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Carl Jung sobre la relación entre la astrología y la psicología

AlterCultura

Por: pijamasurf - 02/19/2016

Una rara entrevista entre Carl Jung y un par de astrólogos franceses

El psicólogo suizo Carl Jung estudió largamente la astrología dentro de su labor psicológica, especialmente en lo referente a su concepto de la sincronicidad, las conexiones acausales, aquellos fenómenos que no podían explicarse por métodos científicos ordinarios pero que no por ello no eran reales. Jung entendió que existía un contínuum de unidad entre la mente, el espacio y el tiempo, una interdependencia que era posible debido a lo que llamó unus mundus (con Wolfgang Pauli). El unus mundus descansa en la "asunción de que la multiplicad del mundo empírico emerge de una unidad subyacente".

Dentro de su terapia, Jung solía también recurrir a la carta natal de sus pacientes para formarse una visión más completa de su perfil. Sabemos también que realizó un experimento estadístico tratando de validar la astrología, el cual discute en su libro Sincronicidad.

Hay que mencionar que la visión jungiana de la astrología ha generado numerosas interpretaciones psicologistas de esta antigua ciencia, donde los planetas ahora son entendidos como arquetipos, se habla de interpretaciones simbólicas e intuitivas y se llena de jerga psicoanalítica una disciplina que tiene su propio lenguaje y reglas, más ligada a la matemática y a la teología. Una crítica similar se ha hecho a Jung con la alquimia, la cual también redujo a una forma de psicología, interpretando que la piedra filosofal es la psique individuada. Dicho eso, las ideas de Jung son interesantes y constituyen una buena lectura para ahondar más en la reflexión del enigma de la relación entre los astros y el ser humano.

Reproducimos aquí algunos fragmentos de una entrevista que realizaron los astrólogos Jean Carteret y André Barbault a Jung en 1954. Puedes leer la entrevista en su totalidad en el sitio Astrotranspersonal:

Maestro, ¿qué relación encuentra entre la Astrología y la Psicología?

Ha habido muchos casos de analogías chocantes entre la constelación astrológica y el suceso psicológico, o entre el horóscopo y la disposición caracterológica. Incluso existe la posibilidad de una cierta predicción en cuanto al efecto psíquico de un tránsito, por ejemplo. Se puede esperar, con un grado de probabilidad bastante alto, que cierta situación psicológica bien definida venga acompañada por una configuración astrológica análoga. La Astrología consiste en configuraciones simbólicas, como el inconsciente colectivo del que se ocupa la Psicología: los “planetas” son los Dioses, símbolos de las potencias del inconsciente (en primera línea y más allá).

¿De qué modo: físico, causal, sincrónico…, piensa usted que pueden establecerse estas relaciones?

Me parece que en este caso se trata sobre todo de ese paralelismo o simpatía que llamo sincronicidad: relación acausal que expresa aquellos nexos que no se dejan formular por la causalidad, como por ejemplo la precognición, la premonición, la psicokinesia (PK), y también lo que se llama telepatía. Dado que la causalidad es una “verdad estadística” hay excepciones de naturaleza acausal que pertenecen a la categoría de los acontecimientos sincronísticos (y no sincrónicos). Guardan relación con el “tiempo cualificado”.

¿Qué actitud mantiene usted ante posiciones de los astrólogos que admiten la existencia de un terreno psicológico desde el nacimiento, y de los psicoanalistas que explican la etiología de las neurosis a partir de las primeras experiencias de la vida?

Las primeras experiencias de la vida deben su efecto específico (patógeno) a la influencia del medio por un lado y por otro a la predisposición psíquica, es decir, a la herencia, que parece expresarse de manera reconocible en el horóscopo. Este último parece corresponder a un cierto momento del diálogo mutuo de los dioses (lo que significa: de los arquetipos psíquicos).

Sólo percibimos un fragmento insignificante del espectro electromagnético, sólo escuchamos una minúscula parte de las ondas sonoras, el universo es casi todo invisible y las cosas están fundamentalmente vacías

Probablemente no es más que la costumbre --la habituación de miles de años como especie y la de la cultura en la que nacemos como individuos-- la que nos hace ver el mundo de cierta forma y no de otra. Creemos comúnmente que el mundo es estable, sólido, tridimensional y está fundamentalmente compuesto sólo de lo que podemos ver, tocar, escuchar, oír y saborear. Pero esto es apenas una pequeñísima rebanada de la realidad: sólo percibimos un porcentaje de 1 en 10 billones del espectro electromagnético, por citar sólo un ejemplo. Es con este fragmento que reconstruimos la realidad y, más aún, es con este insignificante pedazo de todo lo que es que determinamos que existe una realidad determinada, correcta... y por default negamos todo lo demás. Es con este pequeñísimo reducto en la ventana del mundo que definimos el paisaje de la totalidad y que construimos todos nuestros conceptos: nuestra ideología política, nuestra cosmología, nuestra visión religiosa, nuestro comportamiento sexual, etcétera.

