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Cuando nos enfrentamos a un problema o decisión difícil decimos que nos encontramos en una "encrucijada", en una situación donde se abren distintos caminos sin que podamos tomar uno. Aquí revisamos brevemente su simbología
You can run, you can run, tell my friend, Willie Brown
You can run, you can run, tell my friend, Willie Brown
That I got the crossroads blues this mornin',
Lord, babe, I'm sinkin' down
Robert Johnson, "Crossroad blues"

Existen múltiples leyendas e historias con respecto al lugar en que se juntan dos caminos: los senderos se bifurcan, pero también se interrumpen, se interconectan; se parecen a los umbrales en que funcionan como un no-lugar, en el sentido que daba Marc Augé a esos lugares de mero tránsito como las salas de espera de los aeropuertos, un espacio que no es un destino en sí mismo, pero que es preciso atravesar para llegar a él.

En la Edad Media, las encrucijadas eran sitios donde se enterraba a los suicidas y a todos lo que no pudieran ser admitidos en el camposanto. También llegaron a servir como sitio de ejecuciones, y no es extraño a lo largo de la Historia encontrar en los cruces de caminos cabezas o cuerpos para advertir a los viajantes de los peligros de seguir por dicha senda.

Los gitanos, reacios a integrarse a los lugares a donde llegaban, y por otra parte segregados y perseguidos sistemáticamente, solían enterrar a sus muertos en las encrucijadas. La razón mágica era prevenir que los muertos regresaran a aterrorizar a los vivos en forma de brujas o fantasmas, pero una explicación más simbólica puede ser que, debido a sus trayectos migratorios, los gitanos no tuvieran un cementerio fijo o “local” al cual confiar los cuerpos de sus seres queridos, por lo que las encrucijadas marcaban para éstos el fin de un camino, y para los vivos el inicio de otro.

En la religión del candomblé y el vudú (practicada por poblaciones esclavizadas y segregadas en Haití, Cuba y las Antillas, además de Brasil) las encrucijadas son portales para orishas y seres de otras dimensiones, así como para bestias y licántropos que reciben el nombre de besta-fera. Era en esos sitios donde se podía ver llegar al “hombre de negro”, que no era otro que Papa Legba en alguna de sus múltiples formas, todas las cuales el cristianismo de los colonizadores sintetizó en Satanás. Papa Legba es el intermediario entre hombres y dioses, por ello su lugar más propicio son las encrucijadas, un lugar sin lugar.

El folclor de los pueblos antillanos llegados como esclavos desde África resurgió en el sur de Estados Unidos durante los siglos XIX y XX como expresiones autónomas destinadas a reforzar la identidad de los oprimidos frente a sus opresores: la música blues surge como expresión artística de la disconformidad social, pero su mitología está ligada también a un sincretismo entre el vudú y un cristianismo evangélico.

Probablemente la historia más famosa ligada a las encrucijadas sea la del bluesman Robert Johnson, quien, según la leyenda, vendió su alma al Diablo en un cruce de caminos para convertirse en uno de los mejores guitarristas que han existido. La historia ha sido contada en documentales y libros por gente que conoció a Johnson o que eran niños cuando Robert murió a los 27 años en circunstancias misteriosas, legando un puñado de canciones que dejarían una impronta definitiva en el rock, el blues, el funk y la música pop durante el resto del siglo.

La carencia de un territorio propio para una colectividad, así como la falta de libertades para ejercer cultos religiosos y ceremonias civiles, han hecho que poblaciones relegadas del proyecto modernizador como los gitanos o los esclavos hicieran suyos esos lugares-sin-lugar, sitios dotados de una energía muy particular, donde no es extraño encontrar aún hoy en día solitarios adolescentes sosteniendo una guitarra, dispuestos a participar del pacto fáustico (una forma de dotar de trascendencia a la esclavitud en la que vivieron toda su vida). Según la leyenda de Robert Johnson, el hombre de negro vendría a ti a medianoche, tomaría tu guitarra y la afinaría. Luego te la devolvería, y el pacto estaría sellado. Hacerse presente en las encrucijadas durante la noche es un signo de la disponibilidad para transformarse a sí mismo —para cambiar de dirección y replantear el camino.

Por medio de un análisis exhaustivo de los 22 arcanos del tarot se intentará darle un sentido al ejercicio cinematográfico como regulador de la percepción de la vida

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Así se desemboza la muerte como la posibilidad más peculiar, irreferente e irrebasable.

