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Las neuronas espejo borran la frontera entre los individuos, erigiendo una especie de mente grupal global, además de presentar una base científica para la telepatía; podrían haber sido fundamentales en la formación de la conciencia —y en su siguiente salto evolutivo.

«Existe un juramento mágico muy conocido que dice 'Prometo lidiar con todo fenómeno como si fuera un trato particular entre Dios y mi alma', basado en la creencia metafísica de que el Universo es 'un espejo mágico' que constantemente refleja las condiciones internas de nuestras almas».

-Aeolus Kephas

Las neuronas espejo son células del cerebro que se activan cuando hacemos algo y también cuando observamos a otra persona —o animal— hacer la misma acción. Según va la historia, un grupo de neurocientíficos italianos descubrieron estas neuronas con un macaco conectado a unos electrodos; midiendo neuronas individuales, los científicos notaron que las mismas neuronas se encendían cuando el mono tomaba un cacahuate como cuando uno de los asistentes tomaba un cacahuate. De ahí que se les llame neuronas espejo, ya que reflejan lo que sucede en el exterior, en otros individuos, como si les sucediera a ellas, al interior. Las implicaciones de este simple mecanismo son inmensas. Las neuronas espejo muestran que no existe una barrera definida entre los individuos, estamos mentalmente interpenetrados (todos vivimos atravesados de espejos); y a su vez representan un modelo de comunicación telepática y empática transpersonal que nos liga dentro de una estructura de vasos comunicantes con todos los seres con los que hemos interactuado en una red mimética y memética inextricable. Es decir, somos reproductores (como máquinas Xerox holográficas humanas) de lo que hacen y piensan todas las personas con las que hemos tenido contacto —donde cada transmisión del espejo se convierte en el eco de una catedral de infinitas campanas— y así se va construyendo el proceso de nuestro cerebro con el que aprehendemos la realidad y la transformamos —en un loop de retroalimentación.

Para intentar dilucidar lo que significan las neuronas espejo para el conocimiento humano y las posibilidades que abren una vez que hacemos consciente que somos fundamentalmente espejos –lo somos en la medida en la que nuestro cerebro es un espejo que inevitablemente reproduce lo que ha visto— recurriremos al neurocientífico V.S. Ramachandram, quien considera que las neuronas espejo fueron claves en el desarrollo de las habilidades lingüísticas del ser humano y por consiguiente en su evolución; y, por otra parte, a Aeolus Kephas, especialmente por su ensayo didáctico “Escritores del Cielo en Hades” (publicado en Pijama Surf), en donde argumenta que las neuronas espejo constituyen una base científica de la telepatía y que éstas también son agentes de la evolución humana hacia una siguiente etapa en la que dicha telepatía —que sucede ya en estos momentos— se haría consciente, transparentando la noósfera en la que convivimos y comunicando la totalidad de nuestros seres de manera directa, sin interferencia: esencias múltiples de un único Logos.

V.S Ramachandram es uno de los grandes expertos y promotores de las neuronas espejo, a las cuales considera uno de los más grandes descubrimientos científicos de la historia. Este neurocientífico de origen indio cree que las neuronas espejo están ligadas al desarrollo del lenguaje en el ser humano y a su toma de conciencia:

«He especulado también que estas neuronas no solo pueden ayudar a estimular el comportamiento de otras personas sino que pueden ser reviradas hacia dentro para crear representaciones de segundo orden o meta-representaciones de tus propios procesos cerebrales anteriores. Esto podría ser la base de la introspección y de la reciprocidad de la autoconciencia y de la conciencia de los otros. Esta es evidentemente una pregunta de huevo o gallina sobre qué evolucionó antes, pero el punto central es que las dos co-evolucionaron mutuamente, enriqueciendo una a la otra para crear la representación madura del ser que caracteriza a los humanos modernos».

En esta plática de TED, corta pero cargada de fascinante información, Ramachandram explica cómo funcionan las neuronas espejo.

«He aquí una neurona que se dispara cuando alcanzo algo y lo tomo, pero también se dispara cuando veo a Joe alcanzar algo y tomarlo. Esto es extraordinario porque es como si esta neurona estuviera adoptando la perspectiva del otro, es como si estuviera realizando una simulación de realidad virtual de la acción de otra persona».