La realidad siempre será más de lo que podemos aprehender y quizás es imposible abarcarla toda, a menos de que nos podamos convertir en un gigante del mismo tamaño del universo. Dentro de esta carencia, sin embargo, queremos, incluso necesitamos, encontrar sentido y obtener seguridad --a riesgo de ser devorados por la incertidumbre o por el mismo vacío que constituye la inmensa mayoría de las cosas (¡las cuales de hecho están levitando sobre un campo electrostático y nunca realmente tocamos!): 

99.9% de los átomos están constituidos por espacio vacío.

96% del universo es invisible, está compuesto de materia y energía oscura, mayormente desconocida para la ciencia.

Percibimos ondas electromagnéticas entre 430 y 70THz, esto es sólo 0.0035% de todo el espectro electromagnético.

Escuchamos sonido sólo entre 20Hz y 20 kHz. Algunos animales pueden escuchar frecuencias hasta cinco veces más altas y varias veces más bajas. El ámbito de lo que percibimos sobre el total del espectro de audio es igualmente inane. 

El neurocientífico David Eagleman escribe:

Cada organismo asume que su unwelt [su ambiente] es la totalidad de la realidad objetiva. Hasta que un niño aprende que las abejas disfrutan de señales ultavioletas y las cascabeles ven infrarrojo, no se vuelve obvio que existe gran cantidad de información transmitiéndose en canales a los que no tenemos acceso natural. De hecho la parte del espectro electromagnético visible para nosotros es menos de 1 en 10 billones del total. Nuestro sensorium es suficiente para movernos en nuestro ecosistema pero no más.

¿Cómo cambiaría nuestro concepto del mundo si pudiéramos ver la luz invisible? ¿Qué importante información en los extremos de los espectros de luz y sonido se nos revelaría? 

En este video Eagleman explica gráficamente, con una ilusión óptica, por qué la percepción de la realidad tiene que ver más con lo que pasa dentro de nosotros que con lo que pasa afuera, en el mundo exterior.

Evidentemente es posible ver más allá de lo que podemos ver con nuestros ojos, utilizando herramientas tecnológicas, pero cómo saber que los resultados que obtenemos y las interpretaciones y las conclusiones a las que llegamos son las acertadas cuando estamos filtrándolas a través de una percepción condicionada por un aspecto limitado de la realidad. ¿Acaso no es necesario también extender nuestros sentidos, refinar nuestra percepción para cubrir un mayor aspecto de la realidad? En otras palabras, no sólo un progreso tecnológico externo, por ejemplo, en hacer un telescopio que pueda ver más lejos, también incrementar la habilidad de pensar de un científico y su capacidad de ver más. 

En el budismo se habla de que existen 32 mundos (lokas) o planos en los que la mente puede existir, de los cuales sólo habitamos actualmente en uno. Una interpretación teosófica de las enseñanzas esotéricas del hinduismo sostiene que el ser humano tiene siete cuerpos, desde el cuerpo físico hasta el atman o cuerpo espiritual idéntico a la divinidad, es decir, que el cuerpo que conocemos es sólo uno de siete más que yacen de alguna manera ocultos. Esto nos puede parecer inaudito, aberrante, pseudociencia rampante, delirio alucinatorio, lo que sea. ¿Pero cómo estar seguros si apenas podemos percibir tan pequeño porcentaje del pastel electromagnético de la realidad? ¿Cómo saberlo si cada uno de nosotros está mirando desde un túnel de realidad? Esto nos puede llevar a un razonable agnosticismo y al asombro o a la impotencia ante nuestra pequeñez e insignificancia o, si creemos que la realidad no sólo existe sino que es cognosible en nuestro estado actual, a afirmar entonces que el ser humano cuenta con capacidades subyacentes de percepción con las cuales puede penetrar más allá de los velos materiales y observar y entender lo que normalmente es invisible. En el cuerpo humano, en el crecimiento de un árbol, en la vibración de una ola, entender las leyes universales que rigen el inconmensurable espacio cósmico. Como aquí en todas partes: la razón humana capaz de deducir de un fragmento la totalidad (¿la suerte o divinidad de que el universo sea esencialmente un holograma?). O, aún más que la razón, que tengamos una misteriosa cualidad perceptiva que nos hace encontrar en nuestra profunidad una ventana al cosmos más precisa y poderosa que el telescopio Hubble, como sugiere Lao-Tse en el enigmático Tao Te King:

Puedes conocer el universo

Sin salir de tu casa.

Puedes ver los caminos del cielo

Sin mirar afuera a través de tu ventana.

Dejemos esto entonces como una interrogante abierta, bajo la consideración de que en nuestro estado de capacidad perceptiva actual es más sensato notar que no sabemos, pero también que quizás podríamos saber, porque tampoco sabemos que no podemos saber. No sería exacto decir que la realidad no existe o que no podemos alcanzar a percibir la realidad, pero decir que ya hemos conquistado la realidad y que hemos llegado a una visión de la realidad satisfactoria es evidentemente una crasa ilusión. Así las cosas, sólo queda disfrutar de la incertidumbre, abrazar lo insondable e intentar seguir aumentando nuestra capacidad de percibir, de ver más lejos, de ver más claro, hacia afuera y hacia adentro. 

 

Twitter del autor: @alepholo