*

X

La relación Iggy/Bowie (cómo Iggy Pop hizo pedazos el punk en 1977)

Arte

Por: Emilio Revolver - 04/21/2017

En el cumpleaños número 70 del magnánimo Iggy Pop, recordamos un poco uno de sus momentos cumbre: la creación de 'The Idiot' y 'Lust For Life', y su relación con David Bowie

En 1975 Iggy era casi un pordiosero que escuchaba afuera de una tienda de discos “Fame”, el más reciente sencillo del respetado y elogiado David Bowie. El viaje del rock le había ofrecido podredumbre y desenfreno, pero no más. Esta sensación de fracaso carga con él, más un hueso sumido en brillantina que un ser humano, hasta un sanatorio de recuperación para drogadictos en California. Iggy está acabado.

Ahí lo visitan un par de amigos de su natal Detroit, hogar del Motown, de los pesados ensamblajes de la Ford y de un par de bandas, motores de ruido, que guiñaron el ojo a la fortuna un par de años: Motor City 5 y The Stooges. A MC5 lo consumió su propia postura política: qué tan lejos podía llegar el White Panther Party, el partido político fundado por ellos, es algo que su disquera Elektra ya no quiso investigar. A The Stooges los consumió también su propia propuesta, pero ésta era la inconsciencia: nunca procuraron ser más que barbajanes con guitarras, y claro, en los últimos ensayos en fun house, la casa-okupa en la que vivían, terminaron inyectándose en lugar de levantar los instrumentos. Sin todavía saber que ese par de bandas serán los dos pilares que sostendrán el rock a finales de la década, Iggy aguarda en el sanatorio tratando, simplemente, de sobrevivir. Uno de los amigos que pasa a saludar es el guitarrista James Williamson, parte del LP Raw Power, el último bramido de los Stooges. Casi por compasión, le ofrece a Iggy reunirse a hacer un nuevo álbum, todo con tal de distraerlo. Esa propuesta terminará en Kill City, un álbum furioso de descongestión, que quedará enlatado porque no había una sola disquera que le interesara publicarlo.

Otro de los pocos que lo visitan en el sanatorio es David Bowie. Bowie e Iggy se conocieron en 1971. Bowie había llegado a Nueva York con su Hunky Dory bajo el brazo y la esperanza de hacer contactos para hacer una gira, y tendrá suerte. En 1 semana su mánager Tony Defries consigue un contrato con RCA, conoce a su ídolo Andy Warhol, quien por cierto detestó la canción a él dedicada en el disco, pero igual se convirtió en puente para conocer a Lou Reed e Iggy. Aquel Bowie es sólo un joven desconocido lleno de planes, pero para 1972, cuando vuelve a Nueva York, es ya Ziggy Stardust. Esas noches que pasó en el Max's Kansas, lugar atiborrado de freaks y “superestrellas” warholianas, mundo de andróginos o “marcianos”, acompasados por los riffs del Velvet Underground y, por supuesto, por Iggy, cuya personalidad y hasta el nombre, parecen filtrarse en el álbum, fueron definitivas.

Con Lou Reed, la relación evoluciona rápido y el resultado es inmediato: Transformer es producido por David y el guitarrista de Spiders, Mick Ronson, y aparece ese 1972, sólo meses después del Ziggy Stardust. Con Iggy, un tipo que tenía la cualidad de mostrar su peor y su mejor faceta al mismo tiempo, un idiota en el mejor sentido de la palabra, todo ocurrió, como siempre, como un cortocircuito, como un golpe en la sien o un desfase temporal.

Volvemos a 1975. Bowie, hecho toda una estrella de largo y prominente futuro, visitó a Iggy en el centro de rehabilitación, agendaron algunos jams y finalmente se unió a la banda de Bowie en el tour Station to Station. Regresando la buena fortuna que se encontrara en Nueva York en el 71, ahora es Bowie el que le consigue un contrato con la RCA al hermano caído. La RCA acepta solamente porque sabe que Bowie estará inmiscuido de alguna manera en el proyecto. Entonces David seguía una rigurosa dieta de pepinillos, leche y cocaína, la cual, sin duda, había mermado su salud. Empezaba, además, a sufrir paranoias por los malos hábitos de sueño. Iggy se muestra así como el comparsa perfecto: un viejo amigo que necesita ayuda y que como a él, le viene ben huir de California.

