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Tres principios esenciales que existen en la profundidad esotérica de todas las religiones y que constituyen una estructura unitaria y universal que permite alcanzar la liberación o la iluminación sin importar que se practique una u otra religión

Hoy en día la religión tiene un mal nombre en el mundo, pero argumentamos aquí que esta "mala fama", basada en la violencia que han generado los conflictos religiosos a lo largo de los siglos y en la intolerancia dogmática de ciertas instituciones, es resultado de actos realizados en nombre de la religión por personas que no pueden considerarse como verdaderamente religiosas en tanto que no han seguido los principios que enseña la religión. De esta manera culpar a la religión por lo que han hechos sus jerarcas o algunos de sus supuestos "fieles" contra otros "infieles" (lo cual de entrada es una clasificación irreligiosa) es como culpar a la ciencia por las bombas y las armas que se han desarrollado sirviéndose de sus principios para una aplicación bélica. La religión, como la ciencia y el arte, existe desde el origen de la humanidad y, a diferencia de lo que quisieran algunos modernos ateos fundamentalistas, existirá hasta que el mundo se disuelva, si bien en un futuro la religión, la ciencia y el arte podrían unirse como estuvieron unidos en el principio. "La ciencia y la religión eran idénticas en el origen, están divididas en su estado actual, y serán unidas de nuevo para retornar a la identidad al final. La religión se ocupa de los valores morales de la existencia; la ciencia de los valores físicos de la existencia", escribió Manly P. Hall.

En su libro The Trascendental Unity of Religions Frithjof Schuon argumenta que todas las religiones en su aspecto esotérico o primordial son una, si bien en su aspecto exotérico o formal divergen hasta el punto de aparentar ser irreconciliables y polarizar a grandes grupos de individuos. En esto coincide Madame Blavatsky, para quien la teosofía, o la religión de la sabiduría, es una religión universal:

La unidad de todas las cosas en el universo implica y justifica nuestra creencia en la existencia de un conocimiento que es al mismo tiempo científico, filosófico y religioso, el cual muestra necesariamente la conexión del ser humano y de todas las cosas del universo una con la otra; este conocimiento se convierte esencialmente en Religión y debe llamarse en su integridad y universalidad con el nombre distintivo de Religión de la Sabiduría. Es de esta Religión de la Sabiduría que han surgido las diferentes religiones individuales, formando sus brotes y ramas, y también los cultos menores, basados y originados siempre en una experiencia personal psicológica. Todas las religiones, o religiones derivadas, ya sean ortodoxas o heréticas, sabias o ignorantes, empezaron como una corriente transparente y no adulterada de una misma Fuente Madre. 

En el texto mencionado Schuon se explica que si la religión tiene verdad, todas las religiones la tienen:

aquel que busca probar la verdad de una religión, o no tiene pruebas, ya que dichas pruebas no existen, o si no es así, entonces tiene las pruebas que afirman todas las religiones sin excepción, cualquiera que sea la forma en la que [una religión] pudiera haberse arropado... Las ideas que son afirmadas en una forma religiosa (por ejemplo, la idea de la Palabra o de la Unidad Divina) no pueden no ser ser afirmadas de alguna u otra manera en todas las formas religiosas; similarmente los medios para obtener la gracia o la realización espiritual que dispone una orden sacerdotal necesariamente tienen su equivalente en otra parte.

Sólo en su parte exotérica, en la parte dogmática, en la fachada y aquello que se limita a la forma superficial o meramente aparente, las religiones sostienen tener una verdad absoluta exclusiva --es decir una verdad que busca imponerse por sobre las demás. Se olvida que las manifestaciones exotéricas que defienden son sólo las formas que toma algo que es por naturaleza ilimitado y por lo tanto no puede ser solamente esa o esa otra forma, sino que es todas las formas, sin que ninguna forma lo defina. Así que en realidad cualquier principio religioso es común a todas las religiones en su raíz unitaria (y es que este es el vértigo de la razón al cual lleva la unidad: puesto que todo está en todo y al final todo no es más que uno).

Los conflictos entre las diversas religiones surgen por interpretaciones exotéricas de principios esotéricos, es decir, por ignorancia, por contemplar solamente la expresión de lo divino en sus formas, por tomar las cosas sólo literalmente. Decía Joseph Campbell: "todas las religiones son verdad, pero ninguna literalmente".

