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Quizá no sea casual que en una época como la nuestra, tan llena de producción y consumo, procrastinar sea una de nuestras actividades aparentemente predilectas

En los últimos 10 o 15 años, la palabra “procrastinar” ganó en uso y popularidad, especialmente en los medios anglosajones y, por contagio, después en otros idiomas como el nuestro. Sólo como un apunte más o menos especializado cabe decir que no se trata, sin embargo, de un anglicismo, pues como documentó Gabriel Zaid con notable erudición, “procrastinar” es una palabra que proviene directamente del latín y que la Real Academia Española incluyó en su diccionario desde 1989.

La recuperación de dicho vocablo no es en modo alguno casual y más bien obedece a motivos quizá no totalmente claros o definidos pero sí presentes. Como a veces sucede con nuestra habla personal, hay palabras específicas en las que se cifra parte de lo que somos, la perspectiva de vida que tenemos, la realidad que experimentamos. Hay quien usa muchas negaciones, por ejemplo, quien llena su boca de adjetivos o quien casi siempre comienza una respuesta con una adversativa (“Sí pero…”), y desde un punto de vista subjetivo, cada una de esas situaciones es reflejo de la persona en sí, en sus muchos aspectos.

Algo muy parecido sucede con las sociedades. Las palabras o expresiones que más se usan, las que más se repiten, sobre las cuales se insiste, conllevan algo, dicen algo de esa sociedad y de ese momento histórico más allá de lo que parecen decir explícitamente.

Una de las primeras características que, en este sentido, cabría atender respecto del gusto contemporáneo por la palabra “procrastinar” es su relación estrecha con el auge de Internet y las prácticas digitales. El contagio señalado anteriormente del inglés al español y otras lenguas se explica por esto mismo. A pesar de su rareza y hasta de su condición de semicultismo, la palabra es popular en inglés, español o francés en buena medida porque ha sido popular en Internet desde hace ya varios años.

El motivo es más o menos evidente: Internet es una gran fuente de procrastinación. Hasta cierto punto, ciertos aspectos de la Red han provocado ese efecto que la palabra expresa tan bien. Un video sumamente creativo respecto de la procrastinación la define como el acto de postergar lo inevitable (dicho de otro modo, una forma de lidiar con la angustia por la muerte), pero la verdad es que, al menos para empezar, podemos situarla en un nivel mucho más mundano. En la vida diaria, procrastinar casi siempre es una respuesta que tenemos frente a la obligación.

En vez de hacer el trabajo que tenemos que hacer, revisamos nuestro Facebook (como si algo hubiera cambiado en esa media hora que transcurrió desde la última vez que lo hicimos), o miramos videos en YouTube, likeamos GIFs en Tumblr, hacemos una playlist en Spotify o leemos la nota que todo el mundo está compartiendo esa mañana. Quizá las posibilidades de procrastinación que ofrece Internet no sean infinitas, pero sin duda sí son inagotables, tanto que a veces podemos terminar hastiados de tanta procrastinación, ahítos mucho más allá de la saciedad y aún así con la impresión de que podríamos seguir consumiendo.

¿Por qué razón si Internet es también, en otro sentido, un recurso de enorme potencial, con ambiciones que en algo recuerdan los proyectos humanísiticos del Renacimiento, parece ser que lo que más destaca son sus posibilidades de procrastinación?

El problema, claro, no es de Internet en sí, sino del uso que le damos, el cual, como casi todo de lo que sucede en nuestras sociedades, tampoco se puede entender aislado, sino sólo en relación del contexto en el que se desarrolla y donde surgen sus posibilidades mismas de existencia.

La pregunta de por qué procrastinamos quizá podría formularse de otra manera, más sencilla: ¿por qué nos distraemos? Hasta cierto punto es comprensible que la obligación provoque en nosotros el efecto de la resistencia. En un sentido romántico, procrastinar podría verse casi como un acto contestatario ante la imposición de una forma de vida basada en la producción imparable.

La realidad, sin embargo, podría ser menos optimista, porque a fin de cuentas distraernos es una forma de eludir lo que de cualquier forma está ahí y seguirá estando para cuando nos cansemos de recorrer por enésima ocasión nuestro feed de Facebook. ¿Qué? Nuestra vida, de la que quizá apartamos la mirada porque no termina de agradarnos, de ser como quisiéramos, de tener lo que nos gustaría.

¿Pero entonces? ¿No sería mejor reconocer que nuestro trabajo nos aburre o nos desespera? ¿No sería mejor darnos cuenta de que queremos hacer algo pero hay algo que nos lo impide? ¿No sería mejor, para decirlo brevemente, vivir de verdad o al menos preguntarnos por qué no lo hacemos?

