En 2021, una de las películas más queridas, comentadas y aclamadas tanto por la crítica como por el público fue La peor persona del mundo, una cinta que retrataba de forma abierta y brutalmente honesta esa etapa de la vida en la que uno se encuentra constantemente buscando “ser alguien”, mientras una ansiedad silenciosa pero persistente se apodera de todo.
Dirigida y escrita por Joachim Trier y protagonizada por Renate Reinsve, La peor persona del mundo parecía una fórmula más que ganadora. Quizá por eso, no resulta extraño que ambos decidieran reencontrarse en el nuevo proyecto del director.
Sentimental Value ha sido una de las películas más comentadas en el circuito de festivales y se perfila como una fuerte candidata en la temporada de premios —incluidas las nominaciones al Óscar—, y no es para menos. Una vez más, Trier se sumerge en temas profundamente humanos, de esos en los que resulta casi imposible no verse reflejado.
La cinta nos presenta a Nora (Renate Reinsve) y a su hermana Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), quienes, tras el fallecimiento de su madre, se reencuentran con su padre quien desde hace un tiempo las abandonó, Gustav Borg (Stellan Skarsgård), un reconocido director de cine que intenta volver a filmar después de un largo retiro, mientras al mismo tiempo se encuentra buscando reconectar con sus hijas.
Desde ahí, la película nos muestra cómo las fracturas familiares, aunque impacten a las mismas personas, no se viven de la misma manera. Cada integrante carga un duelo distinto, una herida propia y una forma particular de enfrentarlo. Mientras Agnes parece más dispuesta al reencuentro con su padre ausente, Nora se presenta hostil, cargada de enojo y rencor, visiblemente marcada por un abandono que no ha logrado cerrar y que ha terminado influyendo en la forma en la que ha construido su vida.
Sin embargo, cuando pareciera que la historia tomará un camino predecible —el del padre imperdonable o el de una reconciliación forzada que borra mágicamente el dolor—, Sentimental Value elige una tercera vía: mostrarnos a Gustav desde su zona más humana, ambigua y profundamente gris.
Joachim Trier utiliza esta película para plantear un discurso poco habitual en el cine: humanizar a los padres. Mirarlos no solo desde el rol que ocuparon en nuestras vidas, sino como personas atravesadas por sus propios miedos, carencias y heridas familiares. Heridas tan profundas que terminaron filtrándose, sangrando incluso, en la vida de sus hijas, manifestándose como patrones de comportamiento y ausencias que se repiten de manera inconsciente.
La película no busca justificar el abandono ni absolver al personaje, pero sí añadirle capas. Entender que las heridas generacionales no nacen de la nada, que muchas veces se heredan, se repiten y se perpetúan sin intención, más por supervivencia que por maldad.
De forma paralela, Sentimental Value también dialoga con otro tema universal: el paso del tiempo. La duda constante sobre si aún se es lo suficientemente bueno para seguir haciendo aquello que se ama o si ha llegado el momento de soltarlo. El miedo a volverse irrelevante, tanto en el arte como en los vínculos.
En última instancia, la película nos ofrece un retrato profundamente humano de las dinámicas familiares, de la importancia de la empatía y del arte como un vehículo capaz de acercarnos no solo a extraños, sino también a quienes creíamos conocer. A sus silencios, a sus miedos, a esas heridas que no solo nos heredaron, sino que ellos mismos recibieron antes, aprendiendo a cargar con ellas más por obligación que por deseo.