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El arte de desafiar a la muerte y sobrevivir: Reflexiones del budismo tibetano sobre el cuerpo sutil

AlterCultura

Por: Juan Phoenix - 11/02/2017

Lo natural es morir de vejez, pero hoy en día pareciera que lo natural es morir enfermo

Sólo un hombre de conocimiento que ha vivido impecablemente logra salir vivo de esta vida y algunos se van con todo y huaraches. 

Aforismo Tolteca

Es la promesa de los Misterios para sus iniciados que cruzarán las puertas de la muerte con conciencia plena.

Dion Fortune

Mira a tu alrededor, observa a los hombres y mujeres que han llegado a la vejez, ¿a cuántos de ellos observas sanos y llenos de energía?

Lo natural es morir de vejez, pero hoy en día pareciera que lo natural es morir enfermo, pareciera que es natural sufrir todo tipo de dolorosas enfermedades y padecer innumerables atrofias al llegar a la vejez, se llega al lecho de muerte con un cuerpo intoxicado, una mente nublada y un espíritu sedado, mueren enfermos y envueltos en una atmosfera cargada de dolor y tristeza, la humanidad ha olvidado que es posible trascender con un cuerpo sano y una mente lúcida.

Según la concepción de Platón, la filosofía constituye una preparación para la muerte, puesto que para quien no trabaja en conocer el Ser, educar su mente, desarrollar su voluntad, expresar su creatividad y volverse lúcido, sólo hay una opción después de la "muerte", pero existen otros caminos que sólo son accesibles para aquellos hombres que han aprendido a vivir, pues sólo entonces se puede aprender a morir.

Perder la conciencia al momento de la muerte y disolverse inconscientemente en el reino del olvido puede parecer la única posibilidad real para el insensato hombre occidental; sin embargo, este misterioso umbral ha sido atravesado deliberada y conscientemente por muchos hombres en todas las épocas y todas culturas, este conocimiento jamás ha sido secreto, puesto que siempre ha estado al alcance de cualquier hombre que tenga la voluntad, la inteligencia y el corazón para vivir cultivando las facultades propias de un ser humano.

No hay un solo camino para lograr preservar la conciencia después del cese de toda actividad neuronal y cardíaca, este portento ha sido alcanzado lo mismo por alquimistas que por místicos sufíes, y diversidad de tradiciones iniciáticas repartidas en todo el orbe.

Una descripción bastante breve pero muy bien detallada acerca de este logro se encuentra en el texto de origen taoísta chino El secreto de la flor de oro, donde se describe el proceso de la siguiente manera:

Si se logra durante la vida introducir el movimiento "retrógrado", ascendente, de las fuerzas vitales, si las fuerzas del anima son dominadas desde el animus, ocurre una liberación respecto de las cosas externas. Son discernidas, pero no codiciadas. Así es rota en su fuerza la ilusión. Tiene lugar una circulación ascendente interna de las fuerzas, el yo se arranca de los enredos del mundo, y permanece viviente después de la muerte, porque la "internalización" ha impedido el derrame de las fuerzas vitales hacia afuera, y éstas han creado en su lugar un centro de vida, en la rotación interna de la mónada, que es independiente de la existencia corporal.

(El secreto de la flor de oro, Carl G. Jung & Richard Wilhelm, 1929)

En el hermetismo, y en casi todas las tradiciones denominadas "espirituales" y/o esotéricas, nos encontramos con que no tenemos un alma inmortal gratis que al morir va al paraíso, sino que tenemos que "crearnos" un alma propia, lo cual implica realizar un trabajo interior para elaborar un alma o un cuerpo etéreo que sobreviva y perdure más allá de la muerte; esto implica mantener diligentemente un estilo de vida sano y coherente, que en la mayoría de los casos (aunque no en la totalidad de ellos) implica vivir libre de los "placeres groseros" que tanto fascinan al hombre común; se trata de ir puliendo el Ser, como se pule una roca en el mar o en el desierto, muy contrario a la creencia contemporánea común para la que de antemano todo mundo, aunque no haya hecho jamás ningún tipo de esfuerzo o trabajo interior, posee un alma completa y perfecta totalmente gratis. A continuación, se presentan tres senderos ulteriores en donde se ha hecho especial énfasis en desarrollar un vehículo o "cuerpo sutil" que mantenga la conciencia cuando sucumbe el cuerpo biológico.

