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Conoce al Aníbal triunfador sobre el poderoso imperio romano

(Este artículo es la continuación de Aníbal Barca 1: los orígenes del genio militar)

1

Por órdenes de Aníbal, los elefantes fueron cubiertos con grasa vegetal con el fin de protegerlos del  frío y la nieve. Eran muchos los que pensaban que al escalar esas alturas, los paquidermos no sobrevivirían. Sus propios hermanos y un sinnúmero de sus guerreros veteranos dudaban del juicio del general, por una parte. Por otra tenían enorme fe y respeto hacia los actos de su líder. Sin embargo, algunos sacerdotes ibéricos le relataron historias del Norte de la India, donde los elefantes asiáticos acompañaban a sus cuidadores en altitudes incluso mayores a las que enfrentarían en Italia.

Iniciaron la marcha. Iban treinta paquidermos, cerca de treinta mil caballos y un ejército multirracial de mercenarios libios, númidas, etíopes, púnicos e ibéricos. Tras recorrer la costa del Mediterráneo a lo largo de toda Hispania, se adentraron en el continente y emprendieron su ascenso. Primero los Pirineos, a continuación los Alpes. Este ascenso y descenso, accidentadísimos, marchando a través de antiguos pasos que casi nadie se atrevía a utilizar, les permitiría desembocar en el fértil y hermoso valle de la península Itálica y sembrar el terror en ella. Directo sobre la retaguardia de las legiones romanas, quienes demasiado tarde se apercibirían de que la guerra no se libraría de ningún modo en Cartago, en África, o en Hispania, como planificaban, sino que se desarrollaría en su propia casa.

Atrás, en la península Ibérica se quedaban los tres ejércitos africanos de resguardo, comandados por sus tres hermanos: Hanón, Magón y Asdrúbal Barca, respectivamente. Era Asdrúbal quien estaría a cargo de coordinar las acciones de las tres tropas, las cuales patrullarían el inmenso territorio conquistado desde décadas atrás por su padre, Amílcar; por su cuñado, Asdrúbal el bello, y por el propio Aníbal, el primogénito de los bárcidas, quien ahora marchaba hacia Italia. Deberían resguardar las ciudades bajo su control y librar la guerra ahí: adonde no tardarían en ser atacados por los romanos. Y en donde tampoco tardarían en surgir rebeliones de las tribus hispánicas sojuzgadas, aprovechando la guerra de sus opresores. Mientras, el hermano mayor se preparaba para asestar un duro golpe en el corazón del Imperio Romano. Era demasiado lo que debían custodiar, su familia y los nobles cartaginenses se habían vuelto riquísimos a partir de exprimir sin piedad las comarcas y ciudades ibéricas.

 

2

A lo largo de su trayecto, Aníbal y sus hombres serían emboscados por diversas tribus celtíberas y galas, hostiles no sólo a Roma, sino a cualquier tipo de ejército invasor que osase pasar a través de sus dominios. Una vez que iban sometiendo a los celtíberos, los incorporaban a su ejército, convenciéndolos, comprando sus servicios como mercenarios o ganándolos para su causa en contra de Roma mediante promesas.

Aníbal y sus hombres alcanzaron finalmente los Valles Italianos en pleno verano, en el año 200 antes de Cristo. No tardaron en tener sus primeros enfrentamientos contra las legiones romanas, quienes acudieron al instante, al enterarse de que eran invadidos en su propio suelo.

El senador, Publio Escipión, quien originalmente estaría destinado a combatir a Aníbal en sus dominios en Hispania, cambiaría por completo el rumbo de sus acciones militares, teniendo que regresar a Italia para interceptar al general africano. Así, unió a una parte sus tropas con otras dos legiones, cuya tarea anterior habría consistido en mantener a las tribus galas bajo control. Ahora los celtas se habían unido al ejército multirracial de Aníbal para combatir a Roma.

