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De la melancolía al ímpetu: 8 poemas de Nietzsche para explorar su faceta menos conocida

Libros

Por: pijamasurf - 05/02/2016

Friedrich Nietzsche también ejerció la poesía, arte del que estuvo enamorado toda su vida por considerar que expresaba a cabalidad el enigma inherente a la existencia

Friedrich Nietzsche es sin duda uno de los filósofos más conocidos aun entre personas no necesariamente especializadas en dicha disciplina. En este sentido, la suerte de Nietzsche ha sido ambigua, pues si bien goza de ese alto grado de reconocimiento entre lectores de muy diversa índole, por otro lado dicha celebridad también está asociada a condiciones biográficas e históricas muy particulares, desde el peculiar temperamento rabioso con el que usualmente asociamos al filósofo hasta la apropiación que ideólogos del régimen nazi hicieron de su obra y su figura.

Sin embargo, más allá de estas circunstancias más bien contextuales, quizá, en defensa de Nietzsche, podría argumentarse que si ha ejercido un alto grado de fascinación en personas de varias épocas, geografías y lenguajes es sobre todo por dos cualidades irrebatibles de su obra.

Por un lado, la exquisitez de su estilo de escritura, su pulimiento, la pluma francamente literaria que bien pudo situarlo como una escritor a la altura de Goethe o Rilke de no haber sido filósofo. Leer algo que además de ser profundo, conmovedor, también está bien escrito, siempre es gratificante para la persona que lo sabe apreciar.

En segundo lugar, más allá de las impresiones superficiales que puede darnos su fama, Nietzsche vació en su obra un profundo amor por la vida. Usualmente se le considera un filósofo pesimista, agrio incluso, que no cesaba de despotricar en contra de la existencia, y quizá esto sea parcialmente cierto, pero si lo hacía así no era gratuitamente sino con un propósito claro: enseñarnos a apreciar mejor la vida; hacernos ver que la existencia es un pantano del que sin embargo podemos liberarnos, porque tenemos la capacidad para ello.

Estos dos rasgos del Nietzsche, decíamos, pueden palparse en su obra filosófica, pero también en otro territorio que quizá es un tanto menos conocido que éste: su poesía. Como buen filósofo, Nietzsche era una persona sumamente cultivada que, además, vivió muy de cerca la influencia del Romanticismo como movimiento artístico y de vida, de ahí que su conexión con la literatura haya sido casi inevitable. Asimismo, el filósofo es parte de esa tradición alemana –que se puede observar también en pensadores como Theodor W. Adorno, Walter Benjamin o Martin Heidegger, entre varios otros– que toma a la literatura como una suerte de fanal que ilumina de otro modo las mareas de la existencia. Pasa con cierta frecuencia que un verso, el fragmento de una novela, el diálogo de un personaje, dicen en su elocuente brevedad lo que a veces a los filósofos les toma páginas enteras.

Nietzsche ejerció la poesía prácticamente en todas las épocas de su vida intelectual. Ya en sus obras seminales encontramos su atracción por el género, el cual, en el marco de su sistema de pensamiento, es fundamental para entender el lazo inquebrantable entre estética y vida y el proyecto consecuente de transformar la existencia propia en una obra de arte. En cierto momento, sin embargo, Nietzsche pasó de ser lector de poesía a ser él mismo poeta, con composiciones que igualmente celebran la vida desde esa perspectiva tan suya. Un empeño que, en cierta manera, queda explicado en esta frase de Así habló Zaratustra:

¡Y cómo soportaría yo ser hombre si el hombre no fuese también poeta y adivinador de enigmas y el redentor del azar!

A continuación compartimos algunos poemas tomados de la selección realizada y traducida por Txaro Santoro y Virginia Careaga para la editorial Hiperión (la cual, dicho sea de paso, posee uno de los catálogos poéticos más admirables en el ámbito hispánico). Estas versiones permiten una lectura sumamente fluida de la obra poética de Nietzsche, oscilante entre la melancolía y la celebración de la existencia.

 

HACIA NUEVOS MARES

Allí quiero ir; aún confío
en mi aptitud y en mí.
En torno, el mar abierto, por el azul
navega plácida mi barca.
Todo resplandece nuevo y renovado,
dormita en el espacio y el tiempo el mediodía.
Sólo tu ojo — desmesurado
me contempla ¡oh Eternidad!

