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¿Qué es la materia y qué el espíritu? A continuación las posturas de un alquimista y un astrólogo sobre estas interrogantes, y más

Luis Silva, alias Vasilius, es un connotado alquimista catalán, además de licenciado en Derecho e inspector de policía local. Ha pasado más de veinte años trabajando arduamente en la búsqueda de la piedra filosofal, sustancia excepcional con la que han soñado los sabios desde hace muchos siglos. Con él hemos conversado para tender un puente entre dos ciencias herméticas hermanas: alquimia y astrología.

Pablo: Es todo un honor poder establecer este diálogo contigo, Luis. Te agradezco de antemano por la buena voluntad que has tenido. No es frecuente que un alquimista y un astrólogo tengan la oportunidad de intercambiar visiones sobre sus respectivos quehaceres, a pesar de que ambas ciencias pertenecen al mismo nicho filosófico. Como astrólogo siempre pongo un gran énfasis en la cosmovisión que sustenta mi práctica, ya que no es posible ejecutar la técnica correctamente si ésta no se encuentra bien arraigada en el paradigma que le da sustento. Sobre esto, creo imprescindible recalcar que una de las razones por las cuales los buscadores actuales se desvían tan frecuentemente por derroteros espurios es justamente la falta de claridad en los principios sobre los que se levanta el edificio de las artes herméticas. Toda praxis es resultado de una teoría, y recordemos que teoría es una palabra griega que significa contemplación. En un sentido platónico, no puede haber una buena práctica sin mantenernos en un estado de contemplación de la Idea. Para la astrología tradicional esto es absolutamente fundamental. ¿Qué me podrías decir al respecto sobre la alquimia?

 

Luis: Gracias Pablo, el honor es mío. Desde luego que esta es una gran oportunidad para conjugar astrología y alquimia desde el punto de vista de la filosofía hermética, un hecho que ciertamente no es habitual. La alquimia y sus hermanas, la astrología y la cábala, se sustentan en principios filosóficos que son sus cimientos desde muy antiguo. Tardé muchos años en descubrir que la alquimia era una rama de la filosofía, especialmente de la filosofía natural. Cualquiera que lea los viejos tratados de alquimia podrá comprobar que los antiguos alquimistas no se llamaban a sí mismos alquimistas, se llamaban filósofos. Por definición etimológica un filósofo es un amante de Sophia, la antigua diosa griega de la sabiduría. La palabra griega filo significa ‘amor a’ o ‘enamorado de’. Pero al tiempo la palabra griega sopho significa también ciencia o arte. Así, un alquimista es un filósofo, un enamorado de la sabiduría que practica una ciencia y un arte llamado alquimia. Y, es más, es un filósofo natural, es decir, un escrutador de los misterios naturales. La naturaleza está llena de secretos y el filósofo alquimista los busca para ser sabio y despertar, para sublimarse en términos alquímicos, para ser cada vez más sutil, más alma; en definitiva, espiritualizarse y descubrir que es mucho más que ego y materia sensible.   

 

Pablo: Una de las cosas que me llaman mucho la atención es la posibilidad de complementación, pues mientras la alquimia procura hacer sutil lo denso, la astrología tiene como objetivo iluminar el camino del alma en su trayecto por este mundo, a fin de advertirle acerca de los peligros y obstáculos que ha de enfrentar más adelante. Teniendo un mapa previo del territorio a recorrer es mucho menos probable perderse, accidentarse o desviarse. El astrólogo trabaja ofreciendo una lámpara en medio de la oscuridad. En este sentido, los mapas astrales son valiosos porque permiten que uno comprenda que hay cosas cuya ocurrencia no podremos evitar y, no obstante, sí que podremos prepararnos espiritual y moralmente para enfrentar los períodos de adversidad, aprovechando también los ciclos favorables para el fortalecimiento de las propias virtudes. La astrología procura que nos hagamos cargo de la manera en que enfrentamos el destino, mientras la alquimia intenta elevar la propia naturaleza humana; pero ambas operan en el marco de una búsqueda por un conocimiento profundo acerca de la existencia.

