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Einstein no era ateo. Su pensamiento religioso es complejo; cercano al panteísmo del filósofo Baruch Spinoza, Einstein sugirió en ocasiones que la elegancia de las leyes matemáticas del universo apunta a la presencia de una divinidad inmanente, no personal

Prefiero creer en todas las fábulas del Corán, el Talmud y la Leyenda, que creer que esta forma universal existe sin una mente. Y por ello, Dios nunca fabricó milagros para convencer a los ateos, porque sus obras naturales convencen. Es verdad, que un poco de filosofía inclina a la mente del hombre al ateísmo; pero la profundidad en la filosofía lleva a la mente del hombre a la religión.

Francis Bacon

La reputación de Einstein como un gigante intelectual ha hecho que obsesivamente se analicen sus hábitos y creencias, quizás buscando en los aspectos personales de su vida una forma de dar sentido a nuestras vidas, bajo la guía y el ejemplo de una luminaria. El caso de Einstein merece rescatarse porque muestra una motivación por conocer la verdad que no separa del todo la búsqueda científica de la búsqueda religiosa: una misma sed de lo absoluto por diversos métodos. Hoy en día la ciencia está completamente separada de la religión y un científico que manifieste una inclinación religiosa es rápidamente marginado de la academia o de la discusión supuestamente más seria que se produce dentro de los límites establecidos por la ciencia. Einstein ciertamente no fue una persona religiosa en el sentido tradicional, pero claramente tuvo una inquietud religiosa que fue sumamente importante en su trabajo y sin la cual quizás no habría formulado un modelo del cosmos tan elegante y en concordancia con principios universales.

La motivación del trabajo científico de Einstein, quien de niño tuvo una etapa de fervor religioso que luego abandonó, puede resumirse en una de sus citas más famosas: "Quiero conocer cómo Dios creó el mundo... quiero conocer su pensamiento, el resto son detalles". Esta es la más ambiciosa actitud que podemos concebir para acercarse al conocimiento y a la vez no es una actitud soberbia, sino que refleja el deseo más puro y hondo de saber --y no sólo la parte sino el todo. Esto es, querer saber, aspirar al todo, consciente, sin embargo, de nuestra pequeñez. A diferencia de muchos de los científicos modernos que no tienen una dimensión filosófica, Einstein no razona desde una conclusión previa (el ateísmo, o el materialismo), sino que toma el papel del niño o del filósofo que se asombra ante el misterio y a partir de lo que observa formula su creencia, aunque ésta puede ser una nueva pregunta y no una afirmación excluyente.  En una entrevista de 1930 publicada en el libro Glimpses of the Great de G. S. Viereck, Einstein explica:

Tu pregunta es la más difícil del mundo. No es algo que pueda responder con un simple sí o no. No soy ateo. No sé si pueda definirme como un panteísta. El problema en cuestión es demasiado vasto para nuestras mentes limitadas. ¿Puedo contestar con una parábola? La mente humana, no importa que tan entrenada esté, no puede abarcar el universo. Estamos en la posición del niño pequeño que entra a una inmensa biblioteca con cientos de libros de diferentes lenguas. El niño sabe que alguien debe de haber escrito esos libros. No sabe cómo o quién. No entiende los idiomas en los que esos libros fueron escritos. El niño percibe un plan definido en el arreglo de los libros, un orden misterioso, el cual no comprende, sólo sospecha. Esa, me parece, es la actitud de la mente humana, incluso la más grande y culta, en torno a Dios. Vemos un universo maravillosamente arreglado, que obedece ciertas leyes, pero apenas entendemos esas leyes. Nuestras mentes limitadas no pueden aprehender la fuerza misteriosa que mueve a las constelaciones. Me fascina el panteísmo de Spinoza, porque él es el primer filósofo que trata al alma y al cuerpo como si fueran uno mismo, no dos cosas separadas.

En otra famosa respuesta, Einstein contestó un telegrama del rabino Herbert S. Goldstein sobre su visión religiosa diciendo escuetamente: "Creo en el Dios de Spinoza. Quien se revela a Sí mismo en las armoniosas leyes del universo, no en un Dios quien se ocupa del destino y el castigo de la humanidad". Así en la necesaria economía verbal de un telegrama, Einstein revela la clave de su visión religiosa del universo. En ocasiones fue presentado como ateo, quizás confundiendo su negación de un dios personal (como ocurre con todas las religiones en su sentido esotérico), pero es mucho más cercano a la realidad decir que Einstein tenía una postura agnóstica que se inclinaba, sin embargo, marcadamente hacia el panteísmo. 

