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La sucesión de la nostalgia: ‘Manchester junto al mar’ (Kenneth Lonergan, 2016)

Arte

Por: Psicanzuelo - 03/20/2017

Una sucesión de recuerdos brillantes que contrastan con un frío y triste presente que hay que transformar para sobrevivir

Escenas llenas de vida que le ocurrieron a Lee Chandler (Casey Affleck) hace no mucho tiempo, irrumpen la pantalla separando el recuerdo lleno de luz y la oscuridad donde reside el protagonista ahora. Del agresivo contraste viene su nueva forma de vivir: portero de departamentos sin relaciones personales más que con el alcohol, al cual acude de pronto cuando terminan sus actividades laborales, para acabar golpeándose con cualquier extraño de forma exageradamente violenta. Una forma completamente desequilibrada de ser, engañándose de mil maneras para pensar que es vida lo que se tiene, siendo en realidad más inercia compartida que otra cosa.

¿Pero qué fue lo que le sucedió al joven Lee para ser así? Teniendo alguna vez todo para estar pleno, varios hijos y una buena esposa que lo hacían completamente feliz.

La enfermedad mortal de su hermano Joe (Kyle Chandler) lo hace perecer súbitamente, dejando a su hijo Patrick (Lucas Hedges) como menor de edad sin nadie que se haga cargo de él; la única opción es el tío medio loco Lee, del cual todo el pueblo murmura cuando regresa a ver el asunto de su sobrino. Definitivamente algo sucedió y afectó a toda la comunidad; claro, a nadie como a Lee, quizás a su mujer, pero lleva tiempo volver a coincidir con ella. A Lee no le queda ninguna otra decisión moral posible más que aceptar ser el albacea/tutor del chavo, pero únicamente si viene con él a  Boston a comenzar una nueva vida. Pareciera que Manchester, Massachusetts, es la kryptonita de Lee.  

La relación entre sobrino y tío es la trama central de la película. Es de ese tipo de cintas como Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979) o Cuando los hermanos se wncuentran/Rain Man (Barry Levinson, 1988): alguien tiene que cambiar para que la película avance, y tendrá que ser quien no vive de manera correcta, en este caso Lee. Dolorosamente, tendrá que despertar y seguir avanzando; la vida/película lo fuerza a ello, y los espectadores tenemos que seguir observando el doloroso camino hacia su redención personal. Así inicia un agotador juego de dejar ir, de perdonarse a sí mismo, y se construye una película emocional como pocas que se hayan producido en Hollywood recientemente. Es muy interesante observar el presupuesto de 8 millones y medio que tuvo, contra presupuestos de cintas exitosas de la época, como los 30 millones de La La Land (Damien Chazelle, 2016), por decir algo, o los 97 de la cinta de superhéroes Logan (James Mangold, 2017), por decir otra cosa.

La actuación de Casey Affleck es por demás extraordinaria; contenida pero desbordada cuando se necesita, es magistralmente constante. Lo mismo ocurre con la dirección de Lonergan, que casi no mueve la cámara, haciendo que se muevan las emociones pero no la pirotecnia técnica del cinematógrafo; más bien las vísceras humanas, la condición en la que vivimos, la fragilidad de todo a merced del tiempo, y el mar también es un testigo.

Los elementos se sienten en cada parte del filme: fuego, agua, tierra y aire. Es como un trabajo de alquimia que intenta recuperar lo que existe antes de la conciencia del hombre dentro del hombre, por lo que vale vivir la muerte en vida, la muerte emocional. Es el renacer de las ganas de vivir, no por materia de los sentidos. Eso es lo tremendamente emocionante de esta película: se renace por lo que se intuye en otro plano de existencia, comparándolo con lo que fue –por decir algo–, pero de alguna manera hay que dimensionar todo lo que no ha sido, de lo que puede ser.  

Manchester junto al mar es eso, París, Texas (Wim Wenders, 1984), un lugar más allá de un lugar; es el limbo para poder ingresar al cielo, previamente habiendo experimentado el infierno necesario y tener, o no, lo que se tiene. 

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

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Hombre corre desnudo en compañía de caballos salvajes por los campos de Islandia (FOTOS)

Arte

Por: pijamasurf - 03/20/2017

Nick Turner presenta este diálogo entre la naturaleza y el hombre, entre lo indómito del entorno y el deseo de retornar a ese paraíso perdido

La fantasía de vivir en contacto con la naturaleza es una de las más poderosas e intensas que anidan en la mente del ser humano, prácticamente desde siempre, como si en nuestra memoria tanto personal como colectiva perviviera un deseo intenso de volver a una época, acaso inexistente, en que nuestra especie era una con su entorno, una suerte de paraíso perdido en el cual no teníamos necesidades pues éstas tenían satisfacción en el momento mismo en que surgían, gracias a la inagotable generosidad del mundo.

Quizá por ello, porque ese supuesto retorno ha sido inspiración lo mismo de poetas y artistas que de políticos e incluso científicos, de tanto en tanto aparecen personajes que reviven el deseo de vivir en comunión con lo natural tanto como sea posible.

Un ejemplo de ello es Nick Turner, fotógrafo de profesión que en su proyecto más reciente se capturó a sí mismo entre los paisajes naturales de Islandia, asombrosos por sí mismos y sin duda objeto de muchos otros ensayos fotográficos y aun recuerdos de paseantes ocasionales.

En el caso de Turner, sin embargo, los impresionantes paisajes islandeses son sólo el marco para su verdadero objetivo: la carrera que él mismo emprendió, desnudo, al lado de caballos salvajes. Al respecto, el fotógrafo dice:

No es que sea yo corriendo a lo loco y desnudo con caballos. Nada de eso. Intento mostrar la idea de que corro con ellos y estoy en ese mundo a causa del diálogo que estoy sosteniendo. Pienso que el ser humano tiene muchos instintos primarios, similares a los de los animales.

Si bien la premisa teórica puede ser discutible el resultado artístico es notable, pues la naturaleza indómita de los equinos parece contagiar algo de su potencia a ese ser humano indefenso y frágil que, de no ser por el desarrollo evolutivo de su cultura, hubiera sido aplastado por el peso implacable del mundo natural.