Creo que la vida no tiene otro sentido más que buscar la sabiduría, debidamente equilibrada con el amor a Dios y a todas sus criaturas, seres humanos incluidos. Si la astrología va a permitirte desarrollar la paciencia, la humildad, la fortaleza, la fe y la perseverancia necesarias para vencerte a ti mismo, creo que es un regalo de enorme utilidad. Si, por el contrario, te va a volver sombrío y pesimista, es mejor que te alejes de ella. Como la potencia que mueve al Sol, la Luna y las estrellas es la misma que sostiene al alma humana, pienso que tiene mucho sentido mirar hacia arriba para, al mismo tiempo, mirar hacia adentro. La alquimia hace algo parecido, pues trabaja con la materia exterior para purificar el alma en el interior. Sabemos que se trata de un largo trabajo con las operaciones de laboratorio, pero que paralelamente se adentra en el campo del perfeccionamiento espiritual. De allí que sea tan importante mantener a la vista los aspectos filosóficos de las ciencias herméticas.

 

Luis: Decíamos que el verdadero alquimista es un filósofo. Pitágoras (siglo V a.C.) nos trajo la filosofía que heredó de sus largas estancias en Egipto y Persia. El gran filósofo la dividió en tres partes: Lógica, Física y Ética. Bajo el concepto de Lógica, Pitágoras intentó mostrarnos la noción del logos o Dios, definido como una gran inteligencia, una potencia, un dinamismo al que se le asignaron básicamente tres funciones: es creador, ordenador y sustentador del universo. Él mismo mantiene la creación, mediante su emanación, que los antiguos filósofos griegos llamaron pneuma (hálito o aliento de vida, soplo vital o fuego). Este pneuma, fue llamado por los alquimistas "alma del mundo" o spiritus mundi. Es el Espíritu Santo de la religión cristiana, el prana de los hindúes, el chi o el ki orientales, etcétera. Toda la materia tiene en sí su pneuma, su principio motor o animador. A este espíritu motor, integrado en cada materia, los antiguos filósofos griegos le llamaron logoi spermatikoi, es decir, el esperma del logos, la semilla de Dios individualizada en cualquiera de los tres reinos naturales. Es el soplo vital, el alma que no es más que la llave de la vida. Los antiguos filósofos no conciben una materia sin alma, sin su espíritu animador. Ambos, materia y alma, son uno. Es más, para ellos la materia no es más que alma densificada. Hoy, en términos científicos, diríamos que la materia es energía densificada.

Por su parte, el concepto de Física o physis es la naturaleza. Los antiguos filósofos, gracias a la observación, descubrieron secretos que la naturaleza guarda en su seno. Gracias a ello descubrieron, por ejemplo, los cuatro elementos; fuego, agua, aire y tierra, y cómo trabajan creando y transmutando materia; o los tres principios de todas las cosas; azufre, mercurio y sal. El alquimista es fundamentalmente un filósofo natural, un escrutador de los misterios naturales. Es capaz de hacer físico lo intangible, de fijar en una materia concreta el pneuma o espíritu universal del mundo. Vuelve físico o tangible lo metafísico, y con ello puede transmutar la materia. Demuestra que la filosofía natural es cierta. 

Finalmente, la éthos o Ética. Todos los filósofos alquimistas hacen hincapié en que convertirse en un adepto (del latín adeptus, el que ha conseguido) es un donum Dei, un don de Dios; de ahí que los buenos textos clásicos de alquimia hagan referencia a la Ética, al respeto hacia el Creador y al comportamiento ético que ha de regir la vida de cualquier filósofo alquimista.

En alquimia encontramos imágenes que muestran a un estudiante frente a la puerta cerrada que da al jardín de los filósofos, o palacio de Sofía. Suele tener tres cerrojos que se corresponden con los tres conocimientos necesarios para entrar en el Edén: el de la Lógica o conocimiento de Dios, el de la Física o conocimiento de la naturaleza, y el de la Ética o conocimiento de uno mismo. Esas son las tres llaves que nos permiten entrar al jardín o palacio de la sabiduría, y que nos llevan al despertar.             