 

ECCE HOMO

¡Sí! ¡Sé de dónde procedo!
Insaciable cual la llama
quemo, abraso y me consumo.
Luz se vuelve cuanto toco
y carbón cuanto abandono:
llama soy sin duda alguna.

 

¡HOMBRE! ¡PRESTA ATENCIÓN!

¡Hombre! ¡Presta atención!
¿Qué dice la profunda medianoche?
«Yo dormía, dormía —
De un profundo sueño desperté: —
El mundo es profundo,
y pensado aún más profundo que el día.
Profundo es su dolor —,
el gozo — más profundo aún que el sufrimiento.
Dice el dolor: ¡pasa!
Mas todo gozo quiere eternidad,
— ¡quiere profunda, profunda eternidad!».

 

ENTRE AMIGOS

Un epílogo

1

Hermoso es compartir el silencio,
más hermoso es compartir la risa —
tumbado sobre el musgo a la sombra del haya,
bajo un cielo de seda
reír alegre entre amigos
dejando ver los blancos dientes.
Si lo hice bien, callemos,
si lo hice mal, riamos,
y hagámoslo siempre peor,
hagámoslo peor, y maliciosos riamos
hasta ascender a nuestra sepultura.
¡Amigos! ¡Sí! ¿Así ha de suceder?
Hasta la vista. ¡Amén!

2

¡Ni disculpas, ni perdón!
¡Envidiad alegres, cordialmente libres,
el tono, el corazón y la hospitalidad
de este libro tan poco razonable!
Creedme, amigos, ¡no para ser maldita
me fue concedida mi sinrazón!
Lo que yo encuentro, lo que yo busco,
¿estaba ya en algún libro?
¡Honrad en mí la secta de los locos!
¡Aprended de este libro enloquecido
cómo la razón — «entra en razón»!
Ea, amigos, ¿ha de suceder?
Hasta la vista. ¡Amén!

 

PARA BAILARINES

Hielo liso,
un paraíso
para quien bailar bien quiso.

 

LA GAYA CIENCIA

Esto no es un libro: ¡qué encierran los libros,
esos sarcófagos y sudarios!
El pasado es su botín:
pero aquí vive un eterno Presente.
Esto no es un libro: ¡qué encierran los libros!
¡qué encierran sarcófagos y sudarios!
Esto es una voluntad, una promesa,
esto es un viento marino, un levar anclas,
esto es una última ruptura de puentes,
un rugido de engranajes, un gobernar el timón;
¡brama el cañón, blanco humea su fuego,
ríe el mar, la inmensidad!

A LA MELANCOLÍA

No te enojes conmigo, melancolía,
porque tome la pluma para alabarte
y, alabándote, incline la cabeza
sentado sobre un tronco como un anacoreta.
Así me contemplaste ayer, como otras muchas veces,
bajo los matinales rayos del cálido sol:
Ávido el buitre graznaba en el valle,
soñándome carroña sobre madera muerta.
¡Te equivocaste, pájaro devastador,
aunque momificado descansara en mi leño!
No viste mi mirada llena de placer
pasear en derredor altiva y ufana;
y que cuando insidiosa no mira a tus alturas,
extinta para las nubes más lejanas,
se hunde en lo más profundo de sí misma
para radiante iluminar el abismo del ser.
Muchas veces sentado en soledad profunda,
encorvado, cual bárbaro oferente,
pensaba en ti, melancolía,
¡Penitente, pese a mis pocos años!
Sentado así, me complacía el vuelo del buitre,
el estruendo de la avalancha,
y tú, inepta quimera de los hombres,
me hablabas con verdad, mas con horrible y severo semblante.
Acerba diosa de la abrupta naturaleza,
amiga mía, te complaces en manifestarte a mi alrededor
y en mostrarme amenazante el rastro del buitre
y el goce de la avalancha, para aniquilarme.
En torno a mí respira enseñando los dientes
la apetencia de muerte:
¡torturante avidez que amenaza la vida!
Seductora sobre la inmóvil estructura de la roca
la flor suspira por las mariposas.
Todo esto soy —me estremezco al sentirlo—:
mariposa seducida, flor solitaria,
buitre y rápido torrente de hielo,
gemido de la tormenta — todo para ensalzarte,
fiera diosa, ante quien profundamente inclino la cabeza,
y suspirando entono un cántico monstruoso de alabanza,
sólo para ensalzarte, ¡que con cordura
de vida, vida, vida esté sediento!
No te enojes conmigo, divinidad malvada,
porque con rimas dulcemente te orne.
Aquel a quien te acercas se estremece ¡oh rostro terrorífico!
Aquel a quien alcanzas se conmueve, ¡oh malvado derecho!
Y yo aquí estremeciéndome balbuceo canto tras canto
y me convulsiono en rítmicas figuras:
fluye la tinta, salpica la pluma afilada,
¡oh diosa, diosa, déjame — déjame hacer mi voluntad!