Los Romanos tendieron a considerar los primeros dos enfrentamientos como simples escaramuzas. Aún no comprendían del todo la magnitud militar del genio que les invadía. En Tesino y Trebia, donde se libraron aquellas confrontaciones, Aníbal los barrió por un flanco y otro con caballos y elefantes: primero con su caballería de númidas: rápidos, ligeros, mortíferos, liderados por el comandante africano Maharbal, de quien existen diversos desacuerdos históricos, sobre si su origen era númida, efectivamente, o en realidad pertenecía a una familia noble de Cartago, habiéndose educado y entrenado junto a Aníbal y sus hermanos desde que eran niños. Así mismo, hizo uso de su caballería cartaginense y de sus elefantes de guerra, los cuales habían conseguido llegar intactos desde Hispania.

En Tesino, Escipión sería derribado por el proyectil de uno de los feroces honderos baleáricos que acompañaban a Aníbal desde Iberia, estando al punto de morir embestido por la infantería púnica al perder su montura. Sería rescatado en el último instante por su joven hijo, Cornelio Escipión. Ahí quedarían fundidos para siempre los destinos de Aníbal Barca y los Escipiones.

3

Pero el verdadero pánico y el horror no cundieron a lo largo de Italia, sino hasta la célebre batalla del Lago Trasimeno.

Escipión padre, una vez recuperado de las heridas más recientes y habiendo finalizado su senado sin conseguir derrotar a Aníbal y apenas salvando la vida, sería asignado de nueva cuenta a Hispania en compañía de su hermano Cnéo, pretendiendo derrotar a los africanos en la península Ibérica y tratando de debilitar el principal bastión de donde se nutrían económica y militarmente.

Por su parte, Aníbal se encargaría de procurar atraer al nuevo cónsul, Flamínido, hacia el lago Trasimeno a través de un angosto paso de montaña y bosques que aún existe en la actualidad. El cónsul, junto a sus dos legiones, llevaba semanas persiguiendo a Aníbal, añorando exterminarlo y regresar a Roma triunfal con el general africano cargado de cadenas. O con su cabeza en una estaca. Sin percatarse siquiera de que en lugar de perseguir a una presa, se adentraba cada vez en las fauces de un gran depredador.

Tras casi tres semanas de carrera, el cónsul se enteró de que las tropas de Aníbal le aguardaban en las inmediaciones del lago para presentarle batalla. Se trataba de un terreno abierto, en apariencia, con el agua por detrás de los africanos: a los romanos les pareció que podrían aplastar a los invasores y arrojarlos hacia las profundidades de aquel lago. Para acceder a aquel claro debían apretarse a lo largo de un estrecho sendero boscoso que desembocaba en las aguas, teniendo que desordenar su formación para ingresar, cosa que los púnicos aprovecharían enteramente. El singular campo de batalla conformaba una T, en donde la parte superior de la misma eran el lago y sus costas, en donde los romanos creían que chocarían contra los púnicos, y la inferior el sendero boscoso por donde ingresarían.

Flamínido ordenó a sus legiones avanzar muy temprano en la mañana, marchando a paso veloz a través del angosto paso rodeado por bosques de árboles inmensos y antiguos. El camino obligó a los legionarios a estrecharse cada vez más unos contra otros para poder acceder a través del angosto camino, sin percatarse de que la noche anterior Aníbal había mandado ocultarse a la infantería celtíbera y gala, a las tropas africanas y púnicas ligeras y aparte de su poderosa caballería tras las cortinas naturales que les brindaban aquellos árboles.

Los romanos avanzaron agotados hacia el valle que bordeaba el lago. Se encontraban marchando desde más allá de la madrugada, sin haber desayunado. Tal como proyectaba el general africano que debía acontecer.

La infantería pesada de Aníbal, liderada por el implacable general Monómaco les esperaba a la orilla de sus aguas, listos para entrar en acción. Las legiones creyeron que por fin se encontrarían en combate parejo. Poco antes de que los exhaustos romanos entraran en contacto con Monómaco y sus veteranos púnicos, se escucharon los cuernos galos y el chillido ensordecedor de las trompetas ibéricas y africanas, como el presagio de una muerte helada y sorpresiva. Todas las tropas celtíberas, hispánicas y africanas ligeras emergieron de los costados del bosque, cayendo sin piedad sobre los desprevenidos flancos romanos, arrasándolos rápidamente y sin piedad alguna. Les arrojaron miles de dardos, lanzas y todo tipo de proyectiles, sin darles apenas tiempo siquiera de desenvainar sus espadas. Los mercenarios libios los empalaron con sus poderosas lanzas, rematándolos con sus hachas y dagas, los galos arremetieron contra ellos con unas espadas gigantescas, mazos y también con hachas, los púnicos los destriparon con sus sables cúrveos hasta dejar una alfombra de vísceras y sangre.