 

Pablo: Resulta fascinante esa manera de buscar la trascendencia que nos propone la filosofía natural, pues mantiene bien ligado espíritu y materia. Sin embargo, al menos desde la publicación de las obras de Carl Gustav Jung, existe una idea algo distorsionada sobre el quehacer de la alquimia, ya que mucha gente piensa que se trata de una cuestión puramente psicológica e intangible, un trabajo con los sueños y la imaginación. Sin embargo, la tradición hermética nos muestra que a lo largo de la historia los alquimistas han trabajado de forma material en el marco de un laboratorio. En astrología ocurre algo semejante, pues a partir de gente como Alan Leo y del mismo Carl Jung, se empezó a entender el quehacer del astrólogo como algo puramente psicológico, alejado de la concreción temática con la que han trabajado los astrólogos tradicionales desde hace más de dos mil años. Considero que es importante ser transparente acerca de cómo se han hecho las cosas en la filosofía hermética, sin que por ello pretendamos cerrar la puerta a que otras personas hagan algo distinto. Desde luego, cada quien es libre de escoger su propio camino, pero ¿qué puedes decirle a las personas, tras muchos años de experiencia, respecto de la verdadera naturaleza de tu ciencia? ¿Cómo ayudarles a comprender que no hay materia sin espíritu ni espíritu sin materia?

 

Luis: La alquimia es tanto ciencia física como espiritual. A tenor de sus antiguos textos clásicos, el objetivo de esta cienciartis es elaborar la famosa piedra filosofal. Pero está claro que quien la manifiesta en su laboratorio ha desvelado los secretos naturales más importantes y eso le convierte en un sabio. Puede entonces transmutar la materia, convertir el plomo en oro. Pero eso no es lo realmente importante. El alquimista busca su propia transmutación. La ingesta de la verdadera piedra filosofal le ayuda en ese proceso de transmutación personal. Dicen los adeptos que esta medicina influye en el alma, la recarga de su esencia, la hace vibrar y se llega más rápidamente al despertar. La persona se convierte entonces en un alma despierta, en una persona muy inteligente que está por encima de la materia, que puede incluso vivir entre los dos mundos, el material y el espiritual. La propia búsqueda de la piedra es el intento de entrar en el palacio de Sofía del que hablábamos. La teoría se sustenta con la práctica y el propio laboratorio es tanto un lugar de trabajo como de oración. La palabra ‘laboratorio’ ya nos dice dónde hemos de estar realmente: en un lugar de trabajo (labor) y de oración (oratorio). Aunque la alquimia no está vinculada a ninguna religión, los buenos alquimistas suelen tener un pequeño altar en su laboratorio. Los antiguos estoicos ya afirmaron la estrecha unión entre espíritu y materia, no hay el uno sin el otro, son las dos caras de una misma moneda, dos formas de manifestación distintas. Es más, según ellos toda materia no es más que espíritu o alma densificada. Einstein cambió el término espíritu por el de energía o fuerza. No hay fuerza sin materia, ni materia sin fuerza.                     

 

Pablo: En la tradición astrológica ocurre lo mismo, pues el destino del alma se despliega en el mundo físico, por medio de la encarnación en la materia. No es posible vivir en el tiempo, enfrentar el destino, superar pruebas, aprender de las experiencias y corregir el carácter sin la oportunidad que ofrece el cuerpo denso. Vemos que la alquimia también abraza el mundo por sus dos extremos.

Con respecto a la sustancia física, sé que trabajas con el rocío como materia prima. Existen muchas razones para elegirlo por sobre otras materias como el cinabrio, la estibina o la galena. Resulta atractiva la idea de utilizar alquímicamente el agua del rocío o, como poéticamente le llaman algunos árabes, las lágrimas de la aurora. Se dice que la humedad suspendida en la atmósfera durante una noche de luna llena en los meses de primavera recibe toda la influencia de los astros, ese spiritus mundipneuma del que estábamos hablando. En astrología, los días primaverales tienen virtudes notables, especialmente el del equinoccio vernal, pues con el mapa celeste de aquel día se determina mucho del futuro para una localidad específica. A la figura astral de ese equinoccio le llamamos la "Revolución del mundo", y la revisamos con anticipación para saber cómo se avecina el año, a fin de poder prepararnos. Lo mismo hacemos con la carta astral de la lunación inmediatamente anterior a dicho equinoccio. Pero una cosa que me parece fascinante es que en esa misma época, que determina tantas cosas en astrología, ustedes los alquimistas están recogiendo el rocío con vellones colgados, sábanas estacadas y otros artilugios. ¿Qué hay de especial en el rocío como para levantarse a primera hora de la mañana a fregar el césped y estrujar las telas?