Lo cual significa que para el cerebro no hay gran diferencia entre lo que sucede en lo que llamamos realidad y lo que sucede en simulación. En otras palabras, no hay estricta diferencia entre lo que vemos y lo que hacemos, pero tampoco entre lo que pensamos y hacemos o entre lo que hacemos y soñamos (como ha demostrado el psicólogo Stephen Laberge analizando los sueños lúcidos, en particular aquellos en los que un orgasmo onírico produce las mismas reacciones fisiológicas que un orgasmo despierto). Solo podríamos distinguir en el grado de intensidad con el que se reproduce un fenómeno en nuestro cerebro, sin que haya una necesaria hegemonía del acto “real”, físico, sobre el acto mental, imaginario —únicamente nuestra riqueza sensorial e imaginativa como límites.

«El porno no nos hace pensar en el sexo. En cambio, el porno nos hace pensar que estamos teniendo sexo. Desde la perspectiva del cerebro, el acto de excitación no es precedido por una idea separada, la cual absorbemos a través de la televisión o de una pantalla de computadora. El acto en sí mismo es la idea». En otras palabras, «el porno funciona convenciéndonos de que no estamos viendo porno. Pensamos que estamos dentro de la pantalla, haciendo la cópula» (“Porn and Mirror Neurons”,  Jonah Lehrer).

Podría parecer exagerado decir que ver porno es como tener sexo, que existe una transpersonalización y que «estamos dentro de la pantalla» copulando (podrá argumentar el lector: ver porno no se siente igual que tener sexo). Pero esto es solo una distinción de grado o intensidad determinado por el hábito, lo relevante es que ver porno [1] puede activar exactamente las mismas neuronas que tener sexo y que la frontera de la pantalla se borra (la pantalla de una computadora o de una persona: su cerebro). Es decir, el espejo está abierto y lo cruzamos; la solidez y la separación de la realidad es la de un teatro virtual de paredes etéreas.

Pero volvamos a Ramachandram:

«Por una parte las neuronas espejo deben de estar involucradas en cosas como la imitación y la emulación, ya que imitar un acto complejo requiere que mi cerebro adopte el punto de vista de otra persona. Pero, ¿por qué es importante esto?  Si regresas en el tiempo a un punto hace 75 mil años —veamos la evolución humana— algo muy importante sucedió en esa época y eso es el súbito surgimiento y la veloz expansión de una buena cantidad de habilidades únicas del ser humano: el uso del fuego, herramientas, albergues, por supuesto el lenguaje y la habilidad de leer la mente de otra persona e interperatr su comportamiento. Todo esto pasó relativamente rápido aunque el cerebro humano había llegado a su tamaño actual hace 300 o 400 mil años. Lo que sugiero que sucedió fue la emergencia de un sistema sofisticado de neuronas espejo que permitió imitar y emular el comportamiento de otras personas, de tal manera que cuando ocurría un descubrimiento por algún miembro de la tribu, como el fuego o el uso de herramientas, en vez de acabarse ahí se  transmitía de forma horizontal a gran velocidad entre la población o verticalmente entre las generaciones. Esto hizo a la evolución lamarckiana en vez de darwiniana. Esta es la base de la mutación y las habildades complejas que llamamos cultura».

Ramachandram describe aquí el mecanismo por medio del cual el ser humano puede dar saltos evolutivos y favorecer mutaciones aceleradas. El biólogo Rupert Sheldrake entiende este mismo proceso de imitación como la resonancia de un organismo con los campos de información de una especie, en la que se transmiten no solo conductas observadas, sino también conductas no-observadas. Sheldrake considera que la naturaleza tiene una memoria incórporea o difundida no-localmente, la cual hace posible que un miembro de una especie pueda aprender una conducta o asimilar aquello que hizo que esa conducta fuera aprendida, con solo sintonizar la información generada en el campo morfogenético de la especie a partir de ese aprendizaje. Quizás lo que podría estar ocurriendo es una comunicación entre las neuronas espejo de toda una especie o de un grupo de individuos vinculados por algún tipo de comunicación instántanea, probablemente un sistema sutil de entrelazamiento cuántico en el que a nivel molecular, si un individuo toma un cacahuate, todos los miembros de ese conjunto toman un cacahuate, no obstante que no hayan presenciado el acto de tomar un cacahuate. El acto genera una memoria, aunque en estado inactivo, en la mente grupal.