Las dos legiones resultarían exterminadas casi por completo, los sobrevivientes prisioneros y esclavizados, y Flamínido finalizaría empalado bajo una lluvia de lanzas cartaginenses. Los historiadores cuentan que los romanos sobrevivientes se arrojaban a las aguas del Trasimeno, pretendiendo huir en vano de los jinetes numínidas, quienes asestaban con admirable destreza con sus espadas sobre los cráneos italianos, abriéndolos o decapitándolos de un tajo, cual si fueran cocos, como relata el historiador griego Polibio, y dejando las aguas del lago por completo teñidas de color del vino tinto.

4

Tras la batalla en el lago, el pánico y el horror cundieron por toda Italia. Por primera vez los Italianos presintieron que no se enfrentaban a un enemigo común y corriente. En la ciudad de Roma se estableció toque de queda, se prohibió, por precaución, que las mujeres utilizasen joyas y vestidos lujosos en la calle. Temblaban de miedo de tan sólo pensar que Aníbal podría marchar en cualquier momento sobre su capital.

Por su parte, Aníbal seguían cosechando triunfos, apoderándose de ciudades, cobrando incontables botines, confiscando cosechas y ganado a su antojo. Tras vencer al cónsul Fabio Máximo, uno de sus mayores enemigos, estableció su base de operaciones en la ciudad de Geronium, dejando descansar y recuperarse a placer a todo el grueso de sus tropas, permitiéndoles comer, yacer con mujeres y beber, después de muchos meses de marchas, batallas y viajes.

En el senado romano se congregó a dos cónsules: Emilio Paulo, quien era aliado y amigo de los Escipiones y Terencio Varrón, del lado de Fabio. Se reuniría por primera vez a un número impensable de legionarios como jamás habían luchado juntos: 100,000 hombres, mientras que Aníbal lideraba a cincuenta mil, superados numéricamente por poco más del doble por los italianos.

Los romanos se encontraban desesperados y ansiosos por presentarle combate cuanto antes al general africano, así es que éste se aprovechó de nueva cuenta de su ímpetu, llevándolos, al igual que a Flamínido, a una trampa: los forzó a luchar en un terreno que él consideraba ventajoso para sus tropas.

Muchos fueron los nobles italianos que se enlistaron con la ambición de resultar triunfantes con el botín de guerra arrebatado a los púnicos, o con la posibilidad de capturar al general invasor o a alguno de sus célebres comandantes, ignorando que la mayoría de ellos jamás regresaría con vida a Roma.

El sitio elegido por Aníbal fue el Valle de Canas, un inmenso terreno conformado por campos de trigo cultivados desde la edad de bronce. Distribuyó a la infantería ligera de celtíberos, galos e ibéricos en el frente, quienes recibirían el impacto más fuerte de las inmensas legiones. Colocó a sus dos caballerías en los dos flancos de su ejército: a los temibles númidas del lado derecho y a la caballería celta, hispánica y cartaginense en el otro extremo.

Los romanos avanzaron como una inmensa máquina de guerra, muy bien ordenada y coordinada. El choque contra la infantería africana fue demasiado aparatoso. Los romanos creían que arrasaban las tropas púnicas. Entonces Aníbal hizo retroceder a su infantería ligera de celtas e hispánicos, haciéndoles creer a los italianos, aún más, que estaban ganando y que avanzaban hacia el interior del ejército invasor, desmantelándolo, mientras los galos e iberos aparentemente se retiraban.

Los romanos creían adelantar hacia el interior de las filas de Aníbal, sin darse cuenta de que en realidad eran envueltos y rodeados por los africanos.

Aníbal había enviado a Monómaco y a la infantería pesada cartaginense a resguardarse en las inmediaciones del valle desde antes del alba sin ser en lo absoluto detectados. A un toque de trompeta griega ordenado por el general, Monómaco avanzó con sus veteranos libios, etíopes y cartaginenses quienes se encontraban bastante frescos y ansiosos de entrar en combate y despojar a los muertos de su merecido botín de guerra. Los veteranos embistieron sin piedad a las legiones romanas por un costado, sin que éstas lo esperasen en lo absoluto.

