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¿Por qué hay que apoyar las manifestaciones colectivas de las y los iraníes? ¿Por qué no hay que apoyar la inherencia de Europa, Canadá y Estados Unidos? ¿Cómo es víctima Irán de su régimen, de Donald Trump y de la izquierda occidental?

Para mi amiga Mona

La frase del girondino Pierre Vergniaud, la revolución devora a sus hijos, e hijas, es cruel sobre el inevitable paso de un golpe de Estado, como golpe popular y hereje a un sistema autoritario ortodoxo, a la razón y legítimo uso de la fuerza de un nuevo orden. La violencia devora a los soñadores, pero sobrevive el poder del sueño colectivo que sigue cambiando sus formas. El problema, sin embargo, es también el cambio de sentido de la violencia. La filósofa Hannah Arendt advertía que todo lo revolucionario, por radical que sea, será conservadurismo, a veces al día siguiente de la revolución.

Cabe todo tipo de crítica a Fidel Castro y la revolución que inspiró, pero es más fácil admitir que Díaz-Canel no es Fidel y que no ilusiona a las y los cubanos. La diferencia entre la Cuba de hoy y de hace unas décadas es que, en palabras de Arent, las revoluciones son acontecimientos que nos ponen directamente en contacto con un problema de origen. Esa es la diferencia del Irán de hoy y con el de hace unas décadas. La revolución que inspiró el ayatolá Ruhollah Jomeini tuvo todos los defectos de la violencia, pero fue un contacto con problemas reales, uno con las manos de los sueños. Hoy gran parte de las y los iraníes esperan una revolución que renueve el contacto.

La política no puede importar más que la conciencia. Esta conclusión metanoética, es decir, que trasciende cualquier justificación o guía mental distinta de lo ético, debería ser fácil de suscribir, aunque es un hecho que no es obvia para muchas personas a lo largo y ancho del espectro político, incluidos la obediencia y el conformismo más simplones y moralistas. Y eso oculta otro problema: la simplificación de la frase desde la mala conciencia del mundo desarrollado que ha impuesto sus valores al mundo más grande que desconoce. La población que vive en uno u otro lado del Atlántico Norte dice preocuparse por la República Islámica de Irán. No importa si Donald Trump no distingue entre una democracia como Groenlandia o una dictadura como Venezuela porque, de liberar personas, sobre todo a las mujeres y a las niñas iraníes, su narrativa es correcta.

¿Por qué sería el menor de los males validar un despotismo extranjero que puede cobrarse la vida de civiles, destruir materialmente un país y dejar otro precedente para que se repartan el mundo las potencias nucleares, solo porque derribará, quizá, un despotismo local al que ya se está enfrentando la gente desde una manifestación colectiva? Manifestación que ha sido autónoma o desde las claves de Irán, y que no debería ser colonizada por intereses de tipo geopolítico. ¿Cuántos iraníes quieren una intervención Monroe? Esto no se les pregunta, Occidente no distingue entre el régimen iraní y su gente, ni tampoco entre Irán y el Islam, entre la civilización y las culturas islámicas.

Yo conozco personalmente a mujeres iraníes que viven en su propio país, que son feministas musulmanas o persas, no blancas, y que quieren un cambio, pero que no por eso son otanistas o trumpistas ni favorecen la escena de ciudades como Teherán y Mashad destruidas. Irán no sufre un genocidio como se busca visualizar para decidir el destino de su gente, sino una dictadura teocrática y de clase, siendo un país muy desigual donde se penaliza y reprime a la población. La misma represión de las fuerzas del ICE en Estados Unidos, represión que también sufren los migrantes afganos en Irán, igual que otros migrantes y minorías en contextos de todo el mundo. Y a pesar de todo esto, seguimos hablando de un espacio donde la gente hace vida y busca normalidad.

Solo se habla a favor de Irán como de un pequeño enclave de mujeres occidentales atrapadas entre bárbaros y otras mujeres vestidas con chador. Es mucho menos grave la situación de todas ellas allá si se compara con otras dictaduras como la de los déspotas saudíes que destruyeron Yemen, otro país de mayoría musulmana mucho más pobre. Las iraníes sí pueden ser profesionistas, incluso políticas, hoy por hoy no tienen que usar velo en la calle, no hay ablación de clítoris porque está prohibida en el chiismo, y no es bien vista la poligamia por el modelo familiar del Imam Alí.

También hay que saber que en Irán no es posible convertir a los creyentes del Islam a otras religiones, pero las minorías judía, mazdeísta, cristianas y sunitas cuentan con plena libertad de culto y representación parlamentaria. El régimen entró a un acuerdo con Barack Obama para someterse a revisiones de Naciones Unidas sobre su tecnología nuclear, la misma tecnología que prospera en toda Europa. Quedó descartado el desarrollo de armas de destrucción masiva, las cuales están prohibidas por una fatwa del ayatola Ali Jamenei. Fue Trump quién frenó estos acuerdos que Irán no ha roto, sin importar los continuos bloqueos económicos. Esto no es para lanzar cohetes al aire, ni mucho menos, pero no ayuda imaginar que las y los iraníes son menos que perros en una jaula. Se trata de gente que busca libertades e igualdad social también desde términos culturales propios, algo que tampoco ofrece Estados Unidos como invasor.

