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¿Por qué nos tardamos más de lo planeado en cumplir las tareas?

Salud

Por: PijamaSurf - 05/27/2017

“Planning fallacy" (o “falacia planificadora”), la trampa mental en que se subestima el esfuerzo y el tiempo para realizar ciertas actividades

El psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista Erich Fromm solía decir que cuando la pasión inunda, el tiempo parece desaparecer. Él se refería a que enfocar toda la atención en un proyecto puede provocar que el tiempo pase sin siquiera percatarlo, de modo que al tomar conciencia del proceso, uno requirió más tiempo de lo pensado. 

Esta tendencia tiene el nombre de “planning fallacy" (o “falacia planificadora”), la cual habla acerca de una trampa mental en la que se subestima el esfuerzo y el tiempo para realizar ciertas actividades. El fenómeno de la planning fallacy se descubrió en 1979 por los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky y actualmente el psicólogo Nicholas Epley, de la Universidad de Chicago, intenta desmenuzar sus particularidades. 

Epley solicita a cada lector suyo que realice un pequeño experimento con una pluma y papel. Lo primero que tiene que hacer es contar con una tarea que requiera una duración de algunas semanas –por ejemplo, terminar un libro; después, apuntar en la hoja de papel: a) la fecha tentativa en la que se cumplirá el objetivo; b) la fecha en que lo cumplirá si todo sale bien; c) la fecha en que lo cumplirá si todo sale mal. 

Tras varias pruebas, Epley encontró que no sólo no se cumple con las fechas establecidas en los mejores escenarios ni en los más realistas; tampoco se cumplen las de los peores escenarios. El especialista cuenta cómo un profesor de psicología les pidió a sus alumnos responder tres preguntas después de terminar sus tesis ellos establecieron que les tomaría en promedio 34 días llevar a cabo la tarea –en el mejor de los escenarios, 27 días, y en el peor, 49 días–. Al final, a casi todos les tomó 55 días en promedio. 

“Incluso en el peor de los escenarios, se tiende a ser optimista”, concluye Epley. Si el optimismo facilita la planning fallacy, quizá pequeñas dosis de pesimismo ayudarían a cumplir con nuestros objetivos a mediano y largo plazo. Frente a ello, Epley recomienda siempre ser realista y actuar en función de ello; es decir que para prevenir tardar más de la cuenta hay que contemplar que puede haber imprevistos, y planificar pequeños pasos para asegurarse que las cosas saldrán adecuadamente. 

Sobre los deliciosos beneficios de la improductividad –o la pereza–

Salud

Por: Maria Jose CA - 05/27/2017

“Perder el tiempo se trata de recargar la batería interna y de desconectar. Tomar tiempo para ser total, gloriosa y orgullosamente improductivo hará que seas mejor en el trabajo. Y será mucho más significativo por sí solo”

Elogiar a la pereza en la actualidad es un menester difícil. 

A todas horas y todos los días las personas necesitamos estar ocupadas en algo: mensajes, correos electrónicos, redes sociales, trabajo extra, estudios, etc. Es una cotidianidad que ha impactado invariablemente no sólo en la manera de vincularnos con otros seres vivos sino también de sobrevivir sin vivir tratando de ser productivos eternamente. Podríamos pensar en la última vez que estuvimos esperando a alguien y nos dedicamos a indagar las mismas publicaciones en redes sociales por décima vez en la última hora; que nos sentamos a comer en frente de la computadora o del teléfono móvil durante las largas horas laborales; que nos dedicamos a enviar correos o responder mensajes de trabajo durante reuniones familiares; que nos sentamos en un sofá viendo la televisión o el teléfono celular por tener algo en las manos; entre otros ejemplos más. 

Son horas en las que el cuerpo y la mente se desconectan. Como si se activase un modo automático en el cual los días se vuelven rutinarios, tanto el día como la noche se distinguen sólo por las horas de sueño y cansancio, la comida deja de tener matices, sabores u olores, el estrés se adquiere como parte fundamental de la vida adulta, y la realidad se convierte en una distorsión ilusoria. Con el paso del tiempo esta rutina provocará que el cuerpo y la mente caigan enfermos, y su diagnóstico sea depresión, ansiedad o estrés postraumático, entre otros trastornos emocionales… 

Para prevenir esa mala muerte en vida, los filósofos de la Antigua Grecia recomendaban ser capaces de disfrutar de la pereza, de volvernos inactivos e improductivos, aunque sea por un momento. En palabras de Alejandro Martínez Gallardo:

La idea de que la inacción es una fuente de felicidad tiene un selecto linaje que se remonta a la exaltación del ocio como un estado de gracia para ejercer la filosofía en la Antigua Grecia. […] Los filósofos no tenían que ponchar tarjeta o lidiar con un jefe que les pida un reporte. Podían vivir exclusivamente en el terreno de las ideas –por lo demás, un mundo superior al mundo de la acción, que es apenas un pálido reflejo.

De alguna manera, la rutina de la eterna productividad se vuelve un problema cuando somos incapaces de tomar una larga caminata sin rumbo fijo, sentarnos a leer en frente de una ventana, preparar una cena deliciosa sólo por las meras ganas de disfrutarla, observar el horizonte y disfrutar de estar ahí y en el momento. Diversos pretextos pueden funcionar, como que no hay tiempo suficiente para hacerlo; sin embargo, en la mayoría de las ocasiones la idea de visualizar el placer posee pincelazos de culpa o vergüenza. Parece incluso inverosímil creer que el placer de tan sólo estar pueda generarse sin la necesidad de producir ni adquirir un bien material.  

Para el psicólogo Michael Guttridge, tener esta capacidad de sabernos seres gozantes sin necesidad de producir brinda contados pero importantes beneficios para la salud mental y física de una persona. Bajo la premisa de que somos seres “multitasking”, un individuo se cree capaz de pasear por un parque y estar, al mismo tiempo, revisando las redes sociales; no obstante, la realidad es que pierde de la posibilidad de experimentar cualquier tipo de placer que provenga del mundo interno de uno mismo. En palabras de Guttridge:

Estamos olvidando los beneficios mentales y físicos de pasar tiempo enfocados en nosotros mismos. Las personas comen en el escritorio y tienen la comida en la computadora. Es asqueroso. Deberían salir a caminar, a tomar un café, sólo alejarse. Aun durante las fábricas victorianas se tenía una especie de horas de descanso.

Esta premisa, la de que la inacción es una fuente de felicidad, se ve apoyada en la actualidad por el autor Alex Soojung-Kim Pang. En su libro REST: You Get More Done When You Work Less, Soujung-Kim escribe que grandes personajes como Charles Dickens tenían en su agenda trabajar sólo 5 horas al día (o menos). La realidad es que trabajar menos en la oficina y realizar más actividades como ir al cine o salir a correr permite desconectarse de numerosos estímulos de estrés que fomentan una sensación de “callejón sin salida.” Guttridge sentencia: “Perder el tiempo se trata de recargar la batería interna y de desconectar. Tomar tiempo para ser total, gloriosa y orgullosamente improductivo hará que seas mejor en el trabajo. Y será mucho más significativo por sí solo”.

Perder el tiempo o gozar de la pereza es, en otras palabras, una necesidad casi primaria que hemos perdido a lo largo de la evolución humana. Sentimos culpa por realizar actividades improductivas, mientras caemos más en un ciclo vicioso que implica apatía, anhedonia, tristeza, desvinculación y muchas veces autodesprecio. Quizá, ser perezoso de vez en cuando renueve, sin darnos cuenta, nuestro vínculo con la humanidad.