Por su parte el comandante Maharbal, líder de la caballería, tras haber liquidado por completo a su contraparte romana, regresó con sus jinetes numídicas, en esta ocasión golpeando poderosa y mortalmente la retaguardia italiana.

En pocas horas, el que había sido uno de los más numerosos ejércitos romanos jamás congregados, se encontraba aprisionado por sus cuatro costados, rodeado por completo por un ejército inferior numéricamente y reducido poco a poco de manera sistemática, mientras los africanos, iberos, libios, galos, celtas y númidas avanzaban cada vez sobre más cadáveres italianos.

El joven Cornelio Escipión lograría escapar con Lelio, uno de sus hombres más fieles y con un grupo de legionarios, abriéndose paso dificultosamente a través de las mortíferas filas africanas. Sin embargo, esa misma suerte no la tendrían los cónsules Varrón y Emilio Paulo, quienes no conseguirían escapar de aquella trampa exterminadora.

Al finalizar la batalla, Aníbal arrancó los anillos consulares de los cuerpos de los generales romanos caídos y los colocó en su mano como trofeos de guerra, junto al de Flamínido cobrado previamente.

5

En Hispania, Asdrúbal, a pesar de algunas cruentas derrotas, sobre todo en el mar, donde perdió a parte de su flota naval tras un ataque sorpresa cerca de Cartago Nova, conseguía acosar sin piedad a Publio Escipión padre y a su hermano Cnéo por tierra, quienes pretendían desbancarlo del liderazgo en Iberia.

Primero consiguió derrotar a Escipión padre, quien encontró finalmente su muerte a manos de los africanos, atravesado por una lanza numídica que lo derribo para siempre de su montura. Luego concentró todas sus energías y recursos en rodear a Cnéo, hermano de Publio y a su vez tío de Cornelio Escipión, quien había conseguido escapar de la muerte en Canas.

Unió a sus propias tropas con las de su hermano más joven: Hanón Barca. Ubicó a todas sus fuerzas durante la noche alrededor del campamento de Cnéo, arrojando antorchas encendidas sobre sus pertrechos y empalizadas, masacrando con una lluvia de lanzas primero a los defensores italianos, y luego permitiendo que sus jinetes númidas ingresaran y exterminaran a placer hasta el último romano. Polibio cuenta que el propio Asdrúbal fue quien tomó la vida de Cnéo con su espada, quien se batía valientemente al lado de sus últimos hombres.

Cartago parecía ser la potencia triunfadora que se impondría en el Mediterráneo, nadie parecía capaz de detener a Aníbal Barca y a sus hermanos. Aníbal envió al senado de Cartago a su hermano Hanón con un inmenso botín de guerra a base de oro y plata, con los anillos de sesenta mil legionarios caídos y con innumerables esclavos italianos capturados durante su incursión, como muestra de sus triunfos.

Incluso el emperador Filipo de Macedonia, al contemplar los avances indiscutibles que cultivaban los cartaginenses en Hispania e Italia, prometió a Aníbal desembarcar en los puertos romanos con una flota al año siguiente: una alianza entre Cartago y Grecia constituiría el fin del Imperio Romano para siempre.

 

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La conciencia y la energía son los dos aspectos esenciales de la realidad más profunda; ésta es una visión sostenida por el budismo, el hinduismo y otras tradiciones no duales que conciben el universo desde una ontología de sólo luz

La teoría de Einstein, con su famosa fórmula E = mc2,  sugiere que la energía y la materia no son dos cosas separadas, sino dos aspectos de lo mismo. Las cosas pueden verse como objetos sólidos y separados de los demás o también –quizá de manera más acertada– como oscilaciones de energía en el espacio o excitaciones en el vacío que están constantemente surgiendo y desapareciendo. 