En el espíritu de unir --bajo la noción de que la división es una ilusión y la raíz del sufrimiento yace en la ignorancia de la unidad-- enlistamos aquí tres principios básicos que se encuentran en todas las grandes religiones. Si bien podrían ser más, estos tres principios pueden considerarse los tres pilares sobre los cuales se construye el templo eterno de la sabiduría. En su libro La filosofía perenne, Aldous Huxley escribió:

'Philosophia perennis’ --la frase fue acuñada por Leibniz; pero la cosa --la metafísica que reconoce una Realidad divina consustancial al mundo de los objetos, de los seres vivos y de las mentes; la psicología que encuentra en el alma algo similar o incluso idéntico con la Realidad divina; y la ética que coloca la finalidad del hombre en el conocimiento del inmanente y trascendente surtidor de todas las cosas --esa cosa es inmemorial y universal.

Estos tres principios --la ética, la psicología, y la metafísica-- son equivalentes a los tres pilares en lo que Gautama Buda dividió su óctuple noble sendero, el cual se desprende de sus cuatro nobles verdades, la instrucción esencial para la liberación o iluminación. La ética es lo que el Buda en pali llamó "shila", la psicología es lo que llamó "samadhi", la concentración o purificación de la mente, la metafísca es "prajna", la sabiduría. (Podemos también extender estas equivalencia y decir que el aspecto de shila o lo ético es nuestra relación con el entorno, el aspecto de samadhi es nuestra relación con nosotros mismos y el aspecto de prajna es nuestra relación con el Absoluto). Si bien se podrá argumentar que el Buda enseñó una religión no teísta y de hecho fue un reformador del pensamiento religioso de su época en la India, hay que mencionar que el budismo es una religión evolutiva, con numerosas revelaciones posteriores a la vida del Buda histórico y si bien es cauto en general en no mencionar una deidad creadora personalizada, no sería incorrecto decir que el universo mismo es creatividad divina (no hay creador pero todo es creatividad), que todas las cosas son parte de una única energía, de una no dualidad entre los fenómenos y el espacio, y entre la mente universal que conoce y todo aquello que es conocido. Esto último se expresa en el concepto de Dharmakaya, "el cuerpo de la verdad", el aspecto esencial absoluto o primer cuerpo de Buda, que guarda cierta semejanza con el Ein Sof de la cábala.

Los tres principios que desarrollamos a continuación también pueden encontrarse en las enseñanzas del maestro de meditación Goenka, quien en su introducción al vipassana (la meditación basada en la intuición) señala que en todas las religiones existen estos tres fundamentos; evidentemente Goenka toma estos principios del canon budista. 

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1. Principio moral (idea del Bien, shila, virtud, Tao)

La regla de oro o alguna variación que mantiene el mismo espíritu puede encontrarse en todas las religiones y en la mayoría de los códigos legales antiguos. El sentido común es el más precioso de los sentidos ya que es en la mente individual un rasgo o una raíz de la mente original o universal. El simple observar la naturaleza y las leyes, lo que los budistas llaman el "dharma", y nuestra propia conducta en relación con el mundo, nos permite descubrir que nuestros actos tienen consecuencias exactamente proporcionales a la intención que las anima, aunque estas consecuencias en ocasiones no sean inmediatamente percibidas por algún obstáculo perceptual. Asimismo esta observación revela que estamos conectados en una estrecha madeja de interdependencia que llamamos "el mundo" y que todas las cosas se reflejan y afectan, por lo que la compasión no sólo es un acto de amor hacia los demás sino que también lo es hacia uno mismo (no existe diferencia real entre el uno y el otro). Ser consciente de esto es la base sobre la cual se produce todo crecimiento espiritual

Haz a los demás todo lo que quieras que te hagan a ti” (Mateo 7:12).

Dice Sócrates en la última parte de La república de Platón: 

Cabe suponer respecto al varón justo que, aunque viva en la pobreza o con enfermedades o con algún otro de los que son tenidos por males, esto terminará para él en el bien, durante la vida o después de haber muerto. Pues no es descuidado por los dioses el que pone su celo en ser justo y practica la virtud, asemejándose a Dios en la medida que es posible para un hombre. 

