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La vida en el purgatorio: 'Los reyes del pueblo que no existe'

Arte

Por: Lalo Ortega - 03/29/2017

¿Qué nos mantiene unidos a la tierra? Con esta pregunta, Betzabé García elabora un documental en que explora la vida de una familia varada en la desolación pero aferrada a la existencia

Por el ritmo al que consumimos noticias, en ocasiones parece que el mundo se mueve a una velocidad trepidante. En el mejor de los casos, es como se decía a la vieja usanza: el periódico con las noticias de hoy, mañana estará envolviendo papayas en el mercado. Hoy, en plena era digital, la vigencia de las noticias se mide en horas o minutos, y los temas del día anterior difícilmente sobreviven por períodos mayores en el inconsciente colectivo. El tiempo, solemos decir, avanza mucho más rápido.

No así en el pequeño poblado de San Marcos, Sinaloa. Luego de la construcción de la presa Picachos y la subsecuente inundación del pueblo, alrededor de 300 familias fueron expulsadas de sus casas para ser reubicadas sin mayores explicaciones. Con ellas, el tiempo también parece haber abandonado este rincón de México.

Lo único que permanece son las tres familias que protagonizan el documental Los reyes del pueblo que no existe, ópera prima de la mexicana Betzabé García.

Se trata de Jaimito y Yoya, un matrimonio que ha encontrado comodidad en su entorno en ruinas; Miro y sus ancianos padres negados a irse; y Paula y Pani, dueños de una tortillería, quienes ocupan el tiempo libre en la reconstrucción de San Marcos por propia mano. Tres familias que, tras presenciar un cataclismo local que transformó su mundo para siempre, parecen vivir como almas en pena en un pueblo fantasma, uno donde no queda absolutamente nada que no sea agua y animales.

Como condenados al tedio de un purgatorio en la Tierra, la cámara nos lleva por ciclos que se repiten una y otra vez en sus vidas: la máquina para hacer tortillas que se enciende cada mañana, mientras Miro navega el pueblo inundado para alimentar a una vaca que, a la incesante espera de que baje el nivel del agua, permanece varada en una isla. Las improvisadas barricadas de Pani, hechas para evitar que los animales entren a la iglesia, evolucionan poco a poco entre escenas.

Más allá de eso, un día sólo se distingue de otro porque los residentes de San Marcos visten ropa diferente. Las escenas de esas vidas podrían pasar frente a nuestros ojos en cualquier orden, sin indicios de una secuencia apropiada de visionado. No importaría, pues el tiempo también ha dejado de existir en este pueblo.

Sin embargo, la posibilidad de abandonar esta vida siempre permanece latente. Betzabé García parte de preguntarse quién seguiría viviendo ahí, y por qué. No estamos ante una crítica social, como sí podría considerarse a Unsilenced, corto documental también de García, producido por The New York Times y que funge como apropiada pieza de acompañamiento por dotar de un rostro a la causa de esta inundación.

En cambio, Los reyes del pueblo que no existe es un retrato intimista que omite asignar culpas por la catástrofe, optando por mostrar la vida abriéndose paso en medio de las repercusiones, incluso a la sombra del miedo. Miro, por ejemplo, vive temeroso de la violencia del narcotráfico en la región, y aunque quisiera irse de San Marcos, permanece igual de varado que su vaca.

A pesar de la soledad, existen raíces que ni el agua pudo sacudir para estas personas, un arraigado sentido de pertenencia construido por los recuerdos que exponen ante la cámara. Si bien la figura de Atilano Román, líder de los desplazados, no se hace presente en este largometraje, Betzabé García explica que su mensaje permea tanto éste como su cortometraje: un pueblo siempre tendrá el poder de renacer de la nada, y continuar viviendo.

Por eso Pani encuentra su “agarradera de la vida” en la reconstrucción de su hogar. Por eso los residentes de San Marcos están dispuestos a recordar y contar sus historias a quien quiera escucharlas. Para ellos, vale la pena vivir la vida por bailar banda en pareja hasta altas horas de la madrugada, aun si se hace atrapados en el purgatorio por la naturaleza, la violencia y la corrupción.

 

Los reyes del pueblo que no existe se proyecta en Cine Tonalá de la Ciudad de México como parte del ciclo #MásCineMexicano, iniciativa para impulsar la distribución de producciones nacionales independientes. Estará en la cartelera durante todo el mes de abril, puedes consultar las fechas y horarios de su presentación en este enlace.

