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Una visión holográfica del budismo, pasando una nueva luz a una intrigante imagen expresada en los viejos sutras

Si el hombre Buda es polvo

esos que andan por el llano

son hombres budas.

Octavio Paz, "Aparición"

 

En diferentes textos del budismo mahayana se hace una analogía entre el número de budas que existen en una partícula de polvo y el número de partículas de polvo que hay en el universo. En la oración de Samantabhadra al Rey de las Buenas Aspiraciones se lee: "En una partícula hay innumerables partículas, con inconcebibles budas y cielos, en los que todos los budas habitan en el centro de la sabiduría de todos los bodhisattvas...".

Esta frase recuerda ciertamente a la monumental obra que tiene el budismo mahayana, el Sutra de la Guirnalda (Avatamsaka), donde se dice:

En todo el reino del dharma y el dominio del espacio, hay partículas de polvo en todas las tierras puras del pasado, presente y futuro, en las 10 direcciones. En cada partícula de polvo hay tantos budas como hay partículas de polvo en todos los mundos. Cada Buda en su lugar rodeado de varias asambleas cuales océanos de bodhisattvas.  

En otra analogía en este sutra, que tiende a lo cósmico e inconmensurable, se dice que el mérito de los seres iluminados se transmite por tantas eras (kalpas) como existen partículas de polvo en el universo. Hoy diríamos, en vez de partículas de polvo, átomos. (El Dalái Lama ha titulado un reciente libro El universo en un solo átomo). La idea que se busca expresar aparentemente es la de la inconmensurable magnitud de los budas y del espacio mismo, pero también se sugiere una visión analógica del macrocosmos y el microcosmos, en la que se da entender la idea del infinito y la omnipresencia de Buda. Si el universo es realmente infinito, como sostiene el budismo, un perpetuo devenir, entonces en cualquier parte crecen innumerables reinos celestiales, brotan mundos como efímeras burbujas en el vacío y se iluminan en todas partes nuevos budas, los cuales son como los lotos que se abren en los estanques de millones de mundos. No existe diferencia entre ese polvo que flota ahí en un rincón de la habitación y los gloriosos seres que se encumbran en el cosmos como budas. Así, no sólo estamos en evolución, como todos los seres sensibles, a convertirnos en Buda, también estamos formados por innumerables budas danzando en nuestros átomos, como los incontables ángeles que imaginaron algunos teólogos cristianos bailando en la punta de un alfiler.

De alguna manera esto recuerda la idea moderna de que el universo tiene una naturaleza holográfica, como ha sido expresado por el físico David Bohm, quien en su libro La totalidad y el orden implicado sugiere que cada parte del espacio contiene de manera implicada (no manifiesta) la información de todo el universo, a la manera de un holograma.

El orden actual (el Orden Implicado) en sí mismo se ha grabado en el complejo movimiento de los campos electromagnéticos, en la forma de ondas de luz. El movimiento de las ondas de luz está presente en todas partes y en principio envuelve todo el tiempo y el espacio del universo en cada región. 

Bohm utiliza la idea de un holograma para articular su concepto de la totalidad en cada parte, siendo que en cada parte de una película holográfica se graba la totalidad de la imagen y puede así también reconstruirse. Esta forma de grabar el todo en cada parte, el buda en la partícula, es la gran magia del universo, el sello de la unidad. 

Podemos tomar --y probablemente desestimar-- la idea de los innumerables budas en una partícula de polvo como sólo una metáfora o una forma de alabanza religiosa, y evidentemente no podemos comprobar que esto sea cierto de una manera científica, pero tal vez no sea solamente un recurso poético. Sin pensar que esto debe tomarse de manera literal, tal vez lo dicho por los textos sea una forma de expresar dentro de las constricciones del lenguaje una verdad esencial, una enseñanza que no se puede comunicar del todo sin experimentarse. Pienso en la forma en la que Borges prepara el momento de develar el Aleph (el punto que contiene todos los puntos) en su famoso relato, diciendo que el lenguaje no podía comunicar aquello que es la simultaneidad de todos los momentos condensados en una esfera tornasol (una esfera como la de los místicos, cuyo centro está en todas partes pero cuya circunferencia en ninguna). Lo que el budismo nos dice es que ese Aleph existe en todas partes y es todas las cosas, el punto que revela la totalidad del universo implicada misteriosamente en toda su majestuosidad en una miniatura es ubicuo y lo podemos encontrar donde sea que estemos.

