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¿Qué significa ser orginal en el mundo contemporáneo y cuál es la tradición de esa búsqueda, cuya mejor expresión probablemente sea la crítica?

Pienso —pero no sé en qué grado me equivoco— que una de las preocupaciones más urgentes de las sociedades contemporáneas es la originalidad. Las personas, no conformes con ser, buscan ansiosamente ser originales. Pero ¿cuál es el cariz de esta originalidad de nuestro tiempo? ¿Cuál su dirección? ¿Cuál su meta? O por el contrario, ¿cuál es su origen?

Al igual que un puñado de valores y actitudes altamente apreciados hoy en día, debemos esta exaltación de la originalidad al Romanticismo de finales del siglo XVIII e inicio del XIX, el Romanticismo de Fitche, de Novalis, de Hölderlin. Hasta un siglo antes de los románticos y al menos desde el Renacimiento, el lugar preeminente de la originalidad lo ocupaba la imitación: así se explica que Quevedo, siendo un poeta tan monstruoso, no le importara traducir un soneto italiano y firmarlo con su nombre sin nunca aclarar que se trataba de una traducción o que el poema original pertenecía a otro (ejemplos como éste, y no sólo de Quevedo, abundan en el magnífico Fiori di sonetti/Flores de sonetos de Antonio Alatorre). El epígrafe del Primero sueño, «que así intituló y compuso la Madre Juana Inés de la Cruz, imitando a Góngora», también es explícito a este respecto. Góngora mismo, según sus estudiosos modernos, rehízo para su Fábula de Polifemo y Galatea varios versos y motivos escritos anteriormente por Giambattista Marino. La polémica aún no resuelta y reavivada cada cierto tiempo sobre el verdadero autor de los dramas shakespeareanos forma parte de ese ambiente en el cual la originalidad existía, pero en los márgenes y bajo otro nombre: (in)genio.

Como puede advertirse, poca o ninguna consideración merecían entonces las ideas de autoría, propiedad intelectual, obra reunida y otras afines u opuestas: plagio, copia, apropiación. Éstas adquirieron valor incluso en el seno de los artistas sólo cuando el dominio de la burguesía se reveló irreversible. Irónico destino el de los románticos: ellos que tanto denostaban y renegaban de los cómodos y utilitarios burgueses, legaron al mundo de la creación estética e intelectual un sistema de producción similar al de cualquier otra mercancía.

En consecuencia, la originalidad contemporánea tiende a tomar la forma de una marca registrada, con todo lo que ello implica: comercio, consumo, reconocimiento más o menos inmediato, escándalo ante los plagios y los usos indebidos y no autorizados. Pero también esa permanente atención al gusto del público, de los consumidores, a sus demandas y peticiones; esa constante fabricación a partir de los materiales por todos conocidos que perpetúa, a veces involuntariamente, el mismo gusto, las mismas aficiones, y deja todo en el mismo estado existente antes de la llegada del artista.

La romántica ambición de convertirse en un autor, la finisecular de construirse una personalidad, quedan opacadas por este novísimo grial de las transacciones. Al parecer lo que importa ahora, lo que vale, es forjar un sello inequívoco, que nadie confunda y todos identifiquen, uno que al ver impreso sobre cualquier cosa —una frase, un dibujo, una actitud, un gesto, un peinado o un vestido— declare quién es el autor de esa originalidad así ungida. Sin embargo, a diferencia de Duchamp con sus Mona Lisa o el afamado mingitorio, quienes incurren en esta conducta la practican con reluctante seriedad. Exagerando la situación, podría pensarse que este tipo de originalidad se propone, en última instancia, coronar el ser o el parecer en detrimento del hacer (según ha señalado Paula Sibilia en La intimidad como espectáculo).

No por casualidad ha quedado relegado un componente esencial de la originalidad de los románticos (Marx, el mejor exponente) y que fue brillantemente entendido por las vanguardias de las primeras décadas del siglo XX: la crítica. Si la originalidad no corroe las estructuras del sujeto o de la sociedad, sólo es producción e hipocresía. Ser original, incluso en nuestros días, significa ante todo ser crítico.

Twitter del autor: @saturnesco

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Grigori Perelman, el genial matemático que renunció a premio de 1 millón de dólares

Arte

Por: pijamasurf - 09/23/2010

El diario El País publica una interesante nota de perfil sobre este enigmático genio ruso que dio una lección al mundo al rechazar 1 millón de dólares y no ceder al delirio psicótico de la sociedad en su persecución del dinero.

El genio tímido, casi autista, de Grigori Perelman es doblemente asombroso, lo es por su capacidad de penetrar el código con el cual está diseñado nuestro universo, y por mantener una postura moral casi inconcebible en un mundo inmerso en una persecución psicótica del dinero, demostrada en el encomiable gesto de rechazar un millón de dólares que se le habían otorgado por el Instituto Clay de Matemáticas. Perelman manifestó que rechazo este premio porque no le parece justo como procede la comunidad matemática. El País ha hecho un notable perfil explorando la psicología de este héroe posmoderno:

Es uno de los grandes cerebros del siglo XXI. Ha revolucionado las matemáticas, abierto nuevos campos de investigación, resuelto la conjetura de Poincaré, recibido y rechazado los más altos galardones mundiales, incluido uno de un millón de dólares. Pero Grigori Perelman prefiere vivir aislado y pobre en un destartalado apartamento de San Petersburgo. ¿Por qué? ¿Qué se esconde detrás de este ser taciturno y egocéntrico, de este antiguo niño prodigio educado en los más avanzados laboratorios de la inteligencia soviéticos? Esta es la historia de Grisha, el genio.

Cabello despeinado, barba hirsuta, uñas largas, mirada reconcentrada, a veces perdida, ropa vieja. Quien se tope con este personaje en la calle -cosa difícil, porque casi no sale ya de su apartamento, salvo a comprar alimentos a la tienda más cercana- seguramente lo tomará por un simple vagabundo, un bombzh. A nadie se le pasaría por la mente que ese hombre desaliñado es un genio, el mayor matemático de los últimos tiempos, que encaja en el paradigma del científico chiflado. La gente considera que efectivamente ha perdido la razón, pero no por su dudosa higiene y aspecto, sino, ante todo, por haber rechazado el millón de dólares de recompensa que le otorgó el Instituto Clay de Matemáticas (Massachusetts, EE UU) por haber resuelto la conjetura de Poincaré -uno de los siete problemas del milenio-, y se negó a recibirlo a pesar de vivir con su madre en precarias condiciones.

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