El viaje infinito: la tragedia cotidiana del traslado en las ciudades latinoamericanas
Sociedad
Por: Carolina De La Torre - 03/24/2025
Por: Carolina De La Torre - 03/24/2025
En México, el transporte público no es solo un medio de traslado, es un escenario donde el alma de la ciudad se desgasta entre cada empujón, entre cada frenón, y donde los cuerpos se funden con los asientos y pisos gastados del metro y los autobuses. Aquí, el tiempo parece no existir, pues se diluye en horas interminables de viaje, donde la mente, el espíritu y el cuerpo se ven atrapados en una rutina abismal que los devora lentamente. Cada madrugada, cuando el cielo no se ha iluminado, miles de personas ya están en pie, luchando con violencia por conseguir un lugar en el transporte que les llevará al único sitio donde el sistema les dice que pueden ofrecerse a la vida: el trabajo. Es un esfuerzo que arrastra sus cuerpos con tal pesadez que ya no solo se sienten cansados, sino vacíos, como si la esencia misma de lo que son se fuera desvaneciendo entre cada kilómetro recorrido, donde ya no se miran rostros sino pies caminando a prisa.
Es un ciclo que se repite día tras día: salir de madrugada y regresar cuando la luz ya ha dejado de ser un símbolo de vitalidad para convertirse en un peso tortuoso de lo que no se puede tener. Para muchos, la jornada laboral se convierte en una extensión del mismo sufrimiento del traslado, pero sin poder siquiera vislumbrar una salida.
La luz del día, ese destello de esperanza que todos buscamos, se convierte en un privilegio ilusorio. No importa si se trabaja en un escritorio o bajo el sol abrasador, porque en ambos casos la existencia se vuelve una carrera interminable. Quienes se encierran en oficinas, atrapados en el brillo frío de las pantallas, tampoco pueden escapar del ciclo que les despoja de lo más valioso: el tiempo, la energía y la capacidad de soñar. La vida se va deshilachando entre traslados interminables y trabajos extenuantes, dejando solo la sombra de lo que podría haber sido.
¿Como es un transporte público OBSOLETO?
— El Románov🚂⚡ (@Elrromanov) January 31, 2025
Estaciones estrechas sin el espacio para recibir la masiva demanda de viajes, provocando aglomeraciones que obstruyen entradas y salidas
Autobuses sin frecuencia regulada y de baja capacidad para 240 personas
Así es el @MetrobusCDMX pic.twitter.com/ZKJgw5cs7j
Las ciudades son organismos vivos, laten y se expanden, respiran el monóxido de carbono de sus arterias saturadas y, en su ensimismamiento, condenan a sus habitantes a un purgatorio cotidiano. En América Latina, moverse es un verbo eterno. El trayecto de la casa al trabajo se convierte en una prueba de resistencia, un castigo silencioso que erosiona la paciencia y apaga la voluntad. Bogotá, Buenos Aires y la Zona Metropolitana del Valle de México encabezan la lista de ciudades donde el viaje al empleo se asemeja a una travesía sin promesa de destino. 83 minutos en la capital colombiana, 76 en la argentina, 71 en la capital mexicana. Un tiempo que no se mide solo en minutos, sino en vida desperdiciada.
El transporte público, lejos de ser un derecho garantizado, es una suerte de lotería donde los boletos premiados son la incomodidad, la inseguridad y el interminable cansancio. Según la Cepal, solo el 43% de la población urbana en América Latina tiene acceso a un sistema de transporte público eficiente, una cifra que palidece frente al 90% de cobertura en países desarrollados. Y aunque se habla de sustentabilidad y de urbes inteligentes,la realidad es que la suerte favorece, nuevamente, a quienes pueden habitar en las partes más beneficiadas de la ciudad. Se mencionan a menudo cifras, pero esto es sólo el promedio que desvanece el dolor de quiénes día a día dejan la mitad de su vida en los interminables traslados y la marea de sudor y desesperanza de los vagones y camiones repletos.
Pero este problema trasciende lo práctico. No se trata solo de kilómetros y tarifas, sino del peso invisible que estos viajes imponen en el alma. ¿Cuánto cuesta la felicidad de un trabajador que inicia su día desgastado y lo termina aún más exhausto? ¿Cuánto afecta a la salud mental saber que el hogar, ese refugio imaginado, está siempre a una distancia infranqueable? Estudios han demostrado que los largos tiempos de traslado afectan directamente el bienestar emocional, fomentando la ansiedad, la depresión y la desconexión social. El viaje al trabajo se convierte en una pausa forzada de la vida misma, un letargo en movimiento donde se pierden horas de sueño, de afecto, de humanidad convirtiendo a los individuos en seres grises y profundamente infelices.
El desarrollo urbano, lejos de construir soluciones, ha reforzado un modelo donde el sacrificio es la norma. Las periferias crecen, pero los medios para conectarlas se quedan en promesas. La movilidad, ese pilar fundamental del desarrollo sostenible, sigue relegada a discursos de ocasión, mientras millones de personas aceptan resignadas su destino: ser habitantes en tránsito perpetuo, sombras errantes que cada día pierden un poco más de sí mismas en el vaivén de un trayecto que nunca termina. El verdadero nudo no está sólo en las calles, sino también en las rentas, en los alquileres que se han desbordado más allá de lo que cualquier salario puede alcanzar. Un escenario donde la posibilidad de adquirir una vivienda o siquiera rentar un lugar digno se disuelve con la misma facilidad que el tiempo de los traslados. Los sueños de una vida mejor se deshacen entre pagos imposibles, entre sueldos que solo alcanzan para sobrevivir un mes más. La aspiración de recuperar ese tiempo perdido en los largos traslados se convierte en una búsqueda angustiante, que solo parece encontrar más frustración. ¿Qué futuro puede tener uno que está constantemente doblando turnos solo para salir adelante, o que deja la mitad de su vida en polvosos asientos de bus para pagar la renta, para seguir en el mismo ciclo que devora todo a su paso?
Los turnos dobles no son una solución, sino una quimera. El tiempo, ese bien preciado, nunca vuelve. La vida queda empeñada en una constante lucha por subsistir, por alcanzar algo que parece siempre estar fuera de alcance. El aire se vuelve irrespirable, el esfuerzo se vuelve insuficiente, y el tiempo... ese tiempo que podría haberse invertido en ser y vivir, se desvanece como un sueño irrealizable. La ciudad, en su bullicio, en su movimiento constante, es la gran maquinaria que devora la vida de miles, que los convierte en piezas intercambiables de una maquinaria que nunca se detiene, pero que, en su afán por producir, olvida a quienes la hacen funcionar. Y así, entre el ruido del motor, los empujones y retrasos los días se van, la vida se convierte en un sacrificio que nadie ha elegido.
Y también aplica este meme, porque cuando el trabajo te queda cerca, tu calidad de vida no se ve afectada. Y por ejemplo, en la cdmx los trabajos están centrazilados y la gente tiene que viajar hasta 3 horas de trayecto namás pa llegar. Pero weno. https://t.co/eYtt1H7nYX pic.twitter.com/EqsjxyFMwK
— Spartanath (@NataliaGtzmo) January 10, 2024