En el budismo, "shila" o la ética es el segundo de los siete paramitas (o perfecciones) y el primer pilar del óctuple noble sendero. "Shila" es la conducta apropiada que nace de la correcta perspectiva. Esto tiene que ver con entender la ley del karma y el renacimiento. El Buda dijo en el Maha-Cattarisaka Sutra: "hay un fruto y una maduración de los actos buenos o malos", lo que uno hace tiene un efecto en el futuro y determina, según el budismo, nuestra existencia posterior en este u otro plano. En el Anguttara Nikaya Buda enseñó que el karma (la acción) se manifiesta como causa y efecto y lo que determina su resultado "es la intención, O monjes, lo que llamo karma; habiendo deseado uno actúa a través del cuerpo, palabra o mente". 

En el caso de budismo mahayana (o "gran vehículo") este principio ético toma una manifestación de sublime compasión. El bodhisattva, el ser que ha conseguido el estado de Buda, decide dedicar su existencia a despertar a todos los seres sintientes y no descansar o pasar al nirvana hasta lograrlo. Así desarrolla la mente iluminada o mente de compasión, "bodhicitta".

En El secreto de la flor de oro, un tratado de alquimia china, se dice: "Primero asiéntate en las actividades diarias dentro de la sociedad. Sólo después puedes cultivar la realidad y el entendimiento de la esencia".

Quizás sea importante mencionar que para el místico el aspecto de la ley del universo se transforma en amor: "El amor es la ley, amor bajo voluntad", dice Aleister Crowley, y Frithjtof Schuon, en su libro The Trascendent Unity of Religions: "La esencia de la Ley, según las palabras de Cristo, es amar a Dios con todo nuestro ser incluyendo la inteligencia que es la parte central" (que el lector sensible disculpe combinar en la misma oración a la autodenominada Bestia con Jesucristo, para citar otra frase nuevamente controversial pero siempre dentro de la unidad: "deus est demon inversus", de Blavatsky). Algo simular se enseña en el dharma budista: el mundo es sufrimiento, el sufrimiento se genera por la ignorancia; si somos inteligentes y seguimos el dharma, conociendo la ley de la naturaleza (por ejemplo, que el mundo es impermanente por lo cual no tiene sentido aferranos a las cosas), nos podremos librar del sufrimiento. 

En el caso del Tao el misterioso camino ideado por Lao Tse es a la vez una senda moral, una senda de purificación y una senda de sabiduría. Es el Todo y la vez el Vacío, el inefable Tao. Podemos encontrar una trinidad:

El Tao genera el uno,

El uno genera el dos,

el dos genera el tres,

el tres genera las diez mil cosas.

 (Tao Te King)

Schuon une los tres principios que exponemos aquí en la siguiente frase:

De hecho, la inteligencia divorciada de la virtud carece de la cualidad de sinceridad y la falta de sinceridad necesariamente limita los horizontes. Uno debe ser aquello en lo que uno quiere convertirse o, en otras palabras, uno debe anticipar moralmente --incluso diríamos estéticamente-- el orden trascendente que uno quiere conocer... la integridad moral no garantiza el conocimiento metafísico, pero es la condición para el funcionamiento integral de la inteligencia en base a la información doctrinal.

En otras palabras, no hay metafísica sin ética.  

 

2. Principio de purificación (samadhi, concentración)

La ascesis es lo que lleva al éxtasis. 

“Quien tenga oídos para oír, que oiga; quien tenga ojos para ver, que vea” (Mateo 13:9).

"Cuando las puertas de la percepción sean depuradas, el hombre verá el mundo como en realidad es: infinito" (William Blake). 

Los diferentes ritos y gestos, ya sea dentro de la pompa exotérica que domina la religión hoy en día o dentro de las iniciaciones y misterios, son sólo diferentes técnicas para conseguir que los practicantes purifiquen, relajen y exalten su mente y su corazón y puedan acceder a estados de percepción más sutiles o establezcan identidad con lo divino. Las diferentes religiones en sus aspectos epistemológicos suelen enseñar que para unirse con algo hay que hacerse como eso con lo que uno se quiere unir, es por ello que se traza toda una madeja de correspondencias y afinidades que comprenden disciplinas como la magia, la astrología, la teúrgia, el tantra, el yoga y muchas otras. Mientras que la ciencia para acceder a la realidad trabaja cada vez más precisos y poderosos aparatos tecnológicos de conocimiento con los que sondea los secretos del cosmos, el filósofo y el místico trabajan su propia mente para igualmente poder acceder al conocimiento de los secretos del cosmos, los cuales consideran que son accesibles a través de la depuración de la percepción, y existen no sólo en los remotos páramos del espacio sino en los límpidos cielos de la mente.