Si bien esta implicación de la teoría de Einstein es aceptada por la ciencia, por otro lado, seguimos arrastrando la visión cartesiana de una diferencia irreconciliable entre mente y materia, la cual influye profundamente en nuestra concepción del mundo, y nos cuesta más trabajo ver a la mente también como materia (o a la materia como mente y no como dos cosas separadas). Por añadidura, nos cuesta concebir también a la energía como mente y a la mente como energía (pese a que nuestra experiencia nos dice que nuestros pensamientos afectan nuestro cuerpo y su capacidad de hacer algo, es decir, nuestra energía). Sin embargo, existen otras tradiciones, menos materialistas y dualistas que la ciencia moderna, que sostienen que la energía y la conciencia son dos aspectos de la realidad fundamental del universo y que, como la energía y la materia, son convertibles.

Hace unos años el físico Richard Feynman escribió: "Es importante notar que en la física actualmente no tenemos un conocimiento verdadero de lo que es la energía". Con esto se refería a que la conservación de la energía es un principio matemático abstracto, y no se tiene una noción concreta de lo que es la energía. Esto parece reflejar una de las paradojas de la ciencia, que si bien es capaz de producir modelos teóricos funcionales del universo que a veces logran traducirse en tecnología, no es igual de proficiente cuando se trata de explicar la naturaleza de una forma que incluya nuestra experiencia de la misma, ni tampoco resuelve cuestiones sobre el significado, el sentido o la esencia de las cosas –lo cual tradicionalmente es la dimensión de la metafísica–. La ciencia en este sentido reconoce sus limitantes, se dedica a describir la realidad más que a encontrarle sentido. Y, en este caso, su modelo de realidad no es suficiente, ya que, como seres humanos encarnados en el mundo, experimentamos una relación intensa y vívida con la energía, la cual buscamos entender en un nivel que haga sentido con nuestra experiencia subjetiva de la misma, es decir, con nuestra conciencia de la energía. 

Quizá la ciencia moderna no tiene un modelo satisfactorio para entender qué es la energía por la misma razón que no tiene un modelo satisfactorio sobre la conciencia, lo que se conoce como el problema duro de la ciencia, puesto que, como argumentaremos aquí, la conciencia y la energía están estrechamente unidas.

En la medicina tibetana se dice que "el rlung es el caballo en el que se sube la mente", rlung es equivalente al prana del hinduismo, al chi de la medicina china, al mana de los nativos americanos y al pneuma de los griegos; un término que se traduce como energía o aliento vital. De manera similar, en el qi-gong (o chi-kun), afianzado en la medicina tradicional china, se dice que a donde se dirige la atención, ahí le sigue el chi, y se usa el término dao-yin, lo cual hace referencia literalmente a dirigir la energía y también a una práctica ascética de utilizar la intención para dirigir la energía por los diversos canales para desbloquear puntos que se han obstaculizado, muchas veces debido a factores emocionales (notablemente en la medicina china las emociones son consideradas como vientos internos, es decir corrientes de energía, y están ligadas a ciertos órganos y elementos en un flujo de transformación interna).

Para estas tradiciones la energía no es un concepto abstracto, invisible o remoto, sino que es una realidad cotidiana que permea toda las dimensiones de la existencia. David Frawley explica el significado de prana en el hinduismo:

Prana tiene muchos niveles de significado, desde el aliento hasta la energía de la conciencia en sí misma. Prana no sólo es la fuerza vital básica, también es la forma maestra de toda la energía que trabaja al nivel de la mente, cuerpo y vida. En realidad, todo el universo es una manifestación de prana, que es el poder creativo original.

En realidad el yoga y el tantra no son más que sistemas que mapean la relación entre la conciencia y la energía y crean modelos para experimentar en el cuerpo su unidad, la cual es representada como la unión entre Shiva y Shakti. Shiva, en sistemas como el tantrismo de Cachemira, simboliza la conciencia absoluta y Shakti significa la manifestación de esa conciencia que no tiene forma. Al manifestarse esa conciencia, es el mundo; la conciencia se despliega como la energía de Shakti y el poder de la manifestación de existir como cualquier cosa. Ram Dass lo dice poéticamente: "La madre (Shakti, la diosa) es el instrumento para transformar el espíritu en materia. Entender que toda forma es espíritu vuelto materia es ver que en el origen del mundo de la materia yace la madre". En otras palabras, aquí nos está diciendo Ram Dass que la energía (Shakti) es el instrumento para que la conciencia o espíritu se haga manifiesto en la dimensión de la experiencia, para que pueda experimentarse a sí misma (a través de nosotros que somos sus extensiones). Esto es lo que significa el mantra Sat-Chit-Ananda, la manifestación del ser, que es pura conciencia, como gozo. Abhinavagupta, el más grande maestro tántrico del shivaísmo, escribe que "la conciencia está hecha de luz y gozo". Quizás esto mismo había entendido William Blake cuando escribió: "la energía es delicia eterna".