El maestro budista Thinley Norbu Rinpoche dice: "Los nihilistas afirman que existen millones de átomos en una célula, y las personas lo creen, pero si escuchan que existen millones de budas en una partícula, no lo creen. El problema es que las personas no creen en lo intangible". El budismo, por el contrario, entiende que la única razón por la cual podemos tener cantidades tan exorbitantes de cosas y fenómenos es porque en realidad son todas insustanciales, como apariciones mágicas en el vacío. La idea de los innumerables o inconcebibles budas en una partícula de polvo finalmente nos pide un acto de percepción que vaya más allá de la lógica, una correcta apreciación del vacío. Mirar hacia adentro del espacio, en cualquier reducto, y encontrar el infinito: soles y galaxias creándose y destruyéndose como partículas de polvo cada instante por siempre. 

 

Twitter del autor: @alepholo

Un nuevo libro explica genialmente el problema de vivir sometidos a una economía donde todo tiene que crecer para siempre

Douglas Rushkoff ha escrito el que podría ser el libro clave para entender la relación entre la economía y la tecnología o cómo el sistema económico de crecimiento todo lo permea, todo lo trastorna y todo lo devora (hace algunos años el popular periodista Matt Taibbi, en su cobertura de Wall Street, acuñó el término "calamar vampiro" para referirse al sistema financiero). En Throwing Rocks at the Google Bus, Rushkoff ausculta el sistema económico basado en el crecimiento, el cual, explica, en realidad surgió a finales de la Edad Media como una respuesta de la aristocracia a las libres transacciones --estilo bazar--  y monedas locales que se estaban generando entre las personas y que amenazaban con generar riqueza fuera de su alcance:

Esta fue la brillante, aunque explotadora, innovación: dinero cuya función esencial era hacer más ricos a los ricos. Debido a que los aristócratas ya tenían riqueza, ellos eran los únicos que podían participar en el nuevo suministro de prestar dinero. Si las personas y los negocios querían comprar algo en la economía real, debían obtener efectivo de la tesorería central.

Aquí yacen los fundamentos de la economía del crecimiento: "Siempre que existieran más negocios, habría más dinero siendo prestado para pagar los intereses del dinero prestado antes. Esto era genial para los ricos, que podían dar un paso a un costado y hacer dinero simplemente teniendo dinero".

De aquí llegamos a una versión optimizada por los instrumentos financieros de una economía en la que lo que importa es convertirse en "holdings", en tener el dinero para hacer con él más dinero, la suprema prestidigitación de la divisa: "El dinero hace dinero más rápido de lo que las personas o las compañías crean valor. Las personas y las compañías más ricas, entonces, deberían posicionarse lo más lejos posible del trabajo y la creación de cosas, y lo más cerca del grifo del dinero".

La economía basada en la tecnología digital, nos dice Rushkoff, no es una verdadera innovación que crea oportunidades para todos, donde cualquiera puede ser un multimillonario con una buena idea y una laptop. "Las compañías con nuevas tecnologías son libres de perturbar casi cualquier industria que elijan... siempre y cuando no afecten el sistema operativo financiero que subyace a todas las industrias", explica. Lo que está ocurriendo con las grandes corporaciones de Silicon Valley es "una nueva forma de que los negocios se hagan como siempre", es decir, cambiar para que las cosas no cambien del todo. Esto es fundamentalmente porque las empresas como Facebook, Twitter y Google, que en algún momento prometían generar aplicaciones y servicios que realmente podrían mejorar la calidad de vida de las personas e inyectar valor a las comunidades, al cotizar en la bolsa y al tener que cumplir con el mandamiento de los accionistas de seguir creciendo, deben supeditar toda innovación al mercado: "Al aplicar nuestras innovaciones tecnológicas al crecimiento por encima de todo lo demás, hemos echado a andar una forma poderosamente desestabilizadora de capitalismo digital acelerado".

