolutivo de nuestra especie fue más de cooperación que de violencia, por lo cual parece comprensible que la posibilidad de hacer daño a otros despierte cierta sensación de malestar físico que con el tiempo se convirtió también en cultural.

Pero, por otro lado, las transformaciones mismas de la violencia a lo largo de la historia tienen sentido en el marco de esta investigación. El daño cuerpo a cuerpo, cara a cara, ha sido paulatinamente sustituido por accesorios y dispositivos que diluyen dicho vínculo, remitiéndolo a una operación maquinal que, como en los campos de concentración o el lanzamiento de la bomba atómica, parece ser solo el accionar de una palanca más, ese oprimir un botón en el que las consecuencias fatales parecen desaparecer por la trivialidad de la acción.

Estas primeras conclusiones son, por supuesto, cuestionables, y de entrada será interesante confrontar este experimento con los ya clásicos de Stanley Milgram o el susodicho Zimbardo, para definir con precisión los límites de la maldad en el ser humano.

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