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'Pero no lo contó la TV': la canción de la conspiración de los ataques del 11-S (imperdible VIDEO)

Por: pijamasurf - 08/24/2011

Una informativa canción sintetiza en cinco minutos la conspiración para encubrir los ataques del 11 de septiembre del 2001; su autor, "ElMeroSer", ha desaparecido de Internet, generando sospechas de que ha sido censurado o hasta ultimado.

Más allá de que pueda gustar musicalmente o no, resulta admirable la capacidad de síntesis y la frescura con la que este video toca el tema de la mentada conspiración del 11 de septiembre del 2001, el día en que muchos despertaron a la conciencia forzadamente, ante la artera manifestación de un grupo élite que controla el planeta como si fuera un rebaño de ovejas —con una mezcla de brujería y lobotomía. Generalmente encontramos en estos ambientes dosis de conspiranoia pasional o fanatismo,  pero en este caso tenemos una canción animada, divertida y por momentos poética sobre los hechos que ocurrieron ese día en Estados Unidos y la manipulación que se llevó a cabo en la cobertura y en la investigación posterior. Como el título de la canción sugiere, sólo lo que se nos dice en la TV es "real". 

El creador de este video es  el usuario de YouTube "ElMeroSer", quien ha desaparecido de esta red social y de la blogósfera (mantenía un blog en Wordpress), famoso por tocar temas de conspiración con una veta alegre y mordaz. Por supuesto empiezan a circular los rumores de que su cuenta ha sido borrada y que es víctima de la censura del sistema que denuncia (esperemos que no como le sucedió  a Bill Cooper, quien predijo el atentado seudoterrorista y luego murió a manos de la policía). Como siempre en estas situaciones hay que proceder con cautela ante el riesgo de un nuevo caso de desinformación.

Para los que quieran investigar de forma un poco más reposada pueden leer nuestra guía de las teorías de la conspiración de los ataques del 9-11.

 

Aunque habitualmente Watson y Crick se llevan el crédito por descubrir la estructura del ADN, la historia secreta de este hallazgo está poblada de mujeres.

Con cierta frecuencia la manera en que recordamos los grandes nombres —aquellos que se colaron a la posteridad por un libro, una pintura, una partitura, un descubrimiento notable— suele ser injusta. Es bastante común que se les mencione a solas y se soslaye a quienes de alguna manera, a veces decisiva, contribuyeron en su éxito y su celebridad. Hace poco, por ejemplo, el escritor mexicano Heriberto Yépez refirió el caso de “la mujer que escribió el Manifiesto Comunista”, refiriéndose a Jenny von Westphalen, la aristocrática esposa de Karl Marx, a quien quizá deberíamos concederle al menos la co-autoría de algunos «textos que hoy atribuimos exclusivamente a Karl». Y al parecer esta circunstancia se repitió con la hija menor del matrimonio Marx y también con la segunda hija, Laura, casada con Paul Lafargue, cuya autoría del sugerente panfleto El derecho a la pereza se pone en duda a favor de Laura.

Pero esta historia de los Marx es solo el preámbulo para referir el verdadero asunto de esta nota, que involucra a uno de los dos descubridores —o que se les tiene por tales— de la estructura tridimensional del ADN: Francis Crick. No porque se le regatee a Crick su participación en el descubrimiento, sino porque el consabido dibujo de la hélice genética fue obra —también en este caso— de su esposa, Odile, cuyos trazos recogieron a la perfección la ideas y las descripciones de Francis, yendo a parar tanto al número de Nature en el que se dio a conocer el suceso (en 1953), como a las mentes de quienes tenemos tan hipnótica escalera, casi escheriana, bien grabada en nuestras impresiones. Este es el dibujo original de Odile:

 Y esto no es todo. Es necesario mencionar también que con toda probabilidad Watson y Crick no hubieran pasado a la historia de no ser por la información que Rosalind Franklin consiguió obtener en sus pruebas con rayos X. Se dice que gracias a los resultados de sus experimentos en difractometría, Watson y Crick encontraron la ruta que por fin los conduciría a la infinita hélice del ADN. Por desgracia Rosalind Franklin no fue suficientemente laureada en vida: primero, porque la Universidad de Cambridge, que no admitía mujeres entonces, le negó la posibilidad de obtener su grado universitario; en segundo lugar, porque Franklin murió demasiado joven, a los 37 en 1958, víctima de un cáncer de ovario probablemente causado o vuelto fulminante por su trabajo con la radiación.

Es cierto, como se dice que dijo Newton aludiendo a Galileo y Kepler, que quienes ven más lejos que los demás pueden hacerlo porque están parados en hombros de gigantes. La creación o los descubrimientos, sin importar en qué disciplina se realicen, son siempre una rara especie de obras colectivas, sedimento de tradiciones que alguien —a veces de indudable inteligencia, en otras por afortunado oportunismo— sabe recoger y mostrar como una obra novedosa e inédita.

Sin embargo, más allá de invitarnos a reflexionar sobre el concepto de autor y autoridad, estos dos ejemplos también nos sugieren algo que tal vez parezca menos apropiado para la elucubración teórica, una cuestión de equidad elemental que haga de las páginas de la historia espacios más justos. Si ponemos atención, algo tienen en común todos esos personajes marginados de la celebridad y las letras de oro, cuyas aportaciones son objeto de discusiones y debates y solo recientemente se les restituye su valor. Si nos damos cuenta veremos que Odile, Rosalind, Jenny y Laura son todas mujeres.

[HiLobrow]