Primero se encierran a componer en el Chauteau d'Herouville, un edificio del siglo XIX en Francia, una de las primeras y más bellas residencias-estudios. Ahí componen “Sister Midnight”, “Dum dum boys” y “Tiny girls”, y se dan cuenta de que las composiciones funcionan. Básicamente eran bosquejos musicales que Bowie había creado junto al guitarrista de Station to Station y Young Americans, Carlos Alomar. Sobre esas pistas, Iggy improvisaba letras a un ritmo espeluznante, a lo que David llama “verbal jazz”. A sugerencia del propio David, Pop volcó la letra de “Dum Dum Boys” hacia una nostálgica reminiscencia de The Stooges. La banda queda plasmada como ese grupo de “tontos” que hicieron música que pocos comprendieron, pero cuya actitud y desenfreno estaban listos para hacerlo pedazos todo; e Iggy, claro, en ese imaginario, queda como el incomprendido supremo, el príncipe idiota. Todo ello no tardará en hacerse realidad.

David había escuchado una canción extraña de 20 minutos llamada “Autobahn”, plagada de sintetizadores que nunca había tocado, fruto de una oscura banda alemana llamada Kraftwerk. Después del hallazgo de las composiciones del Chateau d'Herouville, decidieron que Alemania era el lugar indicado, sin duda, para huir y darle el adecuado sonido a las canciones.

The Idiot creció así, como un salto al vacío de dos tipos sin nada que perder: para Bowie, toda experimentación estaba permitida y todo lujo tenía sentido; al final, las letras grandes del nombre en la portada no serían las suyas. Para Pop, sería un inesperado regreso de ultratumba, convertido de junkie sin solución a experimentador avant-garde. Nadie en Estados Unidos y sólo Brian Eno en Inglaterra, estaba haciendo lo que ellos. Llegaron así a los Hansa Studios de Berlín, que posteriormente recibirá a innumerables bandas, desde los Pixies a Depeche Mode, para tratar de capturar lo que en esas sesiones de The Idiot comenzó. Para Eno, colaborador de Bowie en la conocida trilogía de Berlín, el tríptico no se completa con Lodger, de 1979, sino justamente con el álbum de Iggy.

Y la magia ocurre. De la noche a la mañana, nuevo Barry Lyndon en una inesperada y flamante ciudad, Iggy Pop pasa de ser prácticamente un vagabundo que cayó con justicia, al hombre “limpio” del que más se habla en Nueva York. Mientras trabajan en Berlín, explota, sin que lo sepan, un sonido directo de las alcantarillas que retoma las cosas donde The Stooges las habían dejado: los tipos más feos que jamás se hayan juntado se habían subido a un escenario, y habían tocado de la forma más fea posible: se hacen llamar Ramones y a lo suyo se le da el nombre “punk”. Comandan una escena en un maltrecho local de blues y bluegrass en el que también tocan, noche tras noche, otros, poco menos feos, que se hacen llamar Talking Heads, Patti Smith y Blondie. Si algo los une, no es precisamente la música, muy dispar entre todos ellos: es el amor a The Stooges. E Iggy resulta que no sólo no está perdido en las calles buscando furiosamente con qué inyectarse, sino que está grabando un nuevo material.

La RCA, entusiasmada por el éxito de la escena punk, le pregunta a Iggy cómo va todo en Hansa Studios. Éste sólo balbucea algo que muy probablemente fue desalentador para la disquera: “es algo entre James Brown y Kraftwerk”. La emblemática foto del LP, basada en la obra Roquairol, del pintor expresionista Heckel, y ésta a su vez, basada en la obra Titan del romántico de Wunsiedel, Jean Paul, fue el golpe con el que el punk acabó por reventarlo todo en 1977. No sólo se publicaron montones de trabajos de nuevas y cada vez más geniales bandas, sino que el padrino de ese sonido regresó a predicar de nuevo, y lo que predicó, era punk y al mismo tiempo no lo era: era una nostalgia de ruido acoplada a las melodías británicas de Bowie, y éstas a su vez, filtradas por sintetizadores; era una respuesta y un sabotaje al rápido y contundente brincoteo punk con ritmos lentos, oscuros y llenos de romanticismo artsy, con referencias a Dostoievsky y al expresionismo, en lugar de a la reina de Inglaterra y a la bomba de hidrógeno. Era simplemente encantador: el año que detonaron The Clash, Buzzocks, Ramones y The Damned, Iggy volvió con algo que no era punk, era el paso siguiente: post-punk.

