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La fotografía más polémica del 9/11

Arte

Por: pijamasurf - 12/15/2011

Thomas Hoepker es el autor de una fotografía que, a pesar de haber esperado 5 años para hacer pública, la controversia no se hizo esperar; ahora, sin embargo, a una década de distancia, la imagen nos permite leer de otra manera el acontecimiento.

El 11 de septiembre es, acaso incuestionablemente, uno de los mayores episodios épicos de la historia estadounidense y sin duda el más importante en años recientes. La catástrofe dio a su narrativa nacionalista nuevos bríos para alzarse, ya en las puertas del siglo XXI, con un discurso que en otras condiciones parecería anacrónico e insustancial.

Quizá por eso, porque esa fue la corriente dominante en la interpretación del hecho, la fotografía tomada por Thomas Hoepker esa misma mañana podría considerarse controvertida e incluso tacharse, desde la trinchera del discurso hegemónico, de anti-patriota, de ir en contra de los intereses o las preocupaciones de la mayoría auténticamente estadounidense.

Hace unos días Jonathan Jones publicó un artículo en The Guardian donde examina las vicisitudes de esta imagen, cómo su autor decidió hacerla pública solo hasta que pasaron 5 años de la tragedia, en 2006, y cómo a pesar de este aplazamiento los críticos nos fueron menos severos.

Pero antes de continuar quizá valga la pena realizar una somera descripción de la fotografía y, sobre todo, por qué causó tanto revuelo.

Como podemos observar, los protagonistas de la toma son un grupo de 5 jóvenes que departen con cierta tranquilidad o alegría incluso que se vuelve inadmisible por la columna de humo que se alza al fondo, proveniente nada menos que del impacto de los aviones a las Torres Gemelas.

Como acertadamente señala Jones, la escena recuerda indeleblemente una pintura renacentista realizada por Pieter Bruegel, la célebre “Paisaje con la caída de Ícaro” en la cual el pintor retrata una escena campestre, costera, consistente en un pastor con su hato y su perro, un campesino que ara, un pescador y unas cuantas carabelas —y solo en la esquina inferior derecha un rastro de Ícaro, sus pies (suponemos) zambulléndose en el océano, según dice William Carlos Williams en su poema alusivo:

unsignificantly

off the coast

there was

 

a splash quite unnoticed

this was

Icarus drowning

¿Qué tienen en común ambas imágenes? O, dicho de otro modo, ¿qué encuentran en común las interpretaciones que se han hecho sobre la fotografía de Hoepker a la luz de la pintura bruegeliana?

Se ha dicho (W. H. Auden lo hizo) que el cuadro de Bruegel intenta mostrar la desproporción existente entre una tragedia personal y el devenir objetivo del mundo. En la fotografía de Hoepker, sin embargo, la situación sería un poco la inversa: el mundo se cae a pedazos (o así parece) pero eso no impide que un grupo de jóvenes estén pasando un buen rato —sin importar que, como algunos de los fotografiados dijeron después, su estado de ánimo haya sido en realidad otro.

«La historia», escribe Jones, «no es una narración heroica ni un bloque de mármol inscrito con palabras imperecederas de dolor y rabia». Y agrega:

Entonces, 10 años después, el significado de esta fotografía es que los recuerdos desaparecen pronto. Las personas en el suelo somos nosotros. Nosotros somos aquellos cuyas vidas transcurrieron, afectadas y no, separadas del corazón de la tragedia por el mar azul del tiempo, que se hizo más ancho y mucho más imposible de cruzar. Un evento de hace 10 años pertenece a la historia, no al presente.

[Guardian]

¿Con qué escriben los escritores? La otra historia de la literatura

Arte

Por: pijamasurf - 12/15/2011

Escribir con pluma y a la luz de una vela no es lo mismo que hacerlo en una laptop y con ayuda de un procesador de textos; investigador recorre esa otra historia de la literatura en que los mecanismos de escritura inciden directamente en la forma que esta adquiere.

La historia de la literatura regularmente atiende a los autores, las circunstancias en que se escribió determinada obra, las influencias del escritor, las referencias a las que alude, los juegos dentro de textos, sus logros y sus fracasos.

Sin embargo, también es posible contar otro relato, menor quizá, pero también importante a su manera: la historia de cómo escriben los escritores, con qué instrumentos y con qué consecuencias en su escritura. Quizá la literatura romántica no pudo escribirse en otras condiciones más que con pluma en mano y a la luz de una vela, o a toda velocidad en una máquina de escribir la literatura del siglo XX, o en un procesador de textos y una laptop en la novísima del XXI. Algo tienen algunos manuscritos —como los cuadernos de Proust o los de Joyce— que parece inadmisible imaginarlos bajo otra forma, como un documento con extensión .doc o .pdf.

Matthew G. Kirschenbaum, profesor en la Universidad de Maryland, es uno de los interesados en esta otra historia de las herramientas con que también se hace la literatura, en especial en los años marcados por la hegemonía de los ordenadores y los sistemas computacionales.

Recientemente Kirschenbaum presentó algunos de los resultados de su investigación, y si bien siempre es interesante saber qué escritor fue el primero en escribir una novela íntegramente en computadora, con qué software y en qué recursos de almacenamiento (al parecer Frank Herbert entregó a su editor su novela Dunes en 8 floppy disks), otras deducciones menos anecdóticas podrían sugerir asuntos más serios.

Por ejemplo, que el estilo de un autor como Henry James, sobre todo en sus últimas novelas, esté directamente relacionado con el hecho de que dictaba en voz alta a una secretaria lo que debía escribirse. Igualmente estos mecanismos o procedimientos de escritura han modificado la idea de conservación dentro del mundo de la literatura: ahora es posible conservar mucho mejor hasta las notas más nimias de quien escribe —aunque quizá la pregunta sería qué tanto vale la pena conservar todo lo que ahora se escribe, si aun así, a la vuelta del tiempo, la gente seguirá lamentando que se hayan perdido los papeles de tal o cual autor, deseando cambiar todos los tweets y los estados de Facebook por una sola hoja de Shakespeare.

[NYT]