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La verdadera música no relaja, de hecho, provoca justamente lo opuesto: nos saca de una supuesta normalidad emocional para llevarnos, involuntariamente, a nuestras pasiones más profundas

Cierta idea más o menos extendida sobre la música clásica asegura que ésta tranquiliza y relaja, una consideración que en cierta forma es muy consistente con una época que rehúye a estados de ánimo que salen de una pretendida “normalidad” o estabilidad del espíritu. En nuestro tiempo las pasiones pretenden ser domesticadas a fuerza de fingimiento, fármacos e incluso dominación, una tendencia que si bien parece ser inherente al pensamiento occidental (Nietzsche denostó con empeño el “autocontrol” que pregonaba la doctrina platónica y que el cristianismo retomó con entusiasmo), ahora parece haber alcanzado una suerte de apogeo anticlimático, pues cuanto más se nos obliga a apegarnos a la neutralidad de las emociones (el “todo está bien”), más parece haber signos o síntomas de que en realidad nada nunca está bien –porque la existencia es por definición eso, una suma incesante de angustia, tristeza, euforia, alegría, arrebatos, frenesí, ardor, enojo y un rico y cuantioso etcétera.

¿La música clásica relaja? La verdad es que no. Slavoj Zizek dice en uno de los dos documentales que protagoniza que con la música siempre tenemos que tener cuidado, o que siempre estamos en riesgo, porque tiene la capacidad de despertar o tocar nuestras emociones más profundas. Zizek señala aquí esa cualidad de la música de dar “cuerpo” o materializar algo que sentimos, para lo cual no tenemos “palabras” o forma de dar expresión pero que, pese a todo, clama por salir. ¿Quien no ha reído o llorado aparentemente de la nada con una canción, una melodía o incluso sólo el fragmento de una pieza? Ese es el poder de la música en todo su esplendor y precisamente esa es la explicación de por qué la música dista mucho de ser tranquilizadora o relajante. La música nos emociona, nos arrebata, y ese es el sello de su autenticidad.

A continuación compartimos algunas piezas ordenadas, con cierta arbitrariedad, en una clasificación por temperamentos. La selección también es veleidosa, acaso porque el propósito de este post es en realidad que cada quien descubra cómo el espectro de sus emociones está ligado indisociablemente a la música que ha preferido a lo largo de su vida.

Melancolía

 

 

Desesperación

 

 

Joie de vivre

 

 

Nostalgia (con cierta inclinación bucólica)

 

 

Dolor por una herida que no cierra (que no es otra más que la vida en sí)

 

 

Dulzura ("th' milk of human kindness")

 

 

Miedo a lo desconocido

 

 

Perder algo valioso y sentir que no se puede hacer nada al respecto

 

 

Sentirse perdido, pero después encontrarse

 

 

¿Quién podría cubrir todo el espectro de las emociones humanas? ¿Y cómo? Si cada cual posee consigo una estela personal, una línea continua que sin embargo reverbera, va de un lado a otro, retorna, da un salto, y llega siempre.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

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The Kilmanjaro Darkjazz Ensemble y su proyecto alterno, The Mount Fuji Doomjazz Corporation, nos regalan las texturas más místicas y oscuras, delicias de los abismos del sonido

Me encontré con The Kilmanjaro Darkjazz Ensemble por la gracia del dios de los algoritmos en la Red y sin estar muy consciente de lo que estaba escuchando se convirtieron en una entrañable compañía, la música perfecta para acompañar la progresión del crepúsculo, con la mutación de la luz y del estado de ánimo, siempre capaz de llenar todo el espectro emocional sin desbordarse. Aunque su música está llena de una magia espectral, nunca es fortuita, siempre es el resultado de atravesar las sombras, de una lúdica resiliencia. 

Este proyecto de "jazz oscuro" con un amplia variedad de recursos que van desde el post-rock al downtempo y al drone fue creado para "componer música nueva para películas mudas" como las de Murnau o Fritz Lang. La banda tiene (o tenía) como sus dos ejes fundamentales  a Jason Köhnen (también Bong-Ra) y a Gideon Kiers, quienes se conocieron en la universidad en Holanda, y tiene su álter ego aún más oscuro y lúgubre pero igualmente fantástico en el proyecto The Mount Fuji Doomjazz Corporation. Como puede percibirse fácilmente escuchando cualquiera de sus pistas, cuentan con una gran flexibilidad para utilizar instrumentos tradicionales con elementos electrónicos y zurcirlos en una mezcla de improvisación con programación (son una fina orquesta a veces de siete miembros, profusa y delicada, que no escatima pero tampoco celebra antes de tiempo). El resultado es un universo de sombras sonoras que por momentos nos parece llevar a lugares melancólicos-melódicos como los de Portishead con algo de Angelo Badalamenti --en bosques embrujados-- o de The Cinematic Orchestra, que a veces se vuelven más abstractos, misteriosos y meditativos, con la presencia subterránea e hipnótica de constantes grooves. La mejor introducción es seguramente su disco en vivo I Forsee the Dark Ahead, if I Stay

Nótese la belleza con la que el Kilmanjaro Darkjazz Ensemble teje atmósferas negras pero llenas de energía, haciéndonos ver una cierta numinosidad en la oscuridad. Es la banda sonora de películas del pasado pero también de inefables películas de horror cósmico del futuro. Es noir, es dead-jazz, pero hay una enorme fuerza en andar por los sótanos mentales, por no enloquecer ante el limbo que atraviesa. Su música ha sido descrita como jazz fúnebre, pero más que el jazz de un funeral o de una procesión luctuosa es el jazz del Bardo, de los espacios intermedios en los que el alma vaga a la deriva y se encuentra con su propia fantasmagoría, a la cual puede tristemente confundir como autónoma y sufrir entonces el hechizo, la pérdida, la eterna seducción de los abismos. Este es el jazz de jugar con los estados liminales o interdimensionales para dejarse llevar por el viento hechizado de la cañada, por los vientos de los trombones y de los sintetizadores, por los vientos psíquicos. Escuchamos canciones de cuna para el fin del mundo, un lounge arrullado y vacilante al lado de un agujero negro. 

From the Stairwell empieza con una cierta coquetería, vocales femeninas que nos invitan a descender una escalera infinita, por los pasadizos de  la mente como días y noches, y que nos va llevando hacia abajo, lentamente hacia una catarsis, atravesando todo un oscuro continente en el inconsciente, la noche oscura del alma de los místicos, hasta sacarnos a un océano de luz indestructible.

 

El proyecto alterno de esta banda, The Mount Fuji Doomjazz Corporation, es aún más tenebroso y experimental, ambient-drone puro del espacio ctónico, del aterrador espacio de las esferas infinitas, Lovecraft se encuentra con Bill Laswell y Rammstein. Delicias del silencio impregnado de demonios, grimorios al ras, un teatro del terror sostenido, un sumamente sutil éxtasis de habitar para siempre en el vacío. La forma en la que su álbum Succubus va construyendo el mood, progresando hacia la zona de descarga de toda la tensión es realmente magistral, el acto triunfal de un exorcismo.

 

 

 

Lamentablemente estas dos bandas se han disgregado, al parecer hicieron música sólo de 2000 a 2014. Actualmente los miembros de la banda están explorando nuevos proyectos, los cuales seguramente merecerán checarse. 

 

https://soundcloud.com/tkde

 

Twitter del autor: @alepholo