Tal vez por esto en la historia de la humanidad se han dado descubrimientos paralelos sin aparente contacto directo, como la invención del cálculo por Newton y Leibniz, o la formulación de la ecuación de onda en la cual se basa la mecánica cuántica por Heisenberg y Schrödinger, prácticamente al mismo tiempo por métodos distintos. ¿Podrían estar conectados a un sistema telepático global sin saberlo?

«Si me inyecto anestesia en el brazo para que no tenga ninguna sensación y luego te veo a ti siendo tocado, literalmente lo siento en mi brazo. En otras palabras, hemos disuelto la barerra entre tú y otro ser humano. Por eso les llamo neuronas Gandhi o neuronas empatía. Y esto no en un sentido abstracto metafórico: todo lo que te separa de otra persona es tu piel, remueve la piel y experimentarás el tacto de esa persona en tu mente. Has disuelto la barrera entre tú y otras personas. Esto es por supuesto la base de la filosofía oriental. Y es que no hay un ser independiente, desconectado de las demás personas, inspeccionando el universo e inspeccionando a los demás. En realidad estás conectado y no por Facebook o por Internet, sino literalmente por tus neuronas, en esta habitación hay una serie de neuronas hablando entre sí y no hay verdadera distinción entre tu conciencia y la conciencia de alguien más».

Ramachandram hace referencia al caso de los miembros fantasmas —miembros amputados que siguen exhibiendo sensación física en el cerebro— y revela la posibilidad de la sanación a distancia. Sin decirlo menciona la labor del chamán que sana a través de la representación, de la teatralidad cósmica:

«Tienes un paciente con un brazo fantasma que tiene dolor en ese brazo. Lo increíble es que haces masaje al brazo de otra persona y eso alivia el dolor en su brazo fantasma, como si la neurona obtuviera alivio por solo ver a alguien más ser masajeado».

Llegamos al terreno de la empatía como arma de evolución colectiva. En el gran teatro de la realidad solo es necesario ver cómo alguien hace algo para poder hacer ese algo, para poder experimentarlo, sentirlo y, en el caso de los grandes arquetipos de la psique humana, vivir una catarsis, un acto de alquimia psicológica y sanación (por esto es tan popular el cine o el mismo teatro). Pero ese simulacro puede dirigirse, puede exponenciarse: en teoría podríamos reproducir un acto de sanación individual hasta el punto de que se convierta en la sanación colectiva de todo el planeta. Un acto mágico y  a la vez un acto de ciencia... de con-ciencia.

Aeolus Kephas nos dice que «las neuronas espejo nos presentan una base científica sólida para la telepatía y la existencia de la telepatía cambia todo. El giro es que las nueronas espejo no indican que la telepatía es algo que puede suceder, es algo está sucediendo todo el tiempo». Pero entonces la clave, creemos, es hacer consciente esa telepatía que sucede todo el tiempo entre nosotros a través de las neuronas espejo que comparten permanentemente estados cerebrales, porque somos espejos contra espejos.

Hacer consciente la telepatía, la distribución de archivos cerebrales que está ocurriendo en este instante, para decodificar el mensaje y descubrir el secreto de la empatía: «Después de todo lo que en realidad queremos comunicar, con cada mensaje, es quiénes somos y 'en' dónde estamos. Y esto es precisamente lo que comunicamos, sin siquiera intentarlo y en contra de nuestra voluntad» (Aeolus Kephas) —para  entablar la verdadera comunicación, más allá de la piel, más allá de los giros del lenguaje y de los malentendidos, la comunicación total, hiperpermeable, de seres desnudos que significan al universo.

