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El estado nación fue una solución histórica a problemas concretos. Pero con el cambio del mundo, esta organización también debe transformarse

La historia de los grupos y sociedades humanas se remonta a los parentescos primigenios, a las familias, tribus, hordas y confederaciones, así como a la historia de lo que hacen ciertos grupos para diferenciarse de otros con el objetivo de mantener el poder. La creación de estados modernos fue una solución para unificar principados o feudos en pugna; para protegerse mejor de enemigos comunes, como un pacto de no agresión entre señores, quienes no necesariamente buscaban una mejor integración identitaria de sus súbditos (y probablemente no les importaba demasiado). 

A raíz del Brexit, muchos analistas pensaron que en lugar del camino hacia un estado plurinacional, el mundo daba un paso hacia atrás, hacia un neofeudalismo. Los mapas tienen la extraña particularidad de hacernos pensar que el mundo se divide en países, cuando las únicas divisiones y fronteras están en nuestras mentes. Las etnias, el multilingüismo, las identidades en pugna, todo eso ha estado presente siempre, mucho antes de la globalización. Se trata, según algunos investigadores del orden político, de cómo basamos la jerarquización.

Las últimas revoluciones industriales fueron posibles gracias al modelo de estado nación, a las economías nacionales y a las vías de apertura e intercambio entre bloques económicos, pero las actuales naciones en realidad son parodias de las tradiciones nacionales que las precedieron. Grupos de ricos aplastan a los pueblos pobres, se quedan con sus recursos y su cultura, la cual después reivindican como propia y defienden a ultranza.

Según Brian Slattery de la Universidad de York, en Toronto, Canadá, la existencia de los estados nación se basa en la creencia de que “el mundo está hecho naturalmente de grupos distintos, nacionalmente homogéneos o tribales, que ocupan porciones separadas del globo”. Pero la evidencia antropológica está en contra de este prejuicio: desde la Antigüedad, las culturas prosperan juntas y perecen más por defender sus particularidades que por nutrirse de sus diferencias. 

A decir del investigador, la existencia misma del Estado depende de una mentira básica: “La suposición de que la identidad y bienestar de una persona está atada de manera central al bienestar del grupo nacional es errónea simplemente como hecho histórico”. A pesar de que las naciones surgen para garantizar la paz al interior de un territorio, desde 1960 ha habido más de 180 guerras civiles a nivel mundial: esto es, guerras de una nación consigo misma, como la actual en México.

¿De qué más sirve la idea de lo nacional si no es para preservar la paz? En democracias débiles y con poco acceso a la educación, sirve para controlar mejor a la población. El sociólogo Siniša Maleševic del University College Dublin piensa que los remanentes de las lealtades antiguas que impulsaron la creación de mitologías nacionalistas sólo sobreviven como “nacionalismos banales”, como los deportes, los himnos, los programas de televisión e incluso los reality shows.

El modelo de socialización del futuro deberá tomar en cuenta las investigaciones no sobre las ventajas de la diversidad étnica, sino las de la inclusión oficial. Esto se traduce en que todos los grupos que forman parte de un país deben tener acceso al poder, no solamente a la representación electoral. Según Jennifer Neal de la Michigan State University, el algoritmo ganador para la paz y prosperidad de un país es permitir la formación de enclaves étnicos, pero no demasiado cerca unos de otros. Tomando como medida el ejemplo de países con gran diversidad étnica, racial y lingüística como Singapur, Suiza o la antigua Yugoslavia, la distancia entre enclaves debería ser de 56 km, así como garantizar una relativa autonomía de los estados y su participación en las decisiones del grupo. 

Con información de New Scientist.

