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George Orwell se encuentra con Ernest Hemingway y John Dos Passos en un tranvía de Nueva York

Libros

Por: Adán de Abajo - 09/16/2016

Sobre los destinos cruzados de tres grandes de la literatura, sus posturas ideológicas y el tren como leitmotiv

El laberinto de vías férreas se perdía a lo largo de aquel suburbio neoyorkino, confundiendo la percepción y la memoria espacial hasta del más avezado citadino o experimentado viajero. La figura larguirucha emergió de la neblina, avanzando despacio, encorvada y dubitativa ante la telaraña inimaginable de vueltas y retruécanos que conformaban los rieles de los tranvías. Dirigiéndose a las partes más lejanas de la ciudad, a sus rincones más inconexos, o unificándola, habilidosos, con la Isla de Manhattan. Como un tejido de origen arácnido, inteligente y mortífero. Y eso que Orwell había vivido en diferentes ciudades y sitios del mundo, vivido guerras, pobreza y por fin fortuna, tras muchísimos años de sufrimiento, lucha personal, y peregrinaje sin término.

Aún a pesar de su experimentada vida, la imagen de la estación de trenes en Nueva York y sus conductos para tranvías no dejaba de impresionarlo e incluso marearlo.

Ataviado con un grueso abrigo de pana, llevaba algunos libros envueltos con el brazo izquierdo, con la misma mano bien metida en la bolsa lateral de su gabardina, a resguardo del frio. La mano derecha sí iba al descubierto, portando el tabaco recién liado y encendido. De cerca, en su costado izquierdo, podía apenas distinguirse los nombres en los lomos de sus volúmenes: Dostoievski y Joyce: Crimen y Castigo y Dublineses. Gustaba de leer alternativamente dos o tres libros al mismo tiempo, hasta que los finalizaba, casi a la par, y elegía otros tres para recomenzar el grato rito de la lectura.

Dudó muchas veces antes de encontrar el cruce de tres calles, a donde el mensajero le indicó la noche anterior que lo esperarían los otros dos escritores.

Hace muchos años que no los veía. A Hemingway desde los tiempos de la Guerra Civil en España, cuando aún eran muy jóvenes y poco conocidos. A Dos Passos desde un breve encuentro en París, donde coincidieron en la buhardilla sucia y maloliente en la que vivía y trabajaba Henry Miller, su amigo en común.

A diferencia de Dos Passos, Orwell no se distanció de Hemingway por razones ideológicas o desacuerdos políticos. En los años treinta, en el frente de Aragón una bala le atravesó el cuello y por poco lo mata. Aquella herida representó el fin de su aventura en la Guerra Civil Española, obligándolo a tramitar su regreso a Londres. Hemingway resultaría herido posteriormente, cerca de Barcelona, partiendo rumbo a París, donde comenzó a escribir sus mejores obras. Orwell por su parte iniciaría una prolongada colaboración para la BBC de Londres, al mismo tiempo que también emprendía la escritura de sus novelas.

Dos Passos se encontraba recién desempacado de Rusia, tras una amarga experiencia con el estalinismo. Retenido casi tres meses, la KGB lo creyó un espía norteamericano, por poco resultaba deportado a Siberia. Terminó decepcionado y confundido con respecto a sus preferencias políticas. Casi tuvo que salir huyendo a través de Polonia.

Orwell no pretendía contribuir a la reconciliación de los dos escritores. Poco sabía de las opiniones que distanciaran años atrás a Hemingway y a Dos Passos, y menos le interesaban. Apreciaba a ambos por separado, el hecho de que accedieran a su invitación de tomar un café juntos resultaba algo fortuito, incluso insólito. Ignoraba por completo el resultado que aquella cita tendría, si los dos últimos temperamentales novelistas no terminarían, acaso, repartiéndose puños y tiros. Conocía rumores de que ambos acostumbraban andar armados.

Escuchó a alguien caminar desde un extremo de la calle. Una figura robusta se dibujó por la acera. Alguien más tocio en la dirección opuesta. El primero era corpulento y caminaba con bastante autoridad, el segundo andaba de manera astuta y nerviosa, igual que un gato cauteloso. Eran Hemingway y Dos Passos. Los dos monstruos literarios se encontrarían por fin, tras casi quince años de no hablarse.

Se miraron a los ojos, sin decir nada durante casi diez minutos, creando un silencio tenso y difícil de digerir. Orwell repartió tabacos para tratar de mediar aunque fuera un poco entre los dos novelistas que llegaron al mismo tiempo. Accedieron. Dos Passos habló de un sitio para obreros que abría a esas horas de la mañana, donde servían café con leche y hamburguesas a la parrilla. Todos aceptaron. Empero, tendrían que abordar uno de los tranvías que pasaban justo ahí para llegar.