Martin Heidegger

Un esqueleto en movimiento físico que hasta puede ser visto como laboral corta partes de cuerpos humanos entre las que se encuentran cabezas, usando una guadaña. Empecemos poniendo atención a su cráneo, que tiene forma de luna (media), esto quiere decir, la noche y la regresión. Otro detalle importante es la manera como corta de igual forma las hierbas del suelo como los miembros anatómicos, esto quiere decir que es una limpieza, una depuración para que salga lo bueno de lo malo.

 

Cambio sutil, como un capricho

La muerte en el tarot simboliza un cambio inesperado, una perdida pudiera ser también (¿para encontrar algo?), el final de una situación (para que inicie otra). Puede ser una renovación y en ese sentido, en el reino de la sutilidad, podemos ver la cabeza del rey y la del niño tiradas en el suelo, detalles donde reside el simbolismo del arcano. Pensemos en las fabulas morales de Éric Rohmer; recordemos a sus personajes femeninos que cambian de niña a mujer casi que durante la trama del guión, un instante eterno de eso que se llama percatarse de sí mismas, de lo que las rodea pero no las contiene.  

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La rodilla de Clara (1970), La coleccionista (1967), y Paulina en la playa (1983) como ejemplo. En estas cintas podemos apreciar una materialización con actrices y actores del cambio sutil, superficial y profundo también. Boyhood (Linklater, 2014) atrapa el fenómeno de manera muy evidente, como si fuera un time-lapse, cuando Rohmer lo fotografía como esos momentos eternos de fotógrafos clásicos como Cartier-Bresson o Capa. Por ejemplo Paulina (Amanda Langlet) es una adolescente que se vuelve un adulto mientras pasa unos días en la playa en compañía de su prima que es mayor. Curiosamente los adultos son más inmaduros que ella, entonces la madurez radica en otro lugar a donde Paulina va llegando, animando al arcano. En La coleccionista Haydee (Haydée Politoff) ya es adulta en apariencia, pero se comporta de manera mucho más infantil que la pequeña Paulina; así va muriendo la niña en ella pero la muerte realmente viene en el cambio de Adrien, un cambio de actitud que la refleja. Los hombres en estas cintas cambian profundamente con la ayuda de la inocencia femenina; para Rohmer las mujeres son como filosas guadañas que cortan lo que ya no sirve en el hombre y en ellas mismas por medio de su apariencia angelical. En La rodilla de Clara es ese caso en extremo, pero tras la perdida de la voluntad masculina que lo regresa a su infancia, se la intercambia a Clara tras la atracción por una parte de su cuerpo, la espléndida rodilla. ¿Qué atrae a la muerte sino la vida? ¿Qué es la muerte sino el intervalo, la válvula que separa un momento de la vida con otro?

 

El horror del renacimiento, la deformidad y la destrucción

Freaks/Fenómenos (Tod Browning, 1932) representa la muerte y renacimiento del cine, no hay efectos especiales aunque el director sea el mismo de Drácula (1931) para Universal Pictures, una joya gótica de proporciones teatrales. Pero aquí, gente deforme física y mentalmente se alterna con actores profesionales, en lo que es el nacimiento muerte del relato de horror literario en el cinematógrafo. Es la naturaleza documental del cine lo que salta finalmente en primer plano para que la pantomima teatral madure en un horror real de lo que es distinto pero no por ello feo, ese horror que es parecido a la carta en una primera experiencia.

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Lo horrible que termina siendo no tan horrible; quizás los fenómenos no son tan repugnantes como lo que puede habitar en el interior de alguien en apariencia atractivo. El espanto acaba proviniendo de adentro de los que se ven mejor en apariencia física, como Cleopatra (Olga Baclanova), la bella trapecista que con espantosas acciones echa a andar la trama para acabar siendo más fea físicamente que todos los demás fenómenos del circo. Esa es la carta de la muerte en su sentido invertido, el cambio como destrucción, que ha sido venerado en dioses que lo representan masivamente en culturas antiguas. De hecho, el culto a la Santa Muerte en el México actual (sólo en apariencia nuevo, pero en realidad antiguo) tiene que ver con deificar esta parte del arcano y usarla a conveniencia personal.              

El robo de la personalidad

En A pleno sol (René Clémént, 1960) es una afortunada adaptación de la novela escrita por Patricia Highsmith, El talento de Mr. Ripley. Cabe recalcar que el mismo argumento fue usado por Anthony Minghella en su versión que usa el título de la novela en 1999. Observamos el cambio forzado, a voluntad, el engaño que permite ser el otro en un juego de interés, de reinvención personal. Ripley (Delon) asesina a Greenleaf (Ronet) su amigo y heredero de una gran herencia, usurpando su personalidad.  

