Cuando pensamos en Gustavo Adolfo Bécquer, casi de inmediato vienen a la mente sus Rimas, sus leyendas y una sensibilidad literaria que marcó para siempre el romanticismo en lengua española. Sin embargo, el autor sevillano cultivó otra forma de expresión menos conocida y no por ello menos reveladora: el dibujo. Una faceta íntima e irónica que hoy vuelve a cobrar vida en una exposición del Museo de Bellas Artes de Sevilla.
La muestra Los Bécquer, un linaje de artistas, dedica por primera vez un espacio específico a los dibujos de Gustavo Adolfo, muchos de ellos inéditos para el gran público. Se trata de trazos dispersos en hojas sueltas, álbumes completos y pequeños cuadernos que permiten asomarse a un imaginario gráfico poblado de escenas grotescas, sátira mordaz y una obsesión recurrente por la figura del esqueleto.
Desde la Junta de Andalucía, los responsables culturales han subrayado que esta selección pone en evidencia una destreza poco difundida del poeta. Para la dirección del museo, la exposición salda una deuda histórica al presentar estos dibujos con la atención que durante décadas se les negó.
Bécquer nació en Sevilla en 1836 y, siendo apenas un adolescente, ingresó en la Escuela de Bellas Artes que entonces ocupaba el edificio del actual museo. El rigor académico, sin embargo, le resultó monótono y pronto abandonó la formación formal para continuar su aprendizaje en el taller de su tío Joaquín, donde también coincidió con su hermano Valeriano.
Aunque su aspiración inicial fue dedicarse profesionalmente a la pintura —un camino que nunca terminó de consolidarse—, el dibujo se mantuvo como una práctica constante. Sus contemporáneos apreciaban tanto estas piezas que llegaron a ser objetos codiciados, regalados entre amigos y conocidos. El problema es que muchas de esas obras se perdieron con el tiempo: apenas se conservan unos cuantos originales, mientras que de otros, como un autorretrato, solo existen referencias documentales.
Entre las piezas más llamativas de la exposición destacan dos dibujos realizados en hojas sueltas. Uno de ellos, fechado alrededor de 1860, retrata a un personaje popular: un gitano ataviado con elementos que sugieren el oficio de esquilador. Según el comisariado de la muestra, los detalles del atuendo apuntan a que podría tratarse de alguien real, conocido personalmente por el poeta.
El segundo dibujo se mueve en un registro completamente distinto. Aquí aparece uno de los motivos más inquietantes del universo gráfico de Bécquer: los esqueletos. La escena representa a un torero enfrentado no a un animal vivo, sino a la osamenta de un toro, en una imagen tan absurda como mordaz.
Estas figuras óseas reaparecen de forma sistemática en un pequeño cuaderno anexo a uno de los álbumes, titulado Les morts pour rire. En sus páginas, Bécquer despliega un catálogo de escenas fantasmagóricas: esqueletos jugando al tenis con un cráneo, funciones circenses protagonizadas por huesos animados, duelos, cortejos amorosos y rituales fúnebres tratados con un humor negro que hoy resulta tan perturbador como fascinante.
Aunque estas representaciones no eran del todo extrañas en el contexto posromántico europeo, Bécquer las llevó un paso más allá al integrarlas en su propio universo simbólico, conectando lo grotesco con lo poético y lo macabro con lo lúdico.
El recorrido se completa con dos álbumes considerados el conjunto más amplio de la obra plástica conocida del escritor. Custodiados por la Biblioteca Nacional, estos cuadernos —vinculados a la cantar de ópera española, Julia Espín y a la tertulia madrileña que frecuentaban los hermanos Bécquer— reúnen escenas teatrales, dibujos satíricos y representaciones del mundo femenino que dialogan con la sensibilidad literaria del autor.
La exposición amplía la imagen que tenemos de Gustavo Adolfo Bécquer y lo convierte en una figura más compleja, pues detrás del poeta melancólico emerge un dibujante irónico, observador agudo de su tiempo, capaz de convertir la muerte y el humor en materia artística.