Hemingway comenzó a disertar sobre la situación en Moscú. Era un pretexto para burlarse un poco sobre la reciente experiencia de forzado de Dos Passos en Europa. Orwell hubiera preferido que no se tocaran para nada los temas políticos. Intentó relatarles el proceso de su más reciente novela, la cual lo enorgullecía, pero los dos últimos hicieron caso omiso y se aferraron a discutir sobre la situación mundial. Dos Passos comenzó a defender, algo inseguro y con poca convicción, el proyecto soviético, aún a su pesar, y Hemingway a criticar a Stalin con toda su caballería. Se escuchó por fin el silbato del vehículo que se aproximaba rodando sobre las vías. El rostro de Dos Passos lucía enrojecido, visiblemente molesto con el autor de Por quién doblan las campanas. Era una reminiscencia de su distanciamiento, poco más de una década atrás. Dos Passos, de abiertas opiniones libres, defensor de los pobres y los marginados, consideraba a Hemingway un insensible y un glotón. Y este último, pensaba que Dos Passos era un fanático cuasi religioso del socialismo.

Abordaron. Hemingway llevaba unas gruesas botas de explorador que le cubrían hasta la rodilla, traídas de África, Dos Passos portaba sombrero y una gruesa bufanda que le acompañara desde el gulag. Eran un océano inmenso de irreconciliables. Orwell sintió en su pecho la antelación del desastre.

El tranvía comenzó a avanzar. Los dos titanes de la novela se sentaron algo alejados el uno del otro. Orwell ya no intentó suavizar el ambiente ni hablar de su libro. Contrariamente, se puso a pensar en su novela: Que no muera la aspidistra. Muy en su fuero interno sabía que era autobiográfica. Él mismo había abandonado una prometedora carrera como corresponsal de la BBC para emprender el camino de la literatura, sacrificando en más de una ocasión la seguridad económica a cambio de ganar tiempo para escribir sus novelas, viviendo durante muchos años carencias y austeridad, arriesgando el amor de las mujeres y el respeto de la familia con tal de crear sus libros. Se parecía muy en el fondo a su personaje Gordon Comstock.

Ahora fue Dos Passos quien se empecinó en defender el proyecto ruso, vociferando con voz aguda desde su asiento, aunque no parecía muy convincente. Hemingway estalló en carcajadas, haciendo sentir ridículo al primero, quien por poco muere en una cárcel en Siberia. Mientras reía a placer, se puso de pie, mostrando un enorme revólver en su grueso cinturón de montañista, dando a entender que lo usaría en cualquier momento si así le placía. Era evidente que el autor del Viejo y el Mar no iba en lo absoluto dispuesto a la conversación ni a la convivencia.

El rostro del autor de Manhattan Transfer se tornó ahora no rojo, sino violáceo, como si fuese a sufrir un ataque de trombosis. Se levantó de un salto y se arrojó por la puerta del transporte, mientras aún se encontraba en movimiento, casi perdiendo el equilibrio al caer de pie sobre una vía contraria, sin siquiera mirar que otro vehículo venía muy cerca y podría haberlo arrollado.

Conforme el vagón se alejaba dejándolo atrás, Dos Passos pareció una hormiga nerviosa que se perdía caminando en la dirección opuesta, haciéndose cada vez más pequeño hasta desaparecer.

El aguanieve lo cubrió todo, oscureciendo los vidrios, anunciando una tormenta inminente, como aquella ruptura ya irreversible.

Hemingway cesó de bromear, y él y Orwell ya no se hablaron más a lo largo del trayecto. El escritor inglés, enfundado en su acolchonado abrigo, extrajo su libro de Joyce y retomó la lectura. En la siguiente estación, en realidad dos paradas antes de que llegaran al presunto destino en donde hablarían sobre sus últimos libros y almorzarían, Hemingway descendió indiferente, sin voltear ni por un instante hacia su viejo compañero en España. Acarició nuevamente la cacha de su pistola, orgulloso, como si se tratara de un órgano sexual en reverberación, y se perdió entre la multitud que aguardaba otros trenes.

El tranvía se movió, todos los asientos se llenaron, incluso varios pasajeros tuvieron que viajar de pie. Pero ni la cantidad de gente, ni la ausencia de sus compañeros parecieron sacar de su lectura al escritor inglés. Su estómago se quejó, recordándole que era la hora del desayuno. Al fin y al cabo ya sólo faltaba una estación.

