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Programa o serás programado (manual de emancipación para la sociedad digital)

Por: Javier Barros Del Villar - 04/13/2011

¿Quieres liberarte de tu esclavitud frente a las herramientas digitales y utilizarlas, en cambio, para participar en el diseño colectivo de nuestro futuro: Quieres programar o ser programado?



Hoy nos encontramos en un momento decisivo de la evolución humana: estamos diseñando, colectivamente, nuestro futuro. Y aunque esto podría sonar a lo que siempre, conciente o inconscientemente, hemos hecho como sociedad, lo cierto es que por primera vez tenemos la oportunidad de proyectar una extensión de nuestra conciencia compartida a través de una red digital 'tangible'. Y en este sentido, el entender que el pensamiento ya no será exclusivamente individual es fundamental para lograr una transición exitosa y armoniosa, hacia lo que sea que esté por venir.

Por otro lado, desde la masificación del uso de internet hace ya un par de décadas hemos tenido acceso a una inédita herramienta cuyo potencial ha replanteado múltiples paradigmas en torno a la sociedad y el pensamiento contemporáneo. Sin embargo, debemos reconocer que no hemos sido capaces de liberarnos de los viejos dogmas y prácticas (el consumismo, los tradicionales modelos financieros, el individualismo, etc), algo que parece un requisito indispensable para forjar un nuevo escenario que realmente aspire a proveer dignidad y calidad de vida sin distinción.  Lo anterior nos sugiere que estamos en el momento de tomar una pausa y replantear, en forma incluyente, el diseño de la mente colectiva aprovechando en el proceso las tecnologías digitales.

Tras una breve reflexión podemos constatar  que el verdadero potencial no esta en simplemente ser activos espectadores, y ni siquiera en consolidarnos como creadores de contenido (algo que actualmente parece enorgullecernos bastante), sino en penetrar las entrañas digitales de los propios medios que utilizamos, así como en entender el cómo es que funcionan y hacia que tendencias psicosociales están voluntaria o involuntariamente orientados. Por ahora, y en congruencia con la frivolidad propia del consumismo que llevamos arrastrando durante ya algunas décadas, estamos más asombrados por los dispositivos (pantallas táctiles, supercomputadoras, tabletas de lectura, teléfonos móviles) que por lo que nos comunican aquellos que se están expresando a través de ellos, aquellos que están programando nuestro entorno –la clave está en analizar las inercias y conductas que se favorecen de acuerdo a la manera en la que están diseñadas estas tecnologías.

La sociedad (sistema financiero, instituciones religiosas, corporaciones, nosotros) está operando de acuerdo a un software obsoleto, no sólo hablando en términos tecnológicos sino filosóficos y en particular sociales. Si no somos capaces de entender los programas de nuestra computadora, la herramienta con la que mayor tiempo compartimos, no seremos capaces ni siquiera de visualizar los otros programas, aquellos que están moldeando las pautas socioculturales que a fin de cuentas modelan nuestra vida cotidiana y nuestra manera de relacionarnos con el universo, tanto en un plano físico, como emocional, mental, e incluso espiritual. Pero lo más relevante es que se dibuja ante nosotros una disyuntiva decisiva: ser parte del programa que se esta generando por grupos y agendas distantes a nosotros o tomar la riendas y participar en la programación de la realidad contemporánea. Y en caso de que elijas lo primero seguramente será la última decisión que tomes en lo que te resta de vida.

Cada vez que obtenemos un nuevo medio la sociedad en general siempre esta un paso atrás. Cuando el lenguaje fue creado no emergió con ello una sociedad de generadores e discurso sino una de oyentes que se agrupaban en torno a aquellos que realmente dominaban el arte de la palabra. Siglos después el invento del alfabeto escrito no coincidió con el surgimiento de una sociedad de lectores sino de un grupo que se contentaba con sentarse alrededor de los o sacerdotes a escuchar las lecturas que ellos elegían para compartir. Algo similar ocurrió con el invento de la imprenta que, repitiendo la filosofía masiva del “un paso atrás” no presenciamos el nacimiento de una población de escritores sino de lectores que se regocijaban con la divina oportunidad de poder llevar un libro a su intimidad. Y ahora, con el nacimiento de internet, surgió una efusiva masa de generadores de contenido, sin embargo la programación de las herramientas que sirven para distribuir dicho contenido, y que son las que en buena medida definen las pautas psicoculturales, se mantiene a manos de una “élite”. Y por eso dentro de este nuevo medio resulta aún más fundamental conocer como funciona y aprender a manejarlo, a codificarlo, por nosotros mismos ya que ello nos permite combatir los las tendencias socioculturales que no nos benefician como sociedad y, mejor aún,  participar en su diseño.

