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La felicidad real está vinculada a aspectos que se encuentran en una vida muy sencilla

Según Peter Adeney, conocido como Mr. Money Moustache, el gurú de la frugalidad, una de las grandes ilusiones de nuestra sociedad, que además es intensamente promovida por el sistema económico, es que existe una correlación en tener productos de lujo y la felicidad. Si bien cierta cantidad de dinero no es indispensable pero sí muy útil para alcanzar una posible libertad y goce básico de la existencia, una vez que se tiene suficiente para resolver lo necesario, más dinero no produce más felicidad. Las siguientes cosas sí lo hacen (según la revisión de Adeney de la literatura científica):

 

-Amistad

-Libertad

-Salud

-Trabajo significativo

-Privacidad

-Filosofía de vida

-Comunidad

Todas estas cosas están resueltas en una vida primitiva, rústica, sencilla, conectada con el mundo natural, real de la comunidad (y no sólo virtualmente) --así que todas las demás cosas, todas las cosas con las que llenamos nuestras vidas son realmente excedentes. Tienen en común que no son cosas consumibles o que podamos comprar. Absurdamente gastamos la mayor parte de nuestra energía y tiempo en conseguir aquello que realmente no necesitamos y que no contribuye significativamente a hacernos más felices. Sería quizás más inteligente simplemente contentarnos con lo que ya tenemos y dedicarnos a administrarlo. 

"Vivimos en una trampa, los productos de lujo deberían tener una advertencia tipo EL DALÁI LAMA HA DETERMINADO QUE ESTE PRODUCTO NO AUMENTA LA FELICIDAD", bromea Adeney. Sin embargo, es una broma importante de recordar, especialmente cuando los expertos de finanzas, políticos y celebridades promueven la idea de que entre más lujosa sea nuestra vida más felices seremos.

 

Una curiosa historia sobre el improbable reencuentro entre una familia japonesa y una reliquia viva con un secreto sorprendente

Durante el 2001 una visita al arbolario nacional estadounidense desencadenaría una gran sorpresa. El visitante era un nieto de la familia japonesa Yamaki, quienes vivían a apenas 3km del epicentro de la explosión atómica que mató a más de 140 mil pobladores de Hiroshima. Aquella familia sobrevivió y salió relativamente ilesa de la explosión, pero no fueron los únicos. Un hermoso bonsái, plantado en 1625, es decir, con más de 300 años de vida, también sobrevivió a la bomba atómica.

 

El bonsái listo para su transportación.

 

Fue donado a este arbolario en 1976 por uno de los miembros de la familia, Masaru Yamaki, quizá como una muestra suprema de bondad, entendimiento y perdón; en todo caso, el origen del bonsái no fue revelado. El árbol formó parte de un regalo (53 bonsáis) de Japón a Estados Unidos por su bicentenario.

El personal del lugar desconocía por completo la asombrosa conexión que tenía este pequeño pino blanco con la explosión que dio fin a la segunda guerra mundial hasta que el nieto Yamaki se los recordó. 

 

Durante el trayecto de ida.

 

A su llegada a the United States National Arboreum.

 

 Junto a su donador, Masaru Yamaki.

 

Junto a descendientes de la familia Yamaki.