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Los cuervos son capaces de entender principios físicos elementales (como el de Arquímedes) siempre que estos les provean un beneficio para su supervivencia.

La inteligencia de los cuervos, legendaria desde tiempos remotos, nunca dejará de sorprendernos —y no sin razón.

En esta ocasión el motivo de asombro proviene de un estudio llevado a cabo por el psicólogo neozelandés Alex Taylor, quien experimentó con el comportamiento de 5 cuervos de New Caledonian (Corvus moneduloides), especie que se caracteriza por utilizar herramientas en su accionar cotidiano.

Taylor situó a los cuervos frente a tubos altos parcialmente llenos de agua, dentro un trozo de carne pegada a un pedazo de madera, todo flotando más allá de su alcance. Al lado, pequeñas piedras.

A diferencia de lo que sucede en la fábula de Esopo, en la que el cuervo idea por sí mismo apilar las piedras hasta conseguir su objetivo, en esta prueba el investigador tuvo que darle una pista de cómo resolver el problema, acercándole una pequeña plataforma con unos cuantos guijarros ahí también. Los cuervos se acercaron y accidentalmente echaron unas de estas piedras al tubo, con lo cual descubrieron que su peso elevaba el nivel del agua y con esto la gracia del asunto. Las aves comenzaron entonces a arrojar piedras dentro del recipiente hasta que el trozo de madera se elevó junto con el agua desplazada, consiguiendo eventualmente su trozo de carne.

En una variación de este experimento se les proporcionó a los cuervos piedras de diferentes tamaños: por supuesto, los cuervos ignoraron las pequeñas y se decidieron por las grandes, con lo cual el nivel del agua se elevaba mucho más rápido. En otra les dieron pedazos de goma y de poliestireno, que si bien tienen aspecto similar, varían notablemente en su peso: la goma es más pesada que el poliestireno. Previsiblemente, los cuervos advirtieron esta diferencia y echaban pedazos de goma al agua.

¿Qué nos dice esto? Por lo menos una cosa: que los cuervos tienen inteligencia suficiente para entender principios físicos elementales (o no tanto, dado que Arquímedes necesitó sumergirse en una tina para comprenderlo) en relación con un uso práctico y necesario para su supervivencia. Y esto no es poca cosa.

Reflexiones sobre el pasado solsticio y la oportunidad de participar en ciclos cósmicos mediante el rito y el arquetipo

 

Como comprendió el antropólogo Lévy-Bruhl al referirse a la mentalidad tradicional de las culturas llamadas prehistóricas, el hombre primordial vivía en un modo de pensar y de ser en el mundo en el cual no existía una separación tajante entre el observador y lo observado. Dado que la consciencia del ser humano no se había objetivado aún respecto del tejido de la naturaleza, no existía ninguna dicotomía o contradicción posible en la relación entre la psique y el mundo: el mundo “exterior” era concebido como una continuidad natural del mundo interno. El mundo primordial era experimentado entonces como un mundo dotado por las mismas realidades de internas que los seres humanos experimentaban en sí mismos. Dado que no había separación posible entre el sentido existencial que los hombres experimentaban en sí mismos y la existencia “externa”, el mundo primordial era naturalmente significativo. Por esta razón, “el ser humano primordial percibía el mundo natural que lo rodeaba como impregnado de sentido, sentido cuyo significado era al mismo tiempo humano y cósmico. Por doquier se experimentaba inteligencia creadora y sensible, sentido y finalidad, todo era potencialmente "epifánico".” (Richard Tarnas, Cosmos y Psique: Indicios para una nueva visión del mundo, 2009)

El historiador de las religiones Mircea Eliade definiría la “epifanía” como una manifestación de lo sagrado a través de un objeto, un suceso natural o una narración. El objeto (una piedra, un tótem, una montaña), el suceso natural (un ciclo anual, un relámpago, un temblor) y la narración (un mito) se vuelven epifanías cuando para la mentalidad primordial se convierten en símbolos de una realidad arquetípal, divina y cósmica.

Los equinoccios y solsticios, momentos del año que marcan los ciclos del Sol y el cambio de las estaciones han sido valorados por todas las culturas tradiciones como epifanías cósmicas que expresan motivos arquetipales universales: la muerte de lo viejo, el nacimiento de lo nuevo, la fertilidad de los seres humanos, los animales y las plantas. Las festividades estacionales expresadas en forma ceremonial eran el modo tradicional de participación de todo el grupo social en los ciclos cósmicos del mundo viviente,  expresados en la relación entre la Tierra y al Cielo. “Estos ciclos implicaban un complejo sentido de participación interior directa de los seres humanos no sólo en el mundo, sino también en las energías cósmicas, mediante el ritual, y de los poderes divinos en el mundo, en virtud de su presencia inmanente y transformadora” (Rupert Sheldrake, El Renacimiento de la Naturaleza, 1994).  

De estos ritos estacionales provienen todas nuestras festividades anuales, convertidas tardíamente en fiestas religiosas cristianas o reducidas a feriados seculares y vaciados de todo  profundo significado existencial. En el Hemisferio Sur, el Solsticio de Verano tiene lugar aproximadamente el 21 de Diciembre, siendo este el día más largo del año y la fecha en que el Sol alcanza el punto más alto en el cielo durante el año.

Resulta difícil comprender el sentido de la experiencia epifánica tradicional desde el cosmos inanimado y mecánico, que opera inexorablemente en concordancia con las leyes eternas de la naturaleza y el ciego azar al cual, en virtud del triunfo del paradigma científico materialista, nos han asegurado pertenecer. Sin embargo, más allá de la cárcel ilusoria del dualismo cartesiano cosmos-psique ha existido siempre la misma unidad. La articulación de los calendarios con los ciclos de la Luna y el Sol, al recordarnos el contexto cósmico de nuestra vida en la Tierra, nos proporcionan la oportunidad de experimentarla.

¡Un Resplandeciente y Significativo Solsticio  para todos!

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