La relación entre Shiva y Shakti es poéticamente representada en el cuerpo a través del despertar de la energía kundalini. Shakti, la diosa dormida en la forma de una serpiente enrollada en la columna, despierta y se eleva por el cuerpo en un torrente de energía liberando los nudos de los nadis hasta alcanzar la corona donde duerme Shiva (quien es representado como un yogui meditando absorto en samadhi en la cima de una montaña o en la flor de loto de los mil pétalos). Cuando se realiza la unión de Shiva y Shakti (el hierosgamos de la conciencia y la energía en el microcosmos que es el cuerpo) no sólo se libera una energía alquímica que se derrama por el canal central, particularmente vertiendo gotas de ambrosía en la copa del corazón, se produce paralelamente (y este es el objetivo) un estado de conciencia en el que el individuo se fusiona con la divinidad y experimenta la totalidad del universo subjetivamente (Atman se vuelve Brahman). En cierta forma, es la energía que se libera la que funciona como el soporte de esa conciencia. Desde la perspectiva relativa del individuo, la divinización o la percepción de toda la realidad como teofanía no es posible más que a través de una cierta descarga o concentración de energía. La práctica tántrica es esencialmente una metodología que se utiliza para liberar esta energía que sostiene una percepción del mundo como el cuerpo de la deidad, donde todas las apariciones son fenómenos libres de sufrimiento que se transfiguran en gozo estético y en gnosis no dual. 

Abhinavagupta escribe en su Tantraloka

La realidad suprema (param tattvam) de lo cognoscible es Shiva, pura luz consciente (prakâsa), porque lo que no es luz consciente no puede llegar a ser luminoso ni tener existencia real.

El término sánscrito prakâsa es usado por Abhinavagupta para designar la unidad entre la conciencia y la luz. Lo que nos lleva al entendimiento más fino de este artículo: la luz como la síntesis de la energía y la conciencia. Y es que la luz para diversas tradiciones religiosas esotéricas, en Occidente y en Oriente, engloba tanto a la conciencia como a la energía; es justamente aquello que sella esta unidad entre la mente y su manifestación. Esto es interesante porque la luz, sin quererla definir científicamente, nos remite a algo que no es del todo material, pero que es lo que nos permite percibir la materia, y como si fuere, teje un puente entre el mundo físico y la experiencia del mismo (la luz es, regresando a la cita de Ram Dass, el instrumento para materializar o revelar el espíritu). Asimismo, tenemos todas estas metáforas que igualan a luz con la inteligencia o con la sabiduría, como si fuera una energía cargada de pura conciencia. La luz de manera muy intuitiva parece comunicarnos la idea de energía y de conciencia al mismo tiempo. 

En las religiones abrahamicas la luz nos remite siempre a la creación (el fiat lux), a la manifestación de la voluntad divina y a la vez al verbo, a la palabra o al pensamiento divino. El filósofo, teólogo y protocientífico Robert Grosseteste, quien es considerado un santo en Inglaterra a la vez que el padre del pensamiento moderno de ese país, creía que la naturaleza matemática del universo, sus mismas leyes, derivaban directamente de que estaba hecho de luz. Arthur Zajonc en su libro Capturar la Luz glosa la teoría de Grosseteste:

Según Grosseteste, la luz fue la primera forma de corporeidad, a la que siguieron todas las demás. Multiplicándose a partir de un sólo punto infinita e igualmente hacia todas partes, formó una esfera y de esta acción surgió la materia... Por consiguiente, toda la creación material es luz condensada.

[...] A su juicio, el "Hágase la luz", ordenado por Dios abarcaba dos vertientes. Una era la que a la postre se convertiría en la luz de nuestra existencia física, que se condensaba incluso en forma de materia; la otra era una luz de inteligencia encarnada en las creaciones puramente espirituales y angélicas de Dios.