 

SOLITARIO

Graznan las cornejas
y aleteando se dirigen a la ciudad;
pronto nevará.
¡Feliz aquel que aún tiene patria!
Ahora estás petrificado
y miras hacia atrás ¡cuánto tiempo ha pasado!
¿Por qué has huido, loco, por el mundo
ahora que el invierno se aproxima?
El mundo: puerta muda y fría
abierta a mil desiertos.
Quien perdió lo que tú perdiste
en parte alguna se detiene.
Ahora estás pálido,
condenado a un viaje de invierno,
al humo semejante,
que sin cesar tiende a más fríos cielos.
¡Vuela, pájaro, grazna tu canción
en tono de pájaro desértico!
¡Esconde, loco, en hielo y en desprecio
tu sangrante corazón!
Graznan las cornejas
y aleteando se dirigen a la ciudad:
— pronto nevará.
¡Infeliz aquel que de patria carece!

 

(Imágenes: Edward Hopper)

 

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La abstención de animales como fuente alimenticia tiene una larga historia en Occidente

Aunque muchos asocian el vegetarianismo con las religiones salidas del subcontinente indio, la verdad es que la abstención de animales como fuente alimenticia tiene una larga historia en Occidente, ligada a la práctica espiritual en un marco tradicional. En las versiones antiguas del diccionario de la Real Academia Española existía una curiosa acepción que ya no es posible encontrar, pero que revela este hecho con manifiesta nitidez. Como definición del adjetivo pitagórico figuraba aquel que se abstiene de comer carne. Y es que Pitágoras fue el más célebre de los vegetarianos de la antigüedad. La dieta pitagórica, que siguieron todos los miembros de la augusta fraternidad que fundara en Crotona, buscaba establecer algunas normas fundamentales que resultaban de gran importancia para la ascesis espiritual del neófito.

En el contexto de las tradiciones iniciáticas, la sacralización de las acciones cotidianas es un elemento fundamental que distingue al adepto del profano, y la alimentación no puede quedar por fuera de dicha asimilación hierática. El pitagórico debía seguir una alimentación compasiva, por la que no se hubiese derramado sangre alguna. Para Pitágoras no es posible el perfeccionamiento espiritual del hombre en ausencia de una actitud misericordiosa hacia otros seres. De acuerdo con sus enseñanzas, los animales comparten con el hombre el privilegio de contar con un alma propia. De allí la enorme sensibilidad que muestran, su capacidad para experimentar placer y dolor, sus apegos, aversiones y la animada libertad que parecen exhibir en su comportamiento.

Por otra parte, el iniciado de la orden pitagórica debía observar una alimentación liviana y frugal, a fin de no sobreexcitar los sentidos ni impedir la manifestación del alma a través del cuerpo, ya que es de común conocimiento que un estómago pesado aturde y embota la mente. Los alimentos de origen animal son ricos en proteínas y grasa, razón por la que no favorecían ese estado de claridad mental que buscaban. Además, abstenerse de toda carne les permitía establecer un vínculo simbólico con la luz, fuente de la que obtienen la vida todos los vegetales. El vegetarianismo es, para la corriente apolínea del pensamiento pitagórico, la manera de alimentarse sabiamente en armonía con la generosidad de la tierra.