 

El cuarto camino

Dentro del cuarto camino se afirma que es necesario desarrollar un vehículo muy fino del "Ser"; este cuerpo recibe el nombre de "cuerpo astral sutil", y gran parte del trabajo que se realiza en esta tradición está enfocado en desarrollar el "feto" del cuerpo astral sutil con el que nacemos todos los seres humanos (pero que en la persona común jamás se desarrolla) hasta lograr su maduración luminosa.

Para un hombre que cuenta con un cuerpo "Kesdjan" (cuerpo astral sutil madurado), la muerte no supone prácticamente ninguna diferencia, pues es completamente el mismo, con o sin su cuerpo físico. Lo que es llamado el segundo cuerpo, cuerpo astral, o cuerpo “Kesdjan”, no nos proporciona un hogar permanente. Es más bien como una barca que puede transportarnos sobre el océano. Tarde o temprano tenemos que deshacernos de ella. Es algo muy importante adquirir un segundo cuerpo; pero también es supremamente importante ser capaces de "arrojarlo" una vez que ha hecho su trabajo.

(J. Bennet)

 

Tradición Tolteca (también conocida como camino del guerrero o brujería abstracta)

En la tradición tolteca anawaka, los "hombres de conocimiento" realizan extravagantes ejercicios durante años con el fin de lograr desarrollar la «segunda atención» (atención sutil cultivada). Puesto que junto con el deceso del cuerpo biológico se consume nuestra «primera atención» (atención común), desarrollar nuestra «segunda atención» es uno de los requisitos para mantener nuestra percepción tras el toque de la muerte. Un verdadero «hombre de conocimiento» logra una hazaña sorprendente, se va de este mundo con conciencia total.

Otro de los aspectos de este singular camino es el de perfeccionar la manipulación y control del "doble", llaman "doble" al cuerpo que somos en nuestros sueños, hasta lograr la maestría en las infinitas posibilidades que éste nos ofrece. El doble de la persona recibe el nombre de "nagual" ó nahualli, que parte de la raíz náhuatl "naw" (exponer, multiplicar), siendo que el número 4 en lengua náhuatl se denomina "nahui", debido a que el primer exponente natural es el número 4, esto simboliza a la percepción cobrando conciencia de sí misma, es decir percibiéndose a sí misma, percepción al cuadrado. El nagual es el fruto de nuestro potencial perceptivo laboriosamente forjado; esta tradición afirma que un hombre que no desarrolla su nagual es un hombre incompleto.

Llegar a donde cruzan los brujos consiste en desplazar la conciencia de la vida cotidiana, presente en el cuerpo físico, al doble replicó. Escucha con atención. La conciencia de la vida cotidiana es lo que queremos desplazar del cuerpo al doble.

(Taisha Abelar)

Una vez que aprendió a soñar con el doble, el "yo" llega a su encrucijada fatal, y viene el momento en que se da cuenta de que es el doble que sueña con el yo.

