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El complejo agnosticismo de Jorge Luis Borges

Borges en diversas ocasiones dijo ser un agnóstico. Era un agnóstico con una curiosidad tremenda, especialmente inclinada a exprimir literariamente los grandes sistemas metafísicos de Occidente y un poco también de Oriente (sin que fuera un experto en estos últimos). Si uno va a pescar ideas para crear relatos y ensayos que son como relatos, no puede obviar la religión y la metafísica (esto es algo que saben todos los autores de ciencia ficción). Asimismo Borges, como poeta, no podía ignorar y no interesarse por la religión: la poesía comparte con la religión el sentimiento oceánico de la realidad y la ley de la analogía: lo que para el poeta son metáforas para la religiosidad son las conexiones originales o correspondencias entre el cielo y la tierra, el sello de la unidad. Los grandes temas, ese puñado de metáforas que tiene sus avatares en todos los poemas, son los mismos que los de la religión. 

Podemos pensar en Borges como un hiperconsumidor de ideas, de engramas conceptuales, los cuales son la materia prima para hacer sus ejercicios de pensamiento y los cuales tejió como laberintos. Y así parece ser su acercamiento a la religión, como una fascinación por las ideas, como un maravillarse por la belleza que existe en la teología y en la metafísica, y transformar esta maravilla esencialmente mística en aventura intelectual. Sin embargo, por su obra y entrevistas, podemos inferir que Borges careció de fe. Y, de la misma manera que para hacer un experimento en la física se necesita de un método científico, para hacer un experimento metafísico, para conocer lo divino, se necesita fe. En este sentido la especulación metafísica de Borges, pese a su enorme riqueza y a su alta estimulación inquisitiva, será siempre solamente un curiosearla labor de un brillante diletante de las ideas. Lo cual está perfectamente bien, ya que Borges fue un escritor de cuentos, un poeta y un ensayista literario y no propiamente un filósofo.

Dicho eso, la creencia o la cosmología de Borges es compleja y no puede reducirse a decir que Borges creía o no creía en Dios. En el libro de entrevistas En diálogo, Osvaldo Ferrari le pregunta:

Osvaldo Ferrari: Muchos se preguntan, todavía —porque que a veces tienen una impresión afirmativa, y otras veces una negativa—, si Borges cree o no en Dios.

Jorge Luis Borges: Si Dios significa algo en nosotros que quiere el bien, sí; ahora, si se piensa en un ser individual, no, no creo. Pero creo en un propósito ético, no sé si del universo, pero sí de cada uno de nosotros. Y ojalá pudiéramos agregar, como William Blake, un propósito estético y un propósito intelectual, también; pero eso se refiere a los individuos, no sé si al universo, ¿no? Me acuerdo de aquel verso de Tennyson: "La naturaleza, roja en el colmillo y en la garra"; como se hablaba tanto de la benéfica naturaleza, Tennyson escribió aquello.

—Esto que acaba de decir usted, Borges, confirma mi impresión en cuanto a que su posible conflicto respecto de la creencia o no creencia en Dios, tiene que ver con la posibilidad de que Dios sea justo o injusto.

—Bueno, yo creo que basta echar un vistazo sobre el universo para advertir que, ciertamente, no reina la justicia. Aquí me acuerdo de un verso de Almafuerte: ''Yo derramé, con delicadas artes sobre cada reptil una caricia, no creía necesaria la justicia cuando reina el dolor por todas partes". Y luego, en otro verso, él dice: "Sólo pide justicia/ pero será mejor que no pidas nada". Porque ya pedir justicia es pedir mucho, es pedir demasiado. 

La religiosidad en Borges se transforma en y se entiende a través de la poesía, un sustituto que a veces lo hacía recitar versos cuando otro hubiera rezado, según dijera él mismo. Borges es consciente de que el concepto de Dios y la forma en la que hablamos sobre la deidad es conflictivo y de hecho no es ni puede ser la verdad (de existir, Dios, sería ilimitado, y el lenguaje necesariamente lo limita: to define is to defile, se dice en inglés). Y, sin embargo, hablar sobre Dios, y contemplar la posibilidad de lo divino en el mundo, teo-rizar, es una de las actividades esenciales del intelecto.