Por cierto, la palabra dieta proviene del griego δίαιτα, que literalmente significa “régimen de vida”, algo en lo que los pitagóricos ponían gran énfasis. En sus Metamorfosis, el poeta romano Ovidio atribuye a Pitágoras las siguientes palabras, no carentes de cierta severidad: “Mientras los hombres sigan masacrando a sus hermanos animales, reinará sobre la Tierra la guerra y el sufrimiento, y se matarán los unos a los otros, pues aquel que siembre el dolor y la muerte no podrá cosechar el gozo ni la paz”. En la concepción pitagórica del mundo, el sacrificio de animales es un crimen injustificable a la luz de la razón. El hijo de Apolo enseñaba a sus discípulos diciéndoles: “Nunca mojes tu pan en la sangre de los animales ni en las lágrimas de tus semejantes”.

Es muy probable que Platón fuese también vegetariano, dada su admiración por la enseñanza del maestro de Samos, que en cierto modo continuó y transmitió a la posteridad. Algunos historiadores lo ponen en duda a falta de pruebas contundentes en sus escritos, pero su abierta adhesión a las doctrinas pitagóricas hacen difícil pensar otra cosa. Como sea, los seguidores de Platón en épocas posteriores se caracterizaron por ser bastante cuidadosos con lo que se metían a la boca. Plotino y Proclo fueron vegetarianos estrictos y no consentían en absoluto el asesinato de animales. La ascética del neoplatonismo abarca ejercicios espirituales de alejamiento respecto a todo lo que es mortal y carnal, incluyendo un escrupuloso régimen vegetariano. En su obra Sobre la abstinencia, el neoplatónico Porfirio realiza una férrea defensa del vegetarianismo por motivos éticos. De forma equivalente Plutarco, sacerdote de Delfos y destacado neopitagórico, escribe una defensa en su Moralia, obra fundamental que, entre otras cosas, afirma el derecho de los animales a ser tratados con justicia y bondad en virtud de su capacidad sensible. En ella el intérprete de la pitonisa se cuestiona:

¿Puedes realmente preguntar qué razón llevó a Pitágoras a abstenerse de la carne? Por mi parte yo me pregunto qué accidente, y en qué estado de alma y mente, estaba el primer hombre que lo hizo, tocó su boca con un cuchillo y trajo a sus labios la carne de una criatura muerta, aquel que llenó la mesa de muerte con cuerpos rancios y se atrevió a llamar comida y sustento a las que habían antes llorado, rugido, movido y vivido. ¿Cómo pudieron sus ojos soportar la masacre de gargantas cortadas y cueros desollados? ¿Cómo pudo su nariz soportar el hedor? ¿Cómo pudo ser que la contaminación no se llevó el sabor, que hizo contacto con el dolor de otros y chupó el jugo y suero de heridas mortales?

Estas palabras traducen explícitamente el sentido moral de una concepción espiritual del mundo en la que el hombre está destinado a recuperar una conciencia y entendimiento que perdió al contacto con la materia densa. Pero no es sólo en el mundo griego donde nos encontramos prescripciones alimenticias favorables al vegetarianismo. De las epístolas de Plinio el Joven sabemos que todos los cristianos primitivos se abstenían de consumir carne. El mandamiento bíblico original del Génesis 1:29-30, que hace referencia a la alimentación antes de la expulsión del Paraíso, nos dice:

Y dijo Dios: He aquí, yo os he dado toda planta que da semilla que hay en la superficie de toda la tierra, y todo árbol que tiene fruto que da semilla; esto os servirá de alimento. Y a toda bestia de la tierra, a toda ave de los cielos y a todo lo que se mueve sobre la tierra, y que tiene vida, les he dado toda planta verde para alimento.

Es después de la caída que los hombres reciben la dispensa de sacrificar animales para el rito y el sustento. Ese hombre, revestido con la densidad corporal de “las hojas de higuera”, es el que siente deseos de derramar sangre para comer. Es aquel que Johann Georg Gichtel llama hombre tenebroso, que ha perdido el contacto con la gracia divina, encontrándose exiliado en el plano inferior de la materia densa, habitando un cuerpo de pesada carne, en vez de aquel cuerpo de luz con el que fue creado en las regiones superiores. La exégesis anagógica del texto bíblico, y particularmente la interpretación cabalística, desarrolla este mensaje velado tras los símbolos y la leyenda.