 

 

​Twitter del autor: @Lalo_OrtegaRios​

La sucesión de la nostalgia: ‘Manchester junto al mar’ (Kenneth Lonergan, 2016)

Arte

Por: Psicanzuelo - 03/29/2017

Una sucesión de recuerdos brillantes que contrastan con un frío y triste presente que hay que transformar para sobrevivir

Escenas llenas de vida que le ocurrieron a Lee Chandler (Casey Affleck) hace no mucho tiempo, irrumpen la pantalla separando el recuerdo lleno de luz y la oscuridad donde reside el protagonista ahora. Del agresivo contraste viene su nueva forma de vivir: portero de departamentos sin relaciones personales más que con el alcohol, al cual acude de pronto cuando terminan sus actividades laborales, para acabar golpeándose con cualquier extraño de forma exageradamente violenta. Una forma completamente desequilibrada de ser, engañándose de mil maneras para pensar que es vida lo que se tiene, siendo en realidad más inercia compartida que otra cosa.

¿Pero qué fue lo que le sucedió al joven Lee para ser así? Teniendo alguna vez todo para estar pleno, varios hijos y una buena esposa que lo hacían completamente feliz.

La enfermedad mortal de su hermano Joe (Kyle Chandler) lo hace perecer súbitamente, dejando a su hijo Patrick (Lucas Hedges) como menor de edad sin nadie que se haga cargo de él; la única opción es el tío medio loco Lee, del cual todo el pueblo murmura cuando regresa a ver el asunto de su sobrino. Definitivamente algo sucedió y afectó a toda la comunidad; claro, a nadie como a Lee, quizás a su mujer, pero lleva tiempo volver a coincidir con ella. A Lee no le queda ninguna otra decisión moral posible más que aceptar ser el albacea/tutor del chavo, pero únicamente si viene con él a  Boston a comenzar una nueva vida. Pareciera que Manchester, Massachusetts, es la kryptonita de Lee.  

La relación entre sobrino y tío es la trama central de la película. Es de ese tipo de cintas como Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979) o Cuando los hermanos se wncuentran/Rain Man (Barry Levinson, 1988): alguien tiene que cambiar para que la película avance, y tendrá que ser quien no vive de manera correcta, en este caso Lee. Dolorosamente, tendrá que despertar y seguir avanzando; la vida/película lo fuerza a ello, y los espectadores tenemos que seguir observando el doloroso camino hacia su redención personal. Así inicia un agotador juego de dejar ir, de perdonarse a sí mismo, y se construye una película emocional como pocas que se hayan producido en Hollywood recientemente. Es muy interesante observar el presupuesto de 8 millones y medio que tuvo, contra presupuestos de cintas exitosas de la época, como los 30 millones de La La Land (Damien Chazelle, 2016), por decir algo, o los 97 de la cinta de superhéroes Logan (James Mangold, 2017), por decir otra cosa.

La actuación de Casey Affleck es por demás extraordinaria; contenida pero desbordada cuando se necesita, es magistralmente constante. Lo mismo ocurre con la dirección de Lonergan, que casi no mueve la cámara, haciendo que se muevan las emociones pero no la pirotecnia técnica del cinematógrafo; más bien las vísceras humanas, la condición en la que vivimos, la fragilidad de todo a merced del tiempo, y el mar también es un testigo.

Los elementos se sienten en cada parte del filme: fuego, agua, tierra y aire. Es como un trabajo de alquimia que intenta recuperar lo que existe antes de la conciencia del hombre dentro del hombre, por lo que vale vivir la muerte en vida, la muerte emocional. Es el renacer de las ganas de vivir, no por materia de los sentidos. Eso es lo tremendamente emocionante de esta película: se renace por lo que se intuye en otro plano de existencia, comparándolo con lo que fue –por decir algo–, pero de alguna manera hay que dimensionar todo lo que no ha sido, de lo que puede ser.  

Manchester junto al mar es eso, París, Texas (Wim Wenders, 1984), un lugar más allá de un lugar; es el limbo para poder ingresar al cielo, previamente habiendo experimentado el infierno necesario y tener, o no, lo que se tiene. 

 

Twitter del autor: @psicanzuelo