(Carlos Castaneda)

 

Budismo vajrayana (también conocido como budismo tántrico o budismo tibetano)

Tony Karam, fundador de Casa Tíbet México, explica de una manera magistral y sencilla conceptos clave del budismo vajrayana, y describe el proceso por el que los adeptos de esta escuela logran mantener la conciencia después de la muerte del cuerpo biológico:

La tradición budista es, por definición, una tradición espiritual, y lo que se quiere decir por el hecho de afirmar que es una tradición espiritual, es que contempla el hecho de que aquello que nos anima, lo cual esta tradición define como la conciencia, no es una propiedad emergente del organismo físico; esto es, que nuestro cuerpo no crea, en consecuencia de una muy complicada y compleja organización a la conciencia, sino que más bien meramente la transmite temporalmente. Podríamos emplear como comparación la programación radial, y el radio como maquina o como hardware en sí mismo: el radio no produce la programación radial, simplemente la capta, la sintoniza, la decodifica, la amplifica y después la proyecta; de la misma manera la tradición budista, como muchas tradiciones espirituales, y quizá este es el elemento que define precisamente esa condición, afirma que aquello que nos anima es una condición distinta a la corporal pero que emplea temporalmente el cuerpo para manifestarse en un plano, en un universo, en un mundo en particular de experiencia o de existencia.

Así, esta tradición define a la conciencia como un flujo de eterna continuidad de experiencia, una especie de energía lucida o consciente que no se crea, no se destruye, sólo se transforma; desde esta perspectiva, la tradición budista no contempla la muerte como un fin absoluto (es decir, como desaparición y desorganización de la conciencia y, por lo tanto, de la vida), contempla la muerte como una transición entre una forma de vida y otra.

Dado el hecho de que la tradición budista contempla la muerte como un estado de transición entre una forma de vida y otra, también equipara o reconoce en el tránsito del morir patrones por los que nosotros transitamos durante este entre-estado natural que es la vida, por ejemplo, el entre-estado de transición entre la vigilia y el sueño profundo sin sueños y la transición entre el sueño profundo sin sueños y el estado de sueño onírico, y después la transición de vuelta del sueño onírico al sueño profundo y del sueño profundo al estado de vigilia; así entonces se contempla la muerte a esas transiciones, y por lo tanto se afirma, por ejemplo, que nosotros podemos experimentar la experiencia onírica, es decir, los sueños, de dos diferentes maneras: podemos hacerlo inconscientes del hecho de que estamos soñando, y por lo tanto presas y controlados por el contenido del sueño al que equívocamente le proyectamos realidad objetiva, o en contraste podemos "despertar dentro del sueño", hacernos lúcidos en éste y controlar las apariencias del sueño y, por lo tanto, liberarte de la tiranía que ordinariamente ejercen sobre de ti al reconocer su naturaleza ilusoria, esto es, reconocer que los sueños no existen independientes al acto de soñar.

De la misma manera, esta tradición contempla que la muerte es muy similar al tránsito del soñar y que, por lo tanto, podemos transitar el período de morir inconscientes de su naturaleza ilusoria y controlados por sus apariencias, o en contraste, podemos despertar a hacernos lúcidos en ese tránsito y tener injerencia en el mismo, de tal manera que nosotros podemos impulsar a nuestra conciencia hacia un renacimiento particular, que sea favorable para nuestro desarrollo evolutivo, y para esto nos preparamos durante toda la vida, por ejemplo, trabajando con el sueño, de tal manera que lo transformamos en una experiencia lúcida y consciente, ejercemos dominio sobre sus apariencias, y así nos preparamos para este sueño más profundo y más coherente que es el de morir.

Otra preparación que es importante teniendo en cuenta que morimos como vivimos es, por ejemplo, la preparación ética, que tiene como objetivo tratar de vivir nuestras vidas de la forma más constructiva, positiva y virtuosa posible, dado el hecho de que estos hábitos, impresiones y tendencias que depositamos en la continuidad de la conciencia, naturalmente van a operar como los motores que nos impulsan hacia una nueva existencia, así que si hemos vivido con integridad vamos a morir simultáneamente con integridad y vamos a toparnos o vernos expuestos a condiciones muy favorables para nuestro desarrollo evolutivo en vidas futuras. Nos preparamos también a través de la meditación discursiva, imaginando destinos, mundos paralelos, de tal manera que en el momento que nos vemos expuestos a estas realidades alternativas las podemos abrazar con naturalidad y no con temor y ansiedad, nos familiarizamos tanto con la mecánica del morir que ésta no nos toma por sorpresa y no nos genera ansiedad o miedo, y al mismo tiempo abrimos la mente a muchos distintos destinos en los que la mente puede experimentar renacimiento, nos familiarizamos con diferentes alternativas de vida acordes a las descripciones que nos aporta la descripción budista.