«Tener verdadera empatía por otra persona significa sintonizar no solo a esa persona sino a todas las personas que hemos visto en un estado similar o circunstancia en el pasado» (Aeolus Kephas) y quizás no solo acceder a nuestra memoria sino a la memoria de toda la humanidad y todo el universo, sentir en un instante todos los instantes, en una persona a todas las personas, el sentimiento océanico que buscan todas las tradiciones místicas: la unidad a través de la otredad, del rayo del espejo.

V.S. Ramachandram sugiere que la conciencia humana nació  a la par de la activación de un sistema de neuronas espejo (también el lenguaje). Esto supone que el nacimiento de la conciencia, el gran acto autorreflexivo, es en esencia un acto colectivo, co-creativo. El destello del primer hombre que toma conciencia no ocurre en su propio cerebro sino en el cerebro del otro que lo refleja, que escucha lo que dice, y en su escuchar la conciencia se significa conciencia: se ve a sí misma. De aquí podemos extrapolar que nuestra conciencia se sostiene en la conciencia de los demás y que desde su origen la humanidad ha compartido una mente grupal —y no solo de forma metáforica (la filosofía oriental sugiere que no hay pensador --yo-- detrás de los pensamientos, sólo una red de conciencia que fluye por el universo, que es el universo).

Hacer consciente esta mente grupal, este sistema global de telepatía, es el siguiente paso en la evolución humana. La clave, como sugiere Aeolus Kephas, es simplemente escuchar a los demás. Abrir el canal de la empatía, justamente aquello que nos hace humanos (recordemos que en la novela de Phillip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? es la empatía lo que distingue a los humanos de los androides, aunque en esa distopía los humanos declinen hacia su extinción incapaces de afirmar su empatía).

Tal vez sea nuestra capacidad empática, nuestra capacidad de escuchar lo que nos están diciendo en silencio las personas a nuestro alrededor, lo que nos lleve a escuchar qué nos dice el universo —y lo que nos estamos diciendo nosotros mismos (nuestro código mandala). La empatía: lo que nos sintoniza con la transmisión original que se emitió holográficamente sobre el vacío —y se sigue emitiendo sin final.

Twitter del autor: Aleph de Pourtales/@alepholo


[1] Seguramente no es una casualidad que se use tanto en el porno el recurso del point of view, donde la cámara se coloca donde la mirada del espectador, simulando que el espectador es el que está realizando la cópula y el pornstar es su avatar.

 

Dilucidando el origen del universo surge una serie de paradojas: por un lado, desde la perspectiva de la física, la nada deja de existir y se reformula como una potencia cuántica, y por otro lado el acto divino de la creación se distribuye en el universo mismo, como una propiedad fundamental del vacío que permea todo lo que existe.

Or say that the end precedes the beginning,
And the end and the beginning were always there
Before the beginning and after the end.
And all is always now.

-T.S. Elliot

El tema de hoy es el tema de siempre. La vieja pregunta que atraviesa la historia del hombre y más allá y que genera todo tipo de paradojas, fascinaciones y frustraciones... la pregunta sobre el origen del universo (que es en el fondo la misma pregunta que ¿quién soy?). Evidentemente una respuesta cabal a esta pregunta trasciende los alcances de nuestra comprensión actual, y aunque la ciencia o la religión crean que ya han obtenido verdades objetivas y hasta absolutas, estas “verdades” son  sobre todo reflejos, más o menos claros, de su propia mente: el aparato con el cual el hombre ausculta la profundidad del cosmos —un aparato cuyo potencial no conocemos del todo y que podría no tener límites. Estamos, como el pez que busca conocer la naturaleza del océano, en un planeta dentro del universo, nadando en la inmensidad, preguntándonos sobre algo de lo cual somos (juez y) parte indivisible. Estar dentro del universo puede hacer más difícil las cosas —ya que no tenemos una perspectiva externa, un ojo arquimídeo de las cosas— o más fáciles —ya que toda la historia del universo y en cierta medida la decantación de sus secretos están enraizados en nosotros.  Y, entonces, tal vez sea posible ver todo el bosque en un solo árbol.