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El amigo americano (Wim Wenders, 1977) y El juego de Ripley (Liliana Cavani, 2002) son adaptaciones de novelas posteriores de la saga Ripley escritas por Highsmith, y exploran lo que es borrón y cuenta nueva en un asunto de identidad que funciona como anillo al dedo en el film noir --pensemos en un clásico como Retorno al pasado (Jacques Tourneur, 1947). La personalidad real, el pretérito, irrumpe el presente en apariencia pacífico con todos los problemas magnificados, añejos, la bola de nieve. Películas que pueden significar el arcano en su representación más tácita; vemos las partes del rostro en deformaciones y el objeto punzocortante amenazando o deformando más, deformando ahora de manera interna un pasado en el presente por no estar resuelto, deja de ser pasado para volverse futuro. La estructura ósea precede a la carne, pero el cerebro debe controlar la estructura ósea o recibir su filo ancestral. 

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El hombre lobo

La luna llena activa la licantropía, si bien En compañía de lobos (Neil Jordan, 1986) es una cinta que puede ser parte de este enfrentamiento simbólico entre la ingenuidad infantil femenina y sus deseos más inconscientes provenientes de sus instintos reproductivos, representados en una película de monstruos, se necesita una presencia masculina. Para que funcione el relato, existe un muchacho que sufre la transformación más grande: siendo apenas horas antes un dulce compañero de tarde, un amigo, se convierte luego en un amenazador lobo feroz. Es el cambio simbólico en su más salvaje esencia lo que terminamos viendo en pantalla. Aunque mucho más cercano con la naturaleza del naipe de la muerte sería la fantástica El hombre americano en Londres (John Landis, 1981), que no sólo incluye la gráfica, explícita y llena de detalle transformación de David (David Naughton) en lobo, que tardaron 6 días en filmar según cuenta la leyenda. Lo que nos conecta más con el arcano es la relación que existe entre David y su amigo muerto Jack (Griffin Dunne), que aparece varias veces para darle consejos, mutilado y cada vez más podrido; es el cambio de la muerte en el tarot, el contraste de David con su amigo muerto. Un contraste que se reduce cada que se convierte en lobo.

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¿Qué pasaría si esa guadaña no se usa para cortar la tierra cultivada porque no hay siembra? Se tornaría uno un esqueleto que se aleja de su humanidad para ser violento con esa guadaña; esa es naturaleza también de la carta, de lo que no está bien encausado. Recordemos que el hombre antes de ser sedentario, de aprender a sembrar, era cazador; también tiene esa primera naturaleza en su parte bestial, a la cual puede regresar en cualquier momento si no aprende a sembrar, encontrando la naturaleza superior de su guadaña. En el filme de Landis el viaje de campo por tierras celtas se convierte en pesadilla que revela la sombra más oscura que duerme en nuestro interior, el egoísmo que nos impide cambiar y que nos hace cambiar hacia los defectos de todas nuestras faltas.   

 

La cosecha cinematográfica

Los cosechadores y yo (Agnès Varda, 2000). Esta cinta logra capturar lo que sucede con el campesino y su campo en la cultura actual. No olvidemos que el elemento más grande de esta carta es la guadaña que sirve para cosechar; instantáneamente nos conecta con el concepto de la siembra y campo, el hombre en conexión con la tierra en la que vive para poder sobrevivir, la conciencia de ser creado y de que después dejaremos de existir. Todos los libros de Carlos Castaneda se basan en la conciencia de la muerte; el chamán Don Juan Matus le deja claro que el guerrero debe mirar a la muerte todo el tiempo sobre su hombro izquierdo y que esto es literal, no figurado, que así tendrá el valor suficiente para vivir con impecabilidad para transformarse en el águila. Una conciencia que Heidegger había encontrado antes, sobre la importancia de la muerte para existir, para encontrar una función: ser en el mundo es ser para la muerte.

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El árbol de los zuecos (Ermanno Olmi, 1977) nos plantea al campesinado en 1898 en la región de Bérgamo, Italia, hablada en dialecto y claramente con un énfasis socialista. No deja de ser un fiel retrato del principio de la vida campesina, por un autor que se dedica durante años a crear documentales sociales hasta crear esta obra maestra tan cercana de lo que es esta relación entre hombre y campo, el campesino, los ciclos y el cambio.  

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Fuentes

Bergman, K. Tarot.

Mayer, H. Cómo predecir el futuro con el tarot.

http://tarot.euroresidentes.es/carta/13-xiii-la-mort-la-muerte-o-el-arcano-xiii

http://www.mercaba.org/Filosofia/heidegger/HEIDEGER_08.htm

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

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