El filósofo renacentista Marsilio Ficino en su teoría de la magia natural, expuesta en sus Tres libros sobre la vida, señala a grandes rasgos que la magia está basada en hacerse como el cielo, en absorber los espíritus cósmicos en el cuerpo e incorporar los astros (para lo cual son necesarias prácticas rituales espirituales de nutrimento y purificación). De manera distinta en el método, pero quizás no en el fondo, el budismo tibetano basa gran parte de sus enseñanzas en hacer la mente como el cielo --el cual es la insuperable metáfora de la pureza, en purificar los diferentes elementos y entrar en un estado de identidad no conceptual con el espacio (akasha en sánscrito). Algo similar puede decirse de la práctica taoísta de "regresar la luz" y también de revertir el movimiento creativo para transformar las diferentes sustancias corporales (esencia, aliento y espíritu) y hacerlas cada vez más sutiles hasta que puedan retornar a la vacuidad original. El científico con inclinación chamánica y practicante de la meditación budista, Jacobo Grinberg, escribió: "el espacio parece ser igualmente o más complejo en su organización que el cerebro (el cerebro es un universo lleno de estrellas y al igual que el universo extracorpóreo crea campos energéticos de complejidad espeluznante)... el espacio debería ser consciente, aún más consciente que un cerebro, el cual, en una última instancia, no es más que una materialización del espacio".

En el Libro tibetano de los muertos (Bardo Thodol), Guru Rinpoche (Padmasambhava) dice:

Mientras que nuestras mentes se mantengan fuera de foco, aunque sea sólo por una millonésima parte de un centímetro, por así decirlo, todas las cosas nos parecerán como eran antes, pese a nuestros esfuerzos. Sin embargo, cuando la verdadera concentración es lograda, la realidad brillará ante nosotros, todo el universo de los fenómenos será visto tal y como es, su poder de impedirnos y afligirnos instantáneamente desaparecerá, nuestros karmas almacenados se quemarán en un instante y no quedará nada más que el deber de señalar el camino a los demás para que puedan también lograr esta visión suprema.

Cuando la intuición final se produce en nosotros como una luz enceguecedora, descubriremos que nada existe y que nada ha existido más que dentro de nuestras mentes. Que, de hecho, nuestras mentes no son nuestras mentes sino la Mente en sí misma; que esta Mente yace perfectamente quieta, una vacuidad pura en tanto que carece absolutamente de forma, de características, de pluralidad, de sujeto, de objeto o cualquier cosa a la que nos podemos asir y que sin embargo ciertamente no es vacío en tanto que es el principio sin principio y el final infinito de todos los fenómenos que momento a momento contribuyen al incesante flujo que llamamos existencia.

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Valentin Tomberg en su libro Meditaciones sobre el Tarot, el cual creo es una de las obras cumbres del esoterismo del siglo XX (firmada anónimamente por un "hermetista cristiano") explica: "el principio fundamental del esoterismo (la forma de la experiencia de la realidad del espíritu)", es el siguiente "primero aprende concentración sin esfuerzo; transforma el trabajo en juego; vuelve ligero todo yugo que has aceptado y todo peso que llevas encima". El primer aspecto de esta genial síntesis que por supuesto entra en el segundo punto de nuestra clasificación es explicado con el "primer arcanum" del yoga de Patanjali: "Yoga es la supresión de las oscilaciones de las sustancias mentales". A lo que explica Tomberg: "o en otras palabras, el arte de la concentración... Ahora bien, esta concentración sólo es posible en una condición de cala y silencio a expensas del automatismo del pensamiento y la imaginación. El 'estar en silencio', por ello, precede al 'saber' y al 'querer' o al 'atreverse'. Es por ello que la escuela pitagórica prescribía 5 años de silencios a los principiantes u oyentes".  

3. Principio de sabiduría/autoconocimiento (gnosis, prajna)

“Conócete a ti mismo y conocerás a los dioses” (una variación del oráculo de Delfos atribuida a los pitagóricos).

"Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre... el Padre que mora en mí es el que hace las obras" (Juan 14:9).

En el libro de Proverbios se personifica a la Sabiduría, quien dice:

El Señor me dio la vida como primicia de sus obras,
    mucho antes de sus obras de antaño.
  Fui establecida desde la eternidad,
    desde antes que existiera el mundo.
 No existían los grandes mares cuando yo nací;
    no había entonces manantiales de abundantes aguas.
Nací antes que fueran formadas las colinas,
    antes que se cimentaran las montañas,
   antes que él creara la tierra y sus paisajes
    y el polvo primordial con que hizo el mundo.
 Cuando Dios cimentó la bóveda celeste
    y trazó el horizonte sobre las aguas,
    allí estaba yo presente.

Igualmente en el Libro de la Sabiduría de Salomón, el rey menciona que fue la Sabiduría (Sophia) quien le enseñó las artes secretas y le otorgo sus conocimientos. Esto ha llevado también a que la Sabiduría (Sophia) se ha personificada como el aspecto femenino de la divinidad, un principio cósmico a la par del Logos (con el cual a veces se confunde). Asimismo numerosos místicos cristianos, gnósticos e islámicos (como Ibn-Arabi) han tenido experiencias místicas en las que Sophia se les ha aparecido como un mujer de gran belleza que les confiere algún tipo de iluminación o iniciación. Esto parece tener su correspondencia en la Shekinah de los cabalistas, la morada divina que se representa también como un aspecto femenino del poder divino.  

Atman es Brahman” es algo que se repite en los Upanishads y lo cual significa que el ser individual no es más que una expresión momentánea, e ilusoriamente diferenciada, del ser universal, Dios o el Absoluto. Así quien se conoce a sí mismo conoce la divinidad. El traductor de los Vedanta Sutras, George Thibaut, en su introducción a la filosofía del sabio Sankharacharya explica:

El estudiante de los Vedas, cuya alma ha sido iluminada por los textos que encarnan el más alto conocimiento del Brahman, entre los cuales se encuentra pasajes como Tat tvam asi (eso eres tú), y en los que aprende que no hay diferencia entre su ser verdadero y el Ser más alto, obtiene la libertad final al momento de morir, al retirase completamente de la influencia de Maya y afirmarse en su naturaleza verdadera, que no es más que el absoluto y más alto Brahman.

En el budismo esto sería un tanto distinto, sin embargo del autoconocimiento deriva la teoría de anatta (o anatma), es decir que no existe un yo individual, fijo y estable, lo cual no es lo mismo a que no exista el Ser. Al final, al investigar su propia mente, el contemplativo budista llega a la conclusión de que las cosas son impermanentes (anicca) y están vacías, pero ese estado de vacuidad (sunyata) es a la vez luminoso, gozoso e increado y de hecho es su verdadera naturaleza; en este sentido la mente relativa se une con la mente absoluta. Así podemos decir que para el budismo todas las cosas no son más que Buda, es decir la mente despierta o la mente original. 

El traductor John Whitney Petit en su texto sobre el gran maestro budista Mipham explica que el budismo tántrico vajrayana se basa en "el principio de la radical inmanencia de la realidad última, la cual es una integración continua (tantra)  de la gnosis y la forma estética". Es decir la salvación o la liberación existen aquí y ahora y son la realidad esencial que estaríamos disfrutando si no tuviéramos algunos oscurecimientos cognitivos. Asimismo el dzogchen (la Gran Perfección) enseña "que la realidad (dharmata) no es un objeto verbal de expresión o análisis conceptual. La realidad y la iluminación son idénticas; en el análisis final 'ser'  y 'conocimiento' son lo mismo". Si el ser y el conocimiento son lo mismo, entonces necesariamente el espacio (y toda la procesión de fenómenos) no es otra cosa que la mente, es decir, es conciencia de sí, lo que en tibetano se llama rigpa.

Podríamos entender esto también desde la moderna concepción de la física en la que la información se ha convertido en una realidad más fundamental que la materia misma. El universo como información es también una forma de decir que todo es espacio (auto)cognitivo. Teorías como las de Roger Penrose y Stuart Hameroff o el trabajo de Henry Stapp sugieren que la conciencia podría ser una característica esencial del universo a nivel cuántico. "It from bit", teorizó el genial físico John Wheeler, sugiriendo que las cosas son desdoblamientos que coemergen del acto de conocerlas, "todas las cosas físicas son teórico-informáticas en origen y este es un universo participatorio". 