La tradición budista contempla que nuestra identidad tanto física como mental no es unitaria, esto es, que nosotros no sólo tenemos un cuerpo sino que el cuerpo que tenemos o somos es una colección de componentes transitorios materiales y, en ese contexto, una colección de cuerpos.

Así, la tradición budista habla en términos de nuestra corporeidad física de tres diferentes dimensiones:

El cuerpo groso, que es el cuerpo de carne y hueso.

El cuerpo llamado adamantino, que es el cuerpo de energía sutil que está compuesto de canales, de puntos de ensambles energéticos y de cargas primarias de energía femenina y masculina.

Y, finalmente, habla de un cuerpo en extremo sutil, que es aquel que alberga a lo largo del vivir corporal a la naturaleza fundamental de la mente.

Así también la tradición budista habla de tres dimensiones de la conciencia, dado el hecho de que la conciencia también es una entidad compuesta, una colección de componentes transitorios y temporales mentales, una sucesión de instantes o momentos mentales que se dividen en tres grandes dimensiones:

La mente grosa, que es la psique, que en nuestro caso es humana, que opera y funciona en un vínculo o gran cercanía al cuerpo físico.

La mente sutil, que es la que transita de una vida a otra independiente al cuerpo físico y donde se depositan las semillas del karma y la historia de la infinitud de nuestras vidas, pero que todavía es una conciencia dualista y aflictiva y está vinculada al cuerpo adamantino.

La mente en extremo sutil, que es la naturaleza esencial de la conciencia que está vinculada temporalmente mientras vivimos al cuerpo en extremo sutil, llamado el de “la gota indestructible”, pero que cuando transitamos por el morir se separa definitivamente de éste; esta una mente que no es afectada, que no está influenciad por nuestras aflicciones mentales y emocionales, es una mente que no es dualista, pues su naturaleza fundamental es pura y despierta a pesar del hecho de que nosotros no la hemos hecho funcional y consciente a lo lago de la vida; sin embargo, ésa es nuestra naturaleza.

Durante la vida y particularmente en el tránsito de morir, transitamos constantemente entre diferentes estados de conciencia en donde operan por momentos la conciencia grosa, que es la habitual en nosotros, por momentos la conciencia sutil y por momentos la conciencia en extremo sutil. Por ejemplo, cuando te ves expuesto a una sorpresa o un susto, cuando bostezas, estornudas o suspiras, o cuando arribas al pico del orgasmo, la conciencia grosa experimenta una temporal discontinuidad y aparecen estas conciencias más sutiles, en el trance entre el estado de vigilia y el dormir, pero el momento en donde esas transiciones se manifiestan con particular intensidad es naturalmente durante el trance del morir. En el trance de morir el cuerpo groso se desorganiza y por lo tanto deja de sustentar a la conciencia grosa, la cual experimenta discontinuidad; es ahí cuando surge como sistema operativo primario el cuerpo sutil, el cuerpo de energía y con él la operación de la conciencia que de éste depende u opera en vínculo con éste que es la conciencia sutil, y durante el trance de morir ese cuerpo energético también se desorganiza temporalmente, deja de sustentar a la conciencia sutil, surge el cuerpo en extremo sutil y con la conciencia más sutil, que es una que no es aflictiva; es en ese momento, por el cual todos los seres dotados de vida transitan, que tenemos una genuina oportunidad de reconocer esa naturaleza fundamental que en el estado de vigilia rara vez florece del todo clara, poderla estabilizar y a través de ese medio lograr la plenitud, el despertar y la iluminación, entendiendo ese estado del despertar y la iluminación como no otro que aquel en donde esa naturaleza fundamental de la mente se manifiesta de forma lúcida y funcional.

