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El yo es una entidad más fragmentada de lo que solemos aceptar; en este texto, Jorge Luis Borges dio cuenta de ese "otro" que parece vivir una vida diferente a esa en la que el yo también se encuentra

Buena parte de los escritores llegan a gozar del raro privilegio humano de darse cuenta de su alteridad, esto es, de cobrar conciencia de la doble naturaleza que los habita: un yo y un otro. En un texto breve de refinada factura, el francés Pierre Michon compara este fenómeno con los dos cuerpos que constituían la persona del rey en la Edad Media europea: por un lado estaba el cuerpo físico, el cuerpo de carne y hueso, el cuerpo a secas que súbditos y nobleza veían por igual; por otro, la investidura, el cuerpo abstracto, el cuerpo de dignidad sempiterna, el cuerpo que trascendía la precaria temporalidad a la que estamos sujetos los seres humanos –incluidos los reyes.

Así también los escritores, algunos de ellos, quienes en cierto modo llegan a vivir una doble vida: la cotidiana, donde tienen que ocuparse de las cuentas, los quehaceres y los afanes comunes a cualquiera; y esa otra vida un poco subrepticia, un poco secreta, clandestina incluso, que aun cuando haya ocasiones en que parezca transcurrir a ojos de ciertos testigos, no es del todo sencillo precisar cuándo ocurre de veras. 

Después de todo, ¿cuándo ocurre un poema? ¿Cuándo un cuento? ¿Moby Dick nació el día en que Melville sintió el primer tabanazo de su existencia? ¿O después, en las presumiblemente largas jornadas de escritura en las que tomó forma? ¿O qué pensar de obras como el Ulysses o la Recherche, corregidas una y otra vez durante varios años por sus autores, incluso hasta poco antes de fallecer, como fue el caso de Proust? ¿Dónde y cuándo ocurre esa otra vida que es la vida de escritor?

Uno de los textos literarios que mejor expresan esta dualidad –después del célebre, escueto y genial “Je est un autre” de Rimbaud”– es el tambien conocido “Borges y yo” de, por supuesto, Jorge Luis Borges, publicado en 1960 como parte de El hacedor, recopilación que contiene algunos de los textos más originales de este autor de por sí destacado en ese rubro.

En “Borges y yo”, el argentino juega socarronamente con la idea de la fama y el reconocimiento público y también, a un nivel más profundo, con el trasvase peculiar que se da entre vida y literatura. Cuando Borges inicia su texto diciendo que es al otro “a quien le ocurren las cosas”, de algún modo convoca a ese otro, un tanto ajeno a sí mismo, que elige a su arbitrio y caprichosamente algunos hechos de su vida para transmutarlos en materia de su obra, y esto como si Borges no tuviera ningún tipo de involucramiento o injerencia. Es al otro a quien le ocurren las cosas.

Compartimos a continuación el texto íntegro, como un estímulo para reflexionar sobre esa misma alteridad que nos habita a todos los seres humanos. ¿Quién es ese otro que toma cierta decisiones o que tiene ciertos pensamientos? ¿Dónde habita ese otro que de vez en cuando se asoma y que, como el Mr. Hyde del Dr. Jekyll, puede llegar a asustarnos con sus actos y su presencia? ¿Cuántos otros así se esconden en nuestro interior?

 

BORGES Y YO

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página.


Encuentra en este enlace El hacedor de Jorge Luis Borges


Twitter del autor: @juanpablocahz


Imagen de portada: Jorge Luis Borges en Palermo, Sicilia, en 1984 (Ferdinando Scianna/Magnum)