Así tenemos esta doble vertiente de la luz, que es lo que se cristaliza como los cuerpos materiales y a la vez es el medio de la inteligencia o la forma en la que la conciencia divina se mantiene como presencia que experimenta el mundo (los ángeles pueden verse ciertamente como el sistema nervioso de la divinidad). También Jung notó esta relación de la luz con la conciencia particularmente en sus estudios sobre la alquimia. Jung cita a Paracelso: "El hombre al nacer 'está dotado con la luz perfecta de la naturaleza'. Paracelso lo llama 'el mejor y primer tesoro que la monarquía de la naturaleza oculta dentro de sí misma"'. Y en su libro Sobre la naturaleza de la psique, escribe:

Ya que la conciencia siempre ha sido descrita en términos derivados del comportamiento de la luz, en mi perspectiva no es exagerado pensar que estas múltiples luminosidades corresponden a diminutos fenómenos conscientes. Esta luz es la "lumen naturae" que ilumina la conciencia. Si la luminosidad aparece en forma monádica como un sola estrella, sol u ojo, rápidamente asume la forma de un mandala y debe ser interpretada como el sí mismo.  

Jung aquí parece jugar con la idea de un especie de naturaleza cuántica de la conciencia cuya unidad mínima serían los fotones (pero que a la vez nos remite a los thigles del budismo tibetano, que son puntos de luz o energía vital pero que a la vez son unidades de información, como bits cuánticos). La forma en la que estas "múltiples luminosidades" se configuran como mónadas de las cuales deriva una identificación con un yo  (con un sí mismo), nos remite a ciertos aspectos cosmológicos del budismo tibetano donde se explica que la pura luz o energía de la mente que aparenta surgir de la vacuidad (sin dejar de ser igual a la vacuidad) se convierte en los cuerpos y en los objetos que aparentan estar separados de una mente que los percibe. La energía infinita de la vacuidad con su cualidad de cognoscitividad primordial no está limitada y puede, entre su infinito potencial de manifestarse, caer en un proceso de ignorancia en el que percibe el universo de forma dualista y da pie a sí a un mundo de objetos sólidos que emergen como si existieran separados de un yo que los percibe. Esto significaría que donde en realidad existe sólo pura luz dotada de conciencia primordial, nosotros empezamos a producir, a través de la percepción dualista, un universo ilusorio de objetos físicos separados de esa energía y de esa conciencia. Alan Wallace lo explica mejor en su artículo "Perspectivas científicas y budistas de la energía":

Los contemplativos budistas han sondeado más allá de este estado de la vacuidad relativa de la mente, penetrando a las dimensiones más profundas de la cognoscitividad [awareness], conocidas como conciencia primordial (jnana). Esto es el estado base no local, atemporal y último de la cognoscitividad, el cual es idéntico [no dual] al espacio absoluto de los fenómenos (dharmadhatu), del cual surge todo el cosmos del tiempo-espacio y la mente-materia. Este espacio luminoso de la conciencia primordial también está imbuido de infinita energía, de la que todas las otras formas de energía surgen, ya sea térmica, cinética, electromagnética o gravitacional. Como tal, esta dimensión de realidad trasciende todo concepto dualista de materia y energía, espacio y tiempo, sujeto y objeto, mente-materia e incluso existencia y no existencia. En la visión budista conocida como la gran perfección (dzogchen), todos los fenómenos, mentales o físicos, son vistos como manifestaciones de la unidad primordial entre la conciencia infinita, el espacio y la energía. Dudjom Lingpa, un reconocido contemplativo tibetano del siglo XIX, describe el espacio absoluto de los fenómenos así:

Debido al aspecto radiante y claro del espacio, puede aparecer como tierra, fuego, aire, agua, forma, sonido, olor, sabor, y objetos táctiles. Esto es, como la apariencia de planetas y estrellas reflejándose en el océano debido a su aspecto de claridad y limpidez. Pero todo estos reflejos, planetas y estrellas no son más que el océano mismo, y son de la misma naturaleza... Debido al poder incesante en la naturaleza de la conciencia primordial, existe un completo conocimiento de todos los fenómenos, sin que jamás se mezcle con o entre a los objetos. La conciencia primordial se origina por sí misma, es naturaleza clara, libre de oscurecimiento internos y externos; es el espacio infinito que todo lo permea, radiante y claro, libre de toda contaminación.

