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Un descubrimiento azaroso reveló una zona aislada del Amazonas, al norte de Ecuador. Lailso Camelo, un capataz en medio de la racha de deforestación ocurrida en los años 90, se topó con una serie de piedras gigantescas mientras cortaba árboles. El sentimiento de sacralidad que el lugar expiraba lo había llevado a alejarse de él cuando, años antes, siendo aún un joven, lo encontró por primera vez. Esta vez no lo dejaría pasar.

Las pruebas de carbono señalaron la fecha de su construcción del sitio de Rego Grande aproximadamente hace 1000 años. Su antigüedad y sofisticación son indicadores de una sociedad estable y técnicamente avanzada y apoyan la teoría de que el Amazonas no era un paraíso inhabitado sino el hogar de una comunidad enorme, que podría haber alcanzado incluso los 10 millones de habitantes hasta que las plagas traídas por los colonizadores europeos los aniquilaron.

 

 

Las piedras de granito están acomodadas de manera circular y parecen haber sido extraídas de un río a dos millas de sitio, según un descubrimiento de los arqueólogos que presiden la investigación, Mariana Cabral y João Saldanha. En el mismo lugar se han encontrado otros vestigios con elementos propios de un cementerio. A la vez, las piedras parecen alineadas con el movimiento del sol durante el solsticio de invierno por lo que los investigadores piensan que se trataba de un sitio ceremonial además de un indicador astronómico para ciclos de cultivo y cacería.

Rego es una de las piezas que faltan para conocer la historia perdida del Amazonas, esa que se esfumó con la colonización y el declive de las civilizaciones previas a ella. Sin embargo, en su mayor parte sigue siendo un enigma. Entre los vestigios y alineaciones, su función permanece en el plano de las hipótesis ya que no está ligada a ninguna leyenda local, como sí ocurre con otros sitios, como La ciudad Z. Mientras no tengamos más evidencia, el conjunto de piedras incrustadas en medio de la selva seguirán siendo un misterio.

 

 

 

En gustos se rompen géneros, por eso está compañía está abocada a generar los más exóticos sabores en sus paletas

Cada cabeza es un mundo, cada persona es una secuencia interminable de gustos y preferencias. Si bien existen patrones o tendencias en cuanto a los géneros de música, interpretes, autores o platillos que mejor se posicionan entre un público amplio, no debemos olvidar que también hay miles de gustos que aunque están diseminados y no aglomerados masivamente, alguien debería asimismo preocuparse por satisfacerlos. 

Suponemos que un silogismo similar al anterior es el que repasó el equipo de Lollyphile! para inspirarse a lanzar su línea de sabores improbables. Esta pequeña compañía de Austin tiene, entre otras, una paleta vegana con sabor a leche materna. Es decir, sus especialistas trabajaron arduamente para llegar a un sabor que empatara con el de la leche materna, pero además se tomaron la molestia de confeccionar una ruta saludable que mantuviera el espectro de ingredientes en lo vegano. 

Otros sabores incluidos son el de tocino con chocolate, queso azul, pizza y wasabe con jengibre.