El término "novela total" ha sido empleado, entre otros, por Mario Vargas Llosa (1936) quien lo definió de esta manera:
Una historia cuando abarca muchos niveles de realidad y al mismo tiempo nos presenta la imagen de un mundo que es psicológico, que es social, que es individual, que es político, que es costumbrista, que es erótico, nos va deslumbrando por esa universalidad que parece resumirse en ella.
Entonces cualquier novela con esas características, sin ser necesariamente un tomo de cientos o miles de páginas –ahí está como ejemplo Pedro Páramo– puede, más allá de que el concepto la abarque, perfilar su intención de alcanzar cierta universalidad, por supuesto a reserva de la ponderación que los lectores y críticos puedan hacer de ella para considerarla como tal. E incluso, ampliando la noción, se puede decir que ese afán de "totalidad" va más allá de las novelas totales: también hay cuentos o poemas "totales", como "El aleph" de Borges o Altazor de Huidobro. La cualidad o la intención se puede atribuir a los temas que aborda la obra, pero es claro que también se debe al proyecto de lenguaje en el que se embarca. No son solo los tópicos que toca la obra, sino la manera de hacerlo, su originalidad está marcada por la evocación de sus palabras y no solamente por lo prolíficos que resulten sus temas.
En caso de América Latina la ambición de la "novela total" ha pasado por obras como Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal (1948), Rayuela de Julio Cortázar (1963), Cien años de soledad de Gabriel García Márquez (1967), Paradiso de José Lezama Lima (1966) o 2666 de Roberto Bolaño (2004). En México, Carlos Fuentes nos presentó en 1975 una de sus novelas más ambiciosas, Terra Nostra, una novela que trata la aparición de tres anticristos en distintas épocas de la historia, una novela que lo ambiciona todo y que bien puede considerarse una de las mejores obras de la "época de oro" de la literatura mexicana, como llama Jorge Volpi a ese periodo feliz de nuestras letras.
Ese mismo año apareció Palinuro de México del escritor que hoy nos ocupa: Fernando del Paso (1935-2018), de quien puede decirse que lo ganó todo, al igual que Fuentes u otros escritores contemporáneos suyos, pero con una obra menos extensa, aunque no por ello de menor calidad. Sin embargo, si a Fuentes se le recuerda como el prototipo del gran escritor, a Del Paso en cambio se le reconoce por la originalidad y la erudición con que escribió las tres o cuatro novelas que conforman su en apariencia exigua bibliografía.
Nacido en la colonia Roma de la ciudad de México, Del Paso estudió en el Colegio de San Ildefonso de la Universidad Nacional de México, donde conoció a quien sería su esposa toda la vida, Socorro Gordillo. Intentó estudiar medicina solo hasta darse cuenta de que la sangre y las vísceras le provocaban náuseas. Se cambió a economía en la misma UNAM, para luego dedicarse a escribir en una agencia de publicidad como copywriter. Luego se fue a Europa, donde trabajó para la BBC en Londres y para Radio France en París como guionista y productor. Tras casi 25 años fuera del país regresó con una obra ya realizada, sin duda una hazaña por la calidad y precisión que demostró en ésta, por su estilo, la solidez de sus personajes y sobre todo por ese estudio exhaustivo y casi desmesurado de las circunstancias históricas, políticas y culturales de las tramas y los personajes de sus narraciones.
Si algo nos ha quedado claro con el paso del tiempo es que su obra ha envejecido de una manera más decorosa, por decirlo de una manera, que la obra de otros autores cuyos temas y obsesiones se vinieron abajo con el pasar de los años. Por ejemplo, si para Fuentes la mexicanidad fue el tema por antonomasia, Del Paso se decantó en cambio por un cierto cosmopolitismo del ser humano y los temas diversos en torno a éste. No uno sino cientos. Al voltear a ver las novelas donde el debate interior de los personajes es casi una rebatinga por el conflicto de una ideología política (llámese así a la ideología de los simpatizantes del Partido posrevolucionario que, como buenos liberales, desdeñaban el pasado español y abrazaban la herencia indígena) en Del Paso dicho debate está más centrado en las posibilidades de sus personajes, en su potencial interior de derivar sus mundos y anhelos para estudiarlos como suposiciones que se interconectan y hacen del todo novelesco de Del Paso un universo lleno de caminos y elecciones, todas presentes en sus letras con sus ucronías y distopías como marco de referencia de ellos.
