*

X
El erotismo puede entenderse como una fuerza cósmica y puede usarse para restablecer, en el matrimonio sagrado de lo masculino y lo femenino, un estado de unidad primordial inmortal

Este artículo está basado en el ensayo de Aaron Cheak "The Alchemy of Desire", una exploración de la obra Adam, L'Homme Rouge de René Schwaller de Lubicz, uno de los últimos grandes alquimistas de Occidente.

Schwaller aplica una ley de correspondencia entre los procesos alquímicos como los que pueden ocurrir en el laboratorio de un alquimista con los procesos eróticos del cosmos, desde la manifestación del universo hasta la sexualidad humana. En todos los casos opera un mismo principio de polaridad, una especie de "ruptura en el equilibrio de la Unidad", una "inarmonía en la ecuanimidad original" que es a la vez "un llamado al ensamble a través de la unidad". El deseo, que brota de esta ruptura, que es el origen mismo del universo manifiesto y su dinámica sujeto-objeto, contiene en sí mismo también el mecanismo de la restauración de la unidad y todo acto erótico es una especie de representación o imagen microcósmica de este proceso de unidad en la diversidad; una especie de juego de seducción que Aaron Cheak compara con el erotismo tántrico de Shiva y Shakti: el universo se revela como un jardín o un lecho inmenso donde ocurre este juego amoroso que a fin de cuentas no es más que el restablecimiento de la conciencia absoluta de la divinidad.

Escribe Schwaller en Adán, el hombre rojo:

Desacreditada como la "ciencia de hacer oro" en una época en la que la brujería hechizaba al mundo entero como reacción a la religión dogmática, en realidad la alquimia es la ciencia de la vida. El hecho de que la vida también produzca oro en la naturaleza es evidente; pero esto es secundario a una ciencia que es esencialmente mística, y la cual cultiva una gnosis que revela los secretos de la atracción de igual manera en la gravedad que en el amor de un hombre por una mujer.

Schwaller más tarde desarrollaría esta idea con mayor profundidad, claramente señalando que el fin de la alquimia no es la producción de oro sino la contemplación del instante creativo, que es una forma de gnosis transformadora. Para Schwaller, la creación cósmica ocurre cada instante, como presencia, y la alquimia es reconocer esta creatividad que en sí misma permite una especie de retorno hacia la Unidad. Así en todas las fuerzas del cosmos, desde la electricidad a la gravedad o el erotismo mismo, hay una misma tensión:

El deseo es una cuerda estirada entre dos complementos, y el sonido de esta cuerda es la vida. Para producir un sonido, necesitas un shock que lo haga vibrar, y este shock es el erotismo. Los complementos son siempre dos aspectos extremos de una misma cosa, sensación o emoción. El shock resulta de un desequilibrio en este estado de tensión, el cual se expresa sobre todo por una tensión emocional, nerviosa o física, o por un suspenso mental. El desequilibrio literalmente produce una oscilación entre dos complementos, un movimiento que resulta en la exaltación de la vida, y el efecto de esto es originalmente expresado en la excitación sexual.

A esto comenta Aaron Cheak: "De la actividad y la repulsión de los elementos químicos, a través de un proceso de selección natural en las especies biológicas (la evolución), estas afinidades son múltiples formas de deseo divino re-solviéndose en sí mismo en su naturaleza primordial". Dice Schwaller:

Este deseo es la fuerza de gravitación de las estrellas, la génesis de los metales y los minerales de la tierra, el viento y la tormenta en el aire, la fecundación de las plantas, la fornicación de los animales y, para la humanidad, amor. Hay muchas formas y muchas visiones de este deseo, pero el deseo en sí mismo es siempre idéntico. Es el Arcángel de la vida, y por lo tanto, también el Arcángel de la muerte. 

Una metafísica del deseo se deriva de esto, en la que el deseo no sólo produce la cadena de seres en la evolución sino que es, según Aaron Cheak:

la urgencia a regresar a la ecuanimidad primordial, una afinidad que permite que la conciencia trascienda el mundo encarnado en su totalidad, es decir, más allá de la dualidad. Puesto que, si bien el deseo está fundado en la separación, de cualquier manera se aleja de esto y es reabsorbido en la unidad absoluta que trasciende toda dualidad.  