Si bien esto acontece de forma natural en el transito del morir, no es fácil reconocer esa naturaleza fundamental, porque a lo largo de vida y vidas, no hemos generado en buena medida familiaridad con ésta y cuando la misma surge en nosotros lo que generalmente acontece es que la impresión es tan poderosa y tan intensa que, ya sea deseamos atraparla y se nos escapa, o simplemente nos desmayamos.

Entonces tenemos que trabajar (trabajarnos) a lo largo de la vida para poder reconocer el instante en que esa mente en su estado desnudo aparece, y podernos relajar en ella, sin tratar de atraparla y al mismo tiempo sin desmayarnos, y si logramos eso, que no es fácil, esa experiencia nos conduciría a la plenitud, el despertar y la iluminación.

La muerte, nos dice Tony, es una transición entre un sueño y otro sueño, el reto que tenemos es despertar, no sólo en el transito del morir, sino en la vida cotidiana:

El Alma me parece como una mariposa infinita de holográficas alas contenida en un capullo mente-materia-espacio-tiempo, que desea que su huésped se esfuerce hasta lograr transgredir los límites impuestos por la naturaleza; el juego consiste en lograr batir las alas de la percepción para volar hacia la inmensidad de lo desconocido.

La verdadera libertad está en ir más allá del placer y del dolor; pero, en el camino, no huir del dolor y escuchar lo que nos enseña es de gran ayuda

Hasta que el alma no obtiene lo que quiere, te enferma.

James Hillman

Ciertamente, existe una tendencia programada en el ser humano -y en general en todos los animales- a rehuir el dolor y buscar el placer. Comúnmente se habla de que el rol biológico del dolor es señalar un daño -y así evitar mayor daño. Algo te duele y eso significa que, si sigues haciendo lo que estás haciendo, eso te puede llevar a un serio malfuncionamiento e incluso a la muerte. Es parte del sistema de autopreservación. Sin embargo, como sugiere el filósofo Colin Klein, el dolor no es sólo un síntoma de un problema, sino que "es parte de la solución. Sentimos dolor para motivarnos a resolver cualquier problema que en primera instancia ha causado dolor". Por otro lado, las actividades que permiten que un ser vivo prolongue su existencia generalmente producen placer: comer, tener sexo, dormir.

Para el ser humano, sin embargo, no es suficiente la satisfacción de las necesidades biológicas más básicas. Busca algo más. A esto le podemos llamar una búsqueda de felicidad, de significado o de una evolución no meramente biológica sino espiritual. La felicidad, descubrimos pronto, no es lo mismo que el placer. Si perseguimos el placer sin mesura, rápidamente nos damos cuenta de que lo que nos da placer al principio luego es la semilla del dolor. Esto ocurre debido a que las cosas que nos dan placer son impermanentes y el mismo cuerpo que siente el placer es impermanente. Nos cansamos de lo mismo o extrañamos la sensación de placer que ya no podemos sentir igual porque hemos cambiado, hemos envejecido, hemos perdido sensibilidad, etc., o esto mismo ha ocurrido con el objeto de nuestro placer. Esto genera frustración. Como se dieron cuenta tempranamente los filósofos en Grecia o en la India, perseguir el placer sin mayor discernimiento es una forma de asegurar la continuidad del sufrimiento.

