El primer verdor en la poesía: miradas literarias sobre la primavera
Libros
Por: Yael Zárate Quezada - 03/23/2026
Por: Yael Zárate Quezada - 03/23/2026
Del latín prima vera, “primer verdor” o “primeras flores”, la llegada de la primavera marca un nuevo ciclo de renovación en la naturaleza. Con el paso de los años, este tránsito del invierno a una etapa de florecimiento ha inspirado a autores, escritores, poetas y compositores a crear obras que exploran el cambio, la vida y el movimiento.
La idea de una transformación que va de la quietud invernal hacia la vitalidad primaveral también ha sido vista como una forma de contemplar la realidad desde otra perspectiva.
Bajo esa línea, no es de extrañar que la primavera surja como un punto de partida para distintas interpretaciones literarias. En Pijama Surf reunimos tres poemas que se suman a esta estación desde miradas y contextos diversos.

Con la primavera
Viene la canción,
La tristeza dulce
Y el galante amor.
Con la primavera
Viene una ansiedad
De pájaro preso
Que quiere volar.
No hay cetro más noble
Que el de padecer:
Sólo un rey existe:
El muerto es el rey.

En algún lugar
un oso negro
acaba de despertar del sueño
y está mirando
hacia abajo de la montaña.
Toda la noche
en la inquietud fresca y superficial
de la primavera temprana
pienso en ella,
sus cuatro puños negros
golpeando la grava,
su lengua
como un fuego rojo
tocando la hierba,
el agua fría.
Solo hay una pregunta:
cómo amar este mundo.
Pienso en ella
levantándose
como una cornisa negra y frondosa
para afilar sus garras contra
el silencio
de los árboles.
Cualquier otra cosa
que sea mi vida
con sus poemas
y su música
y sus ciudades de cristal,
también es esta deslumbrante oscuridad
que viene
bajando de la montaña,
respirando y saboreando;
todo el día pienso en ella—
sus dientes blancos,
su silencio,
su amor perfecto.

Salen los niños alegres
De la escuela,
Poniendo en el aire tibio
Del abril, canciones tiernas.
¡Que alegría tiene el hondo
Silencio de la calleja!
Un silencio hecho pedazos
por risas de plata nueva.
II
Voy camino de la tarde
Entre flores de la huerta,
Dejando sobre el camino
El agua de mi tristeza.
En el monte solitario
Un cementerio de aldea
Parece un campo sembrado
Con granos de calaveras.
Y han florecido cipreses
Como gigantes cabezas
Que con órbitas vacías
Y verdosas cabelleras
Pensativos y dolientes
El horizonte contemplan.
¡Abril divino, que vienes
Cargado de sol y esencias
Llena con nidos de oro
Las floridas calaveras!