El café, compañero de escritorio de la cultura universal
Buena Vida
Por: Yael Zárate Quezada - 10/01/2026
Por: Yael Zárate Quezada - 10/01/2026
“Claro que el café es un veneno lento. Hace 40 años que lo bebo”, decía Voltaire a quienes le advertían de los daños de su costumbre. La frase le es atribuida por la tradición y retrata a un hombre que bebía café en cantidades que sus contemporáneos consideraban alarmantes, sin que eso alterara su rutina ni su lucidez.
Otros grandes nombres tuvieron con la bebida una relación más ceremoniosa. Anton Schindler, secretario de Beethoven, relató que el compositor contaba exactamente 60 granos por taza y los preparaba él mismo. Es la anécdota más repetida sobre su ritual. Los biógrafos de Soren Kierkegaard cuentan que el filósofo danés llenaba una taza hasta el borde de azúcar, vertía encima café negro muy fuerte y se lo bebía de una vez.
Pocas bebidas están tan ligadas al oficio de escribir. Honoré de Balzac trabajaba de madrugada, a veces más de doce horas seguidas, y llegó a dedicarle un texto, el Tratado de los excitantes modernos (1838), en el que describe sus efectos con detalle casi clínico. Mezclaba tres variedades que compraba en distintas tiendas de París y reconocía que el café lo sostenía y lo agotaba a la vez.
Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir pasaban horas escribiendo en el Café de Flore y en Les Deux Magots, en París, hasta convertirlos en una extensión de su estudio. En Viena, el Café Central reunió a intelectuales, escritores y políticos, y los cafés de la ciudad se volvieron una institución literaria. Van Gogh pintó dos de ellos en Arlés en 1888, y en El café de noche escribió que era un sitio donde uno podía arruinarse, enloquecer o cometer un crimen.
La música tampoco quedó fuera. Johann Sebastian Bach compuso hacia 1734 la Cantata del café (BWV 211), una pequeña ópera cómica sobre una joven que no soporta la idea de renunciar a su taza diaria, y la estrenó en el Café Zimmermann de Leipzig.
La cafeína actúa bloqueando los receptores de adenosina, una molécula que promueve el cansancio. El resultado es mayor estado de alerta, mejor concentración y una mejora temporal del ánimo y del tiempo de reacción.
A largo plazo, varios estudios observacionales asocian el consumo moderado de café, de tres a cuatro tazas al día, con menor riesgo de diabetes tipo 2, enfermedad de Parkinson, padecimientos hepáticos y algunas enfermedades cardiovasculares. Se trata de asociaciones y no de relaciones causales demostradas, y los resultados varían según la persona.
Las autoridades sanitarias suelen recomendar no superar los 400 miligramos de cafeína al día, equivalentes a unas cuatro tazas. El café puede agravar el insomnio, la ansiedad y la hipertensión, y las personas embarazadas deben consultar a su médico sobre la cantidad adecuada.
Si hubiera un ranking histórico, Balzac y Voltaire encabezarían la lista. Al primero se le atribuyen hasta 50 tazas diarias, una cifra casi seguro exagerada, y al segundo decenas de tazas al día. Beethoven y Kierkegaard hicieron del café un rito personal, y Bach le dedicó una obra entera. Entre los contemporáneos, el cineasta David Lynch lo convirtió en símbolo de su universo, con su propia marca de café y con la célebre taza de Dale Cooper en Twin Peaks.
Así pues, quienes pasaron la vida creando, imaginando, llenando lienzos o escribiendo historias, encontraron en el café una compañía para toda la vida.