Aristóteles, en su Ética, hace un interesante énfasis en la felicidad como eudaimonía (la vida virtuosa o la vida en conformidad con lo divino). El filósofo griego remarca que lo que distingue al ser humano es un alma racional, y por lo tanto el sentido de la existencia del ser humano debe estar ligado a la la racionalidad (al Logos), a la virtud, a actividades éticas que promueven el bien -todo lo cual lo separa de otros animales. Esto evidentemente nos habla de una trascendencia del mero placer. El hombre hace el bien porque entiende la ley -no la ley de los hombres, sino la ley de la naturaleza. La desmesura, la pereza, la ira, la lujuria y demás, aunque nos pueden producir placer a corto plazo, no conducen al placer duradero. Notablemente, el maestro budista Alan Wallace ha vinculado la eudaimonía al concepto de dharma, término que hace referencia tanto a ley como a naturaleza y a virtud. A diferencia del hedonismo, la eudaimonía (o la vida conforme al dharma) no depende de los placeres de los sentidos y por lo tanto no es efímera, se basa en el autoconocimiento y en el entendimiento interno de la naturaleza impermanente de las cosas, y en el cultivo de virtudes que trascienden la temporalidad de una u otra cultura. Se presenta como la posibilidad de una felicidad sustentable, pero para construir esta estructura inmutable dentro del cambio que la rodea es necesario atravesar situaciones dolorosas y empujar al propio ser a crecer, más allá del confort.

Lo que hace crecer al ser humano es enfrentarse con sus aparentes limitaciones, y esto requiere una disposición para soportar dolor y realizar cosas que nos parecen difíciles y por ello -por el viejo principio del placer- no queremos hacer. Cuando una actividad no presenta una clara recompensa a un nivel de placer, cuando no activa nuestro sistema de dopamina, hay una tendencia a resistirse, al menos mientras no tenemos autodisciplina. El escritor alemán Ernst Jünger habló sobre el potencial espiritual del dolor:

El dolor es una de las llaves para desbloquear el bienestar más profundo del individuo y del mismo mundo. Cuando uno se acerca al punto en el que el ser humano se prueba a sí mismo ser superior o igual al dolor, uno gana acceso a las fuentes de su poder y a los secretos ocultos. Dime cómo te llevas con el dolor y te diré quién eres.

Aunque en primera instancia el dolor nos hace huir y aquello que no nos brinda placer inmediato no nos motiva, el ser humano tiene la capacidad mental de no identificarse con su dolor y de ver más allá de lo inmediato y aparente. De reconocer que el placer suele ser sólo una sensación aceptada y el dolor una sensación rechazada; si cambiamos la forma en la que designamos, hay cambios la experiencia que tenemos. Más poderoso que el dolor es el poder del propósito o del significado, como mostró Viktor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido: un hombre con sentido puede superar todo tipo de vejaciones; un hombre que no lo tiene, rápidamente se desmorona. Nietzsche lo expresó también sugiriendo que quien tiene un porqué encuentra un cómo.

El dolor y el placer son un péndulo, una rueda, una ruleta; van y vienen, y contienen su reverso; son interdependientes. En su juego siempre estaremos insatisfechos; por momentos arriba, por momentos abajo. Esto, según las tradiciones que surgen en la India, puede durar eones, incontables vidas. Vivir persiguiendo un espejismo, corriendo detrás de una zanahoria falsa e inalcanzable, como los galgos de carreras. Pero existe tal vez algo que nos puede librar de tal oscilación, de tal infirmeza, podemos tal vez ir más allá de los polos del dolor y el placer. Dice el Bhagavad Gita, el texto que es la gran síntesis del dharma de la India:

El sabio, para quien el placer y el dolor son iguales, él es quien se acerca a la liberación.  

Lo anterior no significa que no atendamos a las señales del dolor o que renunciemos a toda actividad que nos puede producir placer, en una especie de tortura mística. Significa que no nos identifiquemos con ellos y que mantengamos una visión más amplia y noble, una perspectiva de hacia dónde vamos independientemente de las vicisitudes mundanas. Krishna le dice Arjuna:

Aquellos que sin orgullo ni engaño han erradicado toda mancha de apego, que residen siempre en la base del ser, que han aquietado todo deseo, y que están libres de los pares de opuestos conocidos como dolor y placer, ellos proceden sin error al estado inmutable.