Frijtof Schuon escribe: "En el caso de la intuición intelectual, el conocimiento no es algo que el individuo posee en tanto que es un individuo sino que en tanto que su esencia más íntima no es distinta al Principio Divino. Así la certeza metafísica es absoluta por la identidad entre el que conoce y lo conocido en el Intelecto". Esto mismo se enseña por las distintas tradiciones, en el Poimandres, el texto hermético sobre la cosmogénesis, Hermes tiene una visión de la Mente Universal, la cual le revela los secretos de la creación a la vez que le dice que eso con lo que conoce, con lo que tiene esta divina visión es la Mente misma, que llena el espacio de luz y conciencia. En otra parte del Corpus Hermeticum se dice: "Cada sol es un pensamiento de Dios y cada planeta un modo de este pensamiento". 

En el sentido más profundo del misticismo, el mundo de los fenómenos, todas las cosas y todos los seres no son más que objetos de autoconocimiento dentro del juego de la conciencia infinita. Swami Muktananda, en su prefacio al importante texto hindú Vasistha's Yoga, señala que el texto contiene una importante enseñanza: su enseñanza principal es que todo es Conciencia, incluyendo el mundo material, y que el mundo es como lo ves. Esto es absolutamente verdad. El mundo no es más que el juego de la Conciencia. Abhinavagupta, el gran sabio del shivaísmo de Cachemira, alguna vez dijo: "Shiva, el Ser puro e independiente que siempre vibra en la mente es el Parashakti que surge como la alegría en las varias experiencias de los sentidos. Entonces la experiencia de este mundo exterior aparece como su Ser. No sé dónde vino esta palabra 'samsara'". Es decir, en la comprensión final, no hay dualidad, samsara es nirvana, la materia es la conciencia, todas las cosas no son más que el juego de un único ser. 

Lo anterior también parece responder desde la perspectiva mística a la razón de ser del universo, un juego de (re)conocerse. Como reza el hadith islámico: "Yo era un tesoro oculto y deseaba ser conocido, por eso creé el mundo". Explicando esta frase el místico sufí Ibn Arabi sostiene que la creación macrocósmica se origina en el Amor divino y que el amor y la sabiduría son dos aspectos de lo mismo, y a fin de cuentas inseparables. Este es también el secreto de los rosacruces: la rosa (el amor) y la cruz (la sabiduría) son una, ambas las vías regias hacia la divinidad. 

 En su excelente Tratado de la unidad, Ibn Arabi explica otro hadith

El que conoce y lo conocido son idénticos, y lo mismo sucede con el que se acerca y aquel al cual se acerca, con lo que ve y lo que es visto. El que sabe es Su atributo, lo sabido es Su sustancia o naturaleza íntima. El que se acerca es Su atributo y aquel al cual se acerca es Su sustancia. La cualidad y el que la posee son idénticos. De ahí las palabras "Quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor".

 

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Una intrigante explicación de por qué el tiempo pasa más rápido cuando envejecemos y cómo podemos detener esta fuga para enriquecer nuestra experiencia temporal ajustando nuestra percepción

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You are young and life is long and there is time to kill today.. 

And then one day you find ten years have got behind you... 

Every year is getting shorter; never seem to find the time.

Pink Floyd, "Time", The Dark Side of the Moon

 

Sabemos por la teoría de Einstein que el tiempo es relativo y se experimenta en función de la velocidad a la que nos movamos por el espacio. Viajar a la velocidad de la luz (que es absoluta en la teoría de Einstein) es lo más parecido a una forma de eternidad. Existe la famosa paradoja de unos hermanos gemelos: uno viaja a una velocidad cercana a la luz y regresa a su planeta para encontrarse a su hermano, pero difícilmente se reconocen, uno se mantiene joven, el otro tiene canas y se encuentra cerca de la muerte.