Tenemos aquí una visión alquímica de la idea platónica del amor como el deseo de restablecer el estado hermafrodítico primordial, en el caso de Schwaller simbolizado por Adán y Eva, en su androginia primordial. "Cuando Eva estaba en Adán la muerte no existía. Cuando ella fue separada de él, la muerte tuvo su principio. Si él entra de nuevo y logra su ser anterior, la muerte dejará de ser". Esta es la conjunción de los opuestos, el matrimonio alquímico de lo masculino y femenino, del azufre y el mercurio en la que disuelve la dualidad. Si el amor físico, biológico, es entendido como una forma de perpetuar la especie, de reproducir los genes, el amor espiritual debe ser entendido como una forma de regresar a un estado primordial inmortal. Schwaller llama a trascender la visión materialista de la sexualidad hacia un erotismo espiritual: 

Originalmente lo que hay es la androginia, seguida de la separación de los sexos a través de la función. Esta separación es la causa espiritual de la especificación del género, y eventualmente crea la necesidad del matrimonio. Debido a la desviación de la conciencia de su propósito original y verdadero, el matrimonio ha tomado un significado físico ilusorio. Aquí yace el error monumental que ha creado tanta miseria. El matrimonio no tiene un propósito físico, sino uno vital y espiritual; en realidad la palabra matrimonio significa y debe ser --Unión-- esto es, la Unión absoluta y final de aquello que ha sido dividido por la separación de los sexos y que al final debe hacer surgir una Unidad humana completa. 

Schwaller habla del hombre "antropocósmico", el hombre primordial, el anthropos del Corpus Hermeticum, el Adán de los cabalistas, el arquetipo que contiene a toda la humanidad: "El ser humano, u hombre cósmico, es hombre y mujer en unidad, pero todos los seres humanos que existen actualmente son hombre y mujer en dualidad". 

En una hermosa imagen, Schwaller compara la expresión de la unidad absoluta que se divide en los diferentes polos de la existencia con la forma en la que un haz de luz blanca se descompone en los diferentes colores de un prisma. Finalmente no somos ni hombre ni mujer, sino sólo luz, luz que contiene todas las cosas en la eternidad de su conciencia:

Una cosa siempre es triple en su naturaleza: existe en y por sí misma en virtud de su apariencia, pero es causada también por el complemento de dos estado de la misma naturaleza. Tú mismo, al ser en principio un hombre, humano, eres resultado del complemento de dos estados de la misma naturaleza: aquello que afirma y aquello que niega, aquello que da y aquello que recibe, aquello que expresa y aquello que es impreso, esto es, aquello que recibe la impresión; este doble estado es tu androginia espiritual primordial --y te das cuenta de esta dualidad en la unidad. ¿Podrías decir que la luz está compuesta de luz roja y luz verde? No, y sin embargo, cuando es descompuesta a través de un prisma hace que surjan dos colores complementarios, y la luz blanca deja de existir. Los colores son una transformación de la luz blanca, una transformación que imparte diferentes vibraciones a la misma sustancia. La diferencia en vibración no altera a la luz, pero las impresiones aparecen de manera diversa al ojo, dando lugar a diferentes colores que son siempre complementarios, dos y dos. Ahora bien, recuerda: tú eres luz, luz blanca y encontrarás tu vagamente recordada androginia. Eres luz, pero luz descompuesta a través del prisma de la vida, es decir, a través de las experiencias y las necesidades.


Twitter del autor: @alepholo

El último pensamiento puede determinar la calidad de nuestro sueño a la vez que puede usarse para practicar yoga en los sueños y cobrar lucidez

Hoy en día muchas personas tienen hábitos poco conducentes a un buen dormir y menos aún a la exploración lúcida de los sueños. Se considera que lo importante es simplemente dormir --conciliar el sueño como sea y apagar la mente-- sin pensar en la forma en la que hacemos esto, ni reparar en la riqueza posible del mundo onírico. Muchas personas se quedan dormidas viendo televisión o llevan sus celulares o tabletas a la cama y lo último que ven es una de esas pantallas brillantes. Además de que esto afecta los ciclos de melatonina que permiten dormir bien, de alguna manera también estos hábitos in-forman nuestros sueños, cruzando el umbral como fantasmas mentales y programando el contenido de nuestros sueños.