Son los lectores quienes han mantenido vigente la obra de Del Paso y la inventiva de su universo. En general, el gran argumento que se usa para recomendarlo es la que quizá sea la característica principal de su literatura: la ambición de la totalidad, rasgo que va de acuerdo con las novelas que nos entregó y en las cuales trabajó por mucho tiempo. Digamos que su arte estuvo en el cuidado con los que trató sus temas. En cierta forma a destiempo, del Paso ocupó un espacio peculiar en la república de las letras mexicanas, donde pocas veces figuró tanto como otros, o donde más bien tampoco encontró mucho eco. Es cierto que los nombres de aquella época de oro de nuestra literatura –los Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Jorge Ibargüengoitia, Elena Garro, Margo Glantz, Elena Poniatowska, Rosario Castellanos, entre otros– no fue homogénea y tuvo sus polos, pero la literatura de del Paso tuvo otra intencionalidad, su estética fue una influencia en sí misma, su destino fue más largo, más proverbial y de alguna manera estaba destinada a tener una continuidad más exquisita.
Dicho al margen, en esa estela resuena un título como Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (1999), de Daniel Sada, un proyecto con todas las intenciones de la novela total, que también hace gala de un lenguaje incómodo, arrítmico, disidente por diferente y, a la vez, de una voz que intenta tocar la totalidad con una trama de desapariciones y vendettas políticas desde un leguaje que parece estar cantando un corrido, lleno de atropellos y torpezas que develan no solo las intenciones de sus personajes, sino también sus ondulaciones e indecisiones, sus miedos y ambiciones.
El legado de Fernando del Paso aún no nos deja y quizá desde cierta perspectiva sí parece extraño que con tan solo tres novelas –José Trigo, Palinuro de México y Noticias del Imperio– haya gozado de todo ese reconocimiento mundial, pues de los premios literarios mayores sólo le faltó el Nobel, al que sin embargo fue nominado. Del Paso nunca tuvo opiniones fuera de lugar y su ánimo no fue el de guía –como lo intentó Octavio Paz–, sino más bien el del catalogador, el enunciador que por medio del lenguaje hizo de su literatura un páramo de diferencia donde un espíritu puede descansar, pues encuentra las imágenes, el compás de lo inefable y eso que tratamos de describir aquí: la novela total.
A propósito de ello, ¿por qué su nombre surge cuando pensamos en quién puede ocupar ese lugar? ¿Por la originalidad de sus tramas? ¿Por la grandilocuencia de su lenguaje? ¿Por todo ello y otros motivos?
Alguna vez Fernando Del Paso describió así una de las características, de lo que a su entender debía ser la novela:
En una novela, aunque todo puede pasar, y de hecho muchas cosas pasan, nada, en realidad, pasa. Su tiempo es el de nunca jamás. Me explico a continuación. El novelista peruano Mario Vargas Llosa dijo, en una ocasión, que la literatura es mentira –si bien más tarde se encargó de matizar esta afirmación. La literatura no es mentira. Una novela, cada novela, es un pacto entre el autor y su lector. El autor cuenta algo como si hubiera sido verdad, y el lector lee lo contado y lo acepta como si hubiera sido verdad. Se trata, pues, de una simple convención que convierte a autor y lector en cómplices de una hermosa conspiración cuyo objetivo es el de dar vida a una ilusión, no a una mentira.
Ilustración de la portada: Rober Díaz