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Cómo lograr la trascendencia según el filósofo Jiddu Krishnamurti

Filosofía

Por: PijamaSurf - 05/26/2017

Krishnamurti invita a asumir que somos seres radicalmente diferentes conforme pasa el tiempo, y que el reto verdadero es volver al mundo un lugar mejor

En 1943 el psicólogo Abraham Maslow propuso la teoría de la motivación humana, en la cual se explica cómo una persona actúa en función de una jerarquía de necesidades: desde las necesidades más básicas, como respirar, comer, descansar, tener sexo y generar homeostasis, hasta las más elevadas características de la autorrealización, como la creatividad, la espontaneidad, la falta de prejuicios, la aceptación de los hechos y la resolución de problemas. Esto, en Occidente, permitió comprender la naturaleza cambiante del ser humano frente a deseos superiores de autorrealización. 

Sin embargo, para su coetáneo oriental, el escritor y filósofo espiritual Jiddu Krishnamurti, la trascendencia interna de un individuo va mucho más allá del sentido de autorrealización. En su libro The Revolution From Within, Krishnamurti explicó que son los pensamientos, las actitudes y la cultura en la que vivimos lo que produce un cambio radical y fundamental; no obstante, este cambio no es más que una modificación de lo que solíamos ser. ¿Es eso un cambio fundamental hacia la autorrealización? Para él, sólo queda observar esos procesos mentales y preguntarnos acerca de todo lo que conocemos. 

En cierto sentido, Krishnamurti deseó sembrar la semilla de la duda cuestionando el verdadero significado del cambio: ¿es posible tener un cambio fundamental? En el fondo, como mencionaba en sus pláticas, las preguntas más importantes de la vida realmente no tienen respuestas finales. Él compara los resultados con un eje asintótico, es decir que sólo podemos acercarnos a la perfecta verdad a través de la negación, de descartar lo que no es verdad ni útil, en un intento de dirigirnos más allá del pensamiento condicionado –por la cultura– y alcanzar un cambio fundamental y radical. 

Por esta razón, para acercarnos a la verdad, es importante cuestionarse constantemente sobre lo que se sabe y acercarnos a las preguntas más trascendentales desde un punto de vista de alguien naïve o que lo desconoce todo, es decir, que al vernos en el espejo seamos capaces de preguntarnos quiénes somos, de dónde venimos, a dónde nos dirigimos, en dónde estamos parados ahora mismo, y respondernos sólo con lo que estamos enfrentando con la vista. 

No se trata tan sólo del cumplimiento de cada uno de los niveles en la jerarquía de las necesidades, ni de alcanzar un mayor conocimiento a través de libros, documentales o pláticas, sino de experimentar un cambio radical que provoque una revolución en la mente mediante la libertad en el aquí y en el ahora. Esto es, en la sensación de haber liberado todo resentimiento y tristeza en cualquier momento que decidamos, para poder sentirnos en abundancia –en conexión mente y cuerpo– en el aquí y en el ahora. 

Para lograrlo, Krishnamurti invita a asumir que somos seres radicalmente diferentes conforme pasa el tiempo, y que en la actualidad ya no es costeable ser alguien “ordinario” pues el reto verdadero es volver al mundo un lugar mejor. Si se toma en cuenta que cada una de nuestras acciones impacta en el cambio del mundo, pues “somos el mundo; y no somos sus orillas”, seremos capaces de ver que “lo que hacemos, hace al mundo, y en cada lugar en donde enfrentamos los problemas reales, estamos ejerciendo un cambio radical y fundamental”.

Ese cambio fundamental puede realizarse cuestionándonos en torno a nosotros y al medio en el que vivimos: a) ¿Ese objetivo vale la pena?; b) ¿Es necesario?; c) ¿Necesito cambiar del todo? No obstante, hay momentos en que la confusión puede abrumarnos ante estas preguntas, por lo que Krishnamurti explica que cuando uno está confundido, se debe pausar todo tipo de actividad mental; de lo contrario, sólo comenzaremos a saturar a nuestra confusión:

Observa las actividades de la mente sin intentar cambiarlas o ponerles un fin, porque en el momento en que encuentres un final, regresarás a la dualidad de ‘yo, no-yo’. Es la mente la que no está consciente de sus propias actividades que alguien más introdujo, y de las cuales nos volvemos esclavos.

De modo que para liberarnos de este abrumo y realizar una transformación fundamental, es cuestión de comprender el proceso de nuestro propio pensamiento: ¿de dónde vino?, ¿con qué está relacionado?, ¿es funcional o útil?…

Una vez que seamos conscientes de ello, menciona Krishnamurti, nos damos cuenta de que la mente es:

quien crea el problema, mi ser mental es el resultado del tiempo, de la memoria, de la noción del ‘yo’, el cual siempre estará deseando ‘más’, por inmortalidad, por continuidad, por permanencia en el aquí y en el ahora. Pero es la incertidumbre en nosotros mismos lo que conlleva las manifestaciones externas de la ambición personal, el deseo de ser alguien, la actitud agresiva frente a la vida.

Así que al liberar esa angustia latente, el cambio radical y fundamental se realizará desde el interior y nos conectará con una lujuria por la vida, con una viveza en los vínculos, con una trascendencia de los bienes materiales:

Para tener la plenitud interna de la vida, la cual incluye a la muerte, la mente debe liberarse de sí misma desde el conocimiento. El conocimiento debe cesar para darle espacio a lo desconocido [y al sentido materialista de la autorrealización].

