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La neurociencia explica cómo pasar tiempo en redes sociales está haciendo que leamos menos

Sociedad

Por: pijamasurf - 08/01/2017

Para captar la atención de los usuarios, el Internet ha construido un sistema de recompensa digital de dopamina que hace que sea más difícil dedicar nuestra atención a cosas que no son tan fácilmente llamativas

Los seres humanos pasan cada vez más tiempo consumiendo medios electrónicos, fundamentalmente digitales. Un reporte del 2016 de la encuestadora Nielsen muestra que el estadounidense promedio pasa 10 horas al día ponieneo atención a un medio electrónico, esto es, el 65% de su tiempo despierto. Esta tendencia está siendo de alguna manera reproducida en todo el mundo, con la adopción de la tecnología digital que está basada en el entretenimiento. Este paradigma que favorece el entretenimiento, y lo que puede denominarse como momentos de distracción y placer efímero, contrasta con lo que puede llamarse el significado, la concentración y el tiempo que pasamos en el cultivo de nuestra mente hacia la sabiduría.

Así las cosas, numerosos periodistas e investigadores se muestran preocupados, no sólo por lo que está pasando de manera colectiva sino en su propia mente, viéndose arrastrados por la tendencia colectiva de los medios sociales. Escribiendo en el Washington Post, Philip Yancey comenta que antes solía leer tres libros a la semana, algo que lo hacía participar en un grupo élite no sólo de intelectuales sino de grandes empresarios exitosos como Elon musk y Warren Buffet.

Yancey identifica, sin embargo, que ahora leer le cuesta mucho trabajo:

El Internet y los medios sociales han entrenado mi mente para que después de leer un párrafo o dos, empiece a mirar hacia otro lado. Cuando leo un artículo de The Atlantic o del New Yorker [artículos generalmente largos y de profundidad], después de unos pocos párrafos miró hacia la barra lateral para ver qué tan largo es. Mi mente se distrae y me descubro dando clic a otras pestañas. Pronto estoy leyendo sobre los últimos tuits de Trump en CNN o detalles del último ataque terrorista o pronósticos del clima.

Yancey explica que la neurociencia tiene una explicación para este fenómeno, la cual se encuentra en el mecanismo de recompensa del sistema de dopamina del cerebro. Cuando aprendemos algo rápido y nuevo, esto nos da una descarga de dopamina, lo cual activa los centros de placer el cerebro. Un famoso ejemplo de esto son las ratas en el laboratorio que, cuando reciben esta descarga a través de un botón que aprietan, lo siguen apretando para recibir más comida o sexo. De manera un tanto preocupante, gran parte del Internet social está construido como un sistema de recompensa de dopamina, que se despliega como atractivas actualizaciones en un newsfeed, ya sean emails en Gmail, tuits o fotos en Instagram. Todas estas cosas son nuevas, fáciles y nos producen descargas de dopamina, las cuales van habituando nuestro cerebro.

Nicolas Carr, autor del libro The Shallows, sugiere que este fenómeno tiene el efecto de volvernos cada vez más superficiales: "Alguna vez yo fui un buzo en el mar de las palabras. Ahora me deslizó por la superficie como alguien en un Jet Ski".

Ahora bien, la forma en que nuestros cerebros se han acostumbrado a recibir información que nos seduce por su apariencia (fotos, memes, textos atractivos y sencillos) y a mantenerse en la superficie leyendo sólo artículos de pocas palabras, prueba también su plasticidad y adaptabilidad, aunque en este caso en un bucle de retroalimentación negativa. Podemos cambiar nuestros hábitos y reentrenar nuestro cerebro. Para ello es útil saber que si dedicamos el tiempo que pasamos en redes sociales cada año, en promedio, podríamos leer unos 200 libros, según cálculos de Charles Chun citados por Yancey. Así que no es un problema de no tener tiempo, es un problema de no tener voluntad y orden. Esa voluntad, sin embargo, se va consumiendo cuando pasamos tiempo viendo información inane e insignificante que nos empieza a frustrar cuando recordamos que queríamos invertir nuestro tiempo en aprender algo verdaderamente útil y provechoso. Por eso, se recomienda empezar con metas sencillas para rehabituar la mente. Por ejemplo, utiliza tu teléfono para poner una alarma todos los días que te avise que los próximos 45 minutos los dedicarás a leer un libro.