La forma en la que la economía está programada se vuelve la "mentalidad" de las corporaciones (las cuales son "personas" o entidades con derechos y poderes) y se imprime en los productos que desarrollan. Así, las plataformas digitales con las que interactuamos reflejan el código esencial de la economía de succionar el valor de las cosas, no de optimizarse para mejorar la vida de las personas. (Facebook no está hecho para que los usuarios puedan mejorar sus vidas y sus relaciones, está hecho para que la información de los usuarios pueda ser monetizada, genere algoritmos de predicción de comportamiento y anuncios más efectivos). De igual manera la tecnología no genera realmente formas más ricas de expresión humana y creatividad, genera un mayor nivel de automatismo y predictibilidad. Esto es porque seguimos viviendo bajo "el ethos de la era industrial que coloca las necesidades y los valores humanos por debajo de las máquinas y los sistemas en los que vivimos".

Pero Rushkoff no habla de una conspiración de una élite; más allá de que el sistema económico moderno sea el resultado de la intervención hegemónica de los reyes y la aristocracia para apropiarse de la riqueza y ejercer un control monopólico, considera que como una especie de software viviente, la economía del crecimiento se instala sobre nuestra sociedad y ejerce las características de su programa, es un medio particular en el cual nos movemos. En vez de lamentarnos de que somos los siervos impotentes de una plutocracia insensible e implacable, debemos enfocar nuestros esfuerzos a reprogramar el sistema. De manera urgente, puesto que el código actual de crecimiento a toda costa está acabando con las cosas --primero con la Tierra, los recursos naturales y las cosas que pueden transformarse en productos y valor, y luego con los espacios virtuales hacia los cuales voltea cuando ya ha extraído el valor de todo el mundo material-- e incluso también acabará con todos aquellos que por ahora miran desde arriba el espectáculo, como los emperadores romanos en el Coliseo. Una riqueza apuntalada en un "producto sin producto", en dinero que genera dinero pero que no tiene ningún soporte material y una civilización de miles de millones de personas que no tienen con qué comprar las cosas que los algoritmos inteligentes los convencen de que necesitan es una bomba tiempo a la vez que un castillo de naipes, una riqueza espectral.  

Seguiremos comentando este texto de Rushkoff que deberá ser estudiado y valorado por cualquier persona que busque vivir en un mundo que prioriza la generación de valor, las relaciones humanas  y la prosperidad, aunque esto signifique dejar de crecer económicamente. ¿Para qué convertirse en esclavo de las métricas, de las acciones fluctuantes del mercado, de las cosas que tenemos, de las máquinas que supuestamente habíamos programado para liberar nuestro tiempo y nuestra mente? ¿No es esto idiótico o más bien robótico? Rushkoff considera que el problema esencial de nuestra sociedad es este despiadado sistema económico que, como si fuera un organismo viviente, busca perpetuarse sin ningún miramiento o dejo moral. Creo que ahí mismo yace también una crisis espiritual global, acaso encandilados por los espectros de deseo que produce la maquinaria económica --y todas esas apps tan cool y realmente insignificantes-- con los cuales se asegura de que seguiremos alimentándola de la electricidad y la información que necesita para nunca apagarse, hemos interiorizado también la mentalidad de extraer valor de los demás, de explotar las circunstancias, de vivir de manera mercantilista, apilando cosas --en vez de creando movilidad-- y en general hemos valuado las cosas de manera cuantitativa (cuánto es la palabra que más usamos) y no cualitativa. Hemos dejado que predominen los valores corporativos y el modo de ser de las máquinas; nosotros las programamos, pero luego ellas nos programan. 

 

Twitter del autor: @alepholo