Los precedentes de una intervención más claros son Irak, Siria y Libia, y ninguno es alentador. Hoy las mujeres viven mucho peor en Irak. Hoy los cristianos viven mucho peor en Siria. Hoy Libia es mucho más desigual e inestable para vivir. La violación al derecho internacional que están cometiendo Estados Unidos, Israel y Rusia no es si no extremadamente grave. Defender esta línea roja no es respaldar el despotismo porque, se ataque a una dictadura o a una democracia, se arriesgan civiles, hay un precedente de poder duro y nos acercamos a una Tercera Guerra Mundial. No veo cómo se puede apoyar un despotismo circunstancial sobre otro histórico. Ambos son despotismos. Cuando hubo una dictadura en España, la gente fuera recibió exiliados, protestó y escribió en contra del franquismo, retiró embajadores y atacó embajadas españolas, y ayudó a partidos clandestinos de oposición al régimen. ¿Hubiera sido bueno que se bombardeara Madrid y se controlara aquel país por un interés económico o geoestratégico de la Guerra Fría?

No ayuda respaldar a figuras como el hijo de sah de Irán porque son actores instrumentales a favor de esta desestabilización. Reza Pahlavi prácticamente no conoce su país porque ha vivido en Occidente por cuarenta años, y tampoco lo conocen las y los iraníes. Es tan creíble su política como el regreso de un pariente del último zar al trono de Rusia. La inherencia convertida en ninguneo en la ex Unión Soviética por parte de Occidente solo llevó una inmensa crisis social y al freno de su insipiente democracia. El apoyo del Atlántico Norte al mundo que considera diferente es un rechazo al otro. No solo un rechazo al despotismo en Irán, sino a las y los iraníes, a las y los musulmanes.

Trump está aprovechando la crisis en Irán para dividir a la izquierda. El Islam se presenta como una ideología mimada por el antimperialismo marxista o el multiculturalismo woke. Los marxistas salen a decir que el socialismo es ateo y contrario a la decadencia moral del progresismo. El progresismo sale a decir que es liberal, y que solo el marxismo tolera los crímenes de Estado de las teocracias islámicas. El feminismo europeo se presenta como víctima de esa abstracción que es Oriente, que es el término Medio Oriente que pesa sobre Asia Occidental, una palabra usada desde Londres para referirse a sus colonias más cercanas, en contraste con India y Pakistán, el Lejano Oriente. El sionismo se presenta como víctima de las niñas y los niños palestinos que no ha podido matar. Árabe y musulmán quedan como sinónimos, cuando Irán no es un país árabe. Quedan como sinónimos la expansión del Califato Omeya y la migración árabe o africana a Europa. Quedan como sinónimos el fundamentalismo y la espiritualidad toda del Islam. Queda como intimidad decidir usar pantalones, pero siempre como imposición el hiyab.

El Islam no es mimado por Occidente. Es rechazado por la izquierda y la derecha occidentales como algo que no comprenden. Por ejemplo, no se comprende la mística chií basada en la lucha contra la opresión de Estado del Imam Husein y los mártires de Karbalá. Desde los inicios de la espiritualidad islámica, se distingue la apropiación de un Islam político de la institución espiritual que solo demanda la libre adhesión a Allah, el misterio generoso de todas las cosas como propuesta de desarrollo humano. Porque no hay un Islam original y uno falsamente progresista. Hay crímenes perpetrados por musulmanes y déspotas moralizantes, y hay progreso islámico. Por eso el profeta Muhammad, la paz sea con él, pedía hacer las cosas fáciles para la gente. Una petición por atender problemas de la que no se tiene que hacer cargo Occidente, sino las y los iraníes, sean musulmanes, ateos o de otra religión. Con ellas y ellos es con quien hay que simpatizar.


Alejandro Massa Varela (1989) es poeta, ensayista y dramaturgo, además de historiador por formación. Entre sus obras se encuentra el libro El Ser Creado o Ejercicios sobre mística y hedonismo (Plaza y Valdés), prologado por el filósofo Mauricio Beuchot; el poemario El Aroma del dardo o Poemas para un shunga de la fantasía (Ediciones Camelot) y las obras de teatro Bastedad o ¿Quién llegó a devorar a Jacob? (2015) y El cuerpo del Sol o Diálogo para enamorar al Infierno (2018). Su poesía ha sido reconocida con varios premios en México, España, Uruguay y Finlandia. Actualmente se desempeña como director de la Asociación de Estudios Revolución y Serenidad.


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Canal de YouTube del autor: Asociación de Estudios Revolución y Serenidad


Imagen de portada: N+, mujeres iraníes en Teherán