 

Twitter del autor: @adandeabajo

Reseña de una joya olvidada de la literatura mexicana en la que uno de los más grandes filósofos mexicanos reinterpreta la visión místico-matemática de uno de los grandes filósofos de todos los tiempos

José Vasoncelos fue uno de los intelectuales más importantes en la historia de México y seguramente el que mejor combinó una obra literaria y filosófica de alto vuelo con una obra pública cultural y social de enorme vitalidad: un hombre de acción en todos los sentidos, sin dejar de lado lo reflexivo, con una sed de infinito. Su pequeño libro Pitágoras, publicado en 1915, es una obra que generalmente pasa desapercibida dentro de textos más conocidos como sus novelas La tormenta o Ulises criollo o algunas de sus obras filosóficas como Estética, la cual es el perfecto complemento para redondear este pequeño tratado en el que Vasconcelos nos muestra lo mejor de su filosofía místico-estética. 

De Pitágoras a Vasconcelos parece atraerle el hecho de que este gran sabio y asceta hizo una filosofía inextricable de una percepción estética y científica del universo. Pitágoras encontró un origen de correspondencia entre la música, las matemáticas y la astronomía, unidas las tres por el número --lo que para Vasconcelos es el ritmo, la base de la filosofía que expone en este libro, según dice: "el número era símbolo de la percepción directa del ritmo". Hay que decir que el estudio de Pitágoras que hace Vasconcelos no es muy apegado a la tradición pitagórica (pero sí muy creativo y en este caso se presta, ya que la vida de Pitágoras está llena de leyendas e interpretaciones); lo utiliza como la inspiración para explorar sus propias teorías estéticas y vitalistas del cosmos (donde se acrisolan Pitágoras, Bergson, Nietzsche y Schopenhauer). Moviéndose en contra de la tradición pitagórica y neoplatónica que hace de Pitágoras el hijo de Apolo, dios de la luz, la métrica y la música, Vasconcelos, en lo que parece ser una proyección de su propia visión sobre su materia de estudio, nos dice que "el tronco paterno" de Pitágoras en realidad es el de Dionisos. Y es que en la visión de Vasconcelos las templadas armonías apolíneas y los arquetipos matemáticos son menos esenciales que el ritmo, la energía y la posibilidad del rapto místico que se produce por la repercusión de la energía rítmica de la naturaleza en el individuo. Sobre esto hay que decir que de hecho Pitágoras toma su nombre de la "pitia" o pitonisa, la sacerdotisa del oráculo de Delfos, quien profetiza su nacimiento, y su filosofía es una clara expresión de las virtudes apolíneas. Pitágoras cura  a través de la métrica, utiliza la música para apaciguar la mente y desarrolla una teoría heliocéntrica, todo lo cual no podía estar más cerca del universo apolíneo. Parece que Vasconcelos está demasiado influido por Nietzsche en este sentido y no es capaz de ver que la figura de Apolo es mucho más compleja y rica de lo que presenta la dicotomía expuesta por el filósofo alemán, siendo Apolo dios de los oráculos, ligado a las serpientes y a las ninfas (entre muchas otras cosas más), por lo cual tampoco es una deidad epítome de la castidad y la moral conservadora. Dice Vasconcelos que "las sesiones pitagóricas" fueron llamadas "bacanales" y constituían misteriosas "orgías del alma", pero, ¿una orgía del alma --y no del cuerpo-- acaso no resuena más con la lira de Apolo?

La teoría estética pitagórica de Vasconcelos queda ejemplificada en los siguientes dos párrafos:

Nos esforzamos por retenerlo todo, lo que somos con lo que hemos sido, y tal inmenso, inquietante y gozoso anhelo es manifestación de nuestra posibilidad de asimilación estética con el mundo. Un mundo que no es número sino variedad rítmica estética. Cosa afín de la humana y susceptible de comunión con lo divino. Expresando este principio en términos intectuales, diremos que el mundo es un ritmo regular, propio de los fenómenos y de la constitución humana y este ritmo regular puede unirse mediante un cambio de sentido con lo inefable, con Dios

La belleza es una coincidencia rítmica entre el movimiento natural del espíritu y el movimiento ya reformado de las cosas, ya no casual, sino acomodado interno, convertido al espíritu. Acaso es esto lo que pensaban los pitagóricos cuando decían: "un mismo ritmo mueve las almas y las estrellas".

