Hoy, 31 de marzo, Octavio Paz cumpliría 112 años. La fecha suele convocar a los altares: se levanta la copa, se repite el elogio, se coloca la palabra exacta sobre el monumento de sus grandes obras. Pero hay un territorio en su escritura que él mismo trató con cierta desconfianza, una veta que rara vez se recorre: su narrativa. La que quiso ser novela y se fracturó en cuentos. La que comenzó como ficción y terminó convertida en el ensayo más importante del siglo XX mexicano.
Porque Octavio Paz no solo escribió El laberinto de la soledad. También quiso escribir una novela que nunca terminó. Y ese “fracaso”, visto de cerca, se convierte en uno de los gestos más reveladores de su inteligencia.
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La frustración que parió un ensayo fundamental
Paz lo confesó en Itinerario (1993). Sentía que le faltaba el aliento para la novela. No era talento, era temperamento: el poeta vive del instante, el ensayista de la idea, pero el novelista necesita una paciencia casi artesanal para construir un mundo y dejar que los personajes respiren por sí mismos. Y los suyos, se quejaba, siempre terminaban siendo portavoces de sus propias obsesiones filosóficas.
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Lo curioso es que esa “limitación” lo llevó a uno de los giros más fértiles de su carrera. A finales de los cuarenta, mientras vivía en París, Paz comenzó a escribir lo que imaginaba como una novela de viaje: un mexicano en el extranjero caminando por la ciudad luz y encontrándose, en cada esquina, con su propia sombra. Pero las reflexiones sobre el pachuco, la máscara, la identidad, empezaron a pesar más que la trama. Los personajes se volvían etéreos; lo único sólido era el pensamiento.
Entonces tomó una decisión radical: podó la ficción. Dejó solo el esqueleto de las ideas. Así nació El laberinto de la soledad. Lo que iba a ser una novela se convirtió en el ensayo que sigue leyéndose como un espejo incómodo. El “personaje” principal, al final, no fue ningún individuo, sino el ser mexicano en abstracto. Una novela abortada que engendró un clásico.
Tres cuentos de Paz
Para asomarse a ese otro Paz, hay que ir a los cuentos. Son pocos, pero tienen un filo que no ha perdido vigencia.
El ramo azul
Un viajero sale de un hotel en un pueblo caluroso y un campesino lo asalta. No le pide dinero: le pide los ojos. Su novia quiere un ramo de ojos azules. El viajero los tiene azules. En dos páginas, Paz construye una pesadilla donde el horror está en la normalidad con que se anuncia la violencia.
Mi vida con la ola
Una alegoría sobre el amor: un hombre se enamora de una ola y se la lleva a vivir a la ciudad. Lo que sigue es el ciclo completo de la pasión (la euforia, la domesticación, los celos, el enfriamiento) narrado con una naturalidad que termina por desarmar.
Maravillas de la voluntad
Un juego intelectual breve: un hombre descubre que puede hacer que las cosas sucedan solo con desearlas. La influencia del surrealismo francés se mezcla con algo de Borges: la voluntad llevada al extremo se convierte en su propia trampa.
Cabe mencionar que estas narraciones se encuentra, junto a otros experimentos similares, en ¿Águila o sol?, un volumen de textos breves, a medio camino entre la poesía, la prosa vanguardista y el juego literario.
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El puente entre el verso y la idea
Lo que algunos llamaron “frustración narrativa” puede leerse de otra manera. Paz no fue novelista porque no quiso serlo en los términos que la tradición le exigía. Su narrativa breve es un puente entre el poema y el ensayo, un territorio donde probó que la prosa podía ser tan bella como un verso y tan afilada como un argumento.
Hoy, en su cumpleaños, la invitación no es a celebrar al monumento. Es a buscar esos textos que él mismo trató con modestia. Ahí, en esos cuentos, está el Octavio Paz menos conocido. El que escribió pesadillas de dos páginas. El que se enamoró de una ola. El que quiso ser novelista y, por no lograrlo, nos regaló un ensayo que sigue vigente.