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Un controvertido método de exploración sexual diseñado para compartir sensaciones y experiencias sin necesidad de coito

La gran mayoría de las prácticas sexuales de Occidente se han concentrado de manera exclusiva en el placer masculino. Ya sea desde el completo desconocimiento de la anatomía femenina o la satanización del placer de la mujer, nuestras sociedades han heredado prácticas machistas difíciles de desarraigar.

Siguiendo la marcada tendencia a adoptar prácticas y estilos de vida inspirados en las filosofías orientales (adaptadas para el mundo occidental), Nicole Daedone y Robert Kandell crearon en 2001 OneTaste, empresa fundada en San Francisco y dedicada a la investigación y enseñanza de la técnica de meditación orgásmica.

Esta técnica se centra en el orgasmo femenino como punto de encuentro, comunicación y vinculación entre dos personas, el acariciante y la acariciada. Para practicarla se construye un nido con almohadas en el que la mujer, de aquí en adelante la acariciada, practicando diferentes posiciones asociadas a distintas propiedades y efectos posteriores en el cuerpo, se recuesta, sin ropa del ombligo para abajo, para que su acariciador –pidiendo permiso, concentrado en la sensorialidad de su acompañante, comunicándole cada movimiento– coloque suavemente su dedo en el clítoris de su compañera y durante 15 minutos cronometrados exploren las sensaciones que se producen. Posteriormente se entabla un diálogo para que ambas partes verbalicen y describan su experiencia al otro.

Todo esto está basado en la idea de que nuestras prácticas sexuales tienden a estar enfocadas en lograr un objetivo: el orgasmo. Esta ruta es progresiva y ascendente, concentra una gran cantidad de energía para luego liberarla sin más y, como describe su página oficial, dejarte “empobrecido”. Esta visión del sexo, a la que llaman orgasmo 1.0, proviene de la sexualidad masculina, de acuerdo con los seminarios que describe Jaeger en su artículo para Evening Standard.

En cambio, la meditación orgásmica está basada en la ruta compleja de los orgasmos femeninos, una montaña rusa de sensaciones sin meta o principio, el vuelo de una mariposa que recorre el mundo sin brújula o mapa. Intuitivo y dinámico, ellos lo conocen como estado orgásmico u orgasmo 2.0, un estado de conciencia al que se llega a través del empuje sexual.

Según sus propios estatutos la organización busca “crear un lugar limpio y bien iluminado donde la sexualidad, las relaciones y la intimidad puedan ser discutidos de manera abierta y con honestidad”.

Combinan nociones de sexo tántrico para extender la gama sensorial de sus practicantes; meditación para dar cuenta de la estaticidad del cuerpo y yoga para tomar conciencia del cuerpo en movimiento.

Luego de su gran éxito han abierto sucursales en otras seis ciudades de Estados Unidos, Inglaterra y Australia. Para muchas, se trata de una alternativa saludable y benéfica para sostener una vida sexual plena; para otras es el inicio evidente de una manía y una extraña forma de culto pues en sus prácticas sólo han encontrado una manera fácil de despersonalizar el encuentro erótico, recubrirlo de una espiritualidad impostada y hacer un culto unilateral del placer femenino.

Una curiosa historia sobre el improbable reencuentro entre una familia japonesa y una reliquia viva con un secreto sorprendente

Durante el 2001 una visita al arbolario nacional estadounidense desencadenaría una gran sorpresa. El visitante era un nieto de la familia japonesa Yamaki, quienes vivían a apenas 3km del epicentro de la explosión atómica que mató a más de 140 mil pobladores de Hiroshima. Aquella familia sobrevivió y salió relativamente ilesa de la explosión, pero no fueron los únicos. Un hermoso bonsái, plantado en 1625, es decir, con más de 300 años de vida, también sobrevivió a la bomba atómica.

 

El bonsái listo para su transportación.

 

Fue donado a este arbolario en 1976 por uno de los miembros de la familia, Masaru Yamaki, quizá como una muestra suprema de bondad, entendimiento y perdón; en todo caso, el origen del bonsái no fue revelado. El árbol formó parte de un regalo (53 bonsáis) de Japón a Estados Unidos por su bicentenario.

El personal del lugar desconocía por completo la asombrosa conexión que tenía este pequeño pino blanco con la explosión que dio fin a la segunda guerra mundial hasta que el nieto Yamaki se los recordó. 

 

Durante el trayecto de ida.

 

A su llegada a the United States National Arboreum.

 

 Junto a su donador, Masaru Yamaki.

 

Junto a descendientes de la familia Yamaki.