Y, yo creo que es más seguro no llamarlo Dios; si lo llamamos Dios, ya se piensa en un individuo, y ese individuo es misteriosamente tres, según la doctrina —para mí inconcebible— de la Trinidad. En cambio, si usamos otras palabras —quizá menos precisas, o menos vívidas— podríamos acercarnos más a la verdad; si es que ese acercamiento a la verdad es posible, cosa que también ignoramos,

También se ha montado el caso de que Borges tuvo una especial inclinación, al menos dentro de su especulación metafísica literaria (como un género de poesía y de literatura fantástica) por el panteísmo (o también por el panenteísmo), siendo uno de sus autores preferidos Spinoza, aquel cuyo Dios:

Libre de metáforas y del mito

Labra un arduo cristal: el infinito

Mapa de Aquél que es todas Sus estrellas.

(El otro, el mismo)

Quizá la atracción de Borges, agnóstico y un tanto escéptico, por el panteísmo, era fundamentalmente de orden estético, y es que ciertamente es más bello y reconfortante habitar en un universo donde todo es Dios, donde todos los fenómenos son expresiones o símbolos de la divinidad (donde las cosas están hechas en semejanza divina) y donde existen cosas como la eternidad, el infinito o la omnipresencia (el Aleph se encuentra en todas partes) y la omnisciencia. Como el cuento del pájaro simurg, no hay quizás una fábula más bella que la de que todos somos componentes de un único cuerpo divino --conexión inmanente con lo absoluto-- y todos nuestros actos, que parecen mezquinos e inanes, y acaso insondables, tienen sentido y vindicación última en este vasto cuerpo del cual somos como una célula o como un signo en la piel de un inconmensurable tigre. Escribiendo sobre Emerson dice:

Bastan las líneas anteriores para fijar la fantástica filosofía que Emerson profesó: el monismo. Nuestro destino es trágico porque somos, irreparablemente, individuos, coartados por el tiempo y por el espacio; nada, por consiguiente, hay más lisonjero que una fe que elimina las circunstancias y que declara que todo hombre es todos los hombres y que no hay nadie que no sea el universo. (Prólogos, OC)

Borges jugaba con la idea de creer, la que le permitía un continente más amplio para la imaginación. En numerosas ocasiones toma la perspectiva o al menos flirtea con la postura panteísta. Entre Schopenhauer, Spinoza y el vedanta:

El mayor hechicero (escribe memorablemente Novalis) sería el que el que se embrujara él mismo al punto de tomar sus propias fantasmagorías por apariciones autónomas. ¿No sería esta la verdad de nosotros? Yo conjeturo que así es. Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso.

La labor del escritor cobra una dimensión más rica cuando se identifica con la divinidad (o con un demiurgo), ya que escribir es también una arquitectura de mundos, de mundos que creemos son reales mientras leemos al igual tal vez que este mundo, que la filosofía nos dice es como un sueño.

Y, en El hacedor, una referencia, que sólo podríamos entender desde el madhyamika (el camino medio del budismo) donde se niega tanto el eternalismo como el nihilismo, el ser y el no ser, y acaso también desde las cumbres apofáticas de Meister Eckhart:

La historia agrega que, antes o después de morir, se supo frente a Dios y le dijo: Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo. La voz de Dios le contestó desde un torbellino: Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tu soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estás tú, que como yo eres muchos y nadie. (El hacedor, OC 2: 182) 

Otro tema en la literatura de Borges era el personaje de Borges, ese doble que se había creado por la fama y por su metaficción (¿acaso no son todas las ficciones sombras y copias de esa gran ficción que es el yo?). Escribió:

Tenemos muchos anhelos, entre ellos el de la vida, el de ser para siempre, pero también el de cesar, además del temor y su reverso: la esperanza. Todas esas cosas pueden cumplirse sin inmortalidad personal, no precisamos de ella. Yo, personalmente, no la deseo y la temo; para mí sería espantoso saber que voy a continuar, sería espantoso pensar que voy a seguir siendo Borges. Estoy harto de mí mismo, de mi nombre y de mi fama y quiero liberarme de todo eso.