 

Luis: Sólo hay que pasar de la potencia al acto. Recoger rocío en estas noches propicias y descubrir por uno mismo que tenemos ante nosotros algo que suaviza mucho la piel y cura rápidamente pequeñas heridas. No es agua corriente y moliente. De muy antiguo se han dado al rocío buenas propiedades dermatológicas. Los antiguos egipcios se paseaban y tumbaban desnudos en los trigales llenos de rocío. Nuestras brujas hacían lo mismo. El rocío recogido en su tiempo propicio es un agua grasa, se puede comprobar perfectamente cuando nos frotamos las manos con ella. Y en esa grasa que el filósofo sabe recoger está fijado el pneuma o espíritu del mundo, eso nos dicen los adeptos. Es la fuerza que recogen las plantas para despertar en primavera de su letargo invernal, y la que atesoran en otoño para soportar el crudo invierno. Si se sabe blanquear esta tierra negra y luego enrojecerla, es motivo de satisfacción para el alquimista. La piedra filosofal está cerca.      

 

Pablo: Retomando el asunto de los tiempos oportunos para la recogida, en astrología tradicional existe una manera de aplicar el arte que consiste en escoger los momentos astrológicamente más propicios para realizar algo con éxito, teniendo las estrellas a favor. Los antiguos le llamaron "Elecciones". Por su parte, a la alquimia también se la conoce como “agricultura celeste”, y ya que toda cosecha posee su momento adecuado, ¿qué crees que pasaría si la recogida del rocío y el inicio de los trabajos de laboratorio se realizara en momentos especialmente escogidos de acuerdo con la afabilidad y benevolencia del cielo? Sería una bella forma de hacer trabajar juntas a estas dos ciencias herméticas, ¿no crees?

 

Luis: Es así, Pablo. Esta fuerza divina universal, imponderable al día de hoy por la ciencia oficial, se manifiesta con más intensidad en las épocas propicias de primavera y otoño, aunque especialmente en primavera, y en las noches de luna llena. Es en esos momentos cuando el rocío está más cargado de ese espíritu celeste. Por otra parte, muchos alquimistas tienen muy en cuenta en sus trabajos los ciclos celestes. 

 

Pablo: Pienso que la influencia celeste es un reflejo de la voluntad divina. Se dice que no es posible alcanzar la piedra filosofal sin la ayuda de Dios. El hombre por sí solo es incapaz de semejante hazaña. La astrología señala que hay muchas cosas que no se pueden concretar si no están signadas previamente en la figura natal, es decir, en la disposición y cualidad de los astros al momento de nacer. En ésta edad escéptica es un poco extraño que personas como nosotros sostengan que el hombre no puede hacer lo que se le venga en gana y salirse siempre con la suya. Quizás nos consideren algo zafados para la época. La cuestión es que en mi oficio no es fácil trabajar desde una perspectiva tradicional, porque por lo general la gente tiene la idea de que siempre que uno se lo proponga, es posible lograr cualquier cosa. En la alquimia también pasa algo similar, pues el artista por sí mismo no puede llevar a cabo la "gran obra". Necesita de algo más. De allí que se enseñe el ora et labora, y no solamente el labora. ¿Qué opinas de esta idea moderna de que las personas hacemos lo que queremos sin que la voluntad de Dios intervenga para nada?

 

Luis: Como decía anteriormente, los filósofos alquimistas tenían muy claro que llegar a ser un adepto es un don de Dios. Hay que ganárselo. En primer lugar, hay que pasar de la potencia al acto, a la manifestación. Toca trabajar. En segundo lugar, tener bien presente que la obra filosofal es una obra de la naturaleza, es ella la que la hace, aunque necesite las manos del artista alquimista. Debe haber también una comunión entre el alquimista y su obra, si el alquimista vibra de amor, su obra vibrará, porque le trasladará su pasión. Respetar al Creador es también fundamental. Aunque la alquimia no es una religión, ni es proselitista, se adapta a la creencia en la existencia de una inteligencia creadora a la que se debe respeto. Sin duda en la "gran obra" interviene la voluntad de Dios. 