Al salir el álbum, alcanzó el 30 en las listas inglesas, el primer chart y uno de los pocos hasta ahora en los hoy 70 años ya de vida de Pop. Todavía ese mismo año la RCA le dio el pago más grande que jamás había tenido, con lo que logró pagarse una vida respetable, y, mejor incluso, un nuevo álbum: éste lo produjo nuevamente con Bowie, y no tardaron más de 10 días en hacerlo de inicio a fin, bajo la consigna de que fuera lo más económico posible. El resultado es la contraparte de The Idiot; la oscuridad y la experimentación tomaron ligereza, accesibilidad y fuerza. La base rítmica de las sesiones, los hermanos Tony y Hunt Sales, lo hicieron con tal potencia, que Bowie volvió a entrar en contacto con ellos para un proyecto completamente rock años después: Tin Machine. Subieron las guitarras, bajaron los sintetizadores, más Pop, menos Bowie, más intensidad en la base rítmica, un sonido brillante y afilado como un cuchillo, no para mirar atentamente una pintura abstracta sino para romperla y perder la cordura. Todo ello se completó con dos canciones: una, basada en un poema de Jim Morrison, el mentor de Iggy, que acabó titulándose “The Passenger”, y otra, una melodía pegajosa y liviana creada en banjo por Bowie y que cuando Iggy puso la letra acabó convirtiéndose en la esencia del álbum: "Lust for Life".

Cuando los punks le propusieron al mundo incomodidad y furia, Iggy propuso experimentación, romanticismo artsy y fusión de estilos: post-punk y new wave. Pop parecía decir que la obra del punk no estaba completa sin dichas mutaciones. Ambos discos, aparecidos hace exactamente 40 años, en 1977, siguen siendo de lo más intacto de su legado, y la necesaria referencia de un sonido “punk sin punk”, que ha inundado por completo el mainstream. The Idiot y Lust for Life elevaron el punk a adjetivo, a característica humana, no musical. Desde entonces es ésta la primera ley del punk: todo (música, diseño, pintura, vestimenta, cine, política, etcétera) puede ser punk. Y está, también, la segunda ley, en realidad la más importante, del desafío punk: nunca menosprecies el valor de un idiota, pues la idiotez es la otra cara de la genialidad.

 

Twitter del autor: @emiliorevolver

Del mismo autor en Pijama Surf: 50 años de 'The Velvet Underground and Nico', la vanguardia convertida en pop en una conspiración del azar

Una fábula sobre la felicidad que Alejandro Jodorowsky obsequió a Marcel Marceau (VIDEO)

Arte

Por: pijamasurf - 04/21/2017

En la elocuencia de su silencio, Marcel Marceau cuenta una historia trágica, inesperada

Para muchas personas, el nombre de Alejandro Jodorowsky está asociado sobre todo con cierta forma de espiritualidad o esoterismo. El mismo Jodorowsky ha propiciado esto, pues además de que es artífice de la “psicomagia”, en su trayectoria abundan episodios asociados con el pensamiento y los procedimientos mágicos y místicos.

En buena medida, ese aspecto de la labor de Jodorowsky ha contribuido a opacar otro en el que el chileno también ha destacado: su labor artística, la cual o no siempre se reconoce, se olvida intencionadamente o simplemente se ignora.

Más allá de sus extravagancias esotéricas, es posible encontrar en Jodorowsky un corpus de obras creativas si no admirables, por lo menos interesantes, enriquecidas por su conocimiento amplio del cine, la poesía, el teatro y otras disciplinas artísticas.

En ese acervo en el que se encuentran películas presentadas en Cannes, narraciones, cómics y otras obras, destaca también una pieza quizá un tanto menor pero no menos significativa. Se trata de “El hacedor de máscaras”, un relato breve que Jodorowsky escribió para Marcel Marceau, el legendario mimo francés a cuya troupe perteneció y con quien viajó y se presentó en diversos escenarios del mundo.

En la elocuencia de su silencio, Marceau cuenta la historia de un hombre que se prueba una máscara tras otra hasta que ocurre un incidente inesperado y siniestro que puede resolverse sólo por la vía trágica (una fábula que, dicho sea de paso, pareciera tener una enorme relevancia en nuestros días). Cabe mencionar asimismo que si bien la historia es de Jodoroswky, la gesticulación y la coreografía son obra de Marceau, razón por la cual el crédito de la pieza es compartido entre ambos.

Esta combinación, por cierto, es un tanto paradójica, pues mientras que, por un lado, nadie se atrevería a negar el talento de Marcel Marceau, acaso lo mismo no sucedería con Jodorowsky, para quien el vituperio está pronto e inmediato. Si compartimos este video ahora quizá también es con el ánimo de reconsiderar la opinión que a veces podemos formarnos de una persona sin atender del todo a las obras que ha realizado.

En Pijama Surf: 35 preguntas de Alejandro Jodorowsky que al responderlas comenzarán a expandir tu conciencia