Como los antiguos navegantes que zarpaban a lo desconocido y se encomendaban a santos o a deidades, al dormir uno puede realizar una pequeña oración y/o meditación como programación y purificación para tomar un buen camino. El maestro budista Chökyi Nyima Rinpoche señala:

Justo antes de quedarse dormido siempre hay un pensamiento final. Podemos intentar que ese último pensamiento sea uno noble y benevolente. Si lo hacemos, la cualidad de ese pensamiento puede permear todo nuestro sueño... podemos decir, desde un punto de vista espiritual, que nuestro sueño se vuelve un sueño virtuoso. Si tu último pensamiento es egoísta o hasta hostil, entonces quedarse dormido con eso en la mente satura todo el proceso de sueño con emociones poco sanas. Esto es una idea muy simple, pero es una importante. Sin mucha dificultad... podemos asegurarnos de que una parte significativa de nuestra vida se vea saturada de bondad.

Y es que resulta absurdo y francamente inconsciente abandonarse sin más, sin esperanza de recuerdo o provecho, a la oscuridad de los sueños, cuando en realidad no es tan difícil llevar con nosotros la lámpara de la conciencia. Andrew Holecek, en su libro Dream Yoga, hace énfasis en la importancia del último pensamiento del día:

Tomando un concepto del yoga del bardo: el último pensamiento que tienes antes de quedarte dormido tiende a reencarnar como el primer pensamiento o sensación en tu próximo estado de conciencia. Si puedes gentilmente sostener un pensamiento, intención o sensación antes de dormirte, ese pensamiento, intención o sensación tiende a surgir en tus sueños.

El sueño es la continuidad de nuestra mente, una zona porosa y permeable a los pensamientos y acciones de la vigilia, si bien más sensible a registros sutiles. Así podemos disolver la frontera dualista entre el sueño y la vigilia y tratar de tejer un contínuum no-dual, que permita construir una estado mental estable orientado a la paz y la sabiduría. Desperdiciar ese tercio de nuestra existencia, donde además podemos indagar la realidad bajo preciosas condiciones especiales, es casi imperdonable desde la perspectiva del espíritu.

Holecek recomienda realizar ciertas prácticas de limpieza y cultivo de virtud previas para prepararnos para el sueño, quizás de la misma manera que nos prepararíamos para un encuentro con un ser querido (el alma que en el misticismo es la amada) o que nos aseguraríamos de calmar nuestra mente antes de una cita importante. "Una buena higiene para dormir en el sentido espiritual tiene que ver con irse a dormir con un estado mental limpio para que puedas tener sueños claros y limpios". Después de hacer ejercicio o ensuciarse en la lluvia o en el lodo, generalmente una persona se bañaría antes de dormir. Esta misma higiene tiene sentido en su aspecto mental o espiritual. 

El lector que quiera hacer de su diaria incursión "oneironáutica" podría ensayar esta invocación de Guru Rinpoche: "Cuando te vas a dormir cultiva el Espíritu del Despertar (bodhicitta) pensando, 'Por el bien de todos los seres sintientes a lo largo y ancho del espacio practicaré el samadhi ilusorio, y lograré la perfecta budeidad. Para este propósito entrenaré en mis sueños" (Natural Liberation, trad. de Alan Wallace).

El samadhi ilusorio es la concentración durante el estado onírico y el dominio del cuerpo del sueño. Guru Rinpoche sugiere que el sueño puede usarse para precipitar nuestro propio despertar, el cual tiene el motivo esencial de servir para el despertar de los demás. Los sueños como un terreno sagrado, un "laboratorio" (palabra que sugiere tanto el lugar donde se labora como el lugar donde se ora). Para hacer disponible el sueño como espacio de labor espiritual es necesario reconocer el sueño como sueño, hacerlo consciente o lúcido. Al hacer esto uno entra en una dimensión de posibilidades casi infinitas, como uno de esos espacios paralelos en The Matrix en los cuales Neo realiza un entrenamiento acelerado descubriendo la naturaleza ilusoria de la realidad. 