Saber que no sabemos no significa no querer saber y no maravillarse ante el misterio: salir a jugar en la noche a aprender a ver en la oscuridad. En este espíritu lúdico cuya piedra de toque filosofal es la capacidad de asombro (tomada del niño interior cuya primera infancia se remonta a la formación de las estrellas), retomamos la ancestral pregunta, aprovechando la sincronía de que tanto el sitio New Scientist como el canal Discovery acaban de lanzar ediciones especiales abordando esta temática.

La versión más aceptada actualmente es que el universo surgió del Big-Bang y que antes de esta “gran explosion” no había nada.  Lo que evidentemente hace preguntarnos, ¿cómo algo —el universo todo— pudo haber surgido de la nada?   Esto lógicamente hace pensar que esa “nada” en realidad era algo. Para la religión necesariamenete debe de existir un ser capaz de crear de la nada, de operar sobre el vacío e infundir el Ser en el universo. Esto equivale a decir que ese algo que era la nada es Dios.  La causa de que algo sea.

La física en cambio considera que el problema de la nada es en realidad un problema semántico. Hemos creado el concepto de la nada a partir de nuestra experiencia del espacio como vacío, pensando que en ese espacio entre la materia nada sucede, nada se genera.  Pero la “nada” como tal no existe. Esto es algo que puede observarse en el espacio vacío, del cual surgen inevitablemente lo que se conoce como partículas virtuales, las cuales constantemente se crean y se destruyen y pese a que no son observables directamente, los efectos que generan sí lo son. En este sentido la física curiosamente se alinea con la etimología de la palabra nada, la cual proviene de la palabra nacer (en latín). Esta interesantísma identidad entre la nada y nacer nos sugiere, en otro plano,  que la nada es nacimiento, el proceso de nacer. O, en otras palabras, una perenne potencia de ser.

"Puedes formar un estado que no tenga quarks y antiquarks en él, y es totalmente inestable. Espontáneamente  empieza a producir pares de antiquarks y quarks”, dice el físico Frank Wilczek de MIT.  Wilczek cree que esto podría aplicarse también al origen del universo. "No hay barrera entre la nada y un rico universo lleno de materia”.  Según esta perspectiva, el universo es lo que ocurre naturalmente con “la nada”. En cierta forma tú, yo, esta pantalla, el Sol, la Luna y todo lo demás solo somos fluctuaciones que emergen del vacío cuántico.  Patrones, coherentes por un momento, que regresan al mar insondable del vacío-nacimiento.

Debido a la extrañeza inherente a la mecánica cuántica, “la nada” se transforma en algo constantemente. El principio de incertidumbre de Heisenberg señala que un sistema nunca puede tener exactamente cero energía y como la energía y la masa son equivalentes —dos caras de la misma moneda—, pares de partículas se pueden formar espontáneamente siempre y cuando se aniquilen rápidamente.

La incertidumbre cuántica sostiene que hay una compensación entre  energía y tiempo: entre menos energía tiene un sistema, más tiempo puede mantenerse (de la misma forma las supernovas, con mayor energía, viven menos). Para explicar cómo nuestro universo ha durado miles de millones de años, el tiempo suficiente para formar a partir del vacío cuántico galaxias, sistemas solares y formas de vida complejas, su nivel de energía debe de ser extraordinariamente bajo.

En los primeros instantes del universo se llevó a cabo una breve explosión expansiva, conocida como inflación, la cual llenó el universo de energía. Pero según la teoría de la relatividad de Einstein, la expansión del tiempo-espacio también significa más gravedad.  La atracción gravitacional representa energía negativa que cancela la energía positiva de la inflación —esencialmente construyendo un cosmos de cero. “Uno puede mostrar que esta energía gravitacional negativa exactamente cancela la energía positiva representada por la materia. Así que la energía total del universo es cero”, dice Stephen Hawking.

Alan Guth, el físico que desarrolló la teoría inflacionaria, bromea diciendo que aunque se cree que no existe tal cosa como un almuerzo gratuito, “el universo es el máximo almuerzo gratuito”. Y con esta misma ligereza reconforta: “en realidad no es riesgoso crear un universo en tu sótano, no desplazaría al universo alrededor, aunque sí crecería enormemente”.