Baruch Spinoza, de extracción judía al igual que Einstein, formuló en su Ética demostrada según el orden geométrico (uno de los libros más importantes en la historia de la filosofía) el concepto del panteísmo, o la idea de que Dios es inmanente e idéntico a la naturaleza. Spinoza considera ahí que Dios es la única sustancia del universo y todas las cosas existen en Él: "todas las cosas necesariamente proceden de, o siempre siguen [al poder infinito de Dios] por la misma necesidad y en la misma forma en la que de la naturaleza de un triángulo sigue, por toda la eternidad, que sus tres ángulos sean iguales a dos ángulos rectos". Es decir, para Spinoza, el universo es necesario, existe bajo ley y tiene una naturaleza determinada; no es el resultado de un acto de creación voluntaria (también los dioses griegos estaban supeditados a Ananké, la necesidad). Esta es una teología ciertamente afín a la ciencia, que observa constantes matemáticas y leyes naturales operando en todo el universo. Einstein también creía que el universo era determinista, como puede deducirse de su famosa frase "Dios no juega a los dados". Al igual que Spinoza, Einstein creía que la geometría tenía un lugar fundamental en la naturaleza del universo, demostrando la existencia de una ley y un orden universal, igualmente un determinismo, lo que puede ser entendido también como una huella de la "mente de Dios" que tanto quería conocer, y que para Spinoza se manifestaba a través de la naturaleza, englobándolo todo. Recordemos que para Einstein el tiempo-espacio no es más que una propiedad que emerge de la geometría del universo.   

Algunos filósofos han interpretado el panteísmo de Spinoza como realmente un "materialismo", al eliminar la dualidad cartesiana y considerar que la mente y el cuerpo son una misma sustancia. Por otro lado, pocos filósofos han dotado a la mente de un poder tan vasto como Spinoza, para quien la intuición no sólo es la cualidad suprema del intelecto sino que es capaz de conocer a Dios a través de las ideas. "El conocimiento de la esencia eterna e infinita de Dios que cada idea involucra es adecuado y perfecto", escribió. "La mente humana tiene un conocimiento adecuado de la esencia eterna e infinita de Dios". Si podemos creer en esta cita recabada por el Huffington Post, Einstein no concebía al Dios de Spinoza como meramente material: "Cualquiera que se involucra seriamente en la ciencia se convence de que un espíritu se manifiesta en las leyes del universo, el cual es vastamente superior al hombre".

Podemos debatir arduamente sobre lo que creía o no creía Einstein y entraríamos en discusiones bizantinas en las que cada quien podría tener argumentos relativamente acertados que acerquen a Einstein a coincidir con sus propias creencias. Esto me parece un despropósito, lo que quiero rescatar más que su visión teológica (o falta de) es su acercamiento no dogmático al conocimiento. Esto es, no dogmático en tanto que no da por sentado la existencia de una divinidad personal que crea el mundo según su antojo, y también no dogmático en tanto que considera que la belleza y armonía del universo sugiere (pero no comprueba) la existencia de una inteligencia superior a la nuestra y se atreve a mencionar e incluir en la más alta mesa de discusión a la divinidad, algo que para la mayoría de los científicos hoy en día sería anatema. Algunos podrán ver en esto un agnosticismo, pero también es posible ver una actitud de reverencia y asombro místico. Como escribió en 1954 para la Radio Pública Nacional de Estados Unidos (NPR):

Estoy satisfecho con el misterio de la eternidad de la vida y con la conciencia --y el acercamiento a-- la maravillosa construcción del mundo existente en conjunto con la segura determinación de comprender alguna porción, aunque sea pequeña, de la razón que se manifiesta en la naturaleza. Esta es la base de una religiosidad cósmica, y me parece a mí que la más importante función del arte y la ciencia es despertar este sentimiento entre aquellos que sean receptivos y mantenerlo vivo.  