Recordemos que en el dialógo Timeo, en el que Platón muestra su adherencia a la secta pitagórica, se dice que el alma es una fórmula matemática y que el cosmos fue dispuesto por el demiurgo de tal forma que existiera una identidad y una relación de simpatía entre los astros y las almas, las cuales están unidas por el número. Para Vasconcelos, sin embargo, el ritmo es aún más primordial que el número, puesto que "la naturaleza es un fluir perpetuo" y concibe "el universo entero como la obra multiforme de la energía". Vasconcelos en esto parece alejarse de la visión platónica matemática trascendente y acercarse a una definición más cercana a Heráclito: el ser como una danza de energía. ¿Qué fue antes el ritmo o el número? Podemos ver el ritmo como la expresión de un número, de un patrón de oscilación (y todo ritmo puede reducirse a un patrón numérico), pero, por otro lado, podemos ver los números y las leyes matemáticas como el resultado de una gran vibración que se difunde por el cosmos, "el movimiento natural del espíritu" a partir del cual se configuran las leyes y los números. La primera visión nos remite a un idealismo, la segunda a un vitalismo o a una fuerza o poder que permea el cosmos y que antecede al orden intelectual. 

"Todos los sonidos pueden reducirse a un número de vibraciones moleculares, pero no hay nada que determine cuáles de esas vibraciones lentas o rápidas, suaves o fuertes, manifiestan significación espiritual o valor estético", dice Vasconcelos y añade que la conciencia "viene con lo que podríamos llamar su temperamento vibratorio característico". La belleza es para nuestro autor aquello que existe en simpatía con la vibración de nuestra conciencia, un principio de identidad que cumple la función de espiritualizar la materia. Difícilmente Vasconcelos habría leído textos en 1915 de shivaísmo tántrico o de avdaita (la filosofía de la no-dualidad), pero existe una notable coincidencia en esta idea de la conciencia como vibración, que si bien no expone de manera totalmente explícita ciertamente sí insinúa, y la noción hindú de Shiva como la vibración universal que es equivalente a la conciencia pura. En la parte final de su libro, que además cuenta con una versión de los "Versos áureos" de Pitágoras y los "Fragmentos" del filósofo pitagórico Filolao, Vasconcelos expone un complicado esquema del movimiento de la energía y la conciencia como un descenso en espiral de la unidad hacia el mundo, vertiéndose en la multiplicidad, y un posterior regreso a la unidad divina a través de la asimilación de lo cósmico al ritmo individual.

De este entramado filosófico se desprenden numerosos aforismos altamente citables, más poéticos que precisos, con lo que concluimos esta reseña, así dejando que hable el propio fulgor rítmico de Vasconcelos:

El secreto del ser total ha de consistir en el hallazgo de un tono que conmueva toda cosa y despierte el júbilo de la armonía uinversal. La divinidad, la sabiduría infinita debe consistir en una suprema simpatía que infunde ritmo y vida nuevos al universo. La manera de estar en todo a la vez que en sí cada instante. Un vislumbre de esta existencia se logra cuando nuestro anhelo deja de buscar lo particular para confundirse con lo infinito.

La vida es un esfuerzo prolongado por reducir a nuestro interior todas las cosas del universo... somos esencialmente un ritmo y a ese ritmo procuramos reducir el universo, siendo el universo asimilable en su totalidad, sólo por medio de esa simpatía estética 

El universo es un concierto de ritmo consciente.

Al descubrir en todo una energía interna desarrollándose como música [Pitágoras] debe haberse dicho: cierto ritmo está en la esencia de todas las cosas. 

Las cosas suelen asumir el ritmo del espíritu en la contemplación estética.

Unas mismas leyes rigen al arte y a la mística, sólo que el artista las ve por fuera y el místico las ve por dentro.

Para percibir la unidad absoluta basta entregarnos con confianza a nosotros mismos; entonces no hay mundo y yo, sino que todo es ser, existencia una, igual, eterna.

Somos el centro de la operación, el punto del universo donde se opera el cambio del ritmo que da por resultado la transmutación del valor material en valor espiritual; cuando la forma y la multiplicidad se vierte en lo divino y total.

El siguiente párrafo, empapado de Bergson, podría haber sido escrito por el místico evolucionista jesuita Pierre Teilhard de Chardin:

De este soplo se alimenta la varia actividad de todos nuestros días, actividad encerrada dentro de los límites, por esta razón: porque ha de volver, después de su descrita su curva, a la fuente primera. ¿Y qué es lo que hace ese soplo de arriba? Viene a recoger toda materia purificándola a través de nosotros, que gracias a nuestra facultad estética nos convertimos en el crisol de los fenómenos, pues reducimos toda materia a valor estético y de esta manera la espiritualizamos. Por eso desde el punto de vista divino, somos el lazo de unión con la materia, el diapasón del universo. 

 

Twitter del autor: @alepholo

Pitágoras: una teoría del ritmo (Ed. Trillas)

 

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