Se podría decir que en términos absolutos, en realidad sí se está buscando el placer, un placer supremo, mucho más allá de todo placer físico; y, también, se busca evitar el sufrimiento, toda huella de sufrimiento, nacimiento, enfermedad, envejecimiento y muerte. Pero se tiene una perspectiva más amplia y no se busca el placer relativo, y no se evita el dolor relativo. En cierta forma se utilizan los dos, pero sin buscarlos, sin identificarse o apegarse a ninguno. Sentimos dolor cuando nos ponemos a prueba, cuando enfrentamos nuestros miedos y sometemos a nuestro ego a situaciones que lo amenazan (pero que nos liberan de su aprensión), cuando entrenamos nuestra mente y nuestro cuerpo y extendemos los límites de nuestro estado base. El placer también lo podemos usar concienzudamente, como una motivación, incluso como una energía que desbloquea. Al final notamos que uno suele traer al otro: hacer algo que nos cuesta trabajo y nos duele suele producir placer después; y hacer algo que nos es fácil y nos da mucho placer suele producir dolor después. Por lo tanto, es mejor no darle demasiada importancia a la designación de la sensación: placer o dolor. 

En la tradición del budismo mayahana se suele decir que el sufrimiento es el método didáctico por excelencia de Prajnaparamita, la diosa de la perfección de la sabiduría o de la sabiduría que trasciende el samsara (la rueda de la existencia cíclica dualista). Sin el sufrimiento que produce la estancia en este mundo donde todo cambia, se corrompe, decae, se disuelve, no tendríamos un impulso evolutivo en términos espirituales, para ir más allá de nuestra condición actual -esto es lo que hace tan especial a la existencia humana, según la cosmología budista. Los dioses tienen puro placer; los seres infernales tienen puro dolor; los seres humanos tienen placer y dolor, y esto es lo que los hace en cierta forma superiores (es la conciencia de la insatisfacción de la dualidad lo que motiva hacia la no-dualidad). 

El dolor a veces es descrito como una "sensación homeostática", es decir, que nos llama a hacer algo que restablezca la homeostasis o equilibrio de un sistema. El equilibrio que busca reestablecer Prajnaparamita con su propedéutica del sufrimiento es el de la budeidad, dispersar toda ignorancia, lo que es equivalente al autorreconocimiento del todo en la parte. La homeostasis del sistema universal, del cual no sólo somos una parte: somos también, misteriosamente, la totalidad. 

El camino empieza con notar que existe el sufrimiento y que, si seguimos enfrascados en el mismo tren de apego hacia lo impermanente, el sufrimiento no cesará. El sufrimiento es la primera lección -y hasta que no nos demos cuenta de cómo funciona, seguirá siendo la única lección: entender que los actos virtuosos traen consecuencias felices, y los no virtuosos producen sufrimiento. Se dice que Prajanaparamita, siendo una conciencia luminosa más allá del tiempo, libre de todo condicionamiento, tiene infinita paciencia y seguirá sirviéndonos sufrimiento con compasión para que nos pongamos a practicar y finalmente aprendamos a vivir conforme al dharma. Se le conoce también como la Madre de Todos los Budas. Según el mahayana, todos seremos budas, y lo que nos llama hacia nuestro destino evolutivo es el sufrimiento. Paradójicamente, este es el programa de evolución hacia el éxtasis sublime de un buda, en quien se integra toda la existencia de manera abierta e irreductible. Es la compasión de la naturaleza la que hace que nos duela, para que entendamos... que lo que somos está más allá del dolor y el placer, de la vida y la muerte, y de la identificación con un ser individual sujeto al cambio. La totalidad se vuelve consciente de sí misma en el individuo que despierta. Este es el último dolor que no debe rehuir, que su despertar -y, con éste, el reconocimiento de la totalidad- significa también su muerte, la muerte de todo lo que conoce.

 

Twitter del autor: @alepholo

 

Foto: People of Shambhala