He ahí los principios de una ciencia integral, que no subestima a la religión, sino que se inspira en ella y que se atreve a una visión más amplia y grandiosa a la vez que más humilde en su concepción del universo. Hoy en día, cuando los pensadores legitimados por las corrientes de pensamiento en conformidad con los paradigmas dominantes de nuestra cultura recuerdan a grandes científicos, como Newton o Kepler, hacen referencia a su gran devoción religiosa como un mal propio de su tiempo o una especie de defecto de carácter que debemos pasar de largo, como si esto no fuera parte esencial no sólo de su personalidad sino de aquello que les permitió lograr sus descubrimientos. Me parece que debemos reconocer que la religiosidad --ese deseo de hallar y unirse con el Todo o con el Uno-- en estos casos no es "lo peor" en su personalidad o pese a lo cual estas grandes figuras han logrado sus revolucionarias teorías, como nos quieren hacer creer algunos, sino parte fundamental de lo que ha hecho que el pensamiento humano haya podido acceder a las esferas más altas del conocimiento.

 

Twitter del autor: @alepholo

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Infelicidad empaquetada. Compilamos aquí algunos estudios sobre los efectos del materialismo y defendemos una filosofía idealista y espiritual

Vivimos en la era del materialismo. Cada vez tenemos más cosas y cada vez dedicamos más tiempo a intentar ganar dinero, suponiendo que al obtenerlo también se incrementará nuestro bienestar. Esta es la gran ilusión de nuestra era, fomentada en parte por una sociedad dominada por la economía --en la que es necesario transformar a las personas en ávidos consumidores-- y en parte también por el paradigma científico materialista, el cual reduce la realidad a una dimensión solamente física, mayormente aleatoria, sin significado ni trascendencia. Lo cierto es que la visión materialista no conduce a la felicidad --por más que tautológicamente nos quieran convencer de que si compramos ese auto lograremos cumplir nuestros sueños y el mundo se rendirá a nosotros, esto no sucederá.

Hace algunos años la American Psychology Association publicó una reseña de la literatura existente sobre los efectos del materialismo y el consumismo en los índices de felicidad, satisfacción, estrés y otros factores. El artículo es un excelente y breve resumen de los engaños del materialismo, materializados, por así decirlo, en patologías en la psique de los individuos, tomando como muestra a los estadounidenses, la sociedad que ha exportado al mundo en gran medida la ideología del materialismo (la cual es una ideología realmente sin ideas, sin filosofía, una forma de vida despojada de su alma, más una reacción o un automatismo). Traduciré  y comentaré aquí algunos de los puntos más destacados.

El psicólogo David G. Myers, del Hope College, ilustra muy bien el panorama que vivimos: "Comparados con sus abuelos, los jóvenes adultos de hoy son mucho más afluentes, un poco menos felices y tienen muchos más riesgos de depresión y patologías sociales. Nuestro crecimiento económico en las últimas décadas no ha sido acompañado por el más mínimo incremento en bienestar subjetivo". Ante lo cual uno se pregunta: ¿cuál es el sentido de armar todo este tinglado, de llenar el mundo de fábricas y nuestras casas de aparatos, si no nos generan ni siquiera una percepción de estar mejor? Dedicar nuestro tiempo y energía a conseguir cosas que finalmente sólo significarán un peso encima, un drenaje de nuestra atención y que en sí mismas no producen ningún tipo de felicidad, es simplemente absurdo, incluso una forma de autotortura socialmente aceptada. Myers describe esta situación como "la paradoja" de la "sed espiritual en la era de la abundancia".

El doctor Edward Diener nota que las personas materialistas que además no tienen recursos sufren enormemente por ser materialistas; en el caso de las personas ricas que son materialistas, esto tampoco brinda una satisfacción de vida, pero los acerca un poco a los no materialistas, que pese a tener o no tener dinero, suelen estar más satisfechos que las personas acaudaladas materialistas. Lo decían desde la antigüedad los griegos: sabio es quien necesita poco y rico es quien está contento con su porción.

Según el artículo de la American Psychology Association, el doctor Tim Kasser explica por qué los materalistas suelen ser "pobres" en bienestar a través de la correlación que existe entre organizar la vida en función de conseguir logros extrínsecos, como adquirir productos, y reportes de infelicidad en relaciones, estados de ánimo y problemas psicológicos. Las metas intrínsecas que cita Kasser son el desarrollo personal y la conexión con la comunidad. De esto entonces que podamos decir que la felicidad es un estado interno, que nace del cultivo interno y acaso también de nuestras relaciones con personas en momentos de conexión real, probablemente en los que nos olvidamos de nosotros mismos y perdemos importancia personal (esto no significa comprarle un televisor a todos nuestros amigos, sino darles algo intangible).