¿Así se verán las instalaciones de los Juegos Olímpicos de Río en algunos años? (FOTOS)

Política

Por: pijamasurf - 09/27/2016

Los gastos que implica crear la infraestructura de los Juegos Olímpicos son impresionantes e igualmente impactante es la desolación y el abandono de las instalaciones años después

Ser anfitrión de los Juegos Olímpicos es una tarea monumental que no sólo requiere de mano de obra, pues un presupuesto colosal también es necesario. Con frecuencia los gastos exceden las expectativas y esto puede recrudecer las condiciones de vida de los habitantes del país anfitrión. Brasil no ha sido la excepción en este sentido: de acuerdo con un estudio realizado en Oxford el costo de los  juegos de Río de Janeiro terminará ascendiendo a 4.6 mil millones de dólares. Esto significa que el presupuesto habrá sido rebasado en un 51% y el estado de Río es responsable por 1/4 de ese dinero. Al parecer el precio de ser escenario de los primeros Juegos Olímpicos de Sudamérica ha sido elevado, pero estos juegos no han sido tan caros como los de Londres, cuyo costo ascendió a 15 mil millones de dólares, que fueron rebasados por los 21.9 mil millones que se gastó Rusia en los Juegos de Invierno de Sochi. La cuestión es que los gastos astronómicos que implica la creación de la infraestructura de los Juegos Olímpicos sobre los que la mirada del mundo se posa por unos cuantos días no parecen del todo justificados, al menos no a la luz del abandono y deterioro que sufren después. 

Por un lado el espíritu de los Juegos Olímpicos parece estar en el intercambio y convivencia entre diversos países, pero por otro lado también son un reflejo de la situación internacional con la que conviven. La desigualdad que predomina en el mundo ha tomando un papel protagónico en los Juegos de Río, pues la prensa ha publicado los serios problemas de seguridad y bienestar social que enfrenta el país. La pobreza que azota a las favelas, la falta de pago a los cuerpos policíacos y otros servidores públicos y los problemas ambientales, especialmente reflejados en la cantidad de bacterias y otros desechos en las playas, pues muchos de los barrios más pobres no cuentan con sistemas de drenaje. El lado oscuro de la colosal producción que implican los Juegos Olímpicos es que ésta parece cobrar la cuota más alta a los sectores más desprotegidos de la población, es decir, los pobres. La devastación resulta evidente cuando miramos los escenarios de anteriores Juegos Olímpicos, que ahora se encuentran en ruinas, anegados, abandonados y vandalizados, como un escenario de desolación después del despilfarro de una fiesta gigante. 

 

Juegos Olímpicos de Sarajevo 1984

Las instalaciones de estas Olimpíadas fueron abandonas y dejadas en el olvido, de tal manera que ahora son apenas una sombra, especialmente tras los conflictos armados en la región que resultaron en la disolución de Yugoslavia. Esta es la pista de trineos.

 

 

Algunas de las rampas han sido severamente grafiteadas y actualmente son usadas por algunos cuantos adictos a la adrenalina sobre ruedas. 

 

Lo que alguna vez fue el complejo deportivo central de las Olimpíadas ahora es un cementerio. 

 

Juegos Olímpicos de Atenas, 2004

Esta es la alberca de entrenamiento para los atletas, hoy en día abandonada totalmente.

 

Puede ser difícil creerlo, pero anteriormente este fue el escenario de las competencias de remo.

 

La alberca principal de Atenas

 

Los postes donde alguna vez estuvieron las banderas de los países participantes 

 

Juegos Olímpicos de Berlín, 1936

Esta es la alberca de la villa olímpica de Elstal, al oeste de Berlín. La villa albergó a más de 4 mil atletas, en unos Juegos Olímpicos que se llevaron a cabo bajo el poder de los nazis. Poco después el lugar fue usado como barracas por el ejército alemán, de las cuales tomaron posesión los rusos luego de 1945, hasta la retirada del ejército ruso en 1992. 

 

Villa olímpica

 

Juegos Olímpicos de Beijing, 2008

Alguna vez aquí se llevaron a cabo los torneos de voleibol del playa, pero las instalaciones han estado abandonas desde 2012.