 

Pablo: Sí, ese respeto hacia lo divino es un un pilar insustituible. Sin él las cosas empiezan a salir muy mal. Por ejemplo, en el mundo de los magos existen los hechiceros, en el de los astrólogos están los estrelleros, y en el de los alquimistas existen los sopladores. ¿No tiene esto que ver precisamente con la falta de observancia de la voluntad divina, con olvidar la sujeción a ese orden superior en el trabajo hermético? Pienso que a los seres humanos nos falta humildad, sobre todo frente a la Divinidad. Nos hemos vuelto demasiado orgullosos, demasiado arrogantes frente al misterio de la vida. Observo un espíritu prometéico en la modernidad, fruto del pensamiento ilustrado que subrayó tanto el individualismo. Ese exceso nos está asfixiando como sociedad. Tu trabajo, Luis, una quijotada maravillosa, es una manera de mantener viva esa forma de mirar y de vivir, que ponía a Dios y a la naturaleza como ejes centrales en la vida del hombre.

 

Luis: Desde luego, Pablo. Es la eterna lucha entre ego y alma. Pero el camino está claro, siempre es hacia el despertar. Nicolás Valois fue un alquimista del siglo XV. Dejó varias frases célebres, una de ellas viene a decir que la materia ni se crea ni se destruye, tan sólo cambia de forma y de lugar, ley que los científicos aceptaron desde no hace mucho. Pero me quedo con otra de sus frases, mucho más sencilla: La paciencia es la escalera de los filósofos y la humildad la puerta de su jardín. Hay que ser paciente, subir grado a grado en el conocimiento. No es camino de un día. Ars longa vita brevis nos dice un célebre proverbio alquímico. Por otro lado, la humildad es la puerta de entrada al jardín de los filósofos. Hay que ser humilde, pero en toda la expresión del término. Como bien dijo Miguel de Cervantes: la humildad es la base y fundamento de todas las virtudes, sin ella, no hay ninguna que lo sea.

 

Mi agradecimiento a Luis Silva por su tiempo y amabilidad. 

 

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Descubrimiento del astrólogo Robert Schmidt adelantaría en dos siglos el nacimiento de la astrología

¿Quién fue el padre de la astrología? Según lo transmitido por el astrólogo romano Firmicus Maternus, la fundación del arte celeste se remontaría a la figura del legendario maestro Hermes Trismegisto. No obstante, en la búsqueda de un candidato digno, debemos mirar más allá del mito, a sabiendas de que el gran Hermes es en realidad una leyenda compuesta por diversos elementos formulados en el contexto cultural del helenismo egipcio. El tres veces grande es un símbolo bajo el que se agrupa toda una escuela de pensamiento de la cual hemos escrito en un artículo previo. Si nos circunscribimos a los hechos históricos, la pregunta por los orígenes de la astrología sigue sin ser respondida. El linaje fabulado de la astrología transfiere el saber de Hermes Trismegisto a Asclepio, de Asclepio a su discípulo Anubo y de éste a Nechepso y Petosiris, quienes habrían difundido el arte secreto por medio de sus escritos entre los griegos. Tomando esto como referencia, podemos sostener sin problema alguno que Hermes Trismegisto es el padre de la astrología desde el punto de vista mítico, pero desde una mirada más realista debemos sospechar que su personaje se compone de al menos tres personalidades históricas en lo relativo a su rol como fundador de la astrología.

Al respecto el astrólogo, traductor e investigador Robert Schmidt lanzó recientemente un controvertido anuncio ante la comunidad astrológica. Junto a su esposa Ellen Black, el director de Project Hindsight asegura haber encontrado al hombre que inventó la astrología occidental. Según su hipótesis, la astrología es el resultado del trabajo de sistematización de Eudoxo de Cnidos, (390-337 a.C.), quien fuera discípulo de Platón en la Academia de Atenas, del pitagórico Arquitas de Tarento en Italia y del afamado médico Filistión Siciliano, además de haber estudiado fundamentos cosmológicos con los sacerdotes egipcios de Heliópolis. Con el tiempo, Eudoxo se convirtió en el más reputado matemático de su tiempo, al punto de despertar los celos de Platón, según nos cuenta Diógenes Laercio. Al regresar a su isla natal, Eudoxo fundó un observatorio, se integró a la asamblea de gobierno y propuso leyes justas que le garantizaron renombre por todas partes del mundo griego.