Antes decíamos que la procrastinación podría considerarse una manera de lidiar con el miedo a la muerte, lo cual puede ser cierto, al menos como una forma de elusión. Sin embargo, siguiendo la lectura que Byung-Chul Han hace de la conocida dialéctica del amo y el esclavo de Hegel, quizá cabría decir también que procrastinar es un acto emanado plenamente de “la mera vida”, la vida del esclavo, el miedo a la libertad que también podemos encontrar en autores tan distintos como Étienne de La Boétie y Jean-Paul Sartre. Procrastinar sería entonces no hacer lo que tenemos que hacer pero tampoco hacer algo que nos acercaría a eso que sí queremos hacer. En su ensayo, Han recuerda a los no-muertos de El holandés errante, la ópera de Wagner, que son como espectros que no viven pero tampoco han muerto, sino que se encuentran en ese limbo intermedio que, por otro lado, tanto se parece a los períodos en que procrastinamos, ese tiempo muerto que no es trabajo ni ocio y del que nos parece tan difícil salir, como si esta fuera una decisión ajena a nuestra voluntad.

En el discurso, si nos preguntaran, todos diríamos que queremos ser libres, que queremos realizar nuestro deseo, ¿pero qué tanto hacemos para llevar esas palabras a los actos? ¿O qué tanto conocemos ese deseo como para encauzarlo en la realidad, más allá de los pensamientos y las supuestas intenciones?

¿Y qué sería de este mundo –tu mundo– si le perdiéramos el miedo a la vida auténtica?

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

Una de las mentes más importantes de todos los tiempos, cuya fascinación por observar el cielo lo llevó a imaginar el primer mapa estelar de la historia

Desde que el hombre tiene memoria, la observación ha sido un pilar de la sabiduría incuestionable. A través de esta práctica tan sencilla y al mismo tiempo tan compleja de entender, la historia de lo humano ha podido explicar eventos innumerables que siguen permitiendo la construcción parcial de la realidad que se conjetura. “Observar con atención equivale a recordar con claridad”, escribió Edgar Allan Poe. Y es que basta recordarnos por qué cada uno de nosotros equivale a una estrella para saber que, significativamente, todos estamos involucrados en el origen del universo.

Dicha correlación cósmica ha llevado inevitablemente a mentes interesadas en cartografiar el cielo; desde ubicar cada punto suspendido en el cielo oscuro, determinar qué hay arriba para entender lo que hay abajo, descubrir las dimensiones del espacio y el tiempo (o lo que puede espejearse igual: el cosmos y su unidad de medida) e inclusive, ubicar a todas las estrellas percibidas por el ojo de una mente inquisitiva, como fue el caso de Hiparco de Nicea, el primer gran cartógrafo de estrellas. 

Hiparco fue astrónomo, geógrafo y un notable matemático. Nació en Nicea, Bitinia (c. 190 a. C.– c. 120 a. C.) pero su lugar de trabajo y constantes descubrimientos fue Rodas (por cierto una de las ciudades antagonistas de Alejandría), en donde estableció un observatorio y construyó herramientas propias para declarar con precisión el atisbo de propiedades cósmicas. A él se deben invenciones trascendentales como la creación de la trigonometría, la división de la Tierra en meridianos y paralelos, el excepcional descubrimiento de la “precesión de los equinoccios”, un admirable cálculo de la distancia entre la Tierra y la Luna –el más aproximado hasta entonces, la longitud de un año –que sólo difirió en 6 minutos con el real– y la más célebre de todas: la primera escala de magnitudes que permitiría medir el brillo aparente de las estrellas y, con ello, ubicarlas a todas ellas en el impoluto negro de un cielo nocturno.

Mediante su magnitud estelar –y el descubrimiento de una insospechada supernova en el año 134 d. C.– Hiparco se propuso mapear todas las estrellas del universo, mismas que habría de clasificar según su brillantez. Así, encontramos a las estrellas de primer tamaño o primera magnitud, que son las estrellas más brillantes del cosmos –se logran distinguir porque son las que hacen presencia desde el ocaso solar y tras la salida del Sol. Les siguen las de segundo tamaño o segunda magnitud, tercera y así hasta llegar a la sexta magnitud, correspondiente a las estrellas inasibles, las que únicamente se les ve con total oscuridad. 

Mediante esta medición de propiedades, Hiparco ubicó 850 estrellas de 48 constelaciones en un catálogo que más tarde habría de volverse célebre gracias al Almagesto de Ptolomeo. Con este gran índice estelar logró proyectar de manera tridimensional algunos de los primeros mapas esféricos –simbólicamente se podría decir que los planetarios, más adelante, fueron uno de ellos. Pero el ejemplo más directo hasta la fecha –y una metáfora sin duda sublime– es la escultura romana del Atlas Farnesio, una réplica exacta de una escultura helenística del dios griego Atlas (‘el portador’), que carga en sus hombros una esfera de gran tamaño. La figura, analizada recientemente por el arqueoastrónomo Bradley Schaefer, supone a Hiparco como el mentor de la obra. Según el estudio, dicha esfera contiene el catálogo estelar de Hiparco con mediciones tan exactas que se cree que el escultor hizo con una réplica de un auténtico mapa celeste en sus manos. Lo que es igual: se trata de una escultura que recrea la imagen del “portador” Atlas sosteniendo los pilares que separan la tierra de los cielos, en este caso, al mundo de los cuerpos celestes.

Así fue como Hiparco de Nicea, uno de los cosmonautas más representativos de todos los tiempos, nos permitió imaginar a través de efusivos mapas estelares que las primeras metáforas astronómicas (y ciertamente existenciales) sobre el origen del universo nacieron justo de practicar la observación que, más allá de ver, requiere de una claridad con gran poder de intuición.