En la tradición del budismo tibetano se recomienda mantener una visualización antes de quedarse dormido, una de las que se suelen usar es visualizar una A (puede ser tibetana, sánscrita, latina, etc.) en la garganta o una perla roja en este mismo punto. En la incipiente ciencia occidental de los sueños lúcidos se usan a veces dream signs, objetos mentales o señales particulares con las que el practicante trabaja a la manera de "memoria prospectiva" para detonar el sueño lúcido. Un ejemplo de esto es la peonza (o trompo) de la película Inception. Uno puede visualizar cierto objeto con la intención de reencontrarlo en el sueño y, cuando esto sucede, la identificación suele detonar la lucidez. 

No sólo los budistas han visto el sueño explícitamente como un espacio de integración y desarrollo espiritual. En Occidente, el filósofo neoplatónico Sinesio observó que los sueños eran indicadores de nuestro progreso espiritual y llamó a limpiar el espejo de la fantasía o de la imaginación para que pudiera reflejar la divinidad. Uno de los últimos grandes alquimistas de Occidente, René Schwaller de Lubicz, dijo:

El segundo antes de caer en el sueño es el momento más valioso del día, cuando el córtex cerebral se apaga y tú sigues en una conciencia despierta. Realmente es el estado meditativo perfecto, y las asociaciones hechas en ese estado no obedecen reglas lógicas; pueden traer consigo verdaderas revelaciones al liberarse de la rutina de los significados racionales. Como la mente ha abandonado el control, pero no la conciencia, deja el campo abierto al complejo emocional que usualmente yace suprimido y atado por la mente. Date cuenta que la presencia última de la más alta función intelectiva, aunque en un estado completamente pasivo, es esencial porque sin esa presencia simplemente estás dormido y soñando, y nadie nunca ha logrado nada en un estado de sueño profundo... Algunos estados de conciencia pueden compararse con sueños, pero si han de servir a la conciencia, deben ser una agudización, no una obnubilación.

Aunque lo que refiere aquí Schwaller tiene que ver más con el estado hipnagógico, "aquel que lleva al sueño", el cual recomienda usar como práctica contemplativa, no hay duda de que el cultivo de una relajación aguda (no obnubilada) en los momentos antes de quedarse dormido tendrá un efecto positivo en el sueño global. Schwaller exhorta a pasar de la inteligencia racional a lo que llama inteligencia del corazón, esto es, cortar el pensamiento discursivo y dejar que se "inscriba la vibración emotiva".

La práctica de los sueños, ya sea de los sueños lúcidos o del yoga tibetano de los sueños, es importante también porque es la forma que tenemos para ensayar nuestro paso de la vida a la muerte. Como dijo Shakespeare en La tempestad: "Estamos hechos de la misma materia de los sueños y nuestra breve vida cierra su círculo con otro sueño". Quizás el aprender a reconocer que estamos soñando, lo cual es favorecido por la atención y la intención que llevamos a nuestros últimos momentos antes de quedarnos dormidos, sea una forma de practicar el reconocimiento también del sueño de la muerte --el sueño que sigue al sueño de la vida. Al morir, según enseña el budismo tibetano, entramos a un mundo transitorio o intermedio, llamado bardo, el cual está compuesto de nuestro propio contenido mental o karma. La conciencia que llevamos al bardo y la forma en la que interactuamos con los fenómenos que producimos allí determinan nuestra siguiente reencarnación o incluso nuestra trascendencia del ciclo de muerte y renacimiento. Lo fundamental en esto, al igual que en un sueño lúcido, es notar que lo que estamos experimentando está siendo generado por nuestra propia mente. Al igual que en los sueños, nuestros últimos pensamientos en vida pueden ser determinantes en la generación de los fenómenos del bardo, ya sean más puros y claros o más opacos y nebulosos y por lo tanto difíciles de ver su realidad. Al final todo se trata, en la vigilia o en el sueño, en la vida o en la muerte, de despertar, que es lo mismo que reconocer la luz de la propia conciencia y erradicar la ignorancia que es la fuente del sufrimiento. Como dice Guru Rinpoche en el Bardo Thödol (el mal llamado Libro tibetano de los muertos): "la ignorancia es no reconocer que la luz que ves es el despliegue de tu propio ser".

 

Twitter del autor: @alepholo