Tras el comunicado de Schmidt la polémica no se hizo esperar. Muchos se muestran escépticos y cuestionan los fundamentos sobre los que se basó para elaborar su hipótesis. Hasta ahora no ha publicado los documentos de su investigación, pero se espera que lo haga dentro de muy poco tiempo, ya que están pendientes los argumentos que justifican su arriesgada tesis. Sin embargo, ya adelantó algunos detalles interesantes. Recordemos que antes de la existencia de la astrología horoscópica, es decir, de aquella que utiliza cartas astrales elaboradas a partir del ascendente, los babilonios ya contaban con una forma rudimentaria de oráculo astrológico, basado en la observación directa del cielo nocturno. A ello añadían predicciones elaboradas según el día de nacimiento dentro del calendario mesopotámico. De acuerdo al político y filósofo Marco Tulio Cicerón, Eudoxo de Cnidos fue un “hombre de ciencia” que jamás dio crédito a los augurios que realizaban los sacerdotes babilonios. Este registro se contradice con una referencia del naturalista y escritor romano Plinio Segundo, quien afirma que: “Eudoxo ha intentado mostrar que de todas las ramas del conocimiento, la magia es la más ilustre y beneficiosa”. Schmidt se cuelga de esta última cita para plantear la posibilidad de que tanto Cicerón como Plinio dijeran la verdad, pues Eudoxo habría elaborado un sistema astrológico propio a partir de sus reproches hacia la práctica babilonia. Esto quiere decir que nunca fue un escéptico de la astrología en sí misma, sino más bien un crítico del sistema astrológico babilonio, y que a partir de su reprobación del mismo, elaboró un modelo más racional y ordenado, que hoy conocemos como astrología helenística.

 

Es evidente que la posición de Schmidt se ve débil con lo presentado hasta el momento, pero aún falta que publique todo el material de su investigación. Entonces se podrá formular un juicio al respecto. Pero para entender lo que asegura es imprescindible distinguir entre los oráculos astrales de los babilonios y la astrología horoscópica. Mucha gente cree que las cartas astrales se utilizan desde hace miles de años, cuando la verdad es bien distinta. Las más antiguas datan del siglo II a.C. y fueron levantadas por astrólogos que hablaban en griego. Antes de ello existía una forma primitiva de augurios astrales, pero carentes de mapas celestes y que no poseía el elaborado sistema de atribuciones planetarias y zodiacales que encontramos en la astrología horoscópica posterior. De allí que Robert Schmidt esté planteando la posibilidad de que Eudoxo de Cnidos sea el creador de todo el andamiaje teórico que sostiene la práctica de la astrología occidental, con sus triplicidades, cuadruplicidades, casas, sectas, aspectos, etcétera. Lamentablemente ninguna de sus obras ha llegado hasta nosotros, por lo que no cabe otra posibilidad más que contentarnos con los pocos comentarios que otros escribieron sobre su vida y obra.

Dejando a salvo la hipótesis de Schmidt, pues parece plausible, es obvio que el complejo edificio astrológico no pudo ser obra de un sólo hombre, ni siquiera en su primera formulación. Es precisamente en razón de aquello que, junto a Eudoxo, queremos proponer otros dos nombres que también son necesarios para compendiar los orígenes de la astrología horoscópica, y cuyo papel dentro de la historia cuenta con mayor respaldo. El primero es Beroso el caldeo, sacerdote mayor del templo de Esagila en Babilonia. Este oficiante del dios Bel Marduk estuvo en actividad durante principios del siglo III a.C. y fue reconocido como un excelente cronista de la historia de Babilonia, habiendo escrito una revisión completa de tres tomos bajo el patronazgo del rey seléucida Antíoco I Sóter. En gran medida, su fama se debe a que escribió en griego koiné, que en aquel entonces constituía lengua franca para toda la zona mediterránea y el medio oriente. Pero además de su labor como historiador, fue un célebre astrónomo y astrólogo, llegando a establecer una escuela astrológica en la isla griega de Cos. Probablemente éste fue el primer centro de formación para astrólogos fuera de Babilonia y un importante punto de expansión para la disciplina fuera de los confines de Mesopotamia. El precedente es sustancial, por cuanto Beroso establece un puente entre la astrología babilonia, que no conocía de mapas celestes, y la astrología helenística posterior, que desarrolla un trabajo basado en cartas astrales propiamente tales.