El problema de la creación del universo parece violar la ley de la conservación de la energía pero, si hay cero energía total que conservar, ese problema desaparece y un universo que simplemente surgió de la nada —fluctuaciones cuánticas— es algo que ocurre con cierta probabilidad. “Tal vez una mejor forma de decirlo es que ese algo es nada”, aclara Guth.

Que algo pueda ser nada parece un contrasentido, una aberración lógica. Sin embargo, el universo no tiene que necesariamente ajustarse a nuestra lógica y, según hemos visto antes, la “nada” es sobre todo un concepto construido bajo la lógica aristotélica que ha creado la impronta en el cerebro humano de que las cosas son o no son, y al ser algo no son todo lo demás. ¿Pero puede algo ser y no ser? ¿Ser algo y nada?

La física cuántica, al igual que la filosofía oriental, es profusa en paradojas. Un fotón es tanto una onda como una partícula y puede estar en estado de superposición —en todos los lugares  (o en ninguno) a la vez— hasta que no se le apliqué una medición. De tal manera que en muchas ocasiones se ha jugado con la idea de que  una partícula no existe hasta que es observada.

El Tao habla de un nombre que no puede ser nombrado y de un camino que no puede ser recorrido —y que es, sin embargo, el nombre eterno y el camino eterno.

Diferentes corrientes dentro del budismo detectan esta identidad entre algo y  nada, entre el ser y el no ser. El concepto de Sunyata sugiere que en el fondo todos los fenómenos —y la misma materia— están vacíos y no tienen realidad independiente, interpenetrados como están en una dinámica de flujo, como las nubes en el cielo  o como una onda en la superficie de un lago.

En el Sutra del Corazón se dice:

«Escucha, oh Sariputra, la vacuidad es forma; la forma vacuidad. Aparte de la forma, la vacuidad no es; aparte de la vacuidad, la forma no es. La vacuidad es aquello que es forma, la forma es aquello que es  vacuidad. Justo como son la percepción, la cognición, la construcción mental y la conciencia».

La materia está compuesta de átomos; más del 99% de un átomo consiste de espacio vacío. Lo cual, aunque nos cueste trabajo asimilar, significa que nosotros estamos casi completamente vacíos, somos básicamente nada. Pero, como estamos descubriendo, esa nada puede ser algo, es más, puede ser lo que sea.

El brillante físico estadounidense David Bohm, influenciado por la filosofía de Krishnamurti pero sin alejarse del rigor científico, teorizó que el mundo que experimentamos es una manifestación superficial de un proceso energético profundo, como una ola que surge de un mar de energía infinita. Y nuestra percepción de un fenómeno o de nuestro propio ser es algo ilusorio, ya que en el vacío toda la materia es una misma energía. Esto fue lo que llamó “la totalidad del orden implicado”.  Su biógrafo Will Keepin explica:

«El entendimiento de Bohm de la realidad física trastoca la noción ordinaria de ‘espacio vacío’. Para Bohm el espacio no es un vacío gigante a través del cual se mueve la materia; el espacio es tan real como la materia que se mueve a través de él. El espacio y la materia están íntimamente interconectados. De hecho, cálculos de la cantidad conocida como energía del punto cero sugieren que un centímetro cúbico de espacio vacío contiene más energía que toda la materia en el universo conocido».

Aquí se empieza a dibujar sobre la espuma cuántica el que tal vez sea el secreto de la creación —de algo de la nada—, la potencialidad inherente e ilimitada de ser en todo. Como hemos visto, incluso en un espacio herméticamente cerrado en el que no haya “nada”, espontáneamente se generan pares de partículas de energía.  Esto sugiere que la “nada” tiene en ella el n(h)acer embebido. O, en otras palabras, todo tiene la potencia de crear un universo —ya que una de las posibilidades del arreglo de átomos que surgen del vacío es ordenarse para formar un universo.

Este universo que puede formarse como resultado de su propia naturaleza está lleno de vacío  y este vacío cuántico está en un proceso de creación y destrucción permanente. Es decir, en cada parte de su inmensidad se están creando y destruyendo partículas que podrían ser otros universos (¿y cómo saber que no lo son?). Como si en cada parcela microinfinita del espacio habitara un Shiva y un Vishnu, llevando a cabo su batalla fractal cosmogénica.