La generosidad es una de las perfecciones que constituyen a un ser humano iluminado o bodhisattva; esta la forma más sabia de practicarla

En todas las tradiciones religiosas, la generosidad juega un papel de primera importancia. En el cristianismo, la virtud principal teológica es la caridad, un término que significa sobre todo amor (agape) a Dios y a los demás como si fueran uno, y que hoy en día tiene la connotación de las donaciones u obsequios que hacemos a los demás por compasión. En las religiones de la India, la generosidad es tenida con especial estima, particularmente porque en todas ellas se tiene en cuenta el karma y la generosidad es una forma de erradicar el karma negativo, una forma de virtud purificadora, casi una tecnología de la liberación.

En sánscrito el término dana significa tanto el regalo o donación que se hace como también la virtud de la generosidad. Dana es, de hecho, la primera de las seis perfecciones (paramitas) o cualidades esenciales de un bodhisattva dentro del budismo mahayana, y como tal debe practicarse en el camino hacia la budeidad. Las enseñanzas del Buda Shakyamuni (Gautama) pueden resumirse en el entendimiento de que las acciones virtuosas producen resultados virtuosos o, en otras palabras, la compasión produce felicidad. Es por ello que en el mahayana la mente búdica, llamada bodhicitta, es a veces utilizada como sinónimo de la compasión. Podemos decir que la generosidad es la forma activa de la compasión.

Desde los tiempos del Canon Pali, se dice en el budismo que existen tres formas esenciales de practicar la generosidad: dando cosas materiales, dando protección amorosa (lo cual puede ser material o inmaterial) y la forma superior, que es brindando sabiduría o dharma. Esto lo podemos comparar con la parabola de Jesús en la que se habla sobre la superioridad de enseñar a pescar sobre dar unos pescados. En este caso la sabiduría que se brinda está ligada fundamentalmente al conocimiento de aquello que permite liberarse del sufrimiento de manera sostenida, por lo cual los regalos materiales son los menos valiosos. Desde la perspectiva del que da, se habla de que es siempre mejor cuando un regalo es dado en persona y que lo que se da sea preparado, creado o conseguido por la misma persona, ya que esto genera más mérito. Y, por supuesto, lo esencial es que la intención del regalo no sea egoísta (en la intención está el karma). Aquí existe un tema fino, pues se puede caer en el hábito de dar muchos regalos y demás con la motivación principal de acumular mérito, sabiendo que dar produce beneficios personales. Al hacer esto, aunque se puede acumular karma positivo se crea un obstáculo para la iluminación, ya que se genera apego a ese mismo acto de dar y se reifica la generosidad. Es por ello que la forma suprema de practicar la generosidad es el desapego, el cual nace de la sabiduría. La sexta y última de las perfecciones es la sabiduría, y sin ella se puede aumentar el bienestar y acumular mérito en general pero no se podrá alcanzar el estado libre de la mente de un Buda.

La práctica de la generosidad no sólo tiene como motivación la erradicación del karma, sino sobre todo el debilitamiento de los venenos mentales (kleshas) u oscurecimientos que impiden ver la realidad tal como es y residir en el estado natural, que para el mahayana, y con más énfasis aún en el vajrayana, es la mente búdica. Al dar vamos destruyendo la ambición, el odio pero, sobre todo, la ilusión de que somos personas sólidas y separadas e incluso que los objetos tienen una realidad independiente. La práctica de la compasión conlleva naturalmente la vacuidad; la vacuidad es para el mahayana el sello de la sabiduría. Se habla de vacuidad en el sentido de que todas las cosas dependen una de la otra y no tienen una existencia inherente independiente; son siempre relativas. Así, es en este relacionarnos --la relación básica es dar-- que entendemos la realidad y entramos en consonancia con ella. 

El Buda enseñó que la forma perfecta de la generosidad es el desapego, el no agarrarse de las cosas y los conceptos. Este es el sendero de la libertad. De otra forma el dar como prerrogativa genera deseos y el deseo es la raíz del sufrimiento, debido a que el mundo es impermanente. Si damos a alguien algo porque queremos que nos quiera, si damos algo porque queremos querernos (queremos, en nuestra mente, ser dignos de nuestro propio amor) o si damos algo a alguien porque sabemos que esto es bueno y queremos liberarnos del sufrimiento, incluso en esto, estaremos generando apego y estaremos yendo en la dirección contraria de descubrir la ausencia de existencia inherente de nuestro ego. Paradójicamente, la motivación más alta para dar y en general para cualquier acto es la no motivación, la pura espontaneidad de la mente libre y sin apego. El budismo mahayana sostiene que la naturaleza humana es esencialmente buena, sabia y compasiva (una inocencia original, a diferencia de un pecado original), así que cuando se eliminan los obstáculos que impiden que reluzca esta naturaleza, la generosidad brota sin necesidad de hacer un esfuerzo (esto es entendido de la misma manera en el taoísmo con la noción de wu wei). En otras palabras, si uno práctica el desapego en todo momento, lo cual significa no aferrarse a las cosas condicionadas y no formar avidez o aversión ante objetos, personas o sensaciones (lo cual no significa abandonarse a la marea y dejar de insistir en lo que nos parece sinceramente importante), estará practicando naturalmente la generosidad, no tendrá que buscar oportunidades y pasar el tiempo pensando qué regalar; los regalos serán puros, y el universo entero, finalmente, será lo que uno da, como esos mandalas que se ofrecen a los maestros y a las deidades que simbolizan la totalidad.