El otro nombre que conviene agregar es el de Hipsicles (190-120 a.C.), matemático y astrónomo griego nacido en Alejandría. Hipsicles tiene un papel absolutamente primordial en el desarrollo de la astrología occidental, pues fue él quién desarrolló por primera vez el procedimiento matemático para calcular el grado zodiacal ascendente, permitiendo con ello erigir un horóscopo o figura astral. Publicó su trabajo con el nombre de Ἀναφορικός o «Sobre las ascensiones», obra en la que presenta una serie de proposiciones sobre progresiones aritméticas para el cálculo del ascendente. A Hipsicles se le atribuye además el haber dividido el círculo en trescientos sesenta grados siguiendo la costumbre babilonia, y logrando que dicha convención fuera adoptada por toda la geometría posterior. Esa misma división aparece en el círculo del zodíaco, dividido en doce sectores de treinta grados cada uno. Por si fuera poco, el aludido compuso el Libro XIV de los Elementos de Euclides, que trata sobre la inscripción de los sólidos platónicos en la esfera. Aunque lo propuesto por Schmidt resulta fascinante, pues adelanta en dos siglos el nacimiento de la astrología, lo cierto es que sin el trabajo matemático de Hipsicles es imposible levantar una carta astral. Esa es la razón por la que los más antiguos horóscopos datan del siglo II a.C., misma época en la que vivió el susodicho. Por lo tanto, lo que Eudoxo de Cnidos pudo haber hecho es sentar las bases racionales y los principios arquetípicos que rigen la mecánica celeste aplicada a la astrología. Planteándolo así, obtenemos una visión mesurada sobre lo que anunció Schmidt.

Ahora bien, estos tres hombres —Eudoxo, Beroso e Hipsicles— representan no sólo tres de las más descollantes personalidades tras el nacimiento de la astrología, sino que también podrían ser los individuos en los que se inspiró la figura de Hermes Trismegisto. Naturalmente, habría que añadir otros nombres relacionados con los orígenes de la magia y la alquimia, como Zósimo de Panópolis, pero estos tres representan bien la arista astrológica de Hermes. Pero que nadie se engañe. La astrología surge de fuentes babilonias y se perfecciona en manos de los sabios griegos que vivían en Egipto, en una época en que los reyes eran también griegos. El aporte de los egipcios a la astrología es tardío y limitado, aunque no por ello menos relevante. Egipto le enseñó una extraordinaria cosmología a Eudoxo, pero fue Babilonia la que le mostró esa astrología primitiva, que navegaba en ausencia de mapas astrales, y que él parece haber reformulado de manera más ordenada y sistemática. Beroso formó la primera generación de astrólogos griegos, quizá influido por las reformas de Eudoxo. Pero hasta que no aparecieron los cálculos de Hipsicles, cien años después de Beroso y doscientos después de Eudoxo, no se pudo contar con cartas astrales.

La astrología es el resultado de muchas culturas en diálogo permanente. Prácticamente todos los pueblos entre la cuenca del mediterráneo y el creciente fértil aportaron algo en su formulación. Hermes Trismegisto es la personificación de los sabios en todas estas naciones de la Tierra. Tal vez no sea tan importante el nombre de quien inventó este arte, sino el principio de sabiduría que se nos transmite por medio de su estudio y práctica. En cuanto a nosotros, sus discípulos más recientes, seguiremos mirando al cielo en busca de respuestas, tal como lo han hecho muchos otros en cada pueblo y civilización que ha pisado este planeta. 

 

Twitter del autor: @cubicado