Con su habitual búsqueda por la libertad, Henry David Thoreau llegó a preguntarse sobre el sentido del trabajo y el afán incansable de productividad que lo rodea, una reflexión sumamente necesaria actualmente

El trabajo es una de las categorías más importantes lo mismo de nuestra época que, en buena medida, de la vida en sí. El trabajo puede ser, al mismo tiempo, fuente de preocupación o de satisfacción, causa de angustia o un medio para transformar paulatina y positivamente la existencia propia e incluso la convivencia social.

Por todo el tiempo que dedicamos a trabajar, por toda la energía y recursos que ponemos en ello, parece necesario y acaso incluso urgente hacer una pausa para reflexionar qué lugar tiene el trabajo en nuestra vida, qué efectos, qué fines perseguimos al trabajar y cómo esto se encuentra en relación con los demás aspectos de nuestra vida.

En sus Diarios, Henry David Thoreau dedicó algunas páginas lúcidas y memorables a la cuestión. Como sabemos, Thoreau adquirió relevancia por retirarse en cierto momento de su vida a los bosques de Walden Pond, Massachusetts, en un retiro que eligió siguiendo una consigna clara:

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida, para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido.

En este sentido, Thoreau fue siempre un hombre proclive a la reflexión y el cuestionamiento, especialmente de aquello que se nos impone socialmente y ante lo cual, en ocasiones, parece que el individuo se encuentra inerme, indefenso, con ninguna otra opción más que resignarse a aceptarlo –como la obligación de trabajar.

En un apunte de marzo de 1842, Thoreau escribió:

El trabajador realmente eficiente se da cuenta de que no tiene que colmar su día de trabajo, sino más bien acometer sus labores diarias con un aura de tranquilidad y placer. De esta manera, tiene un amplio margen para relajarse durante el día. Del tiempo, guarda con celo el grano y procura no exagerar el valor de la cáscara. ¿O es que una gallina se sienta a poner el día entero? Puede poner solamente un huevo y, paralelamente, no colecta lo necesario para poner otro. Quien trabaja mucho no trabaja arduamente.

Las palabras de Thoreau –en especial las finales– tocan uno de los rasgos más característicos del trabajo en su forma contemporánea: la productividad, sin duda uno de los supuestos propósitos más perseguidos tanto por empleadores como por empleados, quienes participan –a veces inconsciente o involuntariamente– en una carrera frenética en donde parece que el único objetivo es producir más, siempre más, aunque nadie sepa por qué ni para qué o para quién se produce eso que resulta del trabajo cotidiano.

Es esta una competencia ciega que, entre otros efectos, por sus condiciones mismas no conduce a otro fin más que al cansancio perpetuo, al agotamiento y la decadencia en sentido literal y figurado, real y simbólico: en todo el mundo, miles o millones de personas viven perpetuamente fatigadas, sometidas a una exigencia de producción que no cesa, ni de día ni de noche; o, en otro caso, podemos considerar lo que sucede con los recursos y la vida de nuestro planeta, afectados al punto del colapso debido a la producción sin fin de un sistema económico incapaz de frenar sus procesos.

Ante este panorama, el mensaje de Thoreau se inscribe como una suerte de llamado a la pausa y la reflexión. Dicho con un término significativo dentro del psicoanálisis lacaniano, podríamos pensar mejor aún en una interrupción. Es necesario interrumpir el trabajo, su agotante cadena de producción, su exigencia de ser siempre eficiente y acaso, por encima de todo, el vaciamiento constante de sentido al que nos lleva y que además contagia a otros aspectos de nuestra vida. Como una especie de flujo hiperactivo, el trabajo en su forma contemporánea parece más estar erosionando la vida subjetiva y social del ser humano que, como quería Marx, contribuir a transformarla.

También en Walden encontramos esta breve reflexión, que nos ofrece otro motivo para pensar la manera en que trabajamos actualmente:

La mayor parte de los hombres, incluso en este país relativamente libre, se afanan tanto en artificios innecesarios y labores absurdamente mediocres, que no les queda tiempo para recoger los mejores frutos de la vida.

¿Para qué queremos la libertad?, parece preguntarnos entre líneas Thoreau. ¿Para desgastarnos y desperdiciar nuestro tiempo? ¿Para trabajar agotadoramente? ¿O para “recoger los mejores frutos de la vida”?

 

El fragmento citado de los Diarios de Thoreau fue tomado de BrainPickings.

Ilustración: A. Dan (de la novela gráfica Thoreau - La vie sublime, realizada en colaboración con Maximilien Le Roy)

 

Del mismo autor en Pijama Surf: ¿Por qué aceptamos tan fácilmente trabajos que nos enferman, nos endeudan y nos esclavizan?

Twitter del autor: @juanpablocahz