Desde un punto de vista de psicología práctica esto puede llevarse a cada una de las experiencias que vivimos, recordando que cada fenómeno está esencialmente vacío y tiene la potencia de ser cualquier cosa, incluyendo quizás la creación de un universo.  Si somos de cierta forma, y nos mantenemos así, esto probablemente se debe a que constantemente llenamos el potencial de nuestras experiencias del mismo contenido, nos repetimos, creándonos igual —al contarnos. Bajo esta noción de que todas las cosas están vacías y por lo tanto están constantemente siendo creadas, naciendo de la nada, podemos entender por qué nuestra descripción del mundo (“somos lo que pensamos” dice Buda en el Dhammapada) se convierte en el mundo que experimentamos.

De alguna forma constantemente estamos reproduciendo aquel acto atribuido a Dios de separar las tinieblas para hacer la luz con la palabra y hacer surgir al mundo. O lo que es equivalente, colapsar la función de onda y establecer un estado de coherencia de entre las fluctuaciones cuánticas.

Al sostener que el universo está compuesto en su enorme mayoría de vacío, en un estado de energía cinética cercano al cero (en un estado profundo de no-dualidad), pero de energía potencial casi infinita, se sientan las bases para que el universo funcione como una incesante máquina de creación (según Henri Bergson el universo es un máquina de crear dioses). Pero esto no resuelve el origen de la creatividad del universo. La pregunta tal vez  ya no sería qué o quién creó el universo, ya que la creación es una propiedad fundamental embebida en el telar del universo, sino ¿cómo surgió esa creatividad o cuál es el origen de lo que origina?

«Nuestro entendimiento de la creación recae en la validez de las leyes físicas, particularmente de la incertidumbre cuántica. Pero eso implica que las leyes de la física de alguna manera fueron codificadas al engranaje de nuestro universo antes de que existiera. ¿Como pueden  existir las leyes físicas por fuera del tiempo y el espacio sin una causa propia? O poniéndolo de otra forma, ¿por qué existe algo en vez de nada?», escribe Amanda Gefter en la edición especial sobre el origen del universo de New Scientist.

En otras palabras, esto podría reformularse diciendo que aunque al parecer el programa funciona solo, sin necesidad indispensable de que alguien lo hubiera programado, de cualquier forma exhibe un programa:  una serie de leyes o un código que debe de haber preexistido al programa.

Descubrir por qué el universo es como es supera ampliamente los alcances de este artículo. Más que intentar responder a algo así, que sería como intentar hackear la mente de Dios, más allá de leer el código fuente, decodificar la intención del programa, lo mejor que podemos hacer es dejar nuevas interrogantes como semillas creativas en el abismo cuántico.

¿Es satisfactorio pensar que la creación es una propiedad fundamental de todo lo que es y que como tal simplemente existe, sin causa ni causante, desde siempre para siempre, el universo es? ¿O acaso esto no nos remite también, ad infinitum, a un nuevo misterio, inaccesible para nuestro entendimiento actual? Y, por otra parte, ¿acaso la física al erradicar de la creación a un creador no, inadvertidamente, infunde de las propiedades creativas generalmente exclusivas de la divinidad a  la totalidad del universo? ¿Flotando entre cada átomo yace latente algo que participa en las cualidades de lo divino, haciendo del cosmos entero un holograma de dios?

«Una pequeña partícula de la Piedra Filosofal, si se vierte sobre la superficie del agua, según un apéndice sobre la sal universal de Herr von Welling, inmediatamete empezará un proceso de recapitulación en miniatura de la historia del universo, ya que instantáneamente la tintura —como los Espíritus de los Elohim— se agita sobre el cuerpo del agua. Un universo miniatura se forma, el cual, según afirman los filósofos, en verdad surge del agua y flota en el aire, en el que pasa por todos los niveles de desarrollo cósmico y finalmente se desintegra». Manly P. Hall, The Secret Teachings of All Ages.