Podemos programar dinero, programar la sociedad, pero para eso necesitamos entender las dos cosas, los programas que estamos utilizando para hacerlo, y el código que rige su funcionamiento, el orden de sus símbolos, y la manera en que nos relacionamos con ellos. El que sólo es usuario inevitablemente termina por ser usado. Y lo mismo ocurre con el programador, termina programando realidades. Y al enfatizar en este aspecto es importante aclarar que el llamado en si no es a convertirnos todos en programadores de código (loo cual definitivamente no nos haría mal) sino entender la manera en la que los programas que rigen nuestra vida cotidiana están codificados, y las conductas sociales que fomentan.

La reflexión anterior es precisamente el tópico principal de “Program or be Programmed” último libro de Douglas Rushkoff, innegablemente uno de los más lúcidos teóricos de los medios en la actualidad y a quien orgullosamente podríamos considerar como una especie de padrino ideológico en Pijama Surf. Pero afortunadamente, como suele suceder con Rushkoff, el autor no se limita a dilucidar una problemática compartida y a mostrarnos las mieles de lo que podría suceder si logramos superarla sino que incluso nos sugiere diez pasos o mandamientos  para la era digital. Y en caso les dediquemos un momento de reflexión y, sobretodo, los llevemos a la práctica contextualizados dentro de nuestras circunstancias personales, seguramente estaremos más cerca de ese momento en el que todos hemos, o al menos eso me gustaría pensar, soñamos: un mundo mejor (y no me refiero al “mundo mejor” que visualizan las lindas chicas que contienden en los concursos de belleza sino a uno genuinamente tangible, concreto, disfrutable).

1- Tiempo: No siempre estés prendido (en-línea)

El sistema nervioso de una persona existe en el tiempo presente. Vivimos en un continuo ahora y el tiempo siempre está pasando para nosotros. Las tecnologías digitales no existen en el tiempo. Al unir nuestros cuerpos y mentes basados en el tiempo a tecnologías que en sí tienden a ir contra el tiempo, terminamos divorciándonos de los ritmos, los ciclos, y la continuidad, de los cuales dependemos para vivir coherentemente.

2- Lugar: Vive en persona

Las redes digitales son tecnologías descentralizadas. Trabajan desde lo lejos intercambiando intimidad por distancia. Esto los hace extraordinariamente adaptables para comunicarnos y realizar actividades a larga distancia, pero pésimas para involucrarnos con lo que está, o quien está, justo enfrente de nosotros. Al utilizar una tecnología deslocalizada para conectarnos localmente, perdemos nuestro sentido del espacio así como las ventajas que nos ofrece el ser locales.

3. Elección: Siempre podrás elegir ninguna de las opciones presentes

En el reino digital todo se convierte en una elección. El medio tiende a lo discreto y esto deja fuera cosas que no hemos elegido notar o registrar y te obliga a elegir entre diversas opciones cuando en realidad no tendrías por qué estar eligiendo algo.

4. Complejidad: jamás estarás completamente correcto

A pesar de que nos han permitido trabajar con ciertas clases de complejidad nuestras herramientas digitales sobre-simplifican las problemáticas matizadas. Orientadas en contra de la contradicción y el compromiso, nuestros medios digitales tienden a polarizarnos en bandos incapaces de reconocer valores compartidos o de relacionarnos con algo paradójico. En la red generamos respuestas a través de simples búsquedas en lugar de sumergirnos en la investigación y en el seguimiento de líneas de lógica. No nos damos cuenta que las tecnologías digitales están modelando nuestra realidad pero no sustituyéndola, y confundimos sus limites sobre-simplificados con la forma en que las cosas tendrían que ser. Al hacer conciencia sobre la tendencia de estas tecnologías de reducir la complejidad recobramos la habilidad para concebir sus simulaciones como modelos inmersos en una aspiradora y no como postulados definitivos del mundo.

5. Dimensiona: Un mismo tamaño no le queda a todos

En la Red todo se hace por escala –o al menos supuestamente debería. Las tecnologías digitales están orientadas a la abstracción, trayendo todo al mismo nivel universal. Personas, ideas, y negocios que no funcionan a ese nivel están en desventaja, mientras que aquellas que tienden a altos niveles de abstracción son las dominantes. Al recordar que un tamaño no le cabe a todos podemos preservar propiedades y actividades locales.

6. Identidad: Sé tu mismo

Nuestras experiencias digitales son extra-corporales. Esto nos conduce a un comportamiento impersonal en un entorno en donde nuestra identidad puede ser una desventaja. Pero entre más nos ligamos a otros anónimamente, menos experimentamos las consecuencias humanas de lo que decimos y hacemos. Al resistirnos a interactuar desde la comodidad del anonimato, nos mantenemos responsables y presentes, lo cual hace mucho más probable el que podamos llevar nuestra humanidad al reino digital.