La psicóloga Marsha Richins considera que la persona materialista sufre puesto que coloca expectativas poco realistas a lo que los productos que adquiere pueden hacer por ella. Richins cita un ejemplo de un hombre que "desesperadamente" quería comprar un alberca para así poder solucionar su problemática relación con su hija de 13 años. Hay que mencionar aquí que toda expectativa que se adhiere a algo material está condenada a producir insatisfacción, puesto que es la naturaleza de la materia ser impermanente, por lo cual lo que hoy consideramos que son "bienes" mañana serán males que padeceremos cuando ya no nos satisfaga el estado de un cuerpo o un objeto. Por eso la felicidad debe estar basada en cosas permanentes, las cuales nunca son materiales, esto es valores, ideas y esencias, fundamentalmente descubrir aquello que somos, lo que, según sostenemos aquí, no es material y no es impermanente, por lo cual debe de ser espiritual y eterno.

Un estudio llevado a cabo durante casi 20 años entre personas que estudiaron en universidades de élite en Estados Unidos mostró que las personas que tenían aspiraciones financieras más ambiciosas reportaron menor satisfacción, 2 décadas después, que quienes expresaron menos deseos monetarios. James E. Burroughs, profesor de la Universidad de Virginia, correlacionó en un estudio el nivel de estrés con valores materialistas. Burroughs determinó que las personas más infelices son aquellas que tienen en alta estima el materialismo pero que además tienen intereses "prosociales", lo cual los hace vivir en un estado de conflicto perenne. En cierta forma no se puede ser un materialista y ser una persona dedicada a la familia, la religión y la comunidad. Burroughs llama a buscar un balance: "aprecia lo que tienes [las cosas materiales], pero no por sobre las cosas que realmente importan --tu familia, tu comunidad, tu espiritualidad".

El monje budista Matthieu Ricard, conocido como el hombre más feliz del mundo luego de que científicos midieran sus ondas cerebrales meditando, comentó sobre esto mismo en una reciente entrevista:

Lo que ignoran es que la sencillez voluntaria acaba siendo una forma de vida muy feliz. Ha habido numerosos estudios que muestran esto una y otra vez. Jim Casa estudió a las personas con una mentalidad materialistas consumista. Estudió más de 10 mil personas por 20 años y las comparó con personas que ponen el valor en las cosas intrínsecas --la calidad de sus relaciones con las demás personas y con la naturaleza-- y descubrió que las personas consumistas son menos felices. Buscan placeres externos y no encuentran satisfacción en sus relaciones. Su salud no es tan buena. Tienen menos amigos. Les importa menos los problemas globales del medio ambiente. Tienen menos empatía. Viven obsesionados con la deuda.

Como explica este ex biólogo genético que dejó su vida en Francia para irse a vivir a Nepal hace 40 años, la vida sencilla puede ser una decisión voluntaria. Vivir con y en conformidad con lo necesario, en sintonía con cómo es la naturaleza, rinde beneficios de salud y permite un desarrollo espiritual. Es cuestión de foco, de buscar lo esencial y dejar de encandilarse por objetos que hacen promesas vacías (y es que esta es la paradoja: la materia está vacía, lo pleno es inmaterial y no tiene fin). 

Quiero terminar con la reflexión que hizo Manly P. Hall en una de las reediciones a su clásico Las enseñanzas secretas de todas las edades. Hall explica que este libro, que es una summa de la filosofía y la religión antigua, fue escrito cuando apenas tenía veintitantos años, como una respuesta a lo que había visto en su breve estancia en Nueva York como corredor de bolsa.  

El acontecimiento más destacado que presencie fue cómo se quitaba la vida un hombre deprimido por la pérdida de sus inversiones. Mi fugaz contacto con las altas finanzas despertó en mí serias dudas acerca del tipo de negocios que se llevaban a cabo en aquella época. Resultaba evidente que el materialismo controlaba por completo la estructura económica, cuyo objetivo consistía, en último término, en que el individuo llegara a forma parte de un sistema que le proporcionaba seguridad económica a costa de su alma, su mente y su cuerpo.

Hall agrega que el materialismo está condenado a la bancarrota del espíritu y que "no podemos seguir creyendo que hemos venido a este mundo a acumular riquezas y a abandonarnos a los placeres mortales". Como remedio a esto, sugiere regresar a los grandes pensadores de la antigüedad, a Buda, Lao-Tse, Platón, Pitágoras, Paracelso, Francis Bacon y muchos otros que eran conscientes de los peligros del materialismo y que promovieron una vida basada en el amor, el bien, la belleza y la verdad (todos los cuales son en cierta forma sinónimos).

 

Twitter del autor: @alepholo