Tal vez por ello la religión con la que más afinidad tuvo Borges fue el budismo, una religión que a diferencia de la concepción de un alma eterna que existe en otras religiones, niega la existencia de un yo estable e inmortal. Aunque el budismo tampoco concede ese otro deseo: el olvido. Los actos perduran por innumerables vueltas en el samsara e incluso cuando el karma es agotado permanece una cierta cognición --la existencia no se reduce a la nada; esta cognición es el estado de la mente despierta, la budeidad que trasciende el tiempo y las causas y los efectos. En unas de sus líneas más memorables, Borges escribe:

¿Qué errante laberinto, qué blancura
ciega de resplandor será mi suerte,
cuando me entregue el fin de esta aventura

la curiosa experiencia de la muerte?
Quiero beber su cristalino Olvido,
ser para siempre; pero no haber sido.

Más que al nihilismo, la frase "ser para siempre; pero no haber sido", nos lleva al budismo, específicamente al nirvana. Un estado que es la extinción, pero que paradójicamente no es el no ser, es una existencia incondicional, inefable, inconcebible, que es descrita en la literatura budista como omnisciente y dichoso. Y, desde este estado de la budeidad --que Je Tsongkhapa describe poéticamente como "Por siempre jugando en el sabor del beso del gozo-vacuidad"-- la existencia del mundo, Borges, tú y yo, nunca hemos existido.

Borges no creía en un dios individual, pero creía en la iluminación del Buda, un hombre que logró despertar de la sueño colectivo de la historia:

Creía, y creo, que hace 2 mil 500 años hubo un príncipe del Nepal llamado Siddharta o Gautama que llegó a ser el Buddha, es decir, el Despierto, el Lúcido --a diferencia de nosotros que estamos dormidos o que estamos soñando ese largo sueño que es la vida. Recuerdo una frase de Joyce: "La historia es una pesadilla de la que quiero despertarme". Pues bien, Siddharta, a la edad de 30 años, llegó a despertarse y a ser el Buddha. (Siete noches de Jorge Luis Borges)

 

Lee también: Borges sobre Buda, karma y nirvana

Citas sobre el panteísmo tomadas de "Borges y el panteísmo", de Juan Arana

Twitter del autor: @alepholo

Es casi imposible no perder el aliento cuando estás frente a una iridiscente gama de azules congelados

Cada persona tiene su color predilecto. Y entre quienes abrazamos al azul por sobre el resto, seguramente habrá quienes disfrutan, más que ninguna otra experiencia cromática, envolverse en un cierto tono celeste, marino, nocturno o creado –por ejemplo un azul de Rothko o de Tamayo, un azul del océano Pacífico en cierta temporada del año u hora del día, o un azul de cuando la noche divaga más allá del negro profundo. 

Hay un azul poco conocido, elusivo y sobre todo muy efímero. Es el color que impregna las grandes masas de hielo, pero la porción que se encuentra sumergida en las aguas gélidas –y que por lo tanto en su estado “ordinario” es parcialmente invisible.

Cuando pensamos en un iceberg y lo visualizamos, lo más probable es que aparezca en nuestra mente un blanco coloso y tal vez, si somos un poco más minuciosos, este cuerpo incluirá un par de pinceladas azules. Sin embargo, el hielo es blanco por su contacto con el Sol, pero cuando está guarecido de la luz, incluso protegido tan sólo por el filtro de las aguas, su constitución presume una de las gamas de azules más arrobadoras.

Es valido suponer que la verdadera esencia de estos gigantes de hielo es azul, por ser el color que manifiestan en su estado prístino. En cuanto esta pureza entra en contacto con un ambiente abierto, por decirlo de algún modo, entonces comienza a erosionarse hasta que eventualmente se torna blanca. Y es curioso porque culturalmente el blanco se asocia con la pureza, aunque estoy seguro de que esta inercia la inauguró alguien que no tuvo la fortuna de ver los azules sombríos, submarinos, de las masas de hielo.

¿Sabías que generalmente la mayor porción de un iceberg, algo así como un 90%, permanece oculta bajo el agua? ¿Y que estas estructuras están permanentemente pendulando –a causa de la mutación que va sufriendo su masa con el derretimiento y a agentes externos como el oleaje y las distintas densidades involucradas? En algún preciso (y precioso) instante, este juego de fuerzas decide que es hora de invertir la montaña y entonces, súbitamente, el cuerpo muta. Una vez que esto ocurre sale a relucir un racimo de azules que sería profano intentar describir.

Las imágenes que acompañan este texto fueron capturadas por Alex Cornell en un paseo por la Antártida –tuvo la suerte, y nosotros de algún modo también, de presenciar el lado oscuro, radiante, de un iceberg.  

Twitter del autor: @ParadoxeParadis