Aunque el budismo no concibe que exista una deidad creadora o un alma inmortal, los paralelos entre esta conciencia primordial del dzogchen que es igual al espacio y a la energía y la forma en la que describe la conciencia el tantrismo de Cachemira (cuyo máximo exponente es Abhinavagupta) son de notarse. Ambas escuelas son tal vez las dos cumbres de la filosofía no-dual y ambas practican una versión de  anuttara y anupaya, el no-método, para simplemente residir en ese estado de conciencia primordial sin elaboraciones. 

Para concluir, después de entrever esta relación entre la conciencia y la energía en un nivel metafísico y cosmológico regresemos al cuerpo, que es a fin de cuentas el vehículo que tenemos para alcanzar la realización de esta unidad entre la energía y la conciencia. En su estudio de una serie de textos secretos, atribuidos a Padmasambhava, en los que se explica el papel de la sexualidad en el vajrayana, Kenard Lipman escribe:

Estos textos nos revelan que el estado de energía depende del nivel de desarrollo de un individuo. Inicialmente la energía es algo que le pertenece al cuerpo que "tenemos". Pero cuando uno va progresando más allá de esta visión posesiva del cuerpo, uno se da cuenta de que la energía y la mente no están separadas. Sentir, percibir y conocer son fenómenos energéticos. A fin de cuentas, la energía es inteligente. 

Lipman considera que el entendimiento de la energía del budismo tántrico, donde se utilizan una serie de visualizaciones que van ligadas a un proceso de dirigir los pranas por el cuerpo para crear un cuerpo "imaginal" en el que el individuo se identifica con los diferentes budas, tiene un paralelo con la forma en la que Jung entendió los arquetipos (el mismo Alan Wallace en el texto citado anteriormente hace referencia a que el estado de la conciencia base alaya-vijanana accede a una dimensión arquetipal similar al mundo de las formas platónicas o los arquetipos jungianos). Lipman cita a Jung:

Los arquetipos son, al mismo tiempo, imágenes y emociones. Uno puede hablar de un arquetipo sólo cuando estos dos aspectos son simultáneos. Cuando hay meramente una imagen, sólo tenemos una simple figura de poca consecuencia. Pero al estar cargada con una emoción, la imagen gana numinosidad (o energía psíquica); se vuelve dinámica, y de aquí necesariamente emanan ciertas consecuencias.  

A lo que comenta Lipman:

En la práctica del yoga tántrico, la concentración de las sensaciones puede guiar y controlar la energía biológica; la visualización arquetípica puede canalizar la energía emocional; y la presencia pura puede unificar la energía y la mente para lograr un conocimiento más allá del intelecto. Podemos entrenar nuestra energía para que sea más inteligente y a nuestra mente para que esté más enraizada en la energía. 

Herbert Guenther, maestro de Lipman, y controversial traductor, explica en su libro sobre las enseñanzas de Padmasambhava, que para el gran maestro tántrico, "la intensidad vitalizante del núcleo del ser" (snying-po), no es algo que haya nacido o que vaya a morir, está lleno de la propia sustancia de su infinitud. En otras palabras, nuestra energía no es algo que haya nacido o que vaya a morir y tampoco es algo que sea diferente a quien somos, a nuestra conciencia. De hecho, nos dicen estas tradiciones, no somos más que una expresión, una intensidad, de la energía de la totalidad, el punto de intersección o ligamento entre lo abstracto y lo concreto, lo trascendente como inmanencia. Nuestra esencia es la unidad de la conciencia con la energía, y en el reconocimiento de esta naturaleza está el gozo beatífico (el ananda de los hinduistas) o "la intensidad extática", (como traduce Guenther, el término rigpa, la conciencia primordial que es la luminosidad misma del espacio, según el dzogchen). Como escribió Padmasambhava en el Bardo Thödol (traducido erróneamente como El Libro Tibetano de los Muertos), "la ignorancia es no reconocer que la luz que ves es el despliegue de tu propio ser" (rangnang).

Twitter del autor: @alepholo

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