Eden

Al día de hoy, los monjes de la Iglesia ortodoxa y de la Iglesia copta son en su gran mayoría vegetarianos, lo mismo que ciertas comunidades monásticas de la Iglesia católica como los cartujos y los cistercienses. Retoman con ello la forma de vida sencilla, contemplativa y misericordiosa que tenía el hombre antes de la caída cósmica, buscando asemejarse a los ángeles que cantan en torno al trono de Dios. La alimentación descrita en el primer capítulo del Génesis fue también la pauta para varias comunidades esenias asentadas en las riberas del mar Muerto durante el primer siglo de nuestra era. Asimismo en la Edad Media, la dieta vegetariana fue esencial para el movimiento Cátaro. Aunque algo extremos en sus prácticas ascéticas, la abstinencia de todo tipo de carnes fue probablemente la más suave de sus austeridades. Su profundo rechazo hacia el mundo iba acompañado de un pacifismo igualmente acentuado, razón por la cual el vegetarianismo representó una forma de vida no violenta, en consonancia con su aversión por las maneras sanguinarias que caracterizaban a otros cristianos de la época.

La intención de estas comunidades religiosas por recobrar el estilo de vida anterior a la expulsión del Paraíso también dio ejemplos de vegetarianismo en época más reciente. La extraña comunidad de teósofos cristianos de Ephrata, que habitaron en Pensilvania durante el siglo XVIII, se apegó a esta misma prescripción alimenticia. Algunas de estas comunidades cristianas hacían alguna excepción ocasional para determinadas fechas; otras eran más estrictas y no quebraban la regla jamás. Esta dieta practicada en el Jardín del Edén, transmitida a través de la línea de Set y sus descendientes, aparece explícitamente retratada en la película Noé, un film de 2014 que también cuenta con abundantes referencias al apócrifo Libro de Enoc. Darren Aronofsky, su director, suele incluir referencias cabalísticas en sus obras cinematográficas y es un conocido activista por los derechos animales.

Resulta curioso pensar que la voz griega sarcófago significa “que come carne”. Ello puede haber dado pie a que Leonardo da Vinci, otro famoso vegetariano, señalara que el hombre es como un cementerio ambulante. En sus últimos años de vida el alquimista y cabalista británico Isaac Newton, más conocido por sus trabajos en física y matemáticas, también practicó el vegetarianismo por razones similares. Marsilio Ficino, máximo representante del neoplatonismo durante el Renacimiento y último sobreviviente de los Fedeli d'Amore, también observó concienzudamente la dieta pitagórica. Los ejemplos individuales son demasiado numerosos como para exponerlos todos aquí.

Pero más allá de la evidencia histórica que vincula el vegetarianismo con las tradiciones espirituales de Occidente y sus representantes, subsiste la pregunta acerca del porqué abstenerse de consumir animales. En una época inundada de relativismo individualista cuesta comprender que la espiritualidad consiste esencialmente en el desarrollo moral del alma humana. Nadie despierta su conciencia sin que ello tenga efectos concretos en la vida cotidiana. Se engaña quien cree que ha alcanzado alguna cima espiritual si en su diario vivir no ha adoptado, como consecuencia de aquello, una manera más compasiva y amorosa de relacionarse con los demás seres sensibles. Pagar para que otro asesine y descuartice no es precisamente un acto misericordioso. Entiendo que el tema genera polémica siempre. Muchos pueden sentirse ofendidos por expresar una verdad de la que no quieren saber. Los mataderos, lamentablemente, son lugares macabros donde el maltrato y el sufrimiento exceden en horror a cualquier campo de concentración.

El desarrollo moral del hombre es un requisito insoslayable en el camino hacia la trascendencia. Se argumentará que no todos los grandes iniciadores han sido vegetarianos y es cierto. Sin embargo ello no nos disculpa como para mirar hacia un lado y seguir creyendo que nuestra indolencia está moralmente justificada. El indecible dolor de las criaturas apela a la extensión y magnanimidad de nuestra conciencia. De allí que la dieta pitagórica sea una salvaguarda frente a esa desidia que raya en la complicidad. De verdad espero no ofender a nadie, sino invitar al descubrimiento de una hermosa forma de ser congruente con principios éticos que refrendan la nobleza espiritual a la que el hombre está llamado.

 

Twitter del autor: @cubicado