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A diez años de su muerte, repasamos la vida y obra de Mario Santiago Papasquiaro, poeta mexicano, cofundador del infrarrealismo y una figura clave para entender la poesía escrita desde los márgenes

Cada 10 de enero, el nombre de Mario Santiago Papasquiaro vuelve a circular como un murmullo persistente dentro de la literatura mexicana. No como un autor canónico ni como una figura domesticada por las instituciones, sino como lo que siempre fue: un poeta que escribió desde el margen, contra el centro, y que entendió la poesía como una forma de vida antes que como un producto cultural.

Hablar de Papasquiaro no es hablar sólo de libros o poemas. Es hablar de una postura radical frente al mundo, de una generación que decidió romper con la poesía oficial y de un cuerpo que se movió por la ciudad escribiendo, leyendo y sobreviviendo en los bordes.

Quién fue y de dónde viene

Mario Santiago Papasquiaro nació el 24 de diciembre de 1953 en Mixcoac, Ciudad de México, bajo el nombre de José Alfredo Zendejas Pineda. El cambio de nombre no fue un simple gesto estético: fue una toma de posición. Renunció a “José Alfredo” —un nombre ya cargado de significado popular— y adoptó “Papasquiaro” como homenaje al lugar de nacimiento de José Revueltas, uno de los escritores que más influyó en su visión crítica y política de la literatura.

Estudió brevemente Filosofía y Sociología en la UNAM, pero pronto se alejó de cualquier estructura académica. Su formación real ocurrió en la calle, en las lecturas compartidas, en la conversación constante con otros poetas y en una obsesión casi total por la escritura.

El infrarrealismo y la ruptura

En 1975, Papasquiaro fue cofundador del movimiento infrarrealista, junto a Roberto Bolaño y otros jóvenes escritores. El infrarrealismo surgió como una reacción directa contra la poesía institucionalizada en México, dominada por becas, premios y circuitos cerrados.

La consigna era clara: romper, interrumpir lecturas, cuestionar figuras consagradas, escribir sin pedir permiso. No se trataba sólo de provocación, sino de una idea concreta: la poesía no debía separarse de la vida cotidiana, ni del cuerpo, ni de la ciudad.

Papasquiaro fue una de las voces más radicales del movimiento. No buscaba reconocimiento ni legitimación. Escribía compulsivamente, en cualquier papel disponible, con una mezcla de referencias culturales, erudición, ironía y una intensidad que desbordaba la página.

Una obra escrita contra el sistema

Durante su vida, publicó muy poco. Entre los libros que alcanzó a ver impresos están Beso eterno (1995) y Aullido de cisne (1996). La mayor parte de su obra permaneció dispersa, inédita o circulando de mano en mano.

Después de su muerte, comenzaron a aparecer recopilaciones como Jeta de santo o Respiración del laberinto, que permitieron dimensionar la magnitud de su escritura: miles de poemas que no respondían a una lógica editorial tradicional, sino a una necesidad vital.

Para Papasquiaro, la poesía no era un objeto terminado. Era un proceso continuo, una forma de resistencia frente al orden, el tiempo y la normalización cultural.

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El mito y la vida real

La figura de Papasquiaro se volvió mítica para muchos lectores a partir de su aparición, transformada en ficción, como Ulises Lima en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Sin embargo, reducirlo a ese reflejo sería injusto.

Su vida estuvo marcada por la precariedad, los viajes, el alcohol y una relación conflictiva con cualquier forma de estabilidad. Vivió temporadas fuera de México, regresó, volvió a irse. Siempre escribiendo. Siempre leyendo. Siempre al margen.

Murió el 10 de enero de 1998, tras ser atropellado en la Ciudad de México. Tenía 44 años.

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Por qué sigue siendo relevante

Papasquiaro sigue importando porque rompió el paradigma del poeta como figura institucional. Porque escribió sin concesiones. Porque demostró que la poesía podía ser incómoda, caótica, contradictoria y profundamente lúcida al mismo tiempo.

Su influencia no se mide en premios ni en programas académicos, sino en generaciones de lectores y escritores que entendieron que la literatura también puede ser un acto de desobediencia.

A propósito de su aniversario luctuoso, volver a Papasquiaro no es un ejercicio nostálgico. Es una forma de recordar que la poesía, cuando es verdadera, no busca acomodarse: busca incomodar, mover y abrir grietas.


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Imagen de portada: cdeyc