7. Social: No vendas a tus amigos

No obstante sus tendencias deshumanizantes, los medios digitales están orientados a lo social. En la actual co-evolución entre personas y tecnologías, las herramientas que nos conectan florecen y las que no pronto aprenderán a hacerlo. Debemos recordar que la orientación de lo medios digitales es a conectarnos con otras personas y no con sus contenidos y, mucho menos, con su dinero. De lo contrario corremos el riesgo de privarnos a nosotros mismos del  mayor regalo que las tecnologías digitales nos pueden regalar a cambio de haberlas creado.

8. Hecho: Di la verdad

La Red es como una pócima de la verdad: publica algo falso en-línea y eventualmente emergerá como una mentira. La tecnología digital está orientada en contra de la ficción y hacia los hechos, en contra de las historias y a favor de la realidad, esto quiere decir que la única opción para aquellos que se comunican en este espacio es decir la verdad.

9- Apertura: Comparte, no robes

Las redes digitales están construidas con el propósito de compartir recursos computacionales por personas que en sí estaban compartiendo recursos, tecnologías, y créditos para crearlo. Por esta razón la tecnología digital está orientada a favor de la apertura y el compartir. Pero como no estamos acostumbrados a operar en un reino con estas tendencias, con frecuencia explotamos la apertura de los demás o terminamos siendo explotados nosotros mismos. Al aprender la diferencia entre compartir y robar podemos promover la apertura sin sucumbir al egoísmo.

10- Propósito: Programa o sé programado

La tecnología digital está programada. Esto la inclina hacia a aquellos que tienen la capacidad de escribir el código. En la era digital debemos de aprender a hacer el software o corremos el riesgo de convertirnos en él. No es demasiado difícil o tarde para aprender el código que está detrás de las cosas que usamos –o al menos entender que existe código detrás de nuestras interfases. De otra manera estamos a merced de aquellos que programan, de la gente que les paga o, incluso, de la propia tecnología.

* Este artículo está dedicado a Enrique Mendoza, programador en jefe de Pijama Surf.

Twitter del autor: @ParadoxeParadis / Lucio Montlune

Iori Tomita y su "Nuevo Mundo de los Especímenes Transparentes"

Por: pijamasurf - 04/13/2011

Como si se tratara del sueño psicodélico de un pescador, la obra del japonés Iori Tomita esta repleta de translucidos peces, crustáceos, y otros animales del mar, que evocan la fauna marina de un universo paralelo al cual se accede por medio de una colorida estética.

Crustáceos con alma de neón, peces que alguna vez fueron fantasmas, y caballitos de mar que absorben los colores de un jardín acuático, secreto, risueño. Bienvenido al "Nuevo Mundo de los Especímenes Transparentes", un edén multicromático que ha creado el artista japonés Iori Tomita, el cual es habitado por cadáveres de peces y otros animales marinos, que mediante un cierto tratamiento post-mortem, emergen en un desfile de lúcida fantasmagoria. Antes de comenzar su carrera artística, Tomita fue muchos años pescador y en algún momento incluso estudio ictiología (la rama de la zoología dedicada al estudio de los peces). Evidentemente estos antecedentes influyeron en su proceso creativo que derivó en un discurso fúnebre-pop a partir del cual se desdoblan las piezas que aquí se presentan.

Para producir sus especímenes transparentes Tomita utiliza una técnica de preservación que consiste en remover la piel y las escamas de los peces que previamente han sido conservados en formaldehido. A continuación remoja las criaturas en una sustancia que tiñe el cartílago de azul. Tomita utiliza una enzima digestiva llamada trypsin, junto con otros químicos, para separar las proteínas y los músculos, lo cual permite que los cadáveres comiencen a transformarse en seres translúcidos. Este paso es delicado ya que demasiada exposición a los químicos haría que los animales perdiesen su forma original. Finalmente los demás huesos son teñidos con tinta roja, y la luminosa entidad es preservada en un frasco de glicerina. Por cierto, Tomita solo utiliza animales que le llevan pescadores y que han sido encontrados muertos por causas naturales.

La sensible obsesión que Tomita manifiesta por las minúsculas estructuras óseas hacen de este, un largo proceso creativo ya que la producción de sus piezas de psicodelia marina le toman entre 5 y 12 meses. Pero gracias a esta minuciosidad es que podemos disfrutar de estas hipercoloridas (aunque paradójicamente muertas) criaturas, lo cual no solo garantiza una estimulante experiencia estética sino que además tiene un valor científico ya que permite un inusual acercamiento a la complejidad estructural de la fauna del mar.