La relatividad del tiempo tiene otro factor más difícil de incluir en una ecuación, la percepción. Podríamos decir también que nuestra experiencia del tiempo es relativa a nuestra percepción. Existe la popular creencia de que al envejecer el tiempo pasa más rápido y que algunos momentos duran más que otros en función al aspecto cualitativo de nuestra percepción. Así por ejemplo, las experiencias místicas suelen describir instantes que de alguna manera penetran las bóvedas del cielo y del tiempo y acceden a una cantidad de información que sería imposible de asimilar en un modo de percepción ordinario. Ejemplos de esto pueden encontrarse entre las experiencias cercanas a la muerte, en algunas experiencias con drogas psicodélicas o en la literatura de ciencia ficción o fantasía (un buen ejemplo de esto es "El Aleph" de Borges, en el que si bien la percepción es de la superposición de todos los espacios en un único punto, ocurre también una asimultaneidad de momentos, recuerdos imposibles de enlistar en una sucesión temporal: el tiempo y el espacio son un continuum interdependiente). Más allá de que estas experiencias de eternidad sean solamente alucinaciones psicoquímicas o en realidad sean clarividencias, lo cierto es que la forma en la que experimentamos el tiempo varía según el estado mental en el que nos encontremos. Una intrigante forma de entender esto es pensar en cómo percibíamos el mundo cuando éramos niños.

Para explicar este efecto "psicocronométrico", se suele citar la hipótesis de Paul Janet, que a la temprana edad de 21 años postuló la idea de que nuestra percepción del tiempo es logarítmica y no lineal como lo contamos. Percibimos los momentos comparándolos en proporción al tiempo que hemos vivido: cada período de tiempo es proporcional al tiempo que hemos vivido. Por ejemplo cuando tienes 2 años de edad 1 año es el 50% del total de tu vida; cuando tienes 4 años 1 año es el 25% del total de tu vida; cuando tienes 2 años 1 año es el 12.5% de tu vida; cuando tienes 16 1 año es el 12.5% de tu vida; cuando tienes 32 1 año es el 3.03% de tu vida y así cada año es un menor porcentaje de tu vida lo cual, según la teoría de Janet, también determina la cantidad de experiencia, el tiempo cualitativo que se percibe durante ese año.

El artista Maximilan Kiener ha realizado una visualización de esta paradoja de la percepción temporal, en la que sugiere que si nos basamos en el valor de tiempo percibido logarítmico y no en tiempo lineal, la mitad de la vida percibida de la persona promedio ya se ha acabado a los 7 años, con la peculiaridad de que no solemos recordar la mayoría de lo que ocurre en nuestros primeros 3 años, los cuales bajo esta lógica son equivalentes a más de 30 años de tiempo percibido. Si fuéramos a descontar esta variable de los primeros años --ya que no son experiencias que podamos recordar-- entonces  la mitad de nuestra vida percibida acabaría a los 18 años. 

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La hipótesis del tiempo logarítmico de Janet supone que nuestra mente de manera innata percibe porcentajes y no las cantidades absolutas. Es por esto que para una persona de 20 años 2 años serían exactamente iguales que 1 año para un niño de 10 años. La hipótesis de Janet es consistente con la la ley de Weber-Fechner que sostiene que nuestra capacidad de percibir un cambio se basa en "el valor relativo de la variación" con respecto al valor original. Por ejemplo, si estamos cargando una masa de 100gr tal vez no sintamos una diferencia si se añaden 5gr más pero sí cuando se añaden 10gr más. Cuando sostenemos una masa de 1000gr no sentiremos cuando se añaden esos 10gr, tal vez necesitemos que se añadan 100gr más para sentir la diferencia. Todos esos intervalos que a nivel perceptual podemos considerar como estímulos --que pueden traducirse, a su vez, en experiencias-- se van perdiendo en la medida que tenemos más tiempo o peso (el peso del pasado) sobre nosotros, lo cual nos impide distinguir la minuciosa riqueza de los momentos.

Sobre la hipótesis de Jenet, que data de la última década del siglo XIX, el psicólogo William James hace las siguientes apreciaciones:

Esta fórmula expresa grosso modo el fenómeno, es verdad, pero no puede considerarse una ley psíquica elemental; y es cierto que, en buena medida, la predisminución de los años al envejecer se debe a la monotonía del contenido de la memoria, y a la consecuente simplificación de la mirada retrospectiva. En la juventud podemos tener una experiencia absolutamente nueva, subjetiva u objetivamente, cada hora del día. La aprehensión es vívida, la retención es fuerte, y nuestra recolección de ese tiempo, como ocurre cuando pasamos el tiempo en viajes rápidos e interesantes, es de algo intrincado, multitudinario y de gran amplitud. Y mientras cada año convierte muchas de estas experiencia en una rutina automática, que apenas notamos, los días y las semanas se uniforman en recuerdos de unidades sin contenido y los años se ahuecan y colapsan.

Podemos pensar con James, entonces, que si bien el tiempo pasa más rápido con la edad esto no es inexorable sino que es un efecto de la habituación y de un opacamiento de nuestra percepción, hasta cierto punto natural, ya que sería prácticamente imposible estar recibiendo estímulos completamente nuevos cada día --incluso nuestra energía difícilmente podría aguantar esto ya que también exhibe un declive con la edad. Existe, sin embargo, una forma de combatir el gradual deterioro de nuestra captación de tiempo (y procesamiento de experiencias). Habría que procurar, de manera sostenible, una importante cantidad de estímulos novedosos (los cuales a su vez generan neurogénesis) y limpiar, por así decirlo, nuestra mirada, borrar de la pizarra con la que aprehendemos la realidad para poder acceder a un mayor "ancho de banda" o, mejor dicho,  para entrar en contacto con las cosas en sí mismas, con lo que René Guénon distingue como el reino cualitativo de las esencias y no de las meras cantidades. Una percepción menos mecánica del mundo, más abierta al cariz, a la particularidad, a la amplitud y a la expresión plena del instante, que, nos han dicho todos los místicos, contiene en su transparencia la eternidad, es una imagen o un holograma de todos los tiempos.

Podemos tal vez detener el tiempo, dilatarnos y no contraernos. Esto es, probablemente como casi todo en la vida, una cuestión de percepción. El lector estará de acuerdo en que es deseable buscar una mayor calidad de experiencias más que una mayor cantidad de experiencias. Aunque el aspecto cualitativo de una experiencia está de alguna manera relacionado con la cantidad de información que podamos asimilar de la misma. Esto es, el nivel de detalle, de definición, la riqueza de matices y relieves que podamos absorber de una escena o evento. Esta agudeza perceptiva no sólo se traduce en una mayor cantidad de pixeles, por así decirlo, a su vez abre una dimensión cualitativa: percibimos los anillos de los ojos de una persona, los filamentos que reflejan una luz azul grisácea, las comisuras de sus labios que se expanden... y sentimos nuestro latido con mayor fuerza, observamos que su expresión es un gesto que nos remite a otro gesto en otro momento, contiguo, por así decirlo, en el teatro de la memoria y accedemos a una serie de conexiones y correspondencias entre lo que observamos, una madeja que es también de significados, puesto que creemos entender que este mismo gesto es de alguna manera esencial el mismo que otro gesto, que otro momento, que sentimos y que se inscribe en nosotros con una profunda nitidez, antiguo y nuevo, emanando de una fuente de la cual podemos beber siempre. La información se convierte en conciencia emotiva, las cosas, en su multiplicidad, se integran dentro de un todo coherente.

Samuel Beckett escribió que "la creación del mundo no sucedió de una vez y para siempre, sino que sucede todos los días". El egiptólogo y alquimista, R. A. Schwaller de Lubicz construyó todo un sistema filosófico alrededor de la percepción de esto que podemos llamar el instante cosmogénico del cual son eco todos los instantes. "El tiempo es génesis", dice De Lubicz, porque todo está "en proceso de generación hacia su fin", por lo que nos exhorta a percibir en la realidad inmediata de la semilla, el fruto, en el capullo, la flor. Bajo esta óptica cada objeto tiene en sí mismo ya la virtualidad de todos los momentos y una percepción completa, liberada de la fragmentación temporal, debería de ser capaz de percibir la totalidad de la existencia de cada cosa en una percepción singular. De Lubicz sugiere que este es el verdadero significado de la alquimia, cuyos antiguos adeptos solían decir que la materia prima de la piedra filosofal estaba en todas las cosas y en todos los fenómenos estaba su magna operación. La evolución del individuo, en la filosofía de De Lubicz, ocurre justamente a través de este tipo de percepción, capaz de inscribir profundamente en el organismo las experiencias más allá del procesamiento del cerebro racional y de lo factual; un aspecto cualitativo que es el tiempo como génesis: el génesis revelándose todo el tiempo